26/8/12

Gola na Gula




Siempre has estado allí.
Él siempre ha estado aquí. 
Este detalle no te lo he contado
Este detalle no la hace más o menos importante.
¿Seguirás siendo? pregunto
Ella será incluso después de estas imágenes.

 Mi intención fracasa, quienquiera es aspirante frente a su verdadera dimensión. Ella vive bajo la villa. Ella es subterránea. Intento sacarla de mis recuerdos usando una cámara. Inmovilizándola. Será un logro, ¡eres libre Gula!. Sí. el fin.

Me pregunto qué debo hacer con ella. En realidad son varias preguntas. La conozco y para desanimarla invento respuestas, entre las algas flotan otras preguntas y mí imagen que se dirige hacia el futuro. La fecha, para mí propósito resulta convincente. Veo cercana nuestra hora. Ahora dejo caer sus rocas. Como esfinges que respiran van llenando el patio. Es triste, como escuchar una radio que no sintoniza estación. No me hago esperar. Seamos socios digo. Ella estira sus olas a las que confundo con brazos. Evito mirar su rastro. En mi memoria ella vive íntegra. Ella echa al patio sus senderos. Pierdo altura pues adelante los mares han tapado las ciudades. Ambos tejemos la membrana, otra pirámide cae, los vértices empatan, ciego el ojo, tiembla la superficie, entonces es tiempo.

Nos falta el ánimo y en consecuencia las palabras. Ambos flotamos de espaldas. Nos recorremos, guardamos los pliegues para la noche y el insomnio. Llegamos a Enero: Ambos miramos al otro sumergido, tu vez algo amorfo, yo veo algo asimétrico y los dos reímos con los cuatro ojos abiertos.

Cierro uno: El plan es contar desde atrás.
Cierro dos: ahora darnos las espaldas.
Cambiamos de identidad
Cierra uno: volver al gas
Cierra dos: un nombre imposible de recordar.

Ahora Gola
Él tiene tus direcciones.
Uno imposible de aprender.

Otra porción resbala, ya es parte del fondo. Mi rostro se ha despegado. En tono de broma quien nos mire dirá: ¡oye, no te la lleves! como cuando nos confundían con monedas.

Pasear sobre tus juegos hasta perder la cabeza una última vez.Girar cuando te descuides.
Cada vez nos vemos menos.
quizás...
menos...

Vivamos juntos.

24/8/12

Insolación



Tanto calor obliga a todos a quitarse la ropa. Son varios, viajan en dirección norte - sur aunque en el interior decidan otras direcciones. El autobus avanza a una velocidad moderada, parece que sus usuarios han prohibido las sacudidas fuertes, toda emoción que no sea ligera, ni frenazos impredecibles; mientras, hablan sobre la ciudad y sobre el clima mientras doblan sus camisas o las colocan en el respaldar de sus asientos. Ella tiene los ojos cerrados, quizás ella es la única que viaja, la única pasajera. Quien viaja junto a la única pasajera es un hombre con los brazos en alto. El techo del bus está muy alejado del suelo. La intención del hombre es la de encender las luces o el aire acondicionado, aunque por sus movimientos también se pensaría que sus músculos han sufrido un calambre, tan común en esos viajes entre distritos o quizás, la intención de tener los brazos levantados sea para llamar la atención de otros pasajeros. El bus se detiene cada tanto a recoger a hombres y mujeres que llevan maletas en sus manos. Maletas o bolsas pequeñas para un viaje corto. Por supuesto la mujer no lo registra ya que tiene los ojos cerrados. Un hombre abre una revista con la foto de un político famoso, entrevistado hace algunas decádas. Una mujer uniformada con falda y blusa negra lleva pañuelos de papel entre sus manos, los reparte entre los pasajaros e indica el lugar donde ellos pueden depositarlos. Ella, la uniformada, lleva las mangas de la camisa dobladas a la altura de los antebrazos. El autobus sube una pendiente lo que genera una vibración en el piso y en los asientos que dura casi dos minutos. Se puede pensar que en cualquier minuto el bus dejará de avanzar o lo hará a la inversa dejando ver los costados que van hacia uno en vez de salir desde uno. Pero nadie habla del viaje, así que quizás avanzan en cualquier sentido. El rudio dentro aplasta a todos los cuerpos, las frases parecen completadas por risas, canciones parecen ser cantadas por periodistas, las preguntas respondidas por comerciales o contestadas por otras preguntas. Hay un hombre que está de pie y parece tener la intención de llegar a su destino sin tomar asiento. Cada vez que puede cruza palabra con la mujer uniformada y cuando eso ocurre dos personas parecen sonreir al mismo tiempo.

