7/1/14

Arquería

Al mirar no pude dejar de buscar objetos. De un modo bien rebuscado, logré transformar cada una de los nociones que tuve delante. De este modo, en unos minutos estuve al fin encontrándome en un sitio radical. Estos sitios parecen o tienen la velocidad de las aspas dentro de un vaso de cristal, aquellas cosas de acero que giran rebanando y volviendo algo en su opuesto. Si antes yo deseaba tener tiempo, ahora el tiempo buscaba la manera de rodearme, si antes yo lucía como una piedra, ahora, al girar dentro del vaso, bien podían mis palabras ser parte de un diccionario, de una hoja dentro de un portafolio en una oficina de administración y tránsito y, sobre todo, los pies dentro de un par de botas en mitad de una playa frente a la cola de una ballena blanca.

Las cosas vistas desde este sitio adquirían todas las apariencias desconocidas, así, lo evidente era transformado y dividido. Una de las muchas tardes, del cielo y las nubes ya no caían gotas, quiero decir, ya no había cielo, el ruido y todos los motores estaban dentro de la montaña, cualquiera de las imágenes que pasaban por televisión a esa hora, hora de terceras y cuartas válidas, en que debía estar en el taller se parecían a mis compañeros, a las bocas y las oraciones que llenaban las hojas del cuaderno, a los brazos y piernas y cascos y mandiles y sus martillos. Esta programación era total, era permanente, y sucedía en todos los canales. Es verdad que yo estaba en el salón o un salón pero al mismo tiempo creo que algunos pasábamos o habíamos encontrado un modo de no estar allí. Parpadeé con verdadera fuerza, intenté descubrir el origen y el diámetro de aquella fascinación. También en varios momentos miré hacia todas las direcciones procurando encontrar una huella o una señal que me dirigiese hacia la puerta. Aún sigo convencido que fue a través de una puerta el cómo ingresamos a esta situación dentro y fuera, esta especie de electricidad. También hemos procurado, lo he notado, pasar muy, de modo silencioso. Debe ser eso de la costumbre, pero creo que muchos deseamos envejecer y oxidarnos, despedasarnos en ambos espacios, de frente y de espaldas. Podría adelantarme y decir que hay un destino y una especie de vida extrema, más allá del conocimiento, creo que todos pensamos que poco a poco alcanzaremos una especie de divinidad, por qué no creerlo? Quizás ocurran diez mil años más o en la mitad de ese periodo.

Eso, pero también el objeto frío sobre las mesas y las cantidades de cosas discutidas en breves lapsos, una especie de memoria aterradora, una cosa que parecía crecer o respirar cada vez que era nombrada. Nosotros estábamos allí para reproducirla pero sobre todo para hacerla total, para encenderla. Sobre las mesas los cuadernos eran llenados con aquella materia intocable y nosotros sin saberlo éramos artesanos de un tiempo único. El trabajo era puesto y estirado, y todos reíamos con satisfacción, sobre todo sabiendo que hacíamos las cosas sin pensarlas demasiado. Decir que éramos muchas voces sería como faltar o inventar. Fuimos la misma voz, el mismo salto hacia el lodo dentro de todos los cuerpos, el único pasajero probándonos durante la jornada. 

También al ser algo neófitos era probable que nuestro viaje durara un poco más de lo previsto. Los objetos pasaban de una mano a otra. Muchos de nosotros necesitábamos cierto asesoramiento, varias veces encontramos que una de las personas en el grupo parecía haber regresado de una de las aún desconocidas misiones. Lo dijo F, lo dijo G, lo decía K cada vez que metía su rostro en las páginas. H, J, I tomaban apuntes, creo que no eran apuntes exhaustivos pero de todas maneras podían ser leídos. Creo que por un momento tuve un pánico amenazador, el paso, el ritmo, yo debía estar en otro taller quizás mirando cómo el resto iba y venía, cómo el resto hacía para desaparecer. No lo pensé en ese momento pero sí es más justo repetirlo ahora: supongo que bien podía o debía yo salir de allí y dejar las cosas en su sitio con el fin de evitar catástrofes. También pensé en un uniforme, en una arma colgando de la cintura, los brazos cruzados. D parecía saber mis cosas y pronto me alcanzó con sus preguntas pero yo seguía caminando alrededor, con los brazos cruzados. D luego pidió detenernos. Explicar todo ello y delante de todo el grupo no era una opción. Sin embargo señalé que muchas de las respuestas que habíamos anotado tenían varias diferencias, sobre todo las que se referían a fechas, varias imprecisiones. Luego, inesperadamente todos me vieron levantarme y dejar de la mesa. Luego nos encontramos bajando algunos escalones y mirando detrás de los cristales el final del sol y el incendio del cielo. Vamos, dije, luego estuvimos buscando un sitio, sin saberlo, además, no costó más que volver uno o dos pisos, entre un montón de frases inesperadas o pisándonos cada vez que intentamos señalar algo como si quisiéramos exteriorizar nuestros fluidos. Yo quería mi cuerpo en posición horizontal y deseaba tener las luces apagadas pero no deseaba tener a nadie cerca. Era extraño, pero nadie notaba mi extrañeza, quizás arriba, quizás D, aunque pienso que más fue una cuestión de la mesa y de la cantidad de páginas en aquel cuestionario.

Luego estuve bajando mucho más, casi pude hallar un sótano, un coliseo entero debajo de todo el edificio. Quizás al llegar, creo, observé una puerta o uno de esos caminos abiertos sólo por fracciones de tiempo. Quizás imaginé el camino y la compuerta, quizás ya era arrastrado por la imaginación y por los propósitos de quienes se dirigían en dirección contraria.

Luego dijo aquello y yo deseé no estar más. Sus palabras tan claras debían tener una consistencia química. Supongo que respiré aquel gas durante los segundos necesarios. Aún deseo pedir explicaciones pero también sé que no servirán de mucho y que sólo profundizarán el problema. Siempre he buscado el modo de atravesar muros y de ser una pieza inexplicable, pero, estas cosas, me han vuelto real, físico.

