8/3/12

I.

Pope pone entre sus manos la pequeña servilleta de papel. Lo hace sin pensarlo, sin hacerlo demasiado. Al salir, el sol brillante golpea el rostro de Pope, sol que obliga a Pope a retroceder y esconder sus ojos tras sus brazos. Pope usa la servilleta que lleva entre sus manos, servilleta, piensa Pope, que en su infinita delgadez, atrapará los rayos convirtiéndolos en una luz delicada como la de una linterna, una linterna encendida a la mitad del día. Los pasos de Pope entonces son lentos y pesados, pues, además de llevar el peso de los rayos del sol contenidos en aquella servilleta que ahora también es una linterna, Pope también carga con la obligación de su maleta escolar. De no ser porque la maleta lleva estampado el robot de Mazinger Z justo por encima del bolsillo de lápices, piensa Pope, habría cedido a tomar las clases cómodamente sin salir de casa. Clases transmitidas, piensa Pope, a través del aparato televisor. En esas series, donde los niños acuden a las aulas cinco días a la semana, las escuelas tienen forma de cilindro azul de gas y también son como cajas de fósforos paradas de manera vertical. Mazinger, piensa Pope, es más alto que aquellos edificios; si Mazinger tomó clases dentro del cilindro de gas por qué no hacerlo también: clases dentro de un cilindro vacío fabricado para otro propósito; Mazinger Z aplastado no por el peso de una tormenta de protones sino por su maleta que además aplasta a la escuela. Entonces Pope se detiene en una esquina antes de cruzar la calle y descubre en su frente varias gotas gruesas como olas o corrientes de un océano invisible.
Al llegar a la iglesia Pope usa la manga de su camisa para secar la lluvia que perfila su rostro. Debajo de aquel arco Pope siente la necesidad de tener alas o poderes o un barco en el cual flotar. Ríos piensa Pope, mientras observa frascos flotantes que navegan siguiendo una ruta impuesta por la calle y la vereda. Bajo el arco, tres personas sacuden su uniforme militar. Pope busca en sus bolsillos y entre los tesoros ahogados descarta un reloj sin pulseras, un billete de un dólar, un llavero del Baron Hell y su servilleta atrapasol y linterna. 
De pie junto a un basurero, la ciudad adquiere la forma de un rompecabezas. La imagen piensa Pope es la de una avenida que divide una cadena de volcanes. Los glaciares, congelados y firmes como rocas de agua cubren los picos, la mitad de la imagen. Los picos piensa Pope sin animarse a colocar la servilleta sobre aquella montaña, dividida por cables, hecha de piezas desencajadas, tanto en tamaño, en forma como en color. Un refugio dice Pope sin darse cuenta de que está hablando solo y en voz alta una voz que sale y suena como una estampida de nieve y lodo y troncos de árboles que bien podría desencadenarse por el peso de aquella linterna que Pope mantiene entre sus dedos ante la premisa de colocar las cosas en su lugar. Un lugar hecho de lugares más pequeños, lugares intercambiables, Pope mira la imagen sintiendo un vértigo propio de la falta de peso, siente que aquel hielo lo ha cubierto para evitar su paso. Solo que sobre aquel nevado el hielo se ha producido por la acumulación de bolsas y periódicos y cristales dejados u olvidados como en un sótano o en un estadio. Colocar la mano piensa Pope solo para resbalar sobre la piel de un racimo de dedos amarillos. Bajo la sábana brillante que aún cubre las piedras y las espaldas de los automóviles, una ciudad guardada respira y evapora entre señales de tránsito y pan de oro. La imagen, el sitio que sugiere, dividido, luce completo, es decir, es válido como objeto de culto, vale como un ejemplar recordatorio, ejemplar amarillo, poroso, transparente y recortado. Pope deja la iglesia y sus dominios, elevaciones, cinturón de metano.

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