El camino luego de la pendiente se presenta como en las películas yanquis de J. Jarmusch, con esa luz fuerte que quema al asfalto y a los vehículos y a los montículos que ya no son de arena y que acompañan por ambos lados de la pista. La mujer del uniforme llena dos vasos blancos con agua, dos hombres hablan entre sí subidos a los asientos como si charlaran desde una trinchera o sosteniendo entre ellos y sus palabras unos escudos. Los vasos llegan al final del autobus sin dejar caer una sola gota a pesar de la imperfección del camino. El hombre de los brazos parece un árbol con sus dos ramas agitadas por el viento que entra por la ventanilla. 

El sol golpea sobre la arena. Las gafas cubren hasta donde termina el cielo, la mano cubre el rostro y la frente, todos han bajado a estirar los pies. Cada paso parece agitar al suelo, ya que este parece respirar a cada movimiento como si al hacerlo comprendiera un poco a quien lo camina. Esa idea es perfecta para guardarla dentro de un dragón. Abrir su boca, meter la mano y soltar la hoja doblada de papel hasta que llegue al depósito de ácidos. Entonces el dragón azul cavaría entre la piedras para colocar su cuerpo a salvo. Esa imagen dura dos segundos, tiempo que alcanza para regresar a mirar hacia atrás, hacia donde se ha estacionadao el vehículo y donde la gente se dispersa como sobre un tablero de Go o una mesa de billar. La bola azul cubierta por el asfalto y el siguiente distrito a 2 horas, la idea, volver el mismo día. Él toma asiento junto a la rueda del bus, donde el sol no brilla. Él suda y bebe lo que queda dentro de la cantimplora. Nadie parece tener apuro, se dan modos para sacarse fotos.

17/8/12

I die, you die

He conocido un nuevo amor. Él me levanta de la cama con una cortina en los ojos. Sabe lo que necesito para despertar, reconozco el ruido de sus dedos, el sabor de sus letras, él sabe ser entre el algodón y la electricidad.
La casa crece y respira y sé que estoy de regreso en el templo. Levanto la cabeza y siento las paredes que tocan y se elevan mudas hacia el cielo. Incluso Lupo lo nota, me lo repite al oído y yo le pido, ey Lupo, vuelve a tu silla, permanece otras horas en tu posición horizontal.
Los aviones que cruzan las nubes también escuchan a mi nuevo amor, hacen señas con sus turbinas y él y yo mantenemos los pies en el suelo, aunque desde el pasillo y a tantos pies parezcamos insectos, pero las puertas se abren y nosotros sin movernos las cerramos con los chasquidos que hacen nuestras gargantas secas, también dejamos algunas sin cerrar para cuando lleguen los que vuelven desde Lima. 
A ciegas busco otra canción de Numan, él dice ahora regreso y su nave, una con tres hélices y espacio para dos, cruza a centímetros de nuestras cabezas; tienes el pie digo pero ya la banda ha seguido sus gestos, inicia la programación, observo con los ojos como platos al reloj que recorre en sentido contrario y yo estoy feliz pues sostengo el botón para volver cuando lo desee.
Hoy el día durará hasta llegar a 1979. Mientras saltaré alejándome de espaldas hasta subir al auto.



