3/9/12

Año del mono

Dentro, de pie junto a la mesa de las frutas. Al mirar a los costados la habitación enciende sus luces. La alfombra roja cubre desde la puerta giratoria hasta la pared llena de espejos. Las sillas son doradas al igual que los cubiertos y las lámparas. Una boca de dragón. La lengua que nos sacude antes de tragarnos. Continúo con la mirada echada hacia un costado, los ojos quemados por el sol sobre la calle, tanto brillo deslumbra interna y externamente. Llevo el cabello hasta los hombros, los brazos cuelgan como dos telas en una cuerda. El cuerpo se sostiene apoyado contra una columna cilíndrica de proporciones faraónicas. Además del metal brillan los cristales y los ceniceros y los portavasos. Los platos se llenan con hojas verdes aderezadas y los alimentos suben hasta que los depositan. Hay aves que han vuelto de entre sus fluidos y bajo ellas montañas de patatas fritas rectangulares. Hay cubos de queso que parecen desafiarme. Derrítete tú le digo a uno antes de que levante los hombros. Lo hace y a él lo siguen otros fiambres. Lleno con todo lo que alcanzo a tomar el plato que parece contener a una montaña y busco una silla. La luz sugiere buscar más luz pero la mesas están llenas. 
 

28/8/12

Pierrot le Fou

Jean Paul Belmondo es el perfecto Pierrot. Ferdinand dice él, Ferdinand como aclarando, Ferdinand como negando. Jean Paul es Pierrot, Ferdinand es Le Fou, Ferdinand es quien se vuelve un loco.
En esta road movie el joven Godard nos ofrece un proyecto de historia entre dos jóvenes y su amor desbordado. Un amor que tiene como premisa la autodestrucción. Una autodestrucción lenta, casi médica, cuasi heróica, la vida después de todas las otras vidas. Godard un loco de los otros lenguajes, nuevamente hace uso de una astucia rebel way, mezclando y educando al público a nuevas interpretaciones, a sus mutantes de varias cabezas, a su cine mezcla de Griffith con Tin Tan, a esa erudicción literaria y a la vez pop, a ese sentido del ritmo, de la melodía, a esa manera de no contar historias sino de cantar películas. Ese joven Godard prototipo del revolucionario que encarnara una posición antibelicista, un verdadero agitador. Ridículo sería no hacer una lectura dadas las circunstancias y el delirio de la época. Mr, dice Ferdinand, Mister, John Wayne, Marlon Brando, Mister, y el delirio parece ser el de todas las épocas.

Anna Karina, la femme Marriane es como una invitación, como si crecer fuera algo que no tuviera razón. Lejos de ese mundo aburrido que Ferdinand y Marianne dejan, lejos de toda responsabilidad, lejos, contando cuentos dice Marianne y Fernidad Pierrot, se disfraza, arma el acto, sabe que nunca le van a faltar aplausos.

Morrison Hotel

Morrison Hotel por muchas razones. Por el arte de portada, portada sucia, portada homenaje al poco suceso de The soft parade. Por ese himno para cantar por las mañanas, por que el rock sucede in el Roadhouse blues. Por Waiting for the sun, ese regreso derrotado al cabaret y a la juerga, ese sol negro que quema. Por you make me real, doors make real tha punk, por Land Ho! pudo llamarse in a gadda Ho, por The spy, come to the house of love, por el desierto, el descapotable, por la road, road baby road, por Indian summer, por los buenos y antiguos tiempos.
Por que Maggie M´Gill es la mejor canción de los Doors. Canción deliciosa, Morrison disco bastardo.

El enemigo necesario
por Marco Martínez Zúñiga

El enemigo necesario se mueve entre la violencia, late, en cada página, es un corazón negro, un corazón hinchado del tamaño de un puño, un corazón que a cada latido explota, que viola con sus palabras. El enemigo necesario tiene una estructura salvaje, un yo pyscho, un narrador y un espejo trizado, un espejo hecho añicos. El enemigo necesario es la vuelta de tuerca que aisla el tornillo, la gota que derrama el vaso, una novela diminuta, breve, una novela pequeña y derramada, un acierto, el enemigo necesario es la bala pega, la bala que desangra.
El enemigo necesario ganó el Medardo Ángel Silva en el 2007. El Medardo es sólo un premio, El enemigo es el Medardo.