Tú eres en y tú revientas con. Sus ojos eran azules. Sus dedos eran diez extensiones. De los dientes colgaban gruesas gotas de un gel o un moco o algo aceitoso. Su cabeza estaba cubierta por un casco o un sombrero de goma, que no podía ser ni lo uno ni lo otro. Había oxígeno en el galpón? Quién nos dirigía? Yo escuchaba sus frases, y quería abrir su boca hasta encontrar las otras mitades, sus frases decían cosas incompletas con la energía necesaria, suficiente. Era como golpear una campana pero solo dejarla sonar durante la mitad del tiempo. Sin embargo sus palabras quizás sí fueron completas. Eres un mentiroso, eres un farsante. Eres. La fila desbordaba el galpón. Varios autos giraban alrededor de la manzana. Unos hombres señalaban la ruta usando sus linternas, otros tenían sus gorras colgadas de la cintura. Estar en aquel sitio fue estar en todos los sitios, sitios de muros como gases. Fue curioso pensar que ya en el taller sabían de mí. También fue doloroso. Odiaba esa convicción. Odiaba que el taller estuviera junto, que allí desearan mi regreso. Todos los sitios son talleres desbordados por personas que llevan bolsas blancas en las manos. Muchas de las opciones no son más que felicidades breves e intensas. Una de esas brevedades hecha canción habla sobre la felicidad de tener entre las manos un arma tibia. Extraña puntería que hace blafff. Lo rojo. Su frase alcanzando el cuerpo a cinco minutos de distancia. Es decir, dos situaciones separadas. Siempre. Cada vez que doy la espalda observo sobre mi hombro. No es necesario apuntar. Ni siquiera es necesario cargar, no hacen falta proyectiles. Supongo que su poder y su influencia es superior, pues, sobre muchos muros vi escrito mi nombre, incluso mi tipo de sangre, incluso el contenido de mi estómago, todo, sin una sola falta ortográfica, en muros tan pulcros, en paredes lisas. No tardó ni un minuto, Qué eficacia! y sin hacer una sola llamada, sin usar un proveedor o un aparato inteligente.

Muro: eres un mentiroso.

4/1/14

aay no una burbuja anti-escape! burbuja: paafff!!!! : que facil... :: ¿por que creyó que un enorme globo detendría a la gente? eñ: CÁLLESE!, NO ME DIGA NADA!!

Sucede, siempre, cuando llega lo hace de manera imprevista, luego uno puede sacarse todas las cosas que lleva dentro, sobre el suelo los peines, fideos, sobres con estampillas pegadas y sin usar, es decir, uno obtiene, sin desear, la capacidad de observarse, de conocer sus propios centros, los múltiples sitios que un rato están de un lado y al siguiente, bueno, luego de unos segundos terminan envolviéndolo todo, como una sábana, como una toalla, como una de esas burbujas blancas que parecen hechas de goma pero que en realidad no soportan un filo o una punta de acero. Paafff. He visto este tipo de burbujas en varias películas pero sobre todo en series y en horas donde nadie cuida la casa. Cuando el escape es inminente, la burbuja entra en acción. La burbuja no sería poderosa sin la música incidental, por el martilleo, por el dramatismo de los instrumentos y las cuerdas, y el resto, casi todos los vientos. Además, qué inflama sino el viento? Lo que separa su interior del escapista es una membrana, un piel que se quiebra al ser pinchada por algo como un... tenedor plástico. Una de esas cosas poliuretanas que termina en el fondo de un tacho o de una bolsa oscura.

El poder está en detener el cuerpo. La burbuja se desinfla mientras toma el aire del individuo, o sea se infla hacia su interior, digamos por ejemplo en un... Juan Topo. Eso ha ocurrido también en aquellos filmes de presupuesto B, un hombre detenido debajo de la membrana con la boca abierta, una boca que se ahoga, o que ha intentado pedir auxilio. Eso le ocurre a Juan Topo, es cuestión de googlear. Ahí está su cuerpo detenido, lo prueban las imágenes.

Llevábamos varias horas mirando la misma pizarra. Todos parecían dormidos sobre sus sillas azules. También todos escribíamos con cautela, es decir, casi ni respirábamos, o lo hacíamos con el menor esfuerzo, apenas si vivíamos, como si de ello dependiera que el día o el taller terminara antes. Como si dejando de respirar uno lograra adelantar las horas, es imposible pensé. Luego reunimos a muchas personas alrededor de una sola mesa, cosas que ocurren sin que nadie las planificara, esas cosas que muchos acostumbran a decir que solo suceden, que solo se dan; alguien habló como si el piso lo escuchara, nos hablaba o le hablaba al piso? Luego alguien anotó en una de las fotocopias, en el revés, luego yo estaba ya entre ellos y entre sus brazos y sus lápices intentando que respondieran cosas sobre sinónimos o sobre las diferencias entre sonidos y las casi catorce vocales; ocurrió que pronto, como en un circuito, estuvimos avanzando en línea recta, sucedió que pronto yo deseaba estar en otro sitio, un lugar donde nadie me empujara de manera cortés, quizás mirando un televisor o escribiendo algo que saliera de mi cabeza y no ha través de mi cabeza, pero, pensé, era lo que había a esa hora, ese día, era lo que debíamos terminar. Luego las cosas se extendieron al punto de hacernos olvidar de nosotros mismos, de los ocho quizás la mitad parecía no necesitar ayuda, tarea hecha, a diferencia del resto, además quienes salieron parecían esperarnos al otro lado, en el pasillo. Miré que dos talleristas buscaban algo entre las sillas, apenas si las arrastraban, quizás buscaban respuestas debajo de las mesas pensé. M decía algo sobre preguntas que ya habíamos pasado, entonces continuamos con lo que quedaba, unas doscientas preguntas, cosas y tareas posteriores. M seguía cada tanto con cosas ya hechas y G graciosamente a veces regresaba sobre su folio y usaba su lápiz para señalar lo que deseaba comentar, cosas sobre significados similares, palabras traídas dentro de las gibas de algunos camellos, cosas que nos hacían reír con emoción puesto que todos quienes formábamos el grupo en algún momento terminamos bebiendo del agua de una de nuestras gibas. Que tienen sed decían, que mi giba está llena decíamos.

Luego desaparecimos como los delincuentes llevando toda la prisa enrollada en una corbata, formando barrullo, desatándolo pero también de modo que uno se preguntaba Cuándo sucedió? Quién es? A veces ocurren cosas que están más allá de nuestro control, un poder diminuto como si fuera el único botón del tablero de un sistema de energía, supongo energía descompuesta, esa de las grandes tres o cinco chimeneas. A cualquiera le hubiera gustado apuntar y descargar una cantidad ilimitada de pólvora sobre el pecho de quien se atreviese a presionar el único botón de aquel panel... botón rojo... botón de plástico... botón con la palabra Meltdown grabada en su centro... con poco ruido, ese silencio de cápsula de simulación con más muro y sillas de plástico y cosas que empiezan a volar sobre las ventanas y también sobre los  primeros quemados y sobre sus cabezas, segundos antes de conocer nuestra nueva condición de infrahumanos. Yo mismo bajaba los escalones pensando solo en la caja y en el marlboro, yo era una ceniza o el alquitrán llegando hacia las ventanas. Para no improvisar toqué mi bolsillo esperando que nadie lo hubiera tomado, ahí seguía, como una pluma, como un lunar de carne, como algo pegado al cuerpo. Luego encendimos los marlboros, luego buscamos un sitio tras arrastrar los pies de manera que parecíamos, yo por lo menos, obsesionados por encender el suelo, quemar, volar quizás los cristales alrededor de las habitaciones y al sitio mismo.