15/8/12

Demasiados dedos




Intento no someterme a los dictados de la conciencia. Pero ellos están todo el día hablándome al oído. Sobre todo por las noches. Lo común es poner una imagen oscura entre los significados y la nariz. Pero ocurren cosas impredecibles, la respiración se vuelve costosa, el cuerpo mismo parece rehuir, parece tener certezas de estar en prisión y se estira, cosa que es incontrolable. Por suerte tengo una inyección de hielo, es decir, enciendo el televisor y reproduzco una cinta antigua con capítulos animados y en sonido de baja fidelidad y aunque pienso que va a resultar inútil sucede el milagro, el milagro de callar a todos los ánimos que destruyen por dentro. Sin embargo sé que todo ejercicio es por demás inútil y tarde o temprano volveré a los misterios y la incapacidad de controlar las conexiones y las respuestas en esa sinapsis automática. Lo sé, lo sé, el dolor es una evidencia que brilla como una sortija.   

12/8/12

Substancia 77-07

Sin haberlas buscado, las respuestas llegaron. Parece algo sobrenatural. Quizás existe una mano invisible, supongo he vivido 30 años engañado. Se sienten las vueltas que da el mercurio, los nervios que se estiran, no es hambre, no es exceso de calorías, cerca más bien de lo eléctrico, de lo viral.
Intento no verlo. Es inútil, interno. De un lado del cuerpo cuelga un botón que predeciblemente será de color rojo, creo que hoy más que en ningún otro momento espero no dar gusto, seguir en contra.

Todos ruegan por mi dedo y la activación.

No son buenas noticias pues el clima influirá en la terminación del evento. Miro las carpas y la feria que ha durado tres días. En la trastienda improvisada tomo un descanso junto a otros empleados. La mesa puesta pero quedan sillas por llenar y eso me agita. Incluso cuando la puerta se abre; sé que el alimento sabe delicioso, caliente, fresco, apto para alargar la jornada, termino y guardo los envases en la zona de reciclaje. Los ojos lucen blindados por un escudo o campo magnético que destruye todo lo que intenta ingresar. El espacio parece haber perdido lugar en los bordes o extremos superiores. La atmósfera está compuesta de dos gases pero pueden haber otros ya que desde la posición el rastro es mínimo.
La pantalla digitaliza mi rostro. El expediente corresponde con el match. El mercurio baja hasta los pies, corro sin avanzar. Mis pies dejan marcas son un rastro. Los rostros se componen de orgános y líneas y pierdo tiempo observando la especulación de la máquina. También caigo o llego al punto cero. Al mirar, desde la posición doce, observo largo tiempo. Olvido que tengo a mis costados a otros puntos. Esa leve vibración es el espacio. Ese sitio existe entre los pies y el suelo. Lo peligroso rodea a los otros puntos, lo que por proximidad me incluye. Del otro lado hay varios hombres, la feria es un éxito. Incluso quienes no lo hacen están haciéndolo por primera vez. Dos espaldas cubren la figura de una vendedora que lleva camisa color pastel. Las espaldas anchas forman un muro, la trinchera. Yo sujeto entre los dedos el botón. La pantalla destaca con poca definición los muslos de una deportista. También el cristal se transforma en un rectángulo de estática. La mujer desaparece por completo. Recuerdo la fotografía de una bolsa negra, dentron en un armario. Transcurren varios segundos, los suficientes. Los domingos suelen imprimirse pintados de rojo a diferencia de los otros días en cualquier calendario. El sitio ha sido abandonado, habrán pasado a la bodega, su rostro brilla con las dos luces, por radio comunican, uno de los puntos, susurra que estamos en bloque.
 

7/8/12

Leyenda Cañari







Cayo y Pangui vivían en la aldea de Cañaribamba. Alrededor de ellos habían varios ríos como el Culebrilla, el monte Gusano, lugares sagrados responsables de la riquezas y la salud de sus cercanos habitantes.  Esa mañana los niños la habían gastado jugando en la Burra Playa. Hasta allá corrieron dejando atrás a Shi, a Kisa, a otros niños que no querían alejarse de la aldea. Después de llenar sus Kipas con tocte, miraron el sol colgado en el centro del cielo y comprendieron que debían volver a la aldea. En el camino -pensaron- con un poco de suerte encontraran colibríes. Pueden vivir más que los hombres habían escuchado en la aldea.

