12/8/12

Substancia 77-07

Sin haberlas buscado, las respuestas llegaron. Parece algo sobrenatural. Quizás existe una mano invisible, supongo he vivido 30 años engañado. Se sienten las vueltas que da el mercurio, los nervios que se estiran, no es hambre, no es exceso de calorías, cerca más bien de lo eléctrico, de lo viral.
Intento no verlo. Es inútil, interno. De un lado del cuerpo cuelga un botón que predeciblemente será de color rojo, creo que hoy más que en ningún otro momento espero no dar gusto, seguir en contra.

Todos ruegan por mi dedo y la activación.

No son buenas noticias pues el clima influirá en la terminación del evento. Miro las carpas y la feria que ha durado tres días. En la trastienda improvisada tomo un descanso junto a otros empleados. La mesa puesta pero quedan sillas por llenar y eso me agita. Incluso cuando la puerta se abre; sé que el alimento sabe delicioso, caliente, fresco, apto para alargar la jornada, termino y guardo los envases en la zona de reciclaje. Los ojos lucen blindados por un escudo o campo magnético que destruye todo lo que intenta ingresar. El espacio parece haber perdido lugar en los bordes o extremos superiores. La atmósfera está compuesta de dos gases pero pueden haber otros ya que desde la posición el rastro es mínimo.
La pantalla digitaliza mi rostro. El expediente corresponde con el match. El mercurio baja hasta los pies, corro sin avanzar. Mis pies dejan marcas son un rastro. Los rostros se componen de orgános y líneas y pierdo tiempo observando la especulación de la máquina. También caigo o llego al punto cero. Al mirar, desde la posición doce, observo largo tiempo. Olvido que tengo a mis costados a otros puntos. Esa leve vibración es el espacio. Ese sitio existe entre los pies y el suelo. Lo peligroso rodea a los otros puntos, lo que por proximidad me incluye. Del otro lado hay varios hombres, la feria es un éxito. Incluso quienes no lo hacen están haciéndolo por primera vez. Dos espaldas cubren la figura de una vendedora que lleva camisa color pastel. Las espaldas anchas forman un muro, la trinchera. Yo sujeto entre los dedos el botón. La pantalla destaca con poca definición los muslos de una deportista. También el cristal se transforma en un rectángulo de estática. La mujer desaparece por completo. Recuerdo la fotografía de una bolsa negra, dentron en un armario. Transcurren varios segundos, los suficientes. Los domingos suelen imprimirse pintados de rojo a diferencia de los otros días en cualquier calendario. El sitio ha sido abandonado, habrán pasado a la bodega, su rostro brilla con las dos luces, por radio comunican, uno de los puntos, susurra que estamos en bloque.
 

7/8/12

Leyenda Cañari







Cayo y Pangui vivían en la aldea de Cañaribamba. Alrededor de ellos habían varios ríos como el Culebrilla, el monte Gusano, lugares sagrados responsables de la riquezas y la salud de sus cercanos habitantes.  Esa mañana los niños la habían gastado jugando en la Burra Playa. Hasta allá corrieron dejando atrás a Shi, a Kisa, a otros niños que no querían alejarse de la aldea. Después de llenar sus Kipas con tocte, miraron el sol colgado en el centro del cielo y comprendieron que debían volver a la aldea. En el camino -pensaron- con un poco de suerte encontraran colibríes. Pueden vivir más que los hombres habían escuchado en la aldea.

Los niños tomaron el camino de regreso. Caminaban dando pequeños pasos, de ese modo, pensaban, llegarían y la comida estaría servida. El camino juntaba a la aldea con el valle Nishe, un sitio desde donde se observaban los riscos negros de luz roja y también Gigles sin temor a encontrar cóndores u animales como el oso. Pangui, quería que ya fuera otro día para iniciar el viaje al otro lado del Fasayñan.

En el cielo habían aves y también nubes oscuras que se aproximaban desde el otro lado del bosque.