Así fue durante dos minutos, luego yo estaba sin cigarro y bajando más escalones, en realidad ya todos los escalones, con apuro, con un sentido perdido, quizás miraba con la nariz, quizás caminaba con el estómago, deseaba el cigarro perdido que empezaba a fijarse entre mis espacios, sobre y debajo o dentro de la lengua. Todos los escalones. El gran orificio conectaba cada uno de los ocho pisos, no lograré adelantar, dije, pero también creí necesario jamás volver a decirme nada mucho menos consejos. Soy, seré mi peor consejero, supuse.

Sus palabras, su manera de decir esas cosas, de decirlas como si carecieran de importancia, o de estómago, o al contrario, fijando cada sonido hasta que uno terminaba arrepentido de escuchar, de tener capacidades asociativas, de conocer aunque superficialmente el sentido o el significado de las cosas, eran las palabras que vuelan como ladrillos hasta dormirlo a uno, palabras que dicen tú eres ladrillos. Acerca de uno, lo conoce a uno. Cómo una persona repite cosas que siempre evitó? Mentir no tiene que ver con desconocer.

Los fines del mentir. Los caminos que parecen desenredarse frente a los ojos y bajo los pies. Mentir o engañar o desear cosas que no existen, o hablar ceros, o hablar corbatas. Ser, vivir dentro de nueve cortas y finitas letras. Cuando lo dijo, pensé en explosiones y cuando creí comprender algo, cuando tuve tiempo para relacionar algo personal con aquella impresión dudé, y eso me colocó un peso extra y de ese modo casi gratuito conocí un centro de la tierra, aquel sitio poblado por hombres con sus barrigas hinchadas de caras brillantes, casi minerales. La visión se hace recurrente hasta volverse lo que cubre y ocupa todos los cristales, la casa, el sitio, suponiendo que ésta es una gran casa, nueve pisos y un basement, una construcción llena de ventanas de color esmeralda, sitio propicio para observar de una ventana distinta, veinteycuatro, durante las veinticuatro horas del día. Eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, todo parece ser fresco, orgánico y húmedo como el comercial de un producto que acaba de salir, su rostro pensando ya en el futuro, eso era lo que sucedería, su mano y la estilográfica y las tazas y los platos y una alfombra y las portadas cubiertas, todo, casi, a dos centímetros de perder cruzar el alfeizar, a una hora de volver a casa para gritarle a la bicicleta antes de inflamar sus gomas, la mano, el dedo señalando el gran vacío en medio del patio, un sitio para guardar un auto, una palmera o hasta dos ascensores, eso, el futuro, yo, todos, la bolsa plástica que pendulaba de un lado a otro, lo cierto era sólido, ya estaba a la venta en todas las perchas en diferentes tamaños pero con la misma etiqueta, con los mismos colores en el diseño y con esos adhesivos de colores explosivos pegados para indicar que dos era igual a uno. Eres un A cómo nos tocaría? Es decir, de llevar uno en el bolsillo alcanzaría para el resto del taller?... luego pensé que apenas si alcanzaría para una porción. Un tenedor, una caja. Un tenedor dentro de una...

Eso era hacer fila en el galpón pero al final no llevé nada o llevé eres un mentiroso.

3/1/14

Pozo que llena el tumbado del sexto piso

De algún modo me veo desde esta silla persiguiendo cosas que no pueden verse, es decir, corriendo tras mis pasos. Al tirar hacia un lado el aire se vuelve un metal, ya sabe, esas cosas capaces de golpear e imposibles de levantar; pienso en similares, placas, bloques o grandes muros de hormigón como para cubrir un sitio. De alguna manera me veo corriendo detrás de algo que lleva dos o tres pasos de ventaja, es decir, al dar vuelta sus pasos que estaban ya han sido borrados y al volverlos a descubrir ya la tarde se ha vuelto un cielo anaranjado, una nube rosada y brillante, algo fantástico pero al mismo tiempo siniestro. Qué ocurre cuando algo de aquel gas baja hasta llenar las pupilas y hasta volverse sólido y pesado e incapaz de ser levantado por los delgados brazos? Ocurre, sucede que toda la voluntad se diluye hasta correr entre los dedos de forma que uno parece cargar en los pies con un charco, algo similar a lo que sucede con niños o con ancianos que cubiertos con una toalla dejan la pileta, el lago, o una ducha; la mancha, el charco, el líquido bajando, derramado, filtrado.

A pesar de la imposibilidad de mirarlo, el charco da prueba de su existencia. Antes, hace tres semanas yo estaba seguro de que las filtraciones en los tumbados se debían a tuberías y quizás al reacomodamiento de los pisos, para nadie es extraño que llevemos más de dos meses en un estado de semidesintegración con polvo, acero y varios kilos de escombros que parecen ocupar muchas de las aulas y las habitaciones, supongo que pronto realizaríamos un taller detallado sobre rocas, a fin de cuentas arriba quedan laboratorios de biología, de edafología, quien sabe tanto muro roto sirva para elaborar algún tipo de componente igual de sólido pero reciclado. De todas formas pensaba que las filtraciones y los continuos charcos debajo del alfeizar o debajo de los escritorios de las habitaciones administrativas tenían un origen estructural, y ers cosa de los primeros hombres de casco amarillo en los años cincuenta. Luego uno se va dando cuenta de la horrible responsabilidad de caminar durante seis u ocho horas alrededor de aquella planta. Nos hemos detenido frente a uno de los pequeños puestos de caramelos y he dicho algo sobre llevar dos y he sacado un montón de monedas que no alcanzarían ni para un cigarrillo y sin embargo en las manos tenemos ya un encendedor y algunas mentas dentro de envolturas azules. También hemos encendido nuestros cigarros y hemos dicho algunas cosas sin movernos o arrastrando los pies como si no quisiéramos ir hacia ningún lugar, esto es común pero al mismo tiempo nuevo, sorprendente pues, por lo general pasamos más tiempo yendo de arriba a abajo o entrando a las oficinas solo para perturbar o para pedir cosas que no necesitamos. Antes de bajar por ejemplo dejamos un poco de algún charco en el piso de madera del salón más grande del quinto piso. Luego está esa ceguera a la que me aproximo, quiero decir, quizás son años ya de cargar con aquella poma agujereada por la cual los tumbados andan inundados y gracias a la que los pisos inferiores se han convertido en una especie de cuevas, a las que ya solo faltan murciélagos y quizás algunas estalactitas... cosas creciendo de abajo hacia arriba y quien sabe, por el modo como se agita el edificio y la ciudad cada vez que algo grande ronca, de derecha a izquierda o de un lado hacia otro. Ahora ya da lo mismo inundar algo o nadar con peces del tamaño de una ascensor, imagino que aquellas cajas de acero bien podrían flotar o ser llevados por alguna corriente subterránea de manera hermética. Dos o tres personas dentro de ellas consumiendo el oxígeno hasta que se vuelva necesario buscar uno de aquellos lugares altos, muy altos, donde el sol ha sido cubierto y solo se observan nubes grises y relámpagos reventando en sitios inalcanzables, de alguna manera observo tres rostros o varios pares de ojos que parecerían esperar la mano que los levante, los alimente y los coloque sobre sillas reclinadas frente a un sol rojo que extrañamente calienta sin quemar, un sol que al mismo tiempo parece estar a tan solo unos kilómetros de la tierra. Imagino que aquellas cajas pesadas sobre el agua no son más que hojas de papel o incluso pequeños troncos o virutas o acaso cortezas de un árbol que lleno de musgo o líquenes ha sido atrapado en el fondo de aquel aún inexistente océano. Si sucediera, y eso nadie esperaría, abajo me abrazaría a aquel tronco hasta transformarme en uno de sus líquenes. Ya estoy convencido, es imposible levantar una de esas cajas, el hormigón se encargará de volver mis huesos en el legendario polvo.