Los niños tomaron el camino de regreso. Caminaban dando pequeños pasos, de ese modo, pensaban, llegarían y la comida estaría servida. El camino juntaba a la aldea con el valle Nishe, un sitio desde donde se observaban los riscos negros de luz roja y también Gigles sin temor a encontrar cóndores u animales como el oso. Pangui, quería que ya fuera otro día para iniciar el viaje al otro lado del Fasayñan.

En el cielo habían aves y también nubes oscuras que se aproximaban desde el otro lado del bosque.

Tras caminar y no hallar la aldea los niños se detuvieron. Callaron pero no hubo ruidos de hombres ni señales de otros niños, sus amigos. Una palta graznó de manera bulliciosa y molesta. Habían encontrado un lugar desconocido. Al mirar al cielo para ubicarse con el sol, observaron nubes, que no sólo cubrían la luz sino también a las copas de los árboles. Los árboles al perderse entre las nubes parecían ser más grandes, su altura parecía no tener fin. Hipnotizados siguieron la forma de las nubes que nunca habían estado tan cerca del suelo. Parecía que ellas querían acercarse a ellos. -Es señal de Jene- dijo Pangui. Impresionados retomaron el paso en cualquier dirección, Jene era la forma Cañari de decir tormenta. Algo confundidos encontraron un claro en el bosque donde cantaba un ave, parecía ser un búho.

El viento movía el cabello de los niños. El ave alzó vuelo, sus alas golpearon las ramas. El bosque nunca calla dijo Pangui. En el suelo habían huellas de liebre. Ambos miraron a los árboles que soportaban la arremetida, se mecían de un lado a otro. Cayo recordó que antes de llegar a la aldea el camino se doblaba como un caracol dos veces. Pangui miró bajo sus pies, el camino curvaba a unos metros del claro. Lo que no cuadraba era su dimensión, dentro de él los niños parecían dos ardillas, eran diminutos.

Las espaldas se iluminaron por la caída de un enorme rayo. Corrieron con la fuerza de diez hombres. Al otro lado del sendero observaron caminos más pequeños que se cruzaban entre sí. Estaban perdidos, no cabía duda de ello. La luz parecía abandonarlos. Sus ojos se perdían entre tanto camino y árbol. Hasta los árboles eran distintos. Los niños sintieron las gotas de agua sobre sus kipas y sus brazos. Dieron media vuelta caminando hacia a la tormenta.

Cruzaron frente al claro del bosque pero no se detuvieron. Caminaban con la esperanza de encontrar a alguien, a Deleg o al joven Paire. La lluvia les quitaba visibilidad.

Tras la cortina de agua el bosque aparecía y desaparecía, como en los sueños era una imagen indefinida. Por accidente llegaron a unas laderas, es el Fasayñan dijo Cayo. Como el agua había cubierto sus tobillos decidieron subir la montaña: En caso de que el Hatun-Cañar desborde debes buscar alturas había dicho el padre de Pangui. Con dificultad los niños treparon el Fasayñan. Evitaban voltear a ver pues ello les quitaba fuerzas. El barro golpeaba sus mejillas, a veces, sus pies eran atrapados entre los pliegues y lodo de la montaña. El agua que subía se acercaba ya a sus pies.

Normalmente, a esa hora del día, el sol ocupaba el centro del cielo como un ojo dorado que lo mira todo. En su lugar una mancha oscura ocultaba las cosas. Era como si el sol se hubiera apagado o como si mirara con el párpado entrecerrado pues la oscuridad era total. Los niños se detuvieron y buscaron entre las nubes un rastro de luz. La mancha que parecía moverse cambiaba de forma y color, era oscura, irregular, rápida, hacía pensar que del cielo colgaba un montículo de tierra.