Tras caminar y no hallar la aldea los niños se detuvieron. Callaron pero no hubo ruidos de hombres ni señales de otros niños, sus amigos. Una palta graznó de manera bulliciosa y molesta. Habían encontrado un lugar desconocido. Al mirar al cielo para ubicarse con el sol, observaron nubes, que no sólo cubrían la luz sino también a las copas de los árboles. Los árboles al perderse entre las nubes parecían ser más grandes, su altura parecía no tener fin. Hipnotizados siguieron la forma de las nubes que nunca habían estado tan cerca del suelo. Parecía que ellas querían acercarse a ellos. -Es señal de Jene- dijo Pangui. Impresionados retomaron el paso en cualquier dirección, Jene era la forma Cañari de decir tormenta. Algo confundidos encontraron un claro en el bosque donde cantaba un ave, parecía ser un búho.

El viento movía el cabello de los niños. El ave alzó vuelo, sus alas golpearon las ramas. El bosque nunca calla dijo Pangui. En el suelo habían huellas de liebre. Ambos miraron a los árboles que soportaban la arremetida, se mecían de un lado a otro. Cayo recordó que antes de llegar a la aldea el camino se doblaba como un caracol dos veces. Pangui miró bajo sus pies, el camino curvaba a unos metros del claro. Lo que no cuadraba era su dimensión, dentro de él los niños parecían dos ardillas, eran diminutos.

Las espaldas se iluminaron por la caída de un enorme rayo. Corrieron con la fuerza de diez hombres. Al otro lado del sendero observaron caminos más pequeños que se cruzaban entre sí. Estaban perdidos, no cabía duda de ello. La luz parecía abandonarlos. Sus ojos se perdían entre tanto camino y árbol. Hasta los árboles eran distintos. Los niños sintieron las gotas de agua sobre sus kipas y sus brazos. Dieron media vuelta caminando hacia a la tormenta.

Cruzaron frente al claro del bosque pero no se detuvieron. Caminaban con la esperanza de encontrar a alguien, a Deleg o al joven Paire. La lluvia les quitaba visibilidad.

Tras la cortina de agua el bosque aparecía y desaparecía, como en los sueños era una imagen indefinida. Por accidente llegaron a unas laderas, es el Fasayñan dijo Cayo. Como el agua había cubierto sus tobillos decidieron subir la montaña: En caso de que el Hatun-Cañar desborde debes buscar alturas había dicho el padre de Pangui. Con dificultad los niños treparon el Fasayñan. Evitaban voltear a ver pues ello les quitaba fuerzas. El barro golpeaba sus mejillas, a veces, sus pies eran atrapados entre los pliegues y lodo de la montaña. El agua que subía se acercaba ya a sus pies.

Normalmente, a esa hora del día, el sol ocupaba el centro del cielo como un ojo dorado que lo mira todo. En su lugar una mancha oscura ocultaba las cosas. Era como si el sol se hubiera apagado o como si mirara con el párpado entrecerrado pues la oscuridad era total. Los niños se detuvieron y buscaron entre las nubes un rastro de luz. La mancha que parecía moverse cambiaba de forma y color, era oscura, irregular, rápida, hacía pensar que del cielo colgaba un montículo de tierra.

La montaña también sufre e intenta levantarse dijo Cayo. Mientras subimos ella respira porque el agua quiere cubrirnos y ella sabe que no se puede mover. Agotados se detuvieron a tomar el aire que les faltaba. La entrada a una cueva apareció ante sus ojos. Los rayos que caían iluminaron parte la entrada. La luz mostró el suelo seco y las paredes amarillas. Los niños llamaron pero nadie respondió. Desde la cueva buscaron al Hiruñan, creyeron verlo pero no estaban seguros. Sólo el Fasayñan parecía sobrevivir tras la fuerza de la tormenta, quizás habían otros como ellos en otras montañas.
  
Pangui y Cayo permanecieron abrazados. La tierra absorbió la humedad, sus cuerpos ya no perdieron calor. Pangui miró a Cayo que tosía.

