Flecha hacia la izquierda, junto al ventanal dos hojas de madera unidas por una chapa. Al contrario hay lugar para el tránsito, la mirada regresa
22/3/12
8/3/12
I.
Pope pone entre sus manos la pequeña servilleta de papel. Lo hace sin pensarlo, sin hacerlo demasiado. Al salir, el sol brillante golpea el rostro de Pope, sol que obliga a Pope a retroceder y esconder sus ojos tras sus brazos. Pope usa la servilleta que lleva entre sus manos, servilleta, piensa Pope, que en su infinita delgadez, atrapará los rayos convirtiéndolos en una luz delicada como la de una linterna, una linterna encendida a la mitad del día. Los pasos de Pope entonces son lentos y pesados, pues, además de llevar el peso de los rayos del sol contenidos en aquella servilleta que ahora también es una linterna, Pope también carga con la obligación de su maleta escolar. De no ser porque la maleta lleva estampado el robot de Mazinger Z justo por encima del bolsillo de lápices, piensa Pope, habría cedido a tomar las clases cómodamente sin salir de casa. Clases transmitidas, piensa Pope, a través del aparato televisor. En esas series, donde los niños acuden a las aulas cinco días a la semana, las escuelas tienen forma de cilindro azul de gas y también son como cajas de fósforos paradas de manera vertical. Mazinger, piensa Pope, es más alto que aquellos edificios; si Mazinger tomó clases dentro del cilindro de gas por qué no hacerlo también: clases dentro de un cilindro vacío fabricado para otro propósito; Mazinger Z aplastado no por el peso de una tormenta de protones sino por su maleta que además aplasta a la escuela. Entonces Pope se detiene en una esquina antes de cruzar la calle y descubre en su frente varias gotas gruesas como olas o corrientes de un océano invisible.
Al llegar a la iglesia Pope usa la manga de su camisa para secar la lluvia que perfila su rostro. Debajo de aquel arco Pope siente la necesidad de tener alas o poderes o un barco en el cual flotar. Ríos piensa Pope, mientras observa frascos flotantes que navegan siguiendo una ruta impuesta por la calle y la vereda. Bajo el arco, tres personas sacuden su uniforme militar. Pope busca en sus bolsillos y entre los tesoros ahogados descarta un reloj sin pulseras, un billete de un dólar, un llavero del Baron Hell y su servilleta atrapasol y linterna.
De pie junto a un basurero, la ciudad adquiere la forma de un rompecabezas. La imagen piensa Pope es la de una avenida que divide una cadena de volcanes. Los glaciares, congelados y firmes como rocas de agua cubren los picos, la mitad de la imagen. Los picos piensa Pope sin animarse a colocar la servilleta sobre aquella montaña, dividida por cables, hecha de piezas desencajadas, tanto en tamaño, en forma como en color. Un refugio dice Pope sin darse cuenta de que está hablando solo y en voz alta una voz que sale y suena como una estampida de nieve y lodo y troncos de árboles que bien podría desencadenarse por el peso de aquella linterna que Pope mantiene entre sus dedos ante la premisa de colocar las cosas en su lugar. Un lugar hecho de lugares más pequeños, lugares intercambiables, Pope mira la imagen sintiendo un vértigo propio de la falta de peso, siente que aquel hielo lo ha cubierto para evitar su paso. Solo que sobre aquel nevado el hielo se ha producido por la acumulación de bolsas y periódicos y cristales dejados u olvidados como en un sótano o en un estadio. Colocar la mano piensa Pope solo para resbalar sobre la piel de un racimo de dedos amarillos. Bajo la sábana brillante que aún cubre las piedras y las espaldas de los automóviles, una ciudad guardada respira y evapora entre señales de tránsito y pan de oro. La imagen, el sitio que sugiere, dividido, luce completo, es decir, es válido como objeto de culto, vale como un ejemplar recordatorio, ejemplar amarillo, poroso, transparente y recortado. Pope deja la iglesia y sus dominios, elevaciones, cinturón de metano.
