Él cerró los ojos. La mirada perdió su tamaño. Las aspas continaron girando, es decir, licuando el calor, luchando entre guerrillas, liberando la pequeña atmósfera, peinando las secuelas. Las aspas continuaron girando, sus ojos pronto fueron dos transparencias, además de dos bombas, aquello se propagaba, tomaba como suyo al cuerpo, es decir, los dedos también se hincharon, los rincones y las esquinas hablaban bajo códigos en forma de ruidos, estirones como escándalos evitados la mayor parte del tiempo, hey, haw, croop, excepto en los momentos para hurgar, o pellizcar o refrescar entre las comisuras, entre los pliegues, entre los móviles y los ángulos. Hubo un chispazo. La estática conquistó esa piel de algodón, las aspas levantaron, cada partícula jugando a acercarse, sus ojos, las bombas, tomando cada haz, cada fotón, sin necesidad de murmullos, ni de las largas charlas luego de encendido el micrófono, su presencia era, de manera eficaz, diminuta, improbable, cercana, cada cabello colgando de la piel cargada, cada pelusa salida de entre unos colmillos y un estómago, como copo, como algodón. Entonces él tocó su oído, aquellos vértices ya estaban cerca del hule. Sus dedos largos y arrugados apretaron las huellas, la piel muerta.
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