La tormente cayó con más fuerza, el ruido sobre el pozo era atronador. Los relámpagos se alejaban y tambien caían cerca como hilos azules. Se reflejaban en el pozo, llegaban a la entrada de la cueva. El cansancio hizo que los niños durmieran.

 El sol apareció sobre el espejo de agua. Su luz era fuerte,  como si el mundo estuviera en el medio, detenido entre dos soles. El reflejo iluminaba la cueva, llegaba a los pies de los niños. Cayo golpeó a Pangui en el hombro. Pangui no se movió. Cayo salió de la cueva. Miró al sol en el agua. Cegado por el resplandor intentó atraparlo. El espejo de agua estaba a no más de un metro de distancia. Cayo no lo tocó pero el viento hizo vibrar el espejo. Pangui miraba también tras de Cayo.
Cuánto habremos dormido preguntó Cayo. Pangui se alegró de no oirlo toser. Habían pasado tres días, -nos salvó el Fasayñan- dijo Pangui,  Así es -dijo Cayo- mientras respiraba aumentó su tamaño para que el agua no lo alcance, dijo. Los niños miraron la cima del monte, todo el valle estaba bajo el líquido. Pangui vio a Cayo llorar, no temas dijo, busquemos algo para comer. Mientras subían a la cima, Pangui buscó la aldea, a sus padres.

En la cima habían rocas. Las lanzaron al aire, el viento se las llevó como si no tuvieran peso. Enojados lanzaron otras rocas montaña abajo. Cerraron los ojos, imaginaron un banquete, una fiesta llena de ollas y granos secos. Se recostaron sobre sus espaldas estudiaron el azul del cielo, mientras las nubes cruzaban haciendo un sonido suave que los arrulló hasta dormirlos. Aunque durmieron sintiéndose protegidos. Entre las nubes la silueta de dos Guacamayas se acercaban. En sueños los niños escuchaban las palabras de sus padres. Las aves azules cruzaron sobre sus cabezas, son Guacamayas dijeron despertando, llevaban frutas en su patas. -Esperaremos que baje el agua dijeron los niños, el agua atrae a la serpiente-, si no conseguimos comida, atraparemos a las dos aves.

Las guacamayas dejaron la fruta en la cueva de Fasayñan. Ellas eran Gual y Aca, dos cañaris protegidas por Viracocha. Los niños intentaron tres días sorprenderlas. Al cuarto, Cayo habló con ellas.

Descripción de ciertos objetos


La pared mantiene su lugar. Entre ella y mi rostro existen tres metros que podrían llenarse por obra y chasquido de otros rostros, los veo alineados verticalmente y con los ojos abiertos. La claraboya permite el paso al sol pero su fulgor rectangular no toca nuestro espacio, la pared y yo y los supuestos rostros verticales estamos a salvo.
Los pasos son importantes y obligatoriamente cortos. Para no perdernos de vista mantenemos la misma distancia durante todas las horas que permanecemos cerca, frente a frente. Yo cuento con los dedos las curiosidades destacadas que ella luce: de su piel de concreto o yeso cuelgan tres cuadros rectangulares que sugieren u obligan a mirar de izquierda a derecha y en sentido contrario, la lectura se la realiza por varios segundos lo que finaliza con la posibilidad de quedarse fijo y con la mirada en el centro. Cada vez que quito los ojos de mis manos y los levanto caigo sobre el mismo sitio: un florero, dentro frailejones, dientes de león. De rebote regresan nuevas imágenes, mi cabeza parece colgar de la pared dentro de aquel marco y poblada de ramas y flores amarillas. Intento no transformar el resto de mis miembros en figuras pero sé con toda seguridad que todo intento será inútil, más bien doy vuelta pero a mis espaldas hay un espacio blanco. Por cierto la pared a mis espaldas está pintada de magenta.