Cajas con paneles de botones que no encienden.

Lo ha dicho del modo más sincero posible, en realidad lo ha dicho de varios modos y todos parecen querer decir lo mismo, lo ha dicho de espaldas, mirando hacia la calle y hacia los autos o quizás mirando hacia uno de esos lugares a los cuales uno se la pasa la vida evitando pensar y mucho menos ir y mucho menos hallar por accidente. Varios negocios sobre la acera repiten exactamente las mismas ofertas, luces parpadeantes dentro de pequeñas cajas de cartón o figuras de mazapán con los brazos en alto o en posición de recibir una bomba, como si arrodilladas esperaran la caída del sol amarillo que está a punto de despedirse y el cielo anaranjado. Aunque lo haya dicho una sola vez, en mi cabeza pareciera haberse formado una de esas cadenas largas, dentro de las cuales varias semanas son apretadas y ordenadas en una insoportable cortina de retazos. Varias veces y desde distintas posiciones, yo mirando una boca que parece a punto de tragarse toda la cuadra tras haber quedado vacía, una mano llena de muchos dedos, dedos hinchados y casi azules moviéndose con la agilidad de un caracol aunque más cercana es la idea de una de esas babosas comunes en esta época de lluvia, intentando llegar hacia un sitio más oscuro, sus dedos, liberando al resto del cuerpo como si se trataran de enfermos contorsionándose en mitad del estacionamiento, dedos dentro de un monedero. Supongo que mientras esto sucedía y mientras escuchaba que repetía aquella frase desgastada y desconocida varias personas terminaron bajo las ruedas de los muchos, de los millones de autos detenidos en una fila que duraría más de diez años, un hombre de pie en mitad de ellos parecía conducirlos. Imagino a esas personas sosteniendo sus bolsas blancas y tomadas de los guardachoques a fin de ser llevados o alcanzados hacia un lugar cerca de sus casas o de sus trabajos, quién no aprovecharía ser arrollado para de paso recibir uno de esos aventones? Lo que observé fue la mitad de su rostro, un rostro recortado casi con un rotulador de una manera tan eficiente, de modo que todo detrás no fueran más que sombras o siluetas sin forma, desenfocadas y delante sus huesos y sus esquinas. Recuerdo esas cosas que no duran más de dos segundos, menos, imágenes recurrentes, todo aquello antes de escuchar lo que yo ignoraba. Supongo que lo habrá pensado en aquel momento y todo detrás ya era una sola mancha oscura y blanca y brillante o gris al mismo tiempo, de ahí que uno pensaría vino o llegó la fuerza necesaria, como si para decir lo siguiente fuera necesario quitarle el color al gran mercado alrededor y al hacerlo añadirle el combustible del millón de autos sobre los cuatro millones de brazos y piernas que sostenían las bolsas blancas.

Quizás un hombre vestido con un uniforme blanco y una boina blanca preguntaba si alguien deseaba aprender cómo hacer panes de canela.

Eso fue lo que dijo. Eso estuvo dentro de cada una de las bolsas y mantenía llenos los tanques de los fiat de los compradores que hacían filas y que miraban las pantallas donde varios hombres de verde firmaban documentos y viajaban sobre una caja en forma de ascensor. Todo aquello también parecía estar escrito en algún sitio al que ahora ya no parece posible volver. Cómo diablos debe ser ese sitio? Eso me pregunto, pero también recuerdo que tras escuchar sus cosas, o mis cosas, muchas, demasiadas y desordenadas preguntas hacen fila o columna, siempre una nueva intenta colarse en una de las filas columnas a las cuales veo detrás de una ventanilla de cristal, con la cara de una persona que desea ir a almorzar o salir a fumarse un malboro o un parliament o quizás también volverse pregunta y también hacer fila o hacer columna. Una sola vez parece haber dicho aquello, pero aquello parece haberse vuelto una cosa total y múltiple, algo que parece no conocer fin, sino, que parece en sí el relleno de las cosas, queso y ritz. Luego creo caminar cubierto de aquel centro, atractivo de algún modo, centro que vuelve las calles y las aceras en sitios oscuros pero le da a uno la apariencia de esos seres fosforescentes y heróicos. Lo mismo sucede al pasar a través  de la garganta, todos los órganos se inflan o se inflaman volviendo más fuerte, más intensa la experiencia de exhalar o el tomar asiento en el autobus. De eso se trata, eso es exactamente, ese es el Ki, frases que entran para quedarse e interiores que inmediatamente, casi activados por un botón se vuelven la fotografía, la piel misma. Ahora no es hoy, con solo dejar de respirar el aire se vuelve agua y el sol deja de quemar hasta que la boca lo mastica y le arranca la superficie que de lejos, y tras las mordidas ha dejado de ser regular. Luego escuchar la misma frase, luego dejar que el cuerpo se transforme en uno de los libros y que de los pies comiencen a brotar ramas y hojas hasta ser cubierto por el charco. Y luego brillar azul en la punta de los dedos. Y luego eresunmentiroso.

2/1/14

Sobrepeso

A las tres de la tarde estábamos sentados juntos y mirando al profesor. Al mismo tiempo él nos miraba y quizás deseaba que nos calláramos o que abandonáramos la clase. Es cierto, cuando hablamos lo hacemos de modo que todos escuchen y de modo que todos se queden en silencio como si fuera importante lo que estamos hablando. Nunca lo que decimos es importante, de hecho parece que habláramos o señaláramos cosas tan comunes, insignificancias que quizás le importarían saber o conocer a un laboratorio de fármacos o quizás a algún partido político. Esas cosas que uno dice sin pensar en absoluto, manías, misterios, sueños o cosas que ocurrieron hace ya décadas, a veces saco conclusiones, tras haber hablado cosas del tipo: parece que estás viviendo una tercera o una cuarta vida, vidas que nunca terminan de entenderse, vidas que parecen copiadas o repetidas. El profesor desde su escritorio mira una revista que alguien acaba de alcanzársela, uno de esos textos publicados en las universidades en donde hay varias páginas llenas de ensayos y de información detallada, aquello de informar y estar a la vanguardia no ha pasado de moda, en realidad la revista parece aburrirlo pues lo vemos pasar una tras otra las hojas sin quedarse ni siquiera a mirar las fotografías o las ilustraciones; quien lo culpa si las ilustraciones de ese tipo de revistas siempre parecen hechas al apuro. Por un momento guardamos silencio pero solo somos nosotros pues en la parte de atrás siguen riendo e incluso parece que llevaran días sin mirarse, pues, pronto se escucha el deseo de planificar cosas y actividades para los días siguientes. Esos planes también son contados con brevedad pero con fuerza, de modo que todos quienes estamos adelante sabemos lo que parece sucederá. Incluso el profesor que parece querer decir algo, una palabra o dos salen de sus labios como balbuceos y yo antes de mirar al escritorio lo observo intentando reconocer si aquello va en serio.  

