Dentro, de pie junto a la mesa de las frutas. Al mirar a los costados la habitación enciende sus luces. La alfombra roja cubre desde la puerta giratoria hasta la pared llena de espejos. Las sillas son doradas al igual que los cubiertos y las lámparas. Una boca de dragón. La lengua que nos sacude antes de tragarnos. Continúo con la mirada echada hacia un costado, los ojos quemados por el sol sobre la calle, tanto brillo deslumbra interna y externamente. Llevo el cabello hasta los hombros, los brazos cuelgan como dos telas en una cuerda. El cuerpo se sostiene apoyado contra una columna cilíndrica de proporciones faraónicas. Además del metal brillan los cristales y los ceniceros y los portavasos. Los platos se llenan con hojas verdes aderezadas y los alimentos suben hasta que los depositan. Hay aves que han vuelto de entre sus fluidos y bajo ellas montañas de patatas fritas rectangulares. Hay cubos de queso que parecen desafiarme. Derrítete tú le digo a uno antes de que levante los hombros. Lo hace y a él lo siguen otros fiambres. Lleno con todo lo que alcanzo a tomar el plato que parece contener a una montaña y busco una silla. La luz sugiere buscar más luz pero la mesas están llenas.
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