Intentar sonreir podría ser un acto confuso. Mis brazos forman unos labios con el fin de que la alegría se vuelva contagiosa. Los objetos sobre la mesa queman el tiempo dando saltos hacia el suelo, yo uso mis manos para protegerlos, no suceda que sus cristales estallen, los traigo de regreso y los llevo a dar vueltas como si entre ellos y yo formaramos una familia como aquellas que descienden de una hombrera dorada o hasta de la primera guerra mundial. El día luce su mejor perfil adornado por un cielo gris, sobre la mesa los vapores intentan llegar al techo. Los objetos parecen sacados de un aparador. Miro hacia el centro y encuentro como blanco el florero lleno de aguas oscuras aptas para el estómago de un gato. Subo a la mesa junto a los otros objetos, maullo y muevo la cola, de un salto intento voltear el jarro y lamo mis garras y salgo con la cabeza baja hacia el lugar donde el sol quema con fulgor.

El sol quema mis partes y las partes dentro de mis otras partes. Pienso que tanta holgura se debe a que llevo horas sin ser observado, los ruidos son sólo los que hacen aquellos artrópodos que con sus cabezas intentan hacer un orificio a la ventana. Mi estómago sigue un ritmo confuso, a veces rápido, a veces encadenado, es posible, para quien tenga tiempo, encontrar diferencias para dar fe de esta serie de insignificancias. Regreso siguiendo el rastro de mis pasos y doy un vistazo hacia el sitio en blanco: mis ojos amarillos se especializan y vuelven a grabarlo todo. El espacio en blanco también tiene sus propios ojos, con ellos logra protegerse lo que lo impide desaparecer. Yo encuentro un nuevo sitio para recostarme pues ahora que soy un felino debo entender la horizontalidad. En el sitio maullo y dirijo el cuerpo en busca de señales y elementos terrenales.  Los vigilas han perdido mi señal. No preocupa que mis ruidos den cuenta de mi posición, el espacio entre la pared y el lugar fundacional será poblado por los dueños de casa quienes, a una velocidad distinta, dejarán su huella y su nuevo orden que incluye modificaciones del tipo menos es más. Adivino que el fulgor dará la vuelta durante las siguientes 24 horas mientras las siluetas de mi cuerpo, de la claraboya serán tan extensas como una cuerda. Al repetir la hora el espacio lucirá idéntico, o con ligeras modificaciones.

6/8/12

Un mundo raro




Chavela me recuerda y me sugiere a un animal peludo, de esos que llevan motas y grumos colgados que sobresalen del resto del pelaje por su color radicalmente más oscuro, un oscuro aceituno sobre una mata blanca hueso. Por la mañana cuando me levanto enciendo la radio y la voz que se ha vuelto familiar anuncia lo inevitable, lo anuncia desde su butaca y su sillón de director de cadena de noticias, entonces sucede que debería pasar por una orden de alguien la tanda pero la decisión es la de transformar la noticia y pronto me envuelven desde los altavoces las opiniones y testimonios de quienes conocieron a la fallecida. Aquella familia lleva horas de arrivo, el diálogo a larga distancia y con diferencia horaria se vuelve contra mí y sin embargo no bajo el volumen, no intento cambiar de estación pero mi dial procura captar otras frecuencias, el bloqueo y el ruido ocurren de manera invisible, los decibeles parecen bajar hasta los cimentos de una pared o un rumor y entonces, insonorizado, estoy seguro, como dice cada medio día desde hace treinta años el Menacho, me creo a salvo. Pero esto dura sólo el tiempo de la tanda pospuesta, sucede hasta que yo mismo rememoro el hecho. 

Ayer murió la Vargas.

Los alumnos reaccionan de un modo que me resulta muy familiar, resultado de la fuerza que produce la frase, pronto veo el tono y el volumen de lo metafísico, un misticismo que logra (como si ellos, los alumnos, lo hubieran deseado) que olviden la teoría discutida. Aunque sea algo circunstancial eso de estar bien informados pienso que yo mismo soy una mentira, otra vez me veo en el último tugurio inventando cada vez que preguntan por mi pasado. La luz que entra por la ventana no nos ilumina ni nos da aliento, pasa como fondo entre todos nosotros los miembros de esta sociedad que quiere transformar la noche en trementina y cuerdas y geometría. Los cuellos alcanzan la altura del techo, entre esas carnes arrugadas y quemadas flota una nube de intimidad, la artista aplaudiría hasta convertir el café en mezcal y los vientos traerían un poco del norte.