La tercera. La adulta. La de a de veras.

26/8/12

Silencio, no molestar

Ella cierra la puerta. Ella ordena sin ánimo las cosas dentro de la habitación. No toma la escoba, evita pisar las alfombras, dentro hay sitio para colocar otra cama, otro librero, otro aparato de televisión. Ella cierra la puerta del baño, escucha los ruidos que vienen del jardín, sobre todo pone atención a los pájaros que se dan duchas breves en la fuente. Sus picos son anaranjados y largos, buitres de metrópoli, su manera de saltar y llevar el agua hacia sus alas la mantiene pegada a la ventana, esa actividad la acompañará durante la mañana. También aprovecha para recostarse con un libro en el pecho, adelantándose a las cosas y repitiéndose las frases que saldrán de entre las hojas de aquel autor. Las cortinas permanecen quietas a pesar del viento, por la ventana de la habitación entran hojas y pequeñas basuras empujadas hacia los marcos abiertos. Hay ramas delgadas que quedan entre el jardín y el interior separadas por el cristal. La luz del exterior sufre una transformación al cruzar el filtro e los cristales. Las grietas en el techo dejan ver la construcción, el concreto. No es hora de siestas pero ella es vencida, las palabras clave forman imágenes breves, sobresalen los colores anaranjados y las alfombras, hay rostros y en conjunto el ensueño es emotivo. Ella despierta, su cuerpo la sigue. Así aguarda cualquier ruido. Pero la casa parece haber echado a todos hacia los patios.
Ella coloca una remera negra sobre su cuerpo. Una remera que llega a las rodillas dos o tres tallas más grande. Podría pasar horas probando prendas solo por pasar el rato. La ropa sale de los cajones, las levanta y observa a contraluz, cubre sus hombros, cubre sus muslos, nuevamente los desnuda, pronto el piso y el armario y la cama y el sillon sirven para sostener zapatos y pares de calcetas, además de ropa con colores brillantes, ropa que nunca se usó e incluso algunas que pertencen a otras personas. Queda espacio entre los armadores libres y abrigos, entonces Lupo salta, ya no es un mueble común, con Lupo dentro se vuelve una habitación, algo fría pues no tiene luces, ella sigue con la remera, camina de puntillas, corre el vidrio y las aves levantan vuelo. Lupo que se obsesiona la cacería salta y en dos brincos abandona su hogar temporal. El día parece avanzar sentado sobre un caparazón. El piso parece moverse, respirar, ella continúa caminándolo de puntillas, quien sabe dice, no tengo medicina para mordidas de bufanda. La pared tiene ese orificio como portal cuántico, pensado para viajes televisivos o lugares hechos de plastilina y cartón y lleno de guerreros que mueren sin miedo luego de herir a seres sin inteligencia,  gigantes con piel de fomie. Ella cuelga un pantalón, no se anima a encender la tv, tiene suficientes seres en el piso, no llegarán solos a su mundo, piensa.

Gola na Gula




Siempre has estado allí.
Él siempre ha estado aquí. 
Este detalle no te lo he contado
Este detalle no la hace más o menos importante.
¿Seguirás siendo? pregunto
Ella será incluso después de estas imágenes.

 Mi intención fracasa, quienquiera es aspirante frente a su verdadera dimensión. Ella vive bajo la villa. Ella es subterránea. Intento sacarla de mis recuerdos usando una cámara. Inmovilizándola. Será un logro, ¡eres libre Gula!. Sí. el fin.

Me pregunto qué debo hacer con ella. En realidad son varias preguntas. La conozco y para desanimarla invento respuestas, entre las algas flotan otras preguntas y mí imagen que se dirige hacia el futuro. La fecha, para mí propósito resulta convincente. Veo cercana nuestra hora. Ahora dejo caer sus rocas. Como esfinges que respiran van llenando el patio. Es triste, como escuchar una radio que no sintoniza estación. No me hago esperar. Seamos socios digo. Ella estira sus olas a las que confundo con brazos. Evito mirar su rastro. En mi memoria ella vive íntegra. Ella echa al patio sus senderos. Pierdo altura pues adelante los mares han tapado las ciudades. Ambos tejemos la membrana, otra pirámide cae, los vértices empatan, ciego el ojo, tiembla la superficie, entonces es tiempo.

