El
recuerdo no ha servido de mucho, de hecho se ha multiplicado. Frente al público,
entre ellos me incluyo, se levantan como de un libro de solapas tres
habitaciones con cada una de sus puertas. Presiento, dije, que tras la puerta
de la primera habitación hay un reino al que le urge encontrar una princesa,
una camarera, una azafata de cabello rojo y una coleccionista de bóxers talla
42. La habitación a mi parecer hizo un gesto, la habitación responde pensé, como si ya
vivieran en ella todas esas imágenes. Adentro, mientras tuve un momento para iniciar
mi intromisión, pude ver como las luces continuaron apagadas. Sentarse sería lo
más preciso, me dije, no sin preguntarme cómo fue eso, esa y esta son y fueron imágenes sacadas de la historia: llanto, al dragar ríos y ríos el continente
sumergido hizo su inesperada aparición. Entre las familias y sus pobladores y sus carnes y sus
huesos se formaron represas como en las tierras donde no suceden desbordamientos. Desde mi asiento pude ver el perfil del piloto. Humedades antes de aterrizar, antes del tentempié, copas llenas de
hielo junto a cubos de mantequilla. Mientras, la familia de carne y huesos jugando
a las escondidas, prófugos a tres mil pies. El río, su rumor, es decir él o sea yo, cubierto de
litros ignorando que sería parte de la ruta acostumbrada a existir solo después
del regreso. En él, el río, las postales serían parte de libros y revistas y enciclopedias,
no como áreas, ni como párrafos, más bien desde afuera, externamente, como extremidades magnéticas o prótesis o extensiones o centímetros extras, es decir,
como instrumentos. En el reino, aquel de la primera puerta, entre sus límites, tras los pasillos, bajo las
boinas, junto a las escarapelas, coches de hojalata, pares Grecos de nylon, una primera cortesana, para una delgada religiosa, el plan: tostada y
un cubo de grasa y una cucharada de fruta acaramelada. Muerte al cinturón, esquimales
por los altoparlantes instruyendo en lingua franca, empañando los cristales.
Parte de un relato, lectura y fractura del matasello en tinta negra, la postal y
los cinturones y los niños girando como en una feria junto a una iglesia. En el
estómago, dentro de aquella luciérnaga, la gente levantada sobre sus asientos, !no te escucho mamá!, !soy el dueño del rumbo!. El del bote, o sea yo, pidiendo en voz alta que le den martillos. Atractivo, hora de la pesca, palideciendo, en picada
y remando con martillos, ¿atractivo?, qué es uno si no lleva de
vestido un uniforme, era, fui, pienso, al mismo tiempo quien controlaba los tacómetros
y el grado alcohólico de primera clase; también estuve, hice fila para
saltar en reversa, desde la superficie hacia el helicóptero. Salpicando, tantos
asientos libres, cómo no caer, la nave derretida, me dije, entonces el
embarque, la sala, el exceso de primeros ministros, vista hacia el Cayambe, diapositiva
de Lima, duty de las Guyanas, el estómago mudo, apto para el traslado y aquel
desplazamiento que nos devolvería por fin de regreso al futuro. Aquella mañana donde se practicaron todos los deportes sobre el mar,
los pilotos fueron también pasajeros, aquella escala me dio la posibilidad de pensar en certezas. La oportunidad de presenciar
todas las leyes físicas, no las que dividen, no las de las manzanas despertando
a los genios, me mantuvo dormido, incluso ahora, incluso cuando solo existía el sol. Entonces al fin de nuevo la segunda puerta.
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