Las siluetas que formamos en el estacionamiento parecen interesadas en quedarse pues auqnue se mueven tiene la velocidad de las piedras. Uso el mismo ademán con ellos, el mismo con el que despedí a la Vargas, la bala que remueve la raíz del cuello mira sin salir del cañón, pero pienso que yo también he caminado llevando una poma y un cuervo.

5/8/12

Televisión holística

Ilustración de Marco Chamorro


Los brazos colgaban de su cuerpo en forma plana, sin volumen, como dos tiras de cartón, el sólo cruzar junto a su cuerpo producía un temblor, el cual parecía listo a derrumbar también el fondo que rodeaba a la figura. Lograr una perspectiva era imposible puesto que la figura había sido concebida desde la ubicación frontal. En este caso quien observaba los cuerpos y los brazos que colgaban lo hacía desde la posición de butaca frente al escenario, y así cada una de las figuras presentaban la misma disposición y así parecían listas a poblar páginas y portadas y los carriles de los niños de entre 5 y 8 años para quienes las figuras serían amistosas y hasta familiares.
Al estirar el pie lo manipulo hasta alcanzar el escorzo e imagino la imagen fabricada o compuesta por tiras y recortes. Ella ha colgado el aviso sobre la puerta y pienso en lo inútil de vivir y de querer alcanzar metas que parecen llenar de orificios los minutos del día, pienso en la mañana, en la luz que rebota sobre las sábanas y en las palabras que pronto saldrán sin un sólo sentido y la marea y el pulso sube, entonces quisiera tener el volumen de una figura en cartón, pero todo dice lo contrario, varios capítulos en loop que amarran hasta dejarme tullido.

3/8/12

Siglo



Hay una mariposa que choca contra el vidrio. Podría levantarme y correr la ventana y escuchar una vez más su aleteo y el ladrido y el rumor de la calle cercana. El pie está extendido hasta donde dá, el estómago poblado de ácidos y químicas logran por fin que todo quede lucuado mientras por la claraboya el sol comienza a dar aparición. Pasarán dos horas entre hacerse a un lado y correr a la ventana; la música y  en especial la escala que suena de la trompeta impiden que vuelva sobre mis pasos, el disco es uno de Laurau. El pie sigue extendido, tiene la historia de la noche y recuerda la calle y el agujero y el traslado en vagón. El sol y cielo parecían ser los mismos de esta mañana pero ayer las alas giraban en todo el campo, coleccioné los movimientos, rápidos, imprevistos. Al despertar los labios llevaban horas mojando el pavimento. Guardé silencio y me dispuse a sentir el proceso del motor. El cabello golpeaba mi rostro, lo apreté con fuerza en su espalda. Quizás eran ir a 100, a 200, la luz entonces fue blanca, es decir el cielo de nuevo estaba sobre nuestros cuerpos tan cerca que borraba sus colores. 
La garganta dividida, es la química, la cabeza bajo la ducha y el rebote que hace el trip del tubo al espejo, los labios llenos, refrescado, envuelto, listo para el patio. El sol quema las carnes y la ropa colgada gira como en un parque y los ruidos, las máquinas que podan y los camiones cargados de arena y el viento, dorar la otra porción, el pasto bajo el pecho, el sol tan cerca, las puertas y las ramas a los costados, el cuerpo buscando todas las direcciones, durante el resto del día.

