Varias cabezas de vacas caminaban maquilladas a través de las pequeñas veredas hechas para una sola cabeza, cabezas hermosas y a la vez estrambóticas, de varios pares de ojos y con cuernos cortos como acné. De pronto, al tropezarse con otras cabezas, sonreían y afilaban los cuernos en los cuerpos cubiertos de cuero y en las corbatas hechas de hilos de hierro. Una de las cabezas, la del cuerpo mas fofo, derribaba a su paso a cuanto niño encontraba y daba la impresión de ser una señora cabeza porque tras de ella corrían varios becerros que colgaban incluso de sus grandes ubres. Las veredas de esta ciudad son tan pequeñas que uno debe andar de puntillas y chupado la barriga. La ciudad volvió a hacer implosión y como en un eructo expulsó un aliento más parecido a la boñiga de ciertos animales. Inmediatamente recordé a mis abuelos, su pequeña casa en el campo, mientras enjuagaba la saliva que colgaba de mi cuello. Las manos, que jamás me habían sangrado comenzaron a amarillarse y a arrugarse así como mi rostro que dejo de ser suave y brillante para convertirse en un rostro arrugado y bastante quemado. Al mirar al cielo la virgén de las Mercedes se transfiguró mientras las nubes junto a ella tomaban forma de sacerdotes y feligreses.
Tarde era, lleno de polvo me acosté, apenas era un 18 de septiembre, la ciudad estaba a dos meses de su fin.