Nos falta el ánimo y en consecuencia las palabras. Ambos flotamos de espaldas. Nos recorremos, guardamos los pliegues para la noche y el insomnio. Llegamos a Enero: Ambos miramos al otro sumergido, tu vez algo amorfo, yo veo algo asimétrico y los dos reímos con los cuatro ojos abiertos.

Cierro uno: El plan es contar desde atrás.
Cierro dos: ahora darnos las espaldas.
Cambiamos de identidad
Cierra uno: volver al gas
Cierra dos: un nombre imposible de recordar.

Ahora Gola
Él tiene tus direcciones.
Uno imposible de aprender.

Otra porción resbala, ya es parte del fondo. Mi rostro se ha despegado. En tono de broma quien nos mire dirá: ¡oye, no te la lleves! como cuando nos confundían con monedas.

Pasear sobre tus juegos hasta perder la cabeza una última vez.Girar cuando te descuides.
Cada vez nos vemos menos.
quizás...
menos...

Vivamos juntos.

24/8/12

Insolación



Tanto calor obliga a todos a quitarse la ropa. Son varios, viajan en dirección norte - sur aunque en el interior decidan otras direcciones. El autobus avanza a una velocidad moderada, parece que sus usuarios han prohibido las sacudidas fuertes, toda emoción que no sea ligera, ni frenazos impredecibles; mientras, hablan sobre la ciudad y sobre el clima mientras doblan sus camisas o las colocan en el respaldar de sus asientos. Ella tiene los ojos cerrados, quizás ella es la única que viaja, la única pasajera. Quien viaja junto a la única pasajera es un hombre con los brazos en alto. El techo del bus está muy alejado del suelo. La intención del hombre es la de encender las luces o el aire acondicionado, aunque por sus movimientos también se pensaría que sus músculos han sufrido un calambre, tan común en esos viajes entre distritos o quizás, la intención de tener los brazos levantados sea para llamar la atención de otros pasajeros. El bus se detiene cada tanto a recoger a hombres y mujeres que llevan maletas en sus manos. Maletas o bolsas pequeñas para un viaje corto. Por supuesto la mujer no lo registra ya que tiene los ojos cerrados. Un hombre abre una revista con la foto de un político famoso, entrevistado hace algunas decádas. Una mujer uniformada con falda y blusa negra lleva pañuelos de papel entre sus manos, los reparte entre los pasajaros e indica el lugar donde ellos pueden depositarlos. Ella, la uniformada, lleva las mangas de la camisa dobladas a la altura de los antebrazos. El autobus sube una pendiente lo que genera una vibración en el piso y en los asientos que dura casi dos minutos. Se puede pensar que en cualquier minuto el bus dejará de avanzar o lo hará a la inversa dejando ver los costados que van hacia uno en vez de salir desde uno. Pero nadie habla del viaje, así que quizás avanzan en cualquier sentido. El rudio dentro aplasta a todos los cuerpos, las frases parecen completadas por risas, canciones parecen ser cantadas por periodistas, las preguntas respondidas por comerciales o contestadas por otras preguntas. Hay un hombre que está de pie y parece tener la intención de llegar a su destino sin tomar asiento. Cada vez que puede cruza palabra con la mujer uniformada y cuando eso ocurre dos personas parecen sonreir al mismo tiempo.

El camino luego de la pendiente se presenta como en las películas yanquis de J. Jarmusch, con esa luz fuerte que quema al asfalto y a los vehículos y a los montículos que ya no son de arena y que acompañan por ambos lados de la pista. La mujer del uniforme llena dos vasos blancos con agua, dos hombres hablan entre sí subidos a los asientos como si charlaran desde una trinchera o sosteniendo entre ellos y sus palabras unos escudos. Los vasos llegan al final del autobus sin dejar caer una sola gota a pesar de la imperfección del camino. El hombre de los brazos parece un árbol con sus dos ramas agitadas por el viento que entra por la ventanilla. 