31/7/12

Highway

Conduzco, por la ventanilla entra el perímetro, a los lados, en dirección desde adelante cruzan letreros, esquinas, semáforos. Uso una sola mano, en realidad la mitad del cuerpo, el resto ha llegado o está sentado frente a una mesa, bebiendo ron o ponches o tapando el rostro tras una cortina tras la retirada de Lola, o Lolita o la hija de Marla o la exhalación anterior a la inmersión. No la vi venir. Como no es recomendable soñar o recordar mientras conduzco sacudo con fuerza el rostro hasta dejarlo pegado a las ventanillas y el tablero pero el rostro llega a la carretera e incluso a los faros del auto que viene en sentido contrario. La música logra su fin y pronto viajamos dentro de una panga y son las olas y el rumor el que impulsa a la tripulación. El semáforo levanta un dedo pero ya la vuelta y el giro lo dejan de espaldas, subo el volumen como un acto de fe ante la maravilla de un trailer o una barrera o las paredes y las ruedas de un tren. 
El siguiente semáforo corona la llegada del medio día. Son horas y kilómetros, todos los movimientos laterales, vistos de perfil, incluso la música que carece de sentido y significado pero que acomoda su volumen entre el espacio del copiloto y el aire acondicionado. Subo el vidrio, las barreras en las curvas evitan rozar al auto.

30/7/12

Padrino

Baja el volumen, baja el volumen, baja el volumen pero logro enterrar su voz e incluso alcanzo a cubrirme sin querer por lo que corro lejos de aquella área sin haber bajado ni apagado el televisor. El sol sonríe con todos sus dientes. A esta hora las filas van por su primera campaña, turno y ventanilla y un documento incompleto, fila en la peatonal, turno para la fotocopia, alejarse hasta perder y borrar y maquillar toda relación, rastro, código de ciudadano; pienso como lo haría un clavo, el sol es el martillo.  Mañana por toda la mañana y así hasta que pierdo el cuerpo.
Al despertar ya no soy un clavo. Los oídos gordos derraman y han dejado de respirar. La lengua encontrará una cueva a la que empotrará una ventana y dejará de ser cueva. Muerdo el órgano y las palabras viven comprimidas sí, bang bang, y los oídos se ponen blancos. Hay ojos para ver y plumas y el efecto y el dolor estrábico, el cuello forrado con piel y la campana que suena cada diez segundos, KO, Zzzz, KO, Zzzzz, sube la ventanilla grita El Penitente y comprendo sin ánimos y quizás fue y el viento y polvo soy, pero bang y la guillotina cae derribada y a un lado los brazos las piernas chocan con una pileta. Adentro el olor a pólvora quema las encías de Enrique quien peina su chiva de animal mamífero y medias blancas lavadas con pómez. Yo, sí, el hombre de los dos cuerpos sirvo para la materia oscura. Por motivos desconocidos entro a observación. 
Los lápices y su lugar en el taller. La cuchilla y la madera balsa. Pellejos, NIN, construcción de una nueva plaza sobre todas las plazas. El lápiz cicatriza la forma plana del libro. La superficie protegida, medio centímetro, ella cubierta por la chaqueta damas chinas. La luz que flota como espuma, no hay información, signos vitales, pulso, refrigerador.
Luis XV desayuna. La puerta deja escapar la luz amarilla. Sí, sobre la mesa hay otra mesa.

