20/4/12

Despanzurrado entre dos cojines con piel de elefante

Deseo ser parte de otro cuerpo, casi me muevo con la cola sirviéndome de apoyo y con el estómago cerca de las patas, tocando su redondez con el hocico, ¿he cambiado de forma? ella duerme sobre una manta llena de sus rastros, sueña con algo que no le ha importado ni le va a quitar el sueño, en la madrugada me despertará con dos palabras, yo, como un robot quitaré las clavijas y la veré saltar aun con la falta de luz.
De tener sus ojos yo sería un especialista y un fizgón de esos que aprovechan los descuidos y atraviezan los marcos y los cristales y las cortinas en medio de una tormenta de arena, ojos aptos, pienso, para la falta de soles. Yo sentado bajo una cantidad indecente de paredes cubiertas de blanco, viviendo a toda palanca para alcanzar la supuesta verdad de la caja blanca, garras me hacen falta, si tuviera sus uñas, módulos de capacidades retráctiles como los paraguas de seis dólares, invisibles, firmes sobre la madera, hay rastros me digo, que deberán ser cubiertos, a veces un jean, seguido del grito, al fin las puntas, al fin su lana.

19/4/12

Ausencia de huellas, búsqueda de lado y a cuatro manos

¿Qué seguía?, el cuerpo desordenado, la vista dividida, los objetos con sus sombras sobrepuestas, habré cruzado alguna línea invisible o era sólo el abuso del éter, ese demonio licenciado para tullir, el último recuerdo es el de aquella farmacia en Blonfield a kilómetros de algún centro de salud y de sus barbitúricos, multiplicar dije, aquel despertar tendría que soportarlo dentro de esta ciudad, contando en reversa, mirando cada tanto la punta de mis pies, no sería difícil, ya antes las cosas se han inclinado, sería razonable no caer en la coincidencia fonológica, buscar pronto el Ending world, allí sería mas fácil con el cuerpo rebotando y todo ese ruido llenando los espacios. Éstas luces pretenden encenderme como a un semáforo, detenerse diré, durante las próximas horas de mi paseo por las ramblas de la ciudad del Conejo.

Encontré un lugar para el tiburón. -Ésta noche- pensé, y vi a diez personas acercarse, personas que esperaban encontrar la verdad en la voz de cualquier buen ciudadano. Quizás hablaba en voz alta, VozAlta, dije, en voz alta, antes de que un hombre parecido a un rinoceronte sostuviera mis brazos en alto, brazos que aún me parecen débiles y largos como tallarines. Es el dueño del mar, dije, señalando hacia donde se encontraba el tiburón pero el acorazado se dedicó a hurgarme con sus cuernos. Adentro guardé el ticket y miré como unas cebras cargaban en sus espaldas al gran pez. La señal había pasado, las cosas ocupaban sus lugares, no vi monkeys, pienso que ellos son los llamados a mirar de frente y a los ojos. Aproveché para calar la pipa, no olvidaba que afuera estaba el conejo, capaz de actos verdaderamente irreconciliables. Otro rinoceronte me observaba con ganas de convertirme en su mueble. Bebí del vaso. Las luces de apagaron, antes de llegar al escenario, me pregunté con bastante ánimo si sería cierto, al fin estaba yo ubicado en el centro mismo o es que había conquistado la jungla dorada sin una pluma ni una mitad de papel. Reflexione también sobre la civilización romana, siglos de interrogación seguidos de hombres condenados sobre el mismo puente, mi papel creí era el de representar y tomar nota de todo lo que fue y de aquello que quiere ser, mastiqué un hielo, un gordo con la remera hasta el ombligo dijo buenas noches, lo vi desde el público, lo hizo sin abrir su boca,

12/4/12

Mata huru-hara

Leyó el mensaje enviado al móvil: queda poco tiempo.
Levantó el cuerpo, levantó un par de sábanas, hizo todos los ruidos que pudo, miró de nuevo el mueble, buscó debajo de él, sus pies quedaron bajo almohadas y edredones y pieles polares, miró debajo de aquella elevación. Hubo un ruido externo, sin dirigirse fue sorprendido, casi que miraba desde el techo, encender una luz, encender uno de los parlantes. Al hacer on la verdad se reproduce y rebota, entonces él decide sintonizar mejor, una estación se dice para sí mismo que no repita sus comerciales, entonces él recuerda y mira a cada lado como si de aquello dependiera el ritmo y el pulso de una transversal, recorre las esquinas, al contarlas su rostro rebota luego del efecto del taco, taco y tiza se dice para sí mismo y sonríe y recuerda qué hace parado en medio de la sala, o de aquella habitación imaginada para ser cubierta por visitas y risitas se dice para sí mismo preguntándose qué sucedió, a dónde hay que dirigirse.

30/3/12

Segundo tanque.

Ni las toses lograron cumplir mis cometidos. Muevo el cuerpo esperando que sea la casa y la cuadra quienes cambien, quienes sufran un mínimo telúrico. Lo que sucede es instantáneo, sucede que las patas de la silla crujen sobre la madera, viven durante dos segundos. Entonces es posible observar: veo que a cada lado de el espacio surten suertes de balcones y escenarios. Nada como el redondel en la mitad de la plaza, polifemo absorve y graba como en una cinta. Sin ocupar espacios consigo la infinita cualidad del ser doble, el movimiento derecho es casi un reflejo del complicado girar izquierdo, casi que cada extremidad camina por su lado contrario, mientras uno posa frente al sol del sur, el otro mira debajo de algunos cuerpos celestes. Cuerpos próximos al verano. El monitor aumenta su resolución, las palabras adquieren una vida icónica, es tal su magnitud que siento ser tan poco apto para entenderlas. Entonces los párráfos caen como desde una volqueta, párrafos amontonados de avisos recortados, sucede que dentro de ellos se repiten los nombres que había usado cuando preguntaban mi procedencia y mi virtud. Pienso y busco aquel que recuerdo haber tenido en la garganta, el más combinado, pruebo a pronunciar palabras en varios sentidos, me toma volver del verano, retratar un cuerpo sobre aquel balcón , pienso en que hay nombres a los que se les dedica no solo una mañana, bajo el ojo de un buzo, inmóvil en la escafandra.

27/3/12

Son de Kaius

Pedí que se fuera, lo ha hecho, llevo despierto 2 días, hay sobras de ella, su rostro me perseguirá han dicho quienes nos conocieron, cerré con candados, apagué el frezzer, la lluvia atacó la costa, decidí no escucharla, hay discos bajo la mesa, pilas de platos sucios, la leche desbordada y el gato al igual que yo dos días fuera de casa, escucho a los vecinos freir una tira de tocino, las ventanas no atrapan los olores, es la cena? los relojes han dejado de funcionar, concentrarse para no moverse, cada silla esperando a su habitante, las luces encendidas a mitad del día, bajo el espejo una puerta con las chapas bajadas. Murmuro un nombre que es tan largo como una ballena, tomo una rebanada de pan, el café de la mañana frío bajo las encías y dentro del auto, y bajo el muñeco verde que corre tras las luces amarillas sobre mi leopardo, al sacar el rostro me alegra vivir en la mitad de aquellas elevaciones que logran congelar y refrescar aquel nervio verde e hinchado. Dos tipos golpean la ventanilla, el sol ha bajado hasta descongelar el hielo que ha cubierto las cuestas de la Cramer o de la Católica, llenan la cabina de postales y portadas rojas y un hombre de azul se persigna junto al auto y un doberman lame las llantas y es verdad digo, nadie tomó su lugar, y la mandíbula corta cuadrados perfectos que escupe dentro de una taza oxidada. Veo su único ojo buscar señales, sugiero que nada sea cierto.

22/3/12

Flecha hacia la izquierda, junto al ventanal dos hojas de madera unidas por una chapa. Al contrario hay lugar para el tránsito, la mirada regresa



8/3/12

I.

Pope pone entre sus manos la pequeña servilleta de papel. Lo hace sin pensarlo, sin hacerlo demasiado. Al salir, el sol brillante golpea el rostro de Pope, sol que obliga a Pope a retroceder y esconder sus ojos tras sus brazos. Pope usa la servilleta que lleva entre sus manos, servilleta, piensa Pope, que en su infinita delgadez, atrapará los rayos convirtiéndolos en una luz delicada como la de una linterna, una linterna encendida a la mitad del día. Los pasos de Pope entonces son lentos y pesados, pues, además de llevar el peso de los rayos del sol contenidos en aquella servilleta que ahora también es una linterna, Pope también carga con la obligación de su maleta escolar. De no ser porque la maleta lleva estampado el robot de Mazinger Z justo por encima del bolsillo de lápices, piensa Pope, habría cedido a tomar las clases cómodamente sin salir de casa. Clases transmitidas, piensa Pope, a través del aparato televisor. En esas series, donde los niños acuden a las aulas cinco días a la semana, las escuelas tienen forma de cilindro azul de gas y también son como cajas de fósforos paradas de manera vertical. Mazinger, piensa Pope, es más alto que aquellos edificios; si Mazinger tomó clases dentro del cilindro de gas por qué no hacerlo también: clases dentro de un cilindro vacío fabricado para otro propósito; Mazinger Z aplastado no por el peso de una tormenta de protones sino por su maleta que además aplasta a la escuela. Entonces Pope se detiene en una esquina antes de cruzar la calle y descubre en su frente varias gotas gruesas como olas o corrientes de un océano invisible.
Al llegar a la iglesia Pope usa la manga de su camisa para secar la lluvia que perfila su rostro. Debajo de aquel arco Pope siente la necesidad de tener alas o poderes o un barco en el cual flotar. Ríos piensa Pope, mientras observa frascos flotantes que navegan siguiendo una ruta impuesta por la calle y la vereda. Bajo el arco, tres personas sacuden su uniforme militar. Pope busca en sus bolsillos y entre los tesoros ahogados descarta un reloj sin pulseras, un billete de un dólar, un llavero del Baron Hell y su servilleta atrapasol y linterna. 
De pie junto a un basurero, la ciudad adquiere la forma de un rompecabezas. La imagen piensa Pope es la de una avenida que divide una cadena de volcanes. Los glaciares, congelados y firmes como rocas de agua cubren los picos, la mitad de la imagen. Los picos piensa Pope sin animarse a colocar la servilleta sobre aquella montaña, dividida por cables, hecha de piezas desencajadas, tanto en tamaño, en forma como en color. Un refugio dice Pope sin darse cuenta de que está hablando solo y en voz alta una voz que sale y suena como una estampida de nieve y lodo y troncos de árboles que bien podría desencadenarse por el peso de aquella linterna que Pope mantiene entre sus dedos ante la premisa de colocar las cosas en su lugar. Un lugar hecho de lugares más pequeños, lugares intercambiables, Pope mira la imagen sintiendo un vértigo propio de la falta de peso, siente que aquel hielo lo ha cubierto para evitar su paso. Solo que sobre aquel nevado el hielo se ha producido por la acumulación de bolsas y periódicos y cristales dejados u olvidados como en un sótano o en un estadio. Colocar la mano piensa Pope solo para resbalar sobre la piel de un racimo de dedos amarillos. Bajo la sábana brillante que aún cubre las piedras y las espaldas de los automóviles, una ciudad guardada respira y evapora entre señales de tránsito y pan de oro. La imagen, el sitio que sugiere, dividido, luce completo, es decir, es válido como objeto de culto, vale como un ejemplar recordatorio, ejemplar amarillo, poroso, transparente y recortado. Pope deja la iglesia y sus dominios, elevaciones, cinturón de metano.

7/3/12

última visita al cementerio de los elefantes

Sancha mastica las croquetas de su plato. Esto que podría pasar por la imagen de un comercial resulta ser parte de un aviso, llamarlo espacio público contratado. El control dirige una serie de movimientos enmarcados en las 21 pulgadas de una pantalla renombrada como trinitron. Yo no dirijo a las tropas, tropas que piden volar cabezas, aunque lo quisiera, más bien las tropas, que también son como zombies satisfechos inflan al mismo ritmo el pecho. Es posible observar en primer plano las facciones rectas de una rubia alemana o sueca o polaca que empuja un auto dentro de un almacén de abastos. Al detenerse por la mano imprevista que atraviesa el cuadro ella, es decir Andrea, suelta una carcajada y Sancha se acomoda en su cama de letras organizadas sobre el teclado. Andrea busca con su mirada el lugar aquel donde Alemania o Suecia o Polonia hará su balcón de retiro, hurga dentro de mis pupilas. Sancha desde su habitación ronca con el estómago.

La espalda carga sobre sí un bosque, un sofá de tres cuerpos, una llanta de emergencia y una caja amarilla y grapada. Al abrir los ojos veo la llanta, atravesada por un árbol y el sofá al fondo, entre los claroscuros de un  bosque. Al llegar  y chocar con el sendero descubro (no sin sentir culpa) el principio de algo escondido. Los ojos, que han girado como las pelotas dentro de los antiguos y pesados mouse, buscan un lugar plano, calculan dónde entrar en forma horizontal. Tarde parece pues mientras el sol ha logrado el centro de la bóveda ya no parecen ser solo ellos, sobre mi espalda, sino también sus sombras y el aserrín y las sombras de los nidos y las especies que los habitan. Especies que parecen llevar sentadas varias horas como quien mira álbumes de fotos. Aquello por desvelarse, titular perfecto escrito en impact, debe estar dentro de aquella caja, de paso me levanto como para entonar mil veces oh patria. Va siendo hora, pienso mientras el sol, mientras las esquinas.

8/2/12

A propósito de pescado. Desatormentándonos.

El recuerdo no ha servido de mucho, de hecho se ha multiplicado. Frente al público, entre ellos me incluyo, se levantan como de un libro de solapas tres habitaciones con cada una de sus puertas. Presiento, dije, que tras la puerta de la primera habitación hay un reino al que le urge encontrar una princesa, una camarera, una azafata de cabello rojo y una coleccionista de bóxers talla 42. La habitación a mi parecer hizo un gesto, la habitación responde pensé, como si ya vivieran en ella todas esas imágenes. Adentro, mientras tuve un momento para iniciar mi intromisión, pude ver como las luces continuaron apagadas. Sentarse sería lo más preciso, me dije, no sin preguntarme cómo fue eso, esa y esta son y fueron imágenes sacadas de la historia: llanto, al dragar ríos y ríos el continente sumergido hizo su inesperada aparición. Entre las familias y sus pobladores y sus carnes y sus huesos se formaron represas como en las tierras donde no suceden desbordamientos. Desde mi asiento pude ver el perfil del piloto. Humedades antes de aterrizar, antes del tentempié, copas llenas de hielo junto a cubos de mantequilla. Mientras, la familia de carne y huesos jugando a las escondidas, prófugos a tres mil pies. El río, su rumor, es decir él o sea yo, cubierto de litros ignorando que sería parte de la ruta acostumbrada a existir solo después del regreso. En él, el río, las postales serían parte de libros y revistas y enciclopedias, no como áreas, ni como párrafos, más bien desde afuera, externamente, como extremidades magnéticas o prótesis o extensiones o centímetros extras, es decir, como instrumentos. En el reino, aquel de la primera puerta, entre sus límites, tras los pasillos, bajo las boinas, junto a las escarapelas, coches de hojalata, pares Grecos de nylon, una primera cortesana, para una delgada religiosa, el plan: tostada y un cubo de grasa y una cucharada de fruta acaramelada. Muerte al cinturón, esquimales por los altoparlantes instruyendo en lingua franca, empañando los cristales. Parte de un relato, lectura y fractura del matasello en tinta negra, la postal y los cinturones y los niños girando como en una feria junto a una iglesia. En el estómago, dentro de aquella luciérnaga, la gente levantada sobre sus asientos, !no te escucho mamá!, !soy el dueño del rumbo!. El del bote, o sea yo, pidiendo en voz alta que le den martillos. Atractivo, hora de la pesca, palideciendo, en picada y remando con martillos, ¿atractivo?, qué es uno si no lleva de vestido un uniforme, era, fui, pienso, al mismo tiempo quien controlaba los tacómetros y el grado alcohólico de primera clase; también estuve, hice fila para saltar en reversa, desde la superficie hacia el helicóptero. Salpicando, tantos asientos libres, cómo no caer, la nave derretida, me dije, entonces el embarque, la sala, el exceso de primeros ministros, vista hacia el Cayambe, diapositiva de Lima, duty de las Guyanas, el estómago mudo, apto para el traslado y aquel desplazamiento que nos devolvería por fin de regreso al futuro. Aquella mañana donde se practicaron todos los deportes sobre el mar, los pilotos fueron también pasajeros, aquella escala me dio la posibilidad de pensar en certezas. La oportunidad de presenciar todas las leyes físicas, no las que dividen, no las de las manzanas despertando a los genios, me mantuvo dormido, incluso ahora, incluso cuando solo existía el sol. Entonces al fin de nuevo la segunda puerta.

6/2/12

E. Elias Begotten

Él mira a través, sus ojos alcanzan el objeto, uno de sus costados, el círculo es dividido por un conjunto de grafías, de símbolos curvos. La luz natural impide la entrada de los ruidos, lo logra porque ella ocupa la habitación, ella empuja al resto de objetos hasta cuando todos parecen colgar de los pulgares, como si fueran pianos o tractores que cuelgan de un hilo dorado del grosor de un cabello; el ruido, obligado a esperar fuera de aquel escenario sonríe mostrando y dejando escapar su aliento, pues cual polisson empaña ciertos objetos, pronto se respira un aire no a través de los poros; la curva puede ser una prolongación, el cuerpo enrollado sobre o entre sí mismo, a través él observa dos cadenas que se abrazan, al quitar la mirada otro él prueba a montar un juguete y el abrazo se vuelve un torniquette. 
Qué tonos acuden desde el sótano y sin salir sin él. Una ciénega oscura inflama las baldosas. Como una imagen predilecta dice, y al cerrar la puerta, al hacer tic tac toe. Una pizarra verde y de piedra sirve de plato donde se sirven los círculos. La tiza deja polvo en las yemas.