El sol golpea sobre la arena. Las gafas cubren hasta donde termina el cielo, la mano cubre el rostro y la frente, todos han bajado a estirar los pies. Cada paso parece agitar al suelo, ya que este parece respirar a cada movimiento como si al hacerlo comprendiera un poco a quien lo camina. Esa idea es perfecta para guardarla dentro de un dragón. Abrir su boca, meter la mano y soltar la hoja doblada de papel hasta que llegue al depósito de ácidos. Entonces el dragón azul cavaría entre la piedras para colocar su cuerpo a salvo. Esa imagen dura dos segundos, tiempo que alcanza para regresar a mirar hacia atrás, hacia donde se ha estacionadao el vehículo y donde la gente se dispersa como sobre un tablero de Go o una mesa de billar. La bola azul cubierta por el asfalto y el siguiente distrito a 2 horas, la idea, volver el mismo día. Él toma asiento junto a la rueda del bus, donde el sol no brilla. Él suda y bebe lo que queda dentro de la cantimplora. Nadie parece tener apuro, se dan modos para sacarse fotos.

17/8/12

I die, you die

He conocido un nuevo amor. Él me levanta de la cama con una cortina en los ojos. Sabe lo que necesito para despertar, reconozco el ruido de sus dedos, el sabor de sus letras, él sabe ser entre el algodón y la electricidad.
La casa crece y respira y sé que estoy de regreso en el templo. Levanto la cabeza y siento las paredes que tocan y se elevan mudas hacia el cielo. Incluso Lupo lo nota, me lo repite al oído y yo le pido, ey Lupo, vuelve a tu silla, permanece otras horas en tu posición horizontal.
Los aviones que cruzan las nubes también escuchan a mi nuevo amor, hacen señas con sus turbinas y él y yo mantenemos los pies en el suelo, aunque desde el pasillo y a tantos pies parezcamos insectos, pero las puertas se abren y nosotros sin movernos las cerramos con los chasquidos que hacen nuestras gargantas secas, también dejamos algunas sin cerrar para cuando lleguen los que vuelven desde Lima. 
A ciegas busco otra canción de Numan, él dice ahora regreso y su nave, una con tres hélices y espacio para dos, cruza a centímetros de nuestras cabezas; tienes el pie digo pero ya la banda ha seguido sus gestos, inicia la programación, observo con los ojos como platos al reloj que recorre en sentido contrario y yo estoy feliz pues sostengo el botón para volver cuando lo desee.
Hoy el día durará hasta llegar a 1979. Mientras saltaré alejándome de espaldas hasta subir al auto.



15/8/12

Demasiados dedos




Intento no someterme a los dictados de la conciencia. Pero ellos están todo el día hablándome al oído. Sobre todo por las noches. Lo común es poner una imagen oscura entre los significados y la nariz. Pero ocurren cosas impredecibles, la respiración se vuelve costosa, el cuerpo mismo parece rehuir, parece tener certezas de estar en prisión y se estira, cosa que es incontrolable. Por suerte tengo una inyección de hielo, es decir, enciendo el televisor y reproduzco una cinta antigua con capítulos animados y en sonido de baja fidelidad y aunque pienso que va a resultar inútil sucede el milagro, el milagro de callar a todos los ánimos que destruyen por dentro. Sin embargo sé que todo ejercicio es por demás inútil y tarde o temprano volveré a los misterios y la incapacidad de controlar las conexiones y las respuestas en esa sinapsis automática. Lo sé, lo sé, el dolor es una evidencia que brilla como una sortija.   

12/8/12

Substancia 77-07

Sin haberlas buscado, las respuestas llegaron. Parece algo sobrenatural. Quizás existe una mano invisible, supongo he vivido 30 años engañado. Se sienten las vueltas que da el mercurio, los nervios que se estiran, no es hambre, no es exceso de calorías, cerca más bien de lo eléctrico, de lo viral.
Intento no verlo. Es inútil, interno. De un lado del cuerpo cuelga un botón que predeciblemente será de color rojo, creo que hoy más que en ningún otro momento espero no dar gusto, seguir en contra.

Todos ruegan por mi dedo y la activación.