12/7/12

Las flores con limón






Qué opinas pregunta Charles y como yo había preparado la respuesta desde la noche pasada respondo te pasaste con el caos organizado Charles, entonces lo veo bajar su mirada y encontrar mi rostro en fragmentos que le sonríen desde el suelo con esa sonrisa tan llena de dientes blancos y grandes que me caracterizan. Ahí me quedo de pie pensando en atraer metales raros en forma de aletas, de aguijones no rubios ni ancianos pienso para adentro, y entonces Jordan le toca la cintura a Diana, que viene cargando desde la mañana en que metimos dos goles, mañana de asado en la mitad del estadio donde llenamos por una semana la fosa. Ahí estamos, Diana, Las manos de Jordan El arquero y mis ganas de ser una figura de plástico o un paper toy. En las gradas hay gente sentada, con los pies colgando pues parece que al personal le rodea una muralla, lástima pienso, podríamos formarnos frente al sol y condenarlo al desgraciado a pedir permiso o a quemar con delicadeza, de a ratos, por partes, somos cincuenta y todos con labios y cuerpos oblicuos y laterales. Prontó llegará tarareo mentalmente y entonces Troya aplaude con ambas manos, más bien nos esforzamos y sobrevivimos a La explosión aunque algunos corren en busca de sus extremidades y uno que otro hígado, sabemos lo que sigue y el Japonés hace la intención de bajar y yo lo acompaño y frente al Troya planto mis huesos.
Troya es el único que escucha, un jueguito ha de ser hoy digo pero algo pierdo y las vocales llegan inconclusas. Troya no está, es decir, Troya está de tour, quiere barra brava, debí suponer y lanzarme para técnico digo en voz baja y ya vienen los que funcamos como futuro gris de la supuesta Patria. Patria que navegará sobre una panga pienso. Ya de una Troya nos larga de sus narices hasta la cancha más lejana lejos del mundanal ruido que debe suponer nos tiene tan aterciopelados aunque debería primero mandarnos a aprender a soplarnos los mocos: lo veo al Jordan con Anelo, al maricón del Elvis con El Drol, supongo que yo iría tras sus filas nalgeando sus rosadas carnes y pujando por lograr que todos graben mi rostro, pero entonces se acaba el minuto romano y me despierto en la confusa misión de escoger equipos. Mi silencio es inmortal. Algo hago y así, sin pedirlo surge el universo.
Siento a través de los dedos y pronto veo el destino: la roja larga y pegajosa. Para ponerme un rato a salvo hago como si la religión me prohibiera caminar hacia el este ¿cuál de todas? me digo para evitar convertirme en La sal, esa roja y mojada y agridulce que baja estirándose de los oídos, desde la contusión interna entre el nervio óptico y el lugar donde se reproducen los sonidos. Te pasaste con el Branded le grito al Charles, que debe mirar entre sus manos como si estuviera hecho de agua. Una aguita o las medias dice el maricón del Elvis, puto el másoholgazán me repito y le dibujo los naranjazos y el chaj chaj y lo veo rogarme y salir corriendo y desde la media cancha volver a rogarme y salir corriendo y yo como hidrante de piedra, fuckyouputobabitas le digo, ni tan stone, y entonces lo veo y me veo agarrarlo con la zarpa y luego un ¡zum!, ¡paf! y pronto soy alcanzado y la aguita roja que ya no sale de las uñas y el rico Chaj!.

Brujería

Robi toca, apuro a colocar la oreja y el nervio junto al parlante, salen los riffs, los arreglos, descubro con emoción que mi cuerpo se ha estirado hasta alcanzar la forma de un sorbete. Bebo y dejo que la vida de estos músicos me lleve lejos, hasta cuando sea posible recordar las imágenes de todos los pasados, las líneas finas del instrumento parecen salir gracias a la acción de mis yemas, yemas duras como la palma de un lobo, así escucho a Robi que estira el cuello hasta la luna, llora tras regar la leche, la sombra llega hasta mis pies y es en esa montaña donde recibo los escombros: vienen siguiendo el ritmo de una piel estirada entre los anillos de un tambor, son empujados para que bailen y luego formen el piso y la tierra y la superficie de los nuevos escombros, bajo sus pies y su cha cha bum, yo mismo sigo pensando en quedarme hasta que alcancemos el ojo, hasta que nos alcance para beber la lava.

Robi mira hacia el suelo sin levantar los ojos como si ahí hubiera descansado hasta cuando mató al pulpo. Quizás mira aún la sangre negra y las pupilas hinchadas del exceso de oxígeno, como si aún aquel bicho de las profundidades fuera a levantarse, capaz que Robi llevará en el cuello uno de sus ocho miembros, para qué exponerse a otra batalla, pues las últimas nos han alejado a Robi.