13/1/12

Andrés Cronm

La lectura podía darse por finalizada, al fin, entonces con la mano sobre la solapa, y con la mirada clavada en el techo, un techo alto y hecho de cristales, él juró. Al cerrar la puerta bebió y pensó que era mejor no pisar la calle, ni siquiera recordarla, por lo que las semanas siguientes los ruidos en la casa lo ensordecieron todo. Una vez que el cuerpo había caído en ese extrañamiento de olvidar sus funciones, el sueño comenzó a producir más cansancio, como si llegara con el propósito de zarandearlo. A las dos de la mañana de un reloj con números luminosos era posible verlo de pie con un jarro negro lleno de agua. Al llegar el día, con la luz y los golpes a la puerta aquel lugar era fácil de confundir con un convento, un espacio de retiro. Cada puerta de tamaño normal, es decir, a la medida de un hombre del siglo XX parecía, en su estrafalaria actividad, rechinar, como si los siglos hablaran a través de las bisagras. Las cortinas, aquellas redes parecidas a las medias con que cubrían en la guerra sus piernas las esposas de los soldados bien podían no solo tomar la luz y dividirla y desplazarla o concentrarla en una sola esquina o debajo de las mesas como si bajo las sillas o bajo el comedor existiera un sol, sino también que la eliminaba, como eliminaban las colchas, la madera, la alfombra, el desayuno. Y a pesar de los golpes, y la insistencia, él permanecía despierto, de pie con el jarro en la mano, si a aquello podía considerárselo como estar en pie, con la mano en el índice del libro y la mirada clavada en el techo, mirando el paso de una nube, guardando silencio.

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