No son buenas noticias pues el clima influirá en la terminación del evento. Miro las carpas y la feria que ha durado tres días. En la trastienda improvisada tomo un descanso junto a otros empleados. La mesa puesta pero quedan sillas por llenar y eso me agita. Incluso cuando la puerta se abre; sé que el alimento sabe delicioso, caliente, fresco, apto para alargar la jornada, termino y guardo los envases en la zona de reciclaje. Los ojos lucen blindados por un escudo o campo magnético que destruye todo lo que intenta ingresar. El espacio parece haber perdido lugar en los bordes o extremos superiores. La atmósfera está compuesta de dos gases pero pueden haber otros ya que desde la posición el rastro es mínimo.
La pantalla digitaliza mi rostro. El expediente corresponde con el match. El mercurio baja hasta los pies, corro sin avanzar. Mis pies dejan marcas son un rastro. Los rostros se componen de orgános y líneas y pierdo tiempo observando la especulación de la máquina. También caigo o llego al punto cero. Al mirar, desde la posición doce, observo largo tiempo. Olvido que tengo a mis costados a otros puntos. Esa leve vibración es el espacio. Ese sitio existe entre los pies y el suelo. Lo peligroso rodea a los otros puntos, lo que por proximidad me incluye. Del otro lado hay varios hombres, la feria es un éxito. Incluso quienes no lo hacen están haciéndolo por primera vez. Dos espaldas cubren la figura de una vendedora que lleva camisa color pastel. Las espaldas anchas forman un muro, la trinchera. Yo sujeto entre los dedos el botón. La pantalla destaca con poca definición los muslos de una deportista. También el cristal se transforma en un rectángulo de estática. La mujer desaparece por completo. Recuerdo la fotografía de una bolsa negra, dentron en un armario. Transcurren varios segundos, los suficientes. Los domingos suelen imprimirse pintados de rojo a diferencia de los otros días en cualquier calendario. El sitio ha sido abandonado, habrán pasado a la bodega, su rostro brilla con las dos luces, por radio comunican, uno de los puntos, susurra que estamos en bloque.
 

7/8/12

Leyenda Cañari







Cayo y Pangui vivían en la aldea de Cañaribamba. Alrededor de ellos habían varios ríos como el Culebrilla, el monte Gusano, lugares sagrados responsables de la riquezas y la salud de sus cercanos habitantes.  Esa mañana los niños la habían gastado jugando en la Burra Playa. Hasta allá corrieron dejando atrás a Shi, a Kisa, a otros niños que no querían alejarse de la aldea. Después de llenar sus Kipas con tocte, miraron el sol colgado en el centro del cielo y comprendieron que debían volver a la aldea. En el camino -pensaron- con un poco de suerte encontraran colibríes. Pueden vivir más que los hombres habían escuchado en la aldea.

Los niños tomaron el camino de regreso. Caminaban dando pequeños pasos, de ese modo, pensaban, llegarían y la comida estaría servida. El camino juntaba a la aldea con el valle Nishe, un sitio desde donde se observaban los riscos negros de luz roja y también Gigles sin temor a encontrar cóndores u animales como el oso. Pangui, quería que ya fuera otro día para iniciar el viaje al otro lado del Fasayñan.

En el cielo habían aves y también nubes oscuras que se aproximaban desde el otro lado del bosque.

Tras caminar y no hallar la aldea los niños se detuvieron. Callaron pero no hubo ruidos de hombres ni señales de otros niños, sus amigos. Una palta graznó de manera bulliciosa y molesta. Habían encontrado un lugar desconocido. Al mirar al cielo para ubicarse con el sol, observaron nubes, que no sólo cubrían la luz sino también a las copas de los árboles. Los árboles al perderse entre las nubes parecían ser más grandes, su altura parecía no tener fin. Hipnotizados siguieron la forma de las nubes que nunca habían estado tan cerca del suelo. Parecía que ellas querían acercarse a ellos. -Es señal de Jene- dijo Pangui. Impresionados retomaron el paso en cualquier dirección, Jene era la forma Cañari de decir tormenta. Algo confundidos encontraron un claro en el bosque donde cantaba un ave, parecía ser un búho.

El viento movía el cabello de los niños. El ave alzó vuelo, sus alas golpearon las ramas. El bosque nunca calla dijo Pangui. En el suelo habían huellas de liebre. Ambos miraron a los árboles que soportaban la arremetida, se mecían de un lado a otro. Cayo recordó que antes de llegar a la aldea el camino se doblaba como un caracol dos veces. Pangui miró bajo sus pies, el camino curvaba a unos metros del claro. Lo que no cuadraba era su dimensión, dentro de él los niños parecían dos ardillas, eran diminutos.