7/3/12
última visita al cementerio de los elefantes
Sancha mastica las croquetas de su plato. Esto que podría pasar por la imagen de un comercial resulta ser parte de un aviso, llamarlo espacio público contratado. El control dirige una serie de movimientos enmarcados en las 21 pulgadas de una pantalla renombrada como trinitron. Yo no dirijo a las tropas, tropas que piden volar cabezas, aunque lo quisiera, más bien las tropas, que también son como zombies satisfechos inflan al mismo ritmo el pecho. Es posible observar en primer plano las facciones rectas de una rubia alemana o sueca o polaca que empuja un auto dentro de un almacén de abastos. Al detenerse por la mano imprevista que atraviesa el cuadro ella, es decir Andrea, suelta una carcajada y Sancha se acomoda en su cama de letras organizadas sobre el teclado. Andrea busca con su mirada el lugar aquel donde Alemania o Suecia o Polonia hará su balcón de retiro, hurga dentro de mis pupilas. Sancha desde su habitación ronca con el estómago.
La espalda carga sobre sí un bosque, un sofá de tres cuerpos, una llanta de emergencia y una caja amarilla y grapada. Al abrir los ojos veo la llanta, atravesada por un árbol y el sofá al fondo, entre los claroscuros de un bosque. Al llegar y chocar con el sendero descubro (no sin sentir culpa) el principio de algo escondido. Los ojos, que han girado como las pelotas dentro de los antiguos y pesados mouse, buscan un lugar plano, calculan dónde entrar en forma horizontal. Tarde parece pues mientras el sol ha logrado el centro de la bóveda ya no parecen ser solo ellos, sobre mi espalda, sino también sus sombras y el aserrín y las sombras de los nidos y las especies que los habitan. Especies que parecen llevar sentadas varias horas como quien mira álbumes de fotos. Aquello por desvelarse, titular perfecto escrito en impact, debe estar dentro de aquella caja, de paso me levanto como para entonar mil veces oh patria. Va siendo hora, pienso mientras el sol, mientras las esquinas.
8/2/12
A propósito de pescado. Desatormentándonos.
El
recuerdo no ha servido de mucho, de hecho se ha multiplicado. Frente al público,
entre ellos me incluyo, se levantan como de un libro de solapas tres
habitaciones con cada una de sus puertas. Presiento, dije, que tras la puerta
de la primera habitación hay un reino al que le urge encontrar una princesa,
una camarera, una azafata de cabello rojo y una coleccionista de bóxers talla
42. La habitación a mi parecer hizo un gesto, la habitación responde pensé, como si ya
vivieran en ella todas esas imágenes. Adentro, mientras tuve un momento para iniciar
mi intromisión, pude ver como las luces continuaron apagadas. Sentarse sería lo
más preciso, me dije, no sin preguntarme cómo fue eso, esa y esta son y fueron imágenes sacadas de la historia: llanto, al dragar ríos y ríos el continente
sumergido hizo su inesperada aparición. Entre las familias y sus pobladores y sus carnes y sus
huesos se formaron represas como en las tierras donde no suceden desbordamientos. Desde mi asiento pude ver el perfil del piloto. Humedades antes de aterrizar, antes del tentempié, copas llenas de
hielo junto a cubos de mantequilla. Mientras, la familia de carne y huesos jugando
a las escondidas, prófugos a tres mil pies. El río, su rumor, es decir él o sea yo, cubierto de
litros ignorando que sería parte de la ruta acostumbrada a existir solo después
del regreso. En él, el río, las postales serían parte de libros y revistas y enciclopedias,
no como áreas, ni como párrafos, más bien desde afuera, externamente, como extremidades magnéticas o prótesis o extensiones o centímetros extras, es decir,
como instrumentos. En el reino, aquel de la primera puerta, entre sus límites, tras los pasillos, bajo las
boinas, junto a las escarapelas, coches de hojalata, pares Grecos de nylon, una primera cortesana, para una delgada religiosa, el plan: tostada y
un cubo de grasa y una cucharada de fruta acaramelada. Muerte al cinturón, esquimales
por los altoparlantes instruyendo en lingua franca, empañando los cristales.
