12/7/12

Brujería

Robi toca, apuro a colocar la oreja y el nervio junto al parlante, salen los riffs, los arreglos, descubro con emoción que mi cuerpo se ha estirado hasta alcanzar la forma de un sorbete. Bebo y dejo que la vida de estos músicos me lleve lejos, hasta cuando sea posible recordar las imágenes de todos los pasados, las líneas finas del instrumento parecen salir gracias a la acción de mis yemas, yemas duras como la palma de un lobo, así escucho a Robi que estira el cuello hasta la luna, llora tras regar la leche, la sombra llega hasta mis pies y es en esa montaña donde recibo los escombros: vienen siguiendo el ritmo de una piel estirada entre los anillos de un tambor, son empujados para que bailen y luego formen el piso y la tierra y la superficie de los nuevos escombros, bajo sus pies y su cha cha bum, yo mismo sigo pensando en quedarme hasta que alcancemos el ojo, hasta que nos alcance para beber la lava.

Robi mira hacia el suelo sin levantar los ojos como si ahí hubiera descansado hasta cuando mató al pulpo. Quizás mira aún la sangre negra y las pupilas hinchadas del exceso de oxígeno, como si aún aquel bicho de las profundidades fuera a levantarse, capaz que Robi llevará en el cuello uno de sus ocho miembros, para qué exponerse a otra batalla, pues las últimas nos han alejado a Robi.

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