Las espaldas se iluminaron por la caída de un enorme rayo. Corrieron con la fuerza de diez hombres. Al otro lado del sendero observaron caminos más pequeños que se cruzaban entre sí. Estaban perdidos, no cabía duda de ello. La luz parecía abandonarlos. Sus ojos se perdían entre tanto camino y árbol. Hasta los árboles eran distintos. Los niños sintieron las gotas de agua sobre sus kipas y sus brazos. Dieron media vuelta caminando hacia a la tormenta.

Cruzaron frente al claro del bosque pero no se detuvieron. Caminaban con la esperanza de encontrar a alguien, a Deleg o al joven Paire. La lluvia les quitaba visibilidad.

Tras la cortina de agua el bosque aparecía y desaparecía, como en los sueños era una imagen indefinida. Por accidente llegaron a unas laderas, es el Fasayñan dijo Cayo. Como el agua había cubierto sus tobillos decidieron subir la montaña: En caso de que el Hatun-Cañar desborde debes buscar alturas había dicho el padre de Pangui. Con dificultad los niños treparon el Fasayñan. Evitaban voltear a ver pues ello les quitaba fuerzas. El barro golpeaba sus mejillas, a veces, sus pies eran atrapados entre los pliegues y lodo de la montaña. El agua que subía se acercaba ya a sus pies.

Normalmente, a esa hora del día, el sol ocupaba el centro del cielo como un ojo dorado que lo mira todo. En su lugar una mancha oscura ocultaba las cosas. Era como si el sol se hubiera apagado o como si mirara con el párpado entrecerrado pues la oscuridad era total. Los niños se detuvieron y buscaron entre las nubes un rastro de luz. La mancha que parecía moverse cambiaba de forma y color, era oscura, irregular, rápida, hacía pensar que del cielo colgaba un montículo de tierra.

La montaña también sufre e intenta levantarse dijo Cayo. Mientras subimos ella respira porque el agua quiere cubrirnos y ella sabe que no se puede mover. Agotados se detuvieron a tomar el aire que les faltaba. La entrada a una cueva apareció ante sus ojos. Los rayos que caían iluminaron parte la entrada. La luz mostró el suelo seco y las paredes amarillas. Los niños llamaron pero nadie respondió. Desde la cueva buscaron al Hiruñan, creyeron verlo pero no estaban seguros. Sólo el Fasayñan parecía sobrevivir tras la fuerza de la tormenta, quizás habían otros como ellos en otras montañas.
  
Pangui y Cayo permanecieron abrazados. La tierra absorbió la humedad, sus cuerpos ya no perdieron calor. Pangui miró a Cayo que tosía.

La tormente cayó con más fuerza, el ruido sobre el pozo era atronador. Los relámpagos se alejaban y tambien caían cerca como hilos azules. Se reflejaban en el pozo, llegaban a la entrada de la cueva. El cansancio hizo que los niños durmieran.

 El sol apareció sobre el espejo de agua. Su luz era fuerte,  como si el mundo estuviera en el medio, detenido entre dos soles. El reflejo iluminaba la cueva, llegaba a los pies de los niños. Cayo golpeó a Pangui en el hombro. Pangui no se movió. Cayo salió de la cueva. Miró al sol en el agua. Cegado por el resplandor intentó atraparlo. El espejo de agua estaba a no más de un metro de distancia. Cayo no lo tocó pero el viento hizo vibrar el espejo. Pangui miraba también tras de Cayo.
Cuánto habremos dormido preguntó Cayo. Pangui se alegró de no oirlo toser. Habían pasado tres días, -nos salvó el Fasayñan- dijo Pangui,  Así es -dijo Cayo- mientras respiraba aumentó su tamaño para que el agua no lo alcance, dijo. Los niños miraron la cima del monte, todo el valle estaba bajo el líquido. Pangui vio a Cayo llorar, no temas dijo, busquemos algo para comer. Mientras subían a la cima, Pangui buscó la aldea, a sus padres.

En la cima habían rocas. Las lanzaron al aire, el viento se las llevó como si no tuvieran peso. Enojados lanzaron otras rocas montaña abajo. Cerraron los ojos, imaginaron un banquete, una fiesta llena de ollas y granos secos. Se recostaron sobre sus espaldas estudiaron el azul del cielo, mientras las nubes cruzaban haciendo un sonido suave que los arrulló hasta dormirlos. Aunque durmieron sintiéndose protegidos. Entre las nubes la silueta de dos Guacamayas se acercaban. En sueños los niños escuchaban las palabras de sus padres. Las aves azules cruzaron sobre sus cabezas, son Guacamayas dijeron despertando, llevaban frutas en su patas. -Esperaremos que baje el agua dijeron los niños, el agua atrae a la serpiente-, si no conseguimos comida, atraparemos a las dos aves.