Afuera el clima es extraño. Parece un buen día de finales de verano, con el sol palideciendo sobre la caja y los cristales cubiertos de una gruesa capa de polvo, pero, transparentados por la fuerza. Sin embargo hay algo de frío, algo de corrientes que parecen entrar por todas las ventanas y al mismo tiempo parecería que todas las ventanas y las puertas de aquel viejo edificio hubieran sido abiertas al mismo tiempo o por la misma razón. De hecho, tras encender el cigarro el humo es llevado en varias direcciones, entonces como soldados o como refugiados arrastramos los pies y nos ponemos a la búsqueda. Arrastrar los pies no es la mejor idea pues parece que fuéramos levantando lo que queda del edificio, eso recordando que faltan algunos meses para que terminen los arreglos. Hay gente que baja con prisa cargando pesadas carretillas y gente que lleva cascos amarillos para evitar accidentes. Desde nuestra parada observamos no el patio de atrás, sino, uno de los escenarios donde muchas veces suelen realizarse eventos y encuentros entre facultades. En realidad todos abajo parecen tener contorsionados los cuerpos, quizás eso sucede por un efecto de la altura, estamos en el cuarto piso y desde allí las cosas lucen distintas, algunas mujeres tienen los cuerpos casi recostados sobre algunas de las gradas de cemento, otras en cambio han levantado las piernas, es decir, las han estirado a lo largo de las gradas y sea ya por el color de sus vestidos o por la distancia como quiero creer, algunas lucen como si les faltara, como si fueran mancas. También es gracioso observar a todos en general, es decir a la gente reunida, de pie, en círculos, muchso parecen estar congelados, pero en realidad hacen pequeños o cortos movimientos, también parecen conversar con cuidado, casi como respirando las palabras que es un modo gracioso de decir que ellos no emiten palabras, las palabras los viven y las palabras han sido las que han reemplazado al oxígeno. En todo caso todos parecerían llevar algo hipnótico, creo que algún tipo de sedante ha sido inoculado e imagino que debería caer desde la ventana justo en la mitad de uno de esos círculos solo para ver si terminamos todos, junto ami cuerpo incendiados y pidiendo calma. Luego observo que el humo otra vez se dirige a varias direeciones. 

Varias veces creo haber escuchado que decía eso de que alguien (yo) mentiroso, Creo que no quise entender o creo que lo comprendí tan claramente que al fin pude dejar de hablar y pensar en cosas que no venían a cuento. Quise entender totalmente cada parte del significado de esa palabra pero me costaba mucho, me pasó, como si de cargar un caballo en las espaldas se tratara. Además, pronto, inmediatamente fui vencido por el peso de las cosas, por pasar de un estado a otro absoluto, indefinible, oculto, sobre un sitio que parecía sostener mis pies. Eso era cierto, lo más poderoso y real que pude recordar. Luego estuve pidiendo un encendedor en una caseta de snacks o hamburguesas con la imagen de una fruit pintada en una ventana que parecía haber sido clausurada hacia ya muchos años. Luego el rebote y las continuas regresiones, es decir, aquella boca repitiendo que eres un mentiroso, eres un mentiroso, aquella rutina que pensé jamás presenciar, aquello de ser es una cosa inservible, y sin embargo parecía que los muros hablaran y que el suelo en cualquier momento estuviera dispuesto a levantarme hasta sobrepasar la altura de los árboles solo para luego dejarme caer, con ese peso tan común y con los brazos agitados como dos alas, eso es ideal, pero las cosas suceden siempre del modo más conocido, siempre sucede que uno se relaja sabiendo que debe esperar que cosas más inverosímiles y fantásticas ocurran, así, sencillamente, tras la sentencia y luego de agitar los brazos para suavizar el golpe, nada sucede, una mano sostiene mi culo, o una pinza me ha tomado el pelo para sostenerme en la mitad del cielo (!?), en la mitad de dos edificios llenos de agujeros  como para que pasen elefantes o ascensores llenos de elefantes. Desde esa distancia observo mis pies agitarse, por que sí, en ese momento en vez de caer sigo flotando o quizás ya muerto y esperando mi turno para reventar, o que diablos, intento que alguien observe pero misteriosamente o todos se han ido o todos han entrado en uno de los salones más amplios para observar detrás de los cristales a un hombre, o un ave, supongo que ni una ni otra. Luego el ejercicio que intuyo necesario, es decir, ya pasado el pánico comienzo a murmurarme cosas para bajar, de modo que luego de pensar con rudeza distingo lo evidente de lo necesario. El peso de saborear aquella frase, cada letra va tornándose en un plomo que sirve para acercarme al lugar de todos. Sin embargo, pienso, entonces me doy cuenta o me convenzo de ser o  parecer o pesar como algo real.

A.K, M.B.