La montaña también sufre e intenta levantarse dijo Cayo. Mientras subimos ella respira porque el agua quiere cubrirnos y ella sabe que no se puede mover. Agotados se detuvieron a tomar el aire que les faltaba. La entrada a una cueva apareció ante sus ojos. Los rayos que caían iluminaron parte la entrada. La luz mostró el suelo seco y las paredes amarillas. Los niños llamaron pero nadie respondió. Desde la cueva buscaron al Hiruñan, creyeron verlo pero no estaban seguros. Sólo el Fasayñan parecía sobrevivir tras la fuerza de la tormenta, quizás habían otros como ellos en otras montañas.
  
Pangui y Cayo permanecieron abrazados. La tierra absorbió la humedad, sus cuerpos ya no perdieron calor. Pangui miró a Cayo que tosía.

La tormente cayó con más fuerza, el ruido sobre el pozo era atronador. Los relámpagos se alejaban y tambien caían cerca como hilos azules. Se reflejaban en el pozo, llegaban a la entrada de la cueva. El cansancio hizo que los niños durmieran.

 El sol apareció sobre el espejo de agua. Su luz era fuerte,  como si el mundo estuviera en el medio, detenido entre dos soles. El reflejo iluminaba la cueva, llegaba a los pies de los niños. Cayo golpeó a Pangui en el hombro. Pangui no se movió. Cayo salió de la cueva. Miró al sol en el agua. Cegado por el resplandor intentó atraparlo. El espejo de agua estaba a no más de un metro de distancia. Cayo no lo tocó pero el viento hizo vibrar el espejo. Pangui miraba también tras de Cayo.
Cuánto habremos dormido preguntó Cayo. Pangui se alegró de no oirlo toser. Habían pasado tres días, -nos salvó el Fasayñan- dijo Pangui,  Así es -dijo Cayo- mientras respiraba aumentó su tamaño para que el agua no lo alcance, dijo. Los niños miraron la cima del monte, todo el valle estaba bajo el líquido. Pangui vio a Cayo llorar, no temas dijo, busquemos algo para comer. Mientras subían a la cima, Pangui buscó la aldea, a sus padres.

En la cima habían rocas. Las lanzaron al aire, el viento se las llevó como si no tuvieran peso. Enojados lanzaron otras rocas montaña abajo. Cerraron los ojos, imaginaron un banquete, una fiesta llena de ollas y granos secos. Se recostaron sobre sus espaldas estudiaron el azul del cielo, mientras las nubes cruzaban haciendo un sonido suave que los arrulló hasta dormirlos. Aunque durmieron sintiéndose protegidos. Entre las nubes la silueta de dos Guacamayas se acercaban. En sueños los niños escuchaban las palabras de sus padres. Las aves azules cruzaron sobre sus cabezas, son Guacamayas dijeron despertando, llevaban frutas en su patas. -Esperaremos que baje el agua dijeron los niños, el agua atrae a la serpiente-, si no conseguimos comida, atraparemos a las dos aves.

Las guacamayas dejaron la fruta en la cueva de Fasayñan. Ellas eran Gual y Aca, dos cañaris protegidas por Viracocha. Los niños intentaron tres días sorprenderlas. Al cuarto, Cayo habló con ellas.

Descripción de ciertos objetos


La pared mantiene su lugar. Entre ella y mi rostro existen tres metros que podrían llenarse por obra y chasquido de otros rostros, los veo alineados verticalmente y con los ojos abiertos. La claraboya permite el paso al sol pero su fulgor rectangular no toca nuestro espacio, la pared y yo y los supuestos rostros verticales estamos a salvo.
Los pasos son importantes y obligatoriamente cortos. Para no perdernos de vista mantenemos la misma distancia durante todas las horas que permanecemos cerca, frente a frente. Yo cuento con los dedos las curiosidades destacadas que ella luce: de su piel de concreto o yeso cuelgan tres cuadros rectangulares que sugieren u obligan a mirar de izquierda a derecha y en sentido contrario, la lectura se la realiza por varios segundos lo que finaliza con la posibilidad de quedarse fijo y con la mirada en el centro. Cada vez que quito los ojos de mis manos y los levanto caigo sobre el mismo sitio: un florero, dentro frailejones, dientes de león. De rebote regresan nuevas imágenes, mi cabeza parece colgar de la pared dentro de aquel marco y poblada de ramas y flores amarillas. Intento no transformar el resto de mis miembros en figuras pero sé con toda seguridad que todo intento será inútil, más bien doy vuelta pero a mis espaldas hay un espacio blanco. Por cierto la pared a mis espaldas está pintada de magenta.

