2/1/12

Bacon Sutherland K.

Él toma asiento junto a una serie de mesas rojas, libres, desocupadas, al abrir el bolso, al buscar el monedero, al introducir ambas manos dentro de aquella cerradura levanta la vista y encuentra un par de ojos que lo miran, que han estado sobre él, sobre su pantalla, sobre sus dedos que sostienen una moneda de plata, sobre su cuerpo que permanece detrás de la mesa cuadrada, roja, con los bordes de franela. Él mantiene sus ojos sobre el otro hombre haciendo un esfuerzo, es decir, evitando levantar uno de los pesados sillones, procurando no decir palabras como tanque, o calavera, fortaleciendo sin aparente movimiento los lóbulos de aquella masa que evita usar. Entonces alcanza la moneda a aquella camarera vestida del mismo rojo que las mesas quien mirándolo a los ojos responde ahora vuelvo con su ticket. Él refresca su garganta con la bebida, al mismo tiempo que observa una imagen ya cargada en la pantalla, del otro lado del salón una pareja cruza entre las mesas hacia las escaleras cargando en sus espaldas maletas de estudiantes negras y amarillas llenas de laptops, cuadernos universitarios y una charola roja con sobras y papeles de servilleta arrugados. De dos sorbos en la mesa continua un hombre corpulento y calvo termina un vaso enorme con la marca de pepsi impresa en su material de cartón, al quitarle la tapa de plástico los hielos caen dentro de la  descomunal boca del descomunal hombre como dos píldoras azules, o transparentes, el autobus ecológico cruza la avenida lo que le toma diez segundos a pesar de la ausencia festiva de tráfico. Dos camareras que llevan algunos minutos de pie colocan un líquido blanco sobre las mesas, levantan el brazo, sacuden el envase, cierran los ojos, los aprietan como si el líquido fuera un veneno, o como si tuviera mal sabor, o como si ya lo hubieran probado y le tuvieran un cierto recelo, aunque luego deban tocarlo con sus manos que han procurado no llevar guantes. Él toma su bebida negra, la deja del lado izquierdo de su pantalla, procura hacer de aquel perímetro un parque, o un estadio, o más bien un refugio, un búnker subterráneo con vista a un mar que ha descendido al nivel de los sótanos, de los subsuelos, un mar o un colchón sobre el cual flota o flotan los edificios y con ellos los salones y los manteles y las máquinas de freir y las bolsas llenas de lechuga y las canastas plásticas que han reemplazado al mimbre, que llevan escritas códigos y fechas y las camareras que llevan su nombre colgado de su uniforme rojo. Un hombre golpea su mano contra el puño del hombre calvo quien no ha dejado de beber pepsis de un nuevo vaso de varios litros del cual divide en porciones que llena en vasos más pequeños pero iguales al vaso de varios litros, el vaso que llamaré del padre coronel. La pajilla que usa el hombre que sostiene al padre coronel jamás alcanzaría el fondo del padre coronel pues simplemente porque el padre coronel es como un balde pica y la gaseosa negra bañaría el rostro y la pajilla nadaría si tuviera brazos para no ahogarse.

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