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En la radio suena algo de eltico, eltico habla o murmura sobre despertar y desayunar lluvia y algo sobre figuras a lo lejos paradas a la espera de barcos, además añade que el mar es de oro y que al barco luego se lo traga el mar y el sol brilla, o el agua, o ambas cosas. Todo suena extremadamente irreal, luego bajamos, ya sin eltico y juntos pedimos cigarrillos. No hay apuro, parece que deseáramos caminar, mirar a través de los cristales, oír el rumor del agua que empieza a filtrar por el tumbado y, sobre todo, dejamos atrás al resto del grupo. Una de las esquinas junto a una puerta con barras de acero parece invitarnos, en realidad nos acomodamos junto al muro y dejamos que los dedos se impregnen y que los labios se oscurezcan. No pasa un minuto, incluso nos atropellamos brevemente con frases que caen desconectadas, la figura es exacta, es ese cubo que ocupa la mitad del día desde que abro los ojos hasta cuando la teve hace estática y ese ruido monocorde, delgada, larga, cadavérica o de museo, aparece como si acabara de salir de mis hombros, odio cuando algo sale desbordado, cuando uno de los fantasmas decide tomar una decisión o peor, aparecer, darse una vida en un momento inesperado pienso o me digo con el marlboro en la mano como si yo también acabara de salir de mis hombros; entonces ya está en las gradas, baja con la cabeza mirando hacia los escalones, o mirando hacia sus pies o mirando y buscándose las manos, como si las estuviera perdiendo, los huesos o buscando buscándose en la cintura de alguien, como si cada paso alejara o acercara, adelante atrás. Para el fin da lo mismo, pensé, luego creí ver que algo me atravesaba, un rato estaba al frente, al siguiente eso respiraba junto a mis pulmones, en un tercer momento era como un dóberman, detrás, a mis espaldas o con el hocico en mis muslos. Por un momento somos tres, brevemente el trío espera de pie, eso suena posible, que la puerta de barras de acero se abra, o, quizás, solo deseamos no volver a la habitación. No lo había notado pero cada uno de nosotros lleva una cruz colgada o impresa en alguna parte de nuestros cuerpos o de nuestras ropas, la una, dorada, grande y que luce extremadamente pesada y que cuelga de su cuello, pienso que es idéntica a esas cruces que desaparecen o se deshacen en la manos una vez que uno las cuelga en un muro; la otra la tenemos detrás, en realidad es el marco de una ventana, es decir, una cruz oscura y a contraluz a las seis de la tarde. La tercera está en mi mano izquierda, unas rayas que de a poco se han vuelto más profundas, supongo habré nacido con ella o es el resultado de tocarme el rostro con fruición y el uso prolongado de las bicicletas, eso de correr alrededor de la manzana. Una cruz de líneas delgadas y con el patibulum doblado hacia arriba, con sus puntas formando algo parecido a unos cuernos.

El humo pasó de mano en mano y al darme cuenta me encontraba bajando y al darme cuenta estaba con los pies sobre los escalones rodando hacia la planta baja y entonces intenté regresar y observé que solo quedaba la imagen de un orificio en el centro de un muro, un orificio por el cual podía pasar un avión de un solo motor o hasta dos ascensores. Tenía muchas ganas de ser un ascensor y de subir un edificio de cien pisos con una velocidad superior a la de sonicyouth hasta lograr el desplazamiento absoluto y la línea infinita que une los extremos de los rectágulos y luego pensé que observaría desde un edificio cercano como la caja de acero rompía el muro o el tumbado hasta salir desprendido como si el edificio acabara de vomitar aquella caja hacia el cielo, aunque yo sabría que la dirección que llevo o lleva la caja es el sol. Pasarían quizás dos horas en un viaje ni tan breve ni tan lento delante de aquella cortina negra o de aquel gas oscuro lleno de pequeñas partículas o vidrios eléctricos parpadeando sin orden, encendiéndose y apagándose mientras la caja recorrería ese espacio como si se tratara de un globo empujado y al mismo tiempo atraído, en todo caso o para que se entienda, un objeto con voluntad de perder la voluntad. En eso estaba al bajar los cuatro o nueve pisos con la sombra o el fantasma que atravesaba mis hombros, que estaba a la izquierda, y luego creo se metía entre los muros hasta cuando yo regresaba a mirar y sentía que algo miraba desde mi cuello y entonces no había ruidos, y todo el edificio parecía haber sido deshabitado, aunque, las luces acababan de ser encendidas, aunque alguien tenía el humo entre los dedos, camino a algún salón o camino hacia una de las habitaciones donde mirábamos casos de personas y de ministros con problemas del habla y discursos en señal abierta. Luego observé que me llevaba tres o cuatro escalones de ventaja, luego salté esos escalones intentando derribar su paso pero dos hombres subían en dirección contraria, aunque ahora que lo pienso quizás ellos fueron quienes evitaron que cayera de bruces o que lastimara mis manos y sus muslos al intentar tomar el pasamanos, supongo otra vez ya respiraban junto a mi pulmón y mi pulmón era como un motor oxidado.

Mira, dijo, tú eres de esas personas que se han acostumbrado a mentir. “Personas” pensé yo, colocando unas comillas alrededor. Te he escuchado aunque parezca lo contrario, y quizás estoy empezando a dudar de todo menos de lo que he escuchado. Sabes qué significa? Quiere decir que no terminaste la primaria y sigues dibujando un hombrecito con los brazos abiertos y luego lo recortas. Tú eres un mentiroso pero también un farsante porque no sabes qué nombre ponerle a tus hombrecitos recortados una vez que los has abierto. También he tenido lugar para pensar en otras dos cosas, la primera te vuelve más detestable y empeora lo que tú sabes de ti mismo y la segunda tiene que ver con tu patología. No quiero que me afectes ni que te metas en mis problemas... sabes a cuántas personas podemos afectar? di cualquier cosa... a ver, repite soy A. K. y tú eres M. B, dilo... dilo... no te me quedes observando como si no estuviera… sé sorprendente! Mientras decía estas cosas creo que de nuevo yo estaba caminando hacia la planta baja o siendo levantado del suelo por los dos hombres o quizás todo era producto del humo que salía por los muros y supongo tenía ganas de llorar mientras seguíamos de pie y los hombres caminaban con las bolsas blancas en las manos. Luego miraba mis pies, y creo que mis ojos ya estaban en el piso cinco o en el nueve y mis pies colgando del tumbado del piso cuatro y mi mano y un marlboro apenas habían llegado a un escalón frente al edificio. Dos momentos o dos nueve parecían juntarse y varias personas con trajes azules o corbatas azules y zapatos brillantes caminaban o daban vueltas, parecía que entrábamos y salíamos y decían o alguien dijo eres un mentiroso.

1/1/14

Dice que se fue a la guerra pero, también dice que no sabe cuándo regresará

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El día de ayer, varios autos pasaron al mismo tiempo, todos llevaban prisa y bolsas blancas en los cofres. Alguien debió ver que en los autos viajaban más de tres personas, y que cada tres metros estaban en eso de detenerse. Yo cargaba dos bolsas llenas con azúcar valdez, chocolate blanco, miel en polvo los molinos, servilletas, una revista de trucos fotográficos, una caja de mentas la estación mirán y una caja de hierbas en sobre, hierbas para infusiones con el dibujo de una mujer negra y gorda sobre la marca o nombre del producto. No era posible mirar hacia el otro lado de la ciudad, no solo porque ya era bastante tarde, ya todos los postes habían sido encendidos y los autos con sus luces altas parecían bailar y hacer atrás adelante o buscar como si se trataran de linternas; era bastante difícil pues muchas personas caminaban al mismo tiempo, muchos hombres llevaban faldas cortas o algo en lo que estaban envueltos y las mujeres, que parecían buscar algo y levantar los brazos y hacer eso del cabello, se mantenían de pie sobre la acera, algunas con las dos manos en los bolsillos, otras sosteniendo a un niño o dos niñas y con un aparato de celular pegado a la cabeza y con la cabeza como colgada del cuerpo. Yo, que preferí mirar y ser parte de aquella corriente tuve que esperar pocos minutos para cruzar al otro lado, a la otra acera, allí el hombre de los periódicos, al cual por primera vez encontré tan extraño, como si fuera un hombre que estuvo en mitad de la calle y ahora lo encontraba en la acera o como un policía, cargaba aún con su maletín azul lleno de diarios y debían ser los diarios de la tarde. Nunca lo había visto a esas horas y eso era algo para preocuparse; como estar en algo o como preguntar si ya se había publicado en los diarios.