Intentar sonreir podría ser un acto confuso. Mis brazos forman unos labios con el fin de que la alegría se vuelva contagiosa. Los objetos sobre la mesa queman el tiempo dando saltos hacia el suelo, yo uso mis manos para protegerlos, no suceda que sus cristales estallen, los traigo de regreso y los llevo a dar vueltas como si entre ellos y yo formaramos una familia como aquellas que descienden de una hombrera dorada o hasta de la primera guerra mundial. El día luce su mejor perfil adornado por un cielo gris, sobre la mesa los vapores intentan llegar al techo. Los objetos parecen sacados de un aparador. Miro hacia el centro y encuentro como blanco el florero lleno de aguas oscuras aptas para el estómago de un gato. Subo a la mesa junto a los otros objetos, maullo y muevo la cola, de un salto intento voltear el jarro y lamo mis garras y salgo con la cabeza baja hacia el lugar donde el sol quema con fulgor.

El sol quema mis partes y las partes dentro de mis otras partes. Pienso que tanta holgura se debe a que llevo horas sin ser observado, los ruidos son sólo los que hacen aquellos artrópodos que con sus cabezas intentan hacer un orificio a la ventana. Mi estómago sigue un ritmo confuso, a veces rápido, a veces encadenado, es posible, para quien tenga tiempo, encontrar diferencias para dar fe de esta serie de insignificancias. Regreso siguiendo el rastro de mis pasos y doy un vistazo hacia el sitio en blanco: mis ojos amarillos se especializan y vuelven a grabarlo todo. El espacio en blanco también tiene sus propios ojos, con ellos logra protegerse lo que lo impide desaparecer. Yo encuentro un nuevo sitio para recostarme pues ahora que soy un felino debo entender la horizontalidad. En el sitio maullo y dirijo el cuerpo en busca de señales y elementos terrenales.  Los vigilas han perdido mi señal. No preocupa que mis ruidos den cuenta de mi posición, el espacio entre la pared y el lugar fundacional será poblado por los dueños de casa quienes, a una velocidad distinta, dejarán su huella y su nuevo orden que incluye modificaciones del tipo menos es más. Adivino que el fulgor dará la vuelta durante las siguientes 24 horas mientras las siluetas de mi cuerpo, de la claraboya serán tan extensas como una cuerda. Al repetir la hora el espacio lucirá idéntico, o con ligeras modificaciones.

6/8/12

Un mundo raro




Chavela me recuerda y me sugiere a un animal peludo, de esos que llevan motas y grumos colgados que sobresalen del resto del pelaje por su color radicalmente más oscuro, un oscuro aceituno sobre una mata blanca hueso. Por la mañana cuando me levanto enciendo la radio y la voz que se ha vuelto familiar anuncia lo inevitable, lo anuncia desde su butaca y su sillón de director de cadena de noticias, entonces sucede que debería pasar por una orden de alguien la tanda pero la decisión es la de transformar la noticia y pronto me envuelven desde los altavoces las opiniones y testimonios de quienes conocieron a la fallecida. Aquella familia lleva horas de arrivo, el diálogo a larga distancia y con diferencia horaria se vuelve contra mí y sin embargo no bajo el volumen, no intento cambiar de estación pero mi dial procura captar otras frecuencias, el bloqueo y el ruido ocurren de manera invisible, los decibeles parecen bajar hasta los cimentos de una pared o un rumor y entonces, insonorizado, estoy seguro, como dice cada medio día desde hace treinta años el Menacho, me creo a salvo. Pero esto dura sólo el tiempo de la tanda pospuesta, sucede hasta que yo mismo rememoro el hecho. 

Ayer murió la Vargas.