Las guacamayas dejaron la fruta en la cueva de Fasayñan. Ellas eran Gual y Aca, dos cañaris protegidas por Viracocha. Los niños intentaron tres días sorprenderlas. Al cuarto, Cayo habló con ellas.

Descripción de ciertos objetos


La pared mantiene su lugar. Entre ella y mi rostro existen tres metros que podrían llenarse por obra y chasquido de otros rostros, los veo alineados verticalmente y con los ojos abiertos. La claraboya permite el paso al sol pero su fulgor rectangular no toca nuestro espacio, la pared y yo y los supuestos rostros verticales estamos a salvo.
Los pasos son importantes y obligatoriamente cortos. Para no perdernos de vista mantenemos la misma distancia durante todas las horas que permanecemos cerca, frente a frente. Yo cuento con los dedos las curiosidades destacadas que ella luce: de su piel de concreto o yeso cuelgan tres cuadros rectangulares que sugieren u obligan a mirar de izquierda a derecha y en sentido contrario, la lectura se la realiza por varios segundos lo que finaliza con la posibilidad de quedarse fijo y con la mirada en el centro. Cada vez que quito los ojos de mis manos y los levanto caigo sobre el mismo sitio: un florero, dentro frailejones, dientes de león. De rebote regresan nuevas imágenes, mi cabeza parece colgar de la pared dentro de aquel marco y poblada de ramas y flores amarillas. Intento no transformar el resto de mis miembros en figuras pero sé con toda seguridad que todo intento será inútil, más bien doy vuelta pero a mis espaldas hay un espacio blanco. Por cierto la pared a mis espaldas está pintada de magenta.

Intentar sonreir podría ser un acto confuso. Mis brazos forman unos labios con el fin de que la alegría se vuelva contagiosa. Los objetos sobre la mesa queman el tiempo dando saltos hacia el suelo, yo uso mis manos para protegerlos, no suceda que sus cristales estallen, los traigo de regreso y los llevo a dar vueltas como si entre ellos y yo formaramos una familia como aquellas que descienden de una hombrera dorada o hasta de la primera guerra mundial. El día luce su mejor perfil adornado por un cielo gris, sobre la mesa los vapores intentan llegar al techo. Los objetos parecen sacados de un aparador. Miro hacia el centro y encuentro como blanco el florero lleno de aguas oscuras aptas para el estómago de un gato. Subo a la mesa junto a los otros objetos, maullo y muevo la cola, de un salto intento voltear el jarro y lamo mis garras y salgo con la cabeza baja hacia el lugar donde el sol quema con fulgor.

El sol quema mis partes y las partes dentro de mis otras partes. Pienso que tanta holgura se debe a que llevo horas sin ser observado, los ruidos son sólo los que hacen aquellos artrópodos que con sus cabezas intentan hacer un orificio a la ventana. Mi estómago sigue un ritmo confuso, a veces rápido, a veces encadenado, es posible, para quien tenga tiempo, encontrar diferencias para dar fe de esta serie de insignificancias. Regreso siguiendo el rastro de mis pasos y doy un vistazo hacia el sitio en blanco: mis ojos amarillos se especializan y vuelven a grabarlo todo. El espacio en blanco también tiene sus propios ojos, con ellos logra protegerse lo que lo impide desaparecer. Yo encuentro un nuevo sitio para recostarme pues ahora que soy un felino debo entender la horizontalidad. En el sitio maullo y dirijo el cuerpo en busca de señales y elementos terrenales.  Los vigilas han perdido mi señal. No preocupa que mis ruidos den cuenta de mi posición, el espacio entre la pared y el lugar fundacional será poblado por los dueños de casa quienes, a una velocidad distinta, dejarán su huella y su nuevo orden que incluye modificaciones del tipo menos es más. Adivino que el fulgor dará la vuelta durante las siguientes 24 horas mientras las siluetas de mi cuerpo, de la claraboya serán tan extensas como una cuerda. Al repetir la hora el espacio lucirá idéntico, o con ligeras modificaciones.