Muchos mensajes que envié no fueron contestados, ni el día anterior ni el día de hoy, o sea, ya son o van cuatro días sin saber nada. En la caja de roja encuentro una muffin que supongo fresco y las chispas de chocolate y esas migas cubren la mesa y mi buzo negro y luego debo ponerme en pie para sacudir todo por la ventana. Hay vajilla y servilletas y muchos vasos vacíos y muchas envolturas que parecen necesitar nada más que un empujón para salir desprendidas hasta caer sobre mis pies, o sobre los zapatos y sobre la alfombra. El clima es excelente lo que equivale a aceptable, hoy también siento que hace el tiempo ideal para ahora sí sacar a Leo a pasear, con cuidado digo, pues hay varios autos circulando y mucho más por esa pequeña autopista y Leo a veces quiere correr o trotar y es como si los autos lo estimularan. De ese modo supongo que ambos podremos ejercitar lo que queda del cuerpo aunque Leo lleve las de ganar en resistencia y edad y eso sin contar que tiene cuatro patas. El suyo, cuerpo mamífero, el mío, algo más extraño, casi como la cola de una lagartija, una cola que está debajo de la suela de un zapato o en la mitad de una acera, en la mitad y al medio día. Ya de paseo Leo ladra a todo lo que se mueve y eso me parece un poco detestable y curioso, cómico a la vez, pues son varias las personas que corren y que intentan señalar al Leo y usan esas curiosas formas como si bendijeran o intentaran cuidarse de algo; entonces me quedo mirándolos y luego digo tranquilo Leo, y a las personas de las bendiciones es amistoso o no le tenga miedo. Ayer cerca de una de las iglesias de los brasileños hallamos un pollo arrollado, no quedaba más que un cuerpo que parecía más bien una careta de goma; no había sangre o ésta se había secado y luego convertido en polvo, las plumas del ave eran azules y grises. Luego de una hora llegamos al complejo, en realidad nos detuvimos en la acera del frente a mirar los autos entrar y a la gente bailar en uno de los salones, sería jueves, creo, buen día para la hora y media que nos tomaba hacer la actividad. Leo estuvo bien sentado en sus dos patas y sobre su culo, sostenido de su correa por mis manos, dentro, las personas nos miraban y ya bailaban o nunca lo hicieron, y lucían como si escondieran algo. Nadie se atrevió a pedirnos que pasemos o quizás deseaban que los miremos y nosotros tampoco queríamos hacerlo, ni entrar ni quedarnos demasiado tiempo, supongo que ahí de pie éramos náufragos o paisanos o dos perros o dos hombres con correas o algo así pero peor, o sea, algo cuatro veces, cuatro perro, cuatro hombres, cuatro cadenas, aunque por un poco del vino que parecían servir bien podía dejar a un lado las dudas y dar dos pasos y mirar si escondían de verdad algo, pero por qué esconderían algo a la vista de todos pues, el ventanal del complejo daba a la calle. Los autos estacionados en su mayoría eran pequeños furgones, uno estaba lleno de adolescentes, chicos que parecían recién duchados, con el cabello húmedo y en sandalias y mujeres que cargaban maletas y las guardaban en el furgón con apuro; el resto de personas estaba de pie junto a las puertas abiertas o corriendo como si tuvieran prisa o mirándonos a Leo y a mí. Pronto vi que era mala idea seguir frente a ese territorio y sentí como si violara eso que ellos escondían. Avanzamos tres cuadras más antes de iniciar el regreso, claro, por la misma acera.

La noche la pasamos dentro de su casa. Su casa es chica; si fuéramos más altos diría que estuvimos en una casa de muñecas, es decir, faltó bien poco para no caber, poco para golpearnos las cabezas o para meterla en una chimenea y con la llave de la ducha en las costillas y ambos intentando llegar con la esponja y no quemarnos los ojos y el jabón corriendo con el agua o haciendo chiiizz. Creo que dije por qué te gustan los lugares tan chicos donde uno ni siquiera está seguro si lo que piensa lo piensa uno o acaso lo piensa otro, alguien en otra de estas cajas para zapatos con electricidad y servicio de agua, alguien que de un modo imposible reemplaza, y sin esfuerzos, lo que está en tu cabeza o mi cabeza por lo que acaba de recordar o lo que estará por hacer. Luego pensé que esas cosas pasan en la iglesias, en las reuniones de fin de año, incluso sucede en el espacio, en esas historias donde un ordenador termina contagiado de un miedo irracional. Luego de escucharme esas y otras no pude sino que caer de espaldas y desear que un piano cayera también pero por partes sobre mi cabeza y sobre mis muslos y sobre mis brazos, deseaba que cada parte, es decir, cada una de las ochenta y cuatro teclas pesara, cada una, individualmente como el piano mismo, lo mismo deseé para cada una de las patas, lo mismo para cada una de las cuerdas, las cuales también deberían estirar mis brazos y mis piernas y mi cuello según lo que iba imaginando, en eso estaba, ya con el cuerpo en la mitad de la habitación, ya con el taburete cayendo en dirección a mi frente. Luego creí que mi cabeza se había vuelto un piano. Varias cosas como las mesas y el suelo y los muros parecieron crujir, entonces supe que no estaba ebrio y quizás solo andaba en aquel espacio en el que andrésramirez encontraba el opus ni buscado de los números. Ya en la calle encontré a conocidos y personas que al saludar miraban su reloj o gritaban en dirección a otro rostro, y luego fuimos invitados a continuar la noche, o empezarla o a cerrarla, es decir, detrás nuestro debía leerse un letrero con algo como apágame. Deseaba que Rayo estuviera por ahí para que me arrastrase de regreso a mi habitación o para que me mordiera y luego me escupiera o me arrancara las partes hasta dejarlas debajo o sobre la cama, pero eso sería un problema, pues no hay nada me empecé a decir que pudiera contra la gran mancha que cubrirá todo. Rayo nunca vino, a qué iba a venir? me dije, y luego me encontré amenazado varias veces por un tipo que estudiaba para abogado, y eso a pesar de que uno de sus compañeros, un tipo alto como un piloto de esos aeroplanos de un solo motor intercedía diciendo que estaban en un error. Casi amanezco debajo de una banca de piedra, pero mejor me puse a caminar.