Parte de un relato, lectura y fractura del matasello en tinta negra, la postal y
los cinturones y los niños girando como en una feria junto a una iglesia. En el
estómago, dentro de aquella luciérnaga, la gente levantada sobre sus asientos, !no te escucho mamá!, !soy el dueño del rumbo!. El del bote, o sea yo, pidiendo en voz alta que le den martillos. Atractivo, hora de la pesca, palideciendo, en picada
y remando con martillos, ¿atractivo?, qué es uno si no lleva de
vestido un uniforme, era, fui, pienso, al mismo tiempo quien controlaba los tacómetros
y el grado alcohólico de primera clase; también estuve, hice fila para
saltar en reversa, desde la superficie hacia el helicóptero. Salpicando, tantos
asientos libres, cómo no caer, la nave derretida, me dije, entonces el
embarque, la sala, el exceso de primeros ministros, vista hacia el Cayambe, diapositiva
de Lima, duty de las Guyanas, el estómago mudo, apto para el traslado y aquel
desplazamiento que nos devolvería por fin de regreso al futuro. Aquella mañana donde se practicaron todos los deportes sobre el mar,
los pilotos fueron también pasajeros, aquella escala me dio la posibilidad de pensar en certezas. La oportunidad de presenciar
todas las leyes físicas, no las que dividen, no las de las manzanas despertando
a los genios, me mantuvo dormido, incluso ahora, incluso cuando solo existía el sol. Entonces al fin de nuevo la segunda puerta.
6/2/12
E. Elias Begotten
Él mira a través, sus ojos alcanzan el objeto, uno de sus costados, el círculo es dividido por un conjunto de grafías, de símbolos curvos. La luz natural impide la entrada de los ruidos, lo logra porque ella ocupa la habitación, ella empuja al resto de objetos hasta cuando todos parecen colgar de los pulgares, como si fueran pianos o tractores que cuelgan de un hilo dorado del grosor de un cabello; el ruido, obligado a esperar fuera de aquel escenario sonríe mostrando y dejando escapar su aliento, pues cual polisson empaña ciertos objetos, pronto se respira un aire no a través de los poros; la curva puede ser una prolongación, el cuerpo enrollado sobre o entre sí mismo, a través él observa dos cadenas que se abrazan, al quitar la mirada otro él prueba a montar un juguete y el abrazo se vuelve un torniquette.
Qué tonos acuden desde el sótano y sin salir sin él. Una ciénega oscura inflama las baldosas. Como una imagen predilecta dice, y al cerrar la puerta, al hacer tic tac toe. Una pizarra verde y de piedra sirve de plato donde se sirven los círculos. La tiza deja polvo en las yemas.
1/2/12
Réplica
Él de lejos tiene un cierto aire, piensa ella. La luz alarga la sombra, en la pared el cuello del hombre de aquel aire toma la forma de una L, creo se dice ella, pero no disfruta de la búsqueda, aunque llegue a sus sentidos a través del olfato; el hombre de aquel aire es diferente aunque pueda llamarse Roy Orbison. Los autos convierten la imagen en un filme de tres dimesiones. Ella, sin embargo, o sin querer, hace un esfuerzo mientras los autos, violentos y lentos y tortuosos también hacen de cortina, cortan, hacen de él, el hombre de aquel aire, un ser tridimensional dentro y entre un escondite. Ella, prueba a lanzar los dados, a mirar en lo profundo de su vía láctea; de cada lado surten una multiplicación de reuniones, ella frente a una cámara de pestañas desconocidas con los brazos en alto, ella frente a un plato lleno de recortes de fotografías de spaghettis, ella, que pronto cree haber dado en el clavo piensa que aquello es inútil, imposible e inútil y decide que al trabajo le ponga ritmo , que se yo, se dice en voz alta, que lo haga el semáforo. Entonces, al fin, sin querer, la identidad perdida sin hedores o sustantivos propios se presenta de sorpresa, lo sorprendente, piensa ella, que aquello haya sido hace un año: tú qué ves, mucho, vuelve a decir ella, sin principio, solo fin
Cuando el semáforo deje lugar al paso, piensa ella, cuál paso se repite: el muñeco agita sus brazos, intenta apretar la luz bajo sus pies, paso 1 a -1. Ya con los pies o más bien, con la vereda a la altura del calzado, ella busca el lugar donde termina su sombra, qué ves dice en voz alta, mientras el hombre de aquel aire repite anygunuwant, anygununeed.