Los alumnos reaccionan de un modo que me resulta muy familiar, resultado de la fuerza que produce la frase, pronto veo el tono y el volumen de lo metafísico, un misticismo que logra (como si ellos, los alumnos, lo hubieran deseado) que olviden la teoría discutida. Aunque sea algo circunstancial eso de estar bien informados pienso que yo mismo soy una mentira, otra vez me veo en el último tugurio inventando cada vez que preguntan por mi pasado. La luz que entra por la ventana no nos ilumina ni nos da aliento, pasa como fondo entre todos nosotros los miembros de esta sociedad que quiere transformar la noche en trementina y cuerdas y geometría. Los cuellos alcanzan la altura del techo, entre esas carnes arrugadas y quemadas flota una nube de intimidad, la artista aplaudiría hasta convertir el café en mezcal y los vientos traerían un poco del norte.

Las siluetas que formamos en el estacionamiento parecen interesadas en quedarse pues auqnue se mueven tiene la velocidad de las piedras. Uso el mismo ademán con ellos, el mismo con el que despedí a la Vargas, la bala que remueve la raíz del cuello mira sin salir del cañón, pero pienso que yo también he caminado llevando una poma y un cuervo.

5/8/12

Televisión holística

Ilustración de Marco Chamorro


Los brazos colgaban de su cuerpo en forma plana, sin volumen, como dos tiras de cartón, el sólo cruzar junto a su cuerpo producía un temblor, el cual parecía listo a derrumbar también el fondo que rodeaba a la figura. Lograr una perspectiva era imposible puesto que la figura había sido concebida desde la ubicación frontal. En este caso quien observaba los cuerpos y los brazos que colgaban lo hacía desde la posición de butaca frente al escenario, y así cada una de las figuras presentaban la misma disposición y así parecían listas a poblar páginas y portadas y los carriles de los niños de entre 5 y 8 años para quienes las figuras serían amistosas y hasta familiares.
Al estirar el pie lo manipulo hasta alcanzar el escorzo e imagino la imagen fabricada o compuesta por tiras y recortes. Ella ha colgado el aviso sobre la puerta y pienso en lo inútil de vivir y de querer alcanzar metas que parecen llenar de orificios los minutos del día, pienso en la mañana, en la luz que rebota sobre las sábanas y en las palabras que pronto saldrán sin un sólo sentido y la marea y el pulso sube, entonces quisiera tener el volumen de una figura en cartón, pero todo dice lo contrario, varios capítulos en loop que amarran hasta dejarme tullido.

3/8/12

Siglo



Hay una mariposa que choca contra el vidrio. Podría levantarme y correr la ventana y escuchar una vez más su aleteo y el ladrido y el rumor de la calle cercana. El pie está extendido hasta donde dá, el estómago poblado de ácidos y químicas logran por fin que todo quede lucuado mientras por la claraboya el sol comienza a dar aparición. Pasarán dos horas entre hacerse a un lado y correr a la ventana; la música y  en especial la escala que suena de la trompeta impiden que vuelva sobre mis pasos, el disco es uno de Laurau. El pie sigue extendido, tiene la historia de la noche y recuerda la calle y el agujero y el traslado en vagón. El sol y cielo parecían ser los mismos de esta mañana pero ayer las alas giraban en todo el campo, coleccioné los movimientos, rápidos, imprevistos. Al despertar los labios llevaban horas mojando el pavimento. Guardé silencio y me dispuse a sentir el proceso del motor. El cabello golpeaba mi rostro, lo apreté con fuerza en su espalda. Quizás eran ir a 100, a 200, la luz entonces fue blanca, es decir el cielo de nuevo estaba sobre nuestros cuerpos tan cerca que borraba sus colores. 
La garganta dividida, es la química, la cabeza bajo la ducha y el rebote que hace el trip del tubo al espejo, los labios llenos, refrescado, envuelto, listo para el patio. El sol quema las carnes y la ropa colgada gira como en un parque y los ruidos, las máquinas que podan y los camiones cargados de arena y el viento, dorar la otra porción, el pasto bajo el pecho, el sol tan cerca, las puertas y las ramas a los costados, el cuerpo buscando todas las direcciones, durante el resto del día.