Cuando dio vuelta, luego del tema con el abogado dijo eres un mentiroso. Así escrito parece algo sin importancia, pero si lo dibujara sería más palpable como una línea dibujada en un rectángulo de un extremo a otro, algo así como eres un mentiroso, pero con algo como eco. Luego, tras mi silencio dijo o añadió Es peor, no eres un mentiroso, creo que eres más bien un farsante. Un mentiroso sabe que miente, pero un farsante no sabe diferenciar la verdad de la mentira, lo real de lo... uhhhhhhh... de lo que no existe. Tú, un farsante, no tienes experiencia pero eres bueno dictando, díctame! Dime quién dicta farsante? Dicta mentiroso!

Luego vi que doblaba la esquina con la bolsa blanca en las manos y guardando al apuro y las espaldas parecían pegadas. Varios metros después, es decir, tras caminar o flotar entre velas o cera y las flores rojas y sobre las aceras, yo seguía sin comprender qué diablos era todo aquello de lo real y lo fantástico; luego pensé que debía caer un piano hacia arriba y arriba debía estar una alfombra me dije, y quería que ya fuera la navidad y que los hombres americanos de terciopopelo cargaran con los árboles del Canadá. Entonces me vino una gran sonrisa y entonces comprendí; supongo que me sentí menos atormentado y ya no tenía ganas de llorar o de meterme en el cofre de todos los autos parqueados. Luego un hombre me brindó o me alcanzó un encendedor, en realidad creo que se lo había exigido y estuve dándole a un asqueroso lark, no sé que pasó con mis marlboritos, sentado, así diez minutos sobre una de los escalones. Quise pedirle disculpas al hombre del encendedor porque seguro le debí haber arrancado el aparato en una de las inconsciencias célebres pero pensé que solo sería empeorar las cosas. Luego quise decir algo pero me encontré conmigo mismo y parece que me balbuceaba cosas sin sentido, como un hombre que levanta una espada o como alguien que intenta guardar viento en una lona de yute o cualquier imagen irracional, como si esas cosas estuvieran flotando alrededor de los árboles, del galpón o de las personas que usaban el sitio; cosas e imágenes anormales como tomar el teléfono con los pies o entrar de cabeza en la ecovía. Pensé que sería bueno escribir algo en una pared, tomé un pedazo de carbón de una vieja estufa en la mitad del jardín con el fin de escribir mi nombre varias veces en cualquier muro, el sitio estaba lleno de muros o era muros, algo así como A.K es un farsante porque no sabe cómo diablos ser un mentiroso. Al pararme frente al muro lo primero que esperé fue a quedarme solo: muro, carbón y A.K. Luego con extrañeza y mucho pánico vi que ya me habían escrito y eso me dejó con los bolsillos llenos de quinientas cosas, creo que eran quinientas figuras mías en miniatura que miraban un muro. Sobre la pared leí: Mambrú dice que no sabe cuándo vendrá y eso fue para el mandrake.

eresunmntiroso

29/12/13

Primera de una seria infinita de profecías escondidas o descubiertas debajo de Alannah Myles y junto al cuerpo de Pin Pon

Lo que hizo fue meter la cabeza en la montaña justo entre dos rocas muy grandes. Los pies se agitaban como las patas de un insecto o de una cucaracha que ha perdido la cabeza. Eso parecía ser lo que él observaba al mirarse a sí mismo desde o a través de un lente invisible, inexistente que él parecía sostener con cuidado entre sus ojos y entre la maqueta también inexistente que él había armado sobre la cama, dentro de la ducha e incluso en la mitad de sus sueños, un hombrecillo con la cabeza metida o clavada en una montaña justo entre dos rocas brillantes y oscuras, con su cuerpo fuera y los brazos y las piernas agitándose sin ton, con un ritmo sincopado. Y al mirarse a sí mismo de esa manera se sorprendió muchísimo de tener tal energía a pesar de lo imposible de la posición y además de tener aún ganas de ayudar a aquel pequeño hombrecillo justo antes de empujarlo hasta perderlo totalmente entre las rocas. Según lo que observó, no le costó nada, poco, empujarlo y dejarlo en el interior, en silencio, fuera de todo o peor, dentro de todo, justo en el sitio al que solo algo o alguien externo pudiera acceder.

Luego en la cama el sueño era irreal, luego de varios cortes ya solo quedaba respirar con los poros, luego de cada respiración y con el cuerpo transpirado solo quedaba ser comido por los mosquitos, dejar la ventana abierta y esperar que el viento y las ráfagas lo dejaran lleno de resfríos, resfríos en verano, en una atmósfera que podía alcanzar los 35 o más grados y donde era necesario dormir con una toalla en la cara para evitar ahogar o despertar sobre un charco.

Otra cosa era el deseo, el deseo de vivir justo en el centro de un colchón, en realidad, las ganas de ser el relleno del colchón donde intentaba dormir. No era imposible, de hecho parecía ser lo más inmediato y lo más lógico e incluso tan simple como cerrar los ojos y escuchar la respiración y el abrirse y cerrarse de sus pulmones. Qué sucedía? surgieron los eventos de la calle y el ruido de los hombres cantando cada vez que alguien tomaba una carta, un naipe con los dientes largos y amarillos y pelados frente al reflector. Luego él desearía entrar en el colchón, sitio que parecía ideal, sitio en el cual desaparecer, lugar mínimo, incapaz de permitir los movimientos, es decir, un sueño o un descanso a la fuerza. No parecía imposible ni lejano pues al tener aquel colchón debajo todo parecía tan próximo, tan familiar que poco a poco no quedaba más que convencerse de que aquel ya estaba dentro, ya era relleno y ya algo o alguien con un peso total exprimía el día hasta volverlo anhídrido carbónico. Todo llegó y la experiencia de ser la mitad y de ser algodón o aserrín era ideal y hasta repetible.

Luego quedaba la radio y esa manía de 1989, año de las radios a pilas y de la programación que empezaba con Rumors, ELO y algo quizás de black dog, aquellas noches de fantasmas con voces llenas de ecos. Eso era lo que faltaba para encontrar el centro, volver a los sitios donde se había sido feliz al precio de volverse loco otra vez. Cómo? como no volviendo a encontrar los muertos de las décadas olvidadas. Los muertos eran seres que cabalgaban sobre el tumbado de casa a las cuatro de la tarde y otras veces al empezar la mañana, cada uno con su nombre: rojo, peste, bayo, muerte, negro, hambre, cada uno trayendo la montaña y las nubes pesadas capaces de estremecer la calle, la casa, la cama, el barrio, el tumbado, la radio que seguía encendida pero que al mismo tiempo parecía haber sido callada o cubierta por los pasos, fieros pasos, comunes, característicos de la herradura, del cemento, pero sobre todo, del camino de roca que se había formado entre el cielo, entre la tierra y entre los sellos. Quizás, hoy, tras aquel regreso piensa el hombre que podría al fin escuchar el llamado, entonces una vuelta nueva y la radio y 