25/1/12
Aniversario
El cristal estalló. Antes, hubo un segundo de duda en que se midió la fuerza con la que el acto debía ser ejecutado. El brazo hizo un remolino, aquel radio quedó dibujado, seguirá siendo visto a través como una marca de agua. Sin duda, el sonido de aire cortado en condiciones como aquellas pudo servir para actividades didácticas, resultado de un oído precavido, divididas por las mínimas partes. Al igual con el ruido aunque todo haya ocurrido antes de llegar a la pared, una elipse afilada, seguida de varias repeticiones hasta separar lo que pudo ser el fémur, es decir, homenaje a Hanzo. Intentar reproducir la separación equivale a desafiarse, o sea es una doble traición. Sobre esa superficie descansan las moléculas y varias páginas como en un calendario. En un vistazo ella observó, cuatro o cinco o seis copas, el arcoiris ebrio. Pudo ser el vodka, pudo ser el hábito, ya venían hablando, ya venían riendo.
13/1/12
Andrés Cronm
La lectura podía darse por finalizada, al fin, entonces con la mano sobre la solapa, y con la mirada clavada en el techo, un techo alto y hecho de cristales, él juró. Al cerrar la puerta bebió y pensó que era mejor no pisar la calle, ni siquiera recordarla, por lo que las semanas siguientes los ruidos en la casa lo ensordecieron todo. Una vez que el cuerpo había caído en ese extrañamiento de olvidar sus funciones, el sueño comenzó a producir más cansancio, como si llegara con el propósito de zarandearlo. A las dos de la mañana de un reloj con números luminosos era posible verlo de pie con un jarro negro lleno de agua. Al llegar el día, con la luz y los golpes a la puerta aquel lugar era fácil de confundir con un convento, un espacio de retiro. Cada puerta de tamaño normal, es decir, a la medida de un hombre del siglo XX parecía, en su estrafalaria actividad, rechinar, como si los siglos hablaran a través de las bisagras. Las cortinas, aquellas redes parecidas a las medias con que cubrían en la guerra sus piernas las esposas de los soldados bien podían no solo tomar la luz y dividirla y desplazarla o concentrarla en una sola esquina o debajo de las mesas como si bajo las sillas o bajo el comedor existiera un sol, sino también que la eliminaba, como eliminaban las colchas, la madera, la alfombra, el desayuno. Y a pesar de los golpes, y la insistencia, él permanecía despierto, de pie con el jarro en la mano, si a aquello podía considerárselo como estar en pie, con la mano en el índice del libro y la mirada clavada en el techo, mirando el paso de una nube, guardando silencio.
7/1/12
Ponj, continental dep.
Viva América leyó desde la pantalla.
