Sancha mastica las croquetas de su plato. Esto que podría pasar por la imagen de un comercial resulta ser parte de un aviso, llamarlo espacio público contratado. El control dirige una serie de movimientos enmarcados en las 21 pulgadas de una pantalla renombrada como trinitron. Yo no dirijo a las tropas, tropas que piden volar cabezas, aunque lo quisiera, más bien las tropas, que también son como zombies satisfechos inflan al mismo ritmo el pecho. Es posible observar en primer plano las facciones rectas de una rubia alemana o sueca o polaca que empuja un auto dentro de un almacén de abastos. Al detenerse por la mano imprevista que atraviesa el cuadro ella, es decir Andrea, suelta una carcajada y Sancha se acomoda en su cama de letras organizadas sobre el teclado. Andrea busca con su mirada el lugar aquel donde Alemania o Suecia o Polonia hará su balcón de retiro, hurga dentro de mis pupilas. Sancha desde su habitación ronca con el estómago.
La espalda carga sobre sí un bosque, un sofá de tres cuerpos, una llanta de emergencia y una caja amarilla y grapada. Al abrir los ojos veo la llanta, atravesada por un árbol y el sofá al fondo, entre los claroscuros de un bosque. Al llegar y chocar con el sendero descubro (no sin sentir culpa) el principio de algo escondido. Los ojos, que han girado como las pelotas dentro de los antiguos y pesados mouse, buscan un lugar plano, calculan dónde entrar en forma horizontal. Tarde parece pues mientras el sol ha logrado el centro de la bóveda ya no parecen ser solo ellos, sobre mi espalda, sino también sus sombras y el aserrín y las sombras de los nidos y las especies que los habitan. Especies que parecen llevar sentadas varias horas como quien mira álbumes de fotos. Aquello por desvelarse, titular perfecto escrito en impact, debe estar dentro de aquella caja, de paso me levanto como para entonar mil veces oh patria. Va siendo hora, pienso mientras el sol, mientras las esquinas.
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