Él cerró los ojos. La mirada perdió su tamaño. Las aspas continaron girando, es decir, licuando el calor, luchando entre guerrillas, liberando la pequeña atmósfera, peinando las secuelas. Las aspas continuaron girando, sus ojos pronto fueron dos transparencias, además de dos bombas, aquello se propagaba, tomaba como suyo al cuerpo, es decir, los dedos también se hincharon, los rincones y las esquinas hablaban bajo códigos en forma de ruidos, estirones como escándalos evitados la mayor parte del tiempo, hey, haw, croop, excepto en los momentos para hurgar, o pellizcar o refrescar entre las comisuras, entre los pliegues, entre los móviles y los ángulos. Hubo un chispazo. La estática conquistó esa piel de algodón, las aspas levantaron, cada partícula jugando a acercarse, sus ojos, las bombas, tomando cada haz, cada fotón, sin necesidad de murmullos, ni de las largas charlas luego de encendido el micrófono, su presencia era, de manera eficaz, diminuta, improbable, cercana, cada cabello colgando de la piel cargada, cada pelusa salida de entre unos colmillos y un estómago, como copo, como algodón. Entonces él tocó su oído, aquellos vértices ya estaban cerca del hule. Sus dedos largos y arrugados apretaron las huellas, la piel muerta.
2/1/12
Bacon Sutherland K.
Él toma asiento junto a una serie de mesas rojas, libres, desocupadas, al abrir el bolso, al buscar el monedero, al introducir ambas manos dentro de aquella cerradura levanta la vista y encuentra un par de ojos que lo miran, que han estado sobre él, sobre su pantalla, sobre sus dedos que sostienen una moneda de plata, sobre su cuerpo que permanece detrás de la mesa cuadrada, roja, con los bordes de franela. Él mantiene sus ojos sobre el otro hombre haciendo un esfuerzo, es decir, evitando levantar uno de los pesados sillones, procurando no decir palabras como tanque, o calavera, fortaleciendo sin aparente movimiento los lóbulos de aquella masa que evita usar. Entonces alcanza la moneda a aquella camarera vestida del mismo rojo que las mesas quien mirándolo a los ojos responde ahora vuelvo con su ticket. Él refresca su garganta con la bebida, al mismo tiempo que observa una imagen ya cargada en la pantalla, del otro lado del salón una pareja cruza entre las mesas hacia las escaleras cargando en sus espaldas maletas de estudiantes negras y amarillas llenas de laptops, cuadernos universitarios y una charola roja con sobras y papeles de servilleta arrugados. De dos sorbos en la mesa continua un hombre corpulento y calvo termina un vaso enorme con la marca de pepsi impresa en su material de cartón, al quitarle la tapa de plástico los hielos caen dentro de la descomunal boca del descomunal hombre como dos píldoras azules, o transparentes, el autobus ecológico cruza la avenida lo que le toma diez segundos a pesar de la ausencia festiva de tráfico. Dos camareras que llevan algunos minutos de pie colocan un líquido blanco sobre las mesas, levantan el brazo, sacuden el envase, cierran los ojos, los aprietan como si el líquido fuera un veneno, o como si tuviera mal sabor, o como si ya lo hubieran probado y le tuvieran un cierto recelo, aunque luego deban tocarlo con sus manos que han procurado no llevar guantes. Él toma su bebida negra, la deja del lado izquierdo de su pantalla, procura hacer de aquel perímetro un parque, o un estadio, o más bien un refugio, un búnker subterráneo con vista a un mar que ha descendido al nivel de los sótanos, de los subsuelos, un mar o un colchón sobre el cual flota o flotan los edificios y con ellos los salones y los manteles y las máquinas de freir y las bolsas llenas de lechuga y las canastas plásticas que han reemplazado al mimbre, que llevan escritas códigos y fechas y las camareras que llevan su nombre colgado de su uniforme rojo. Un hombre golpea su mano contra el puño del hombre calvo quien no ha dejado de beber pepsis de un nuevo vaso de varios litros del cual divide en porciones que llena en vasos más pequeños pero iguales al vaso de varios litros, el vaso que llamaré del padre coronel. La pajilla que usa el hombre que sostiene al padre coronel jamás alcanzaría el fondo del padre coronel pues simplemente porque el padre coronel es como un balde pica y la gaseosa negra bañaría el rostro y la pajilla nadaría si tuviera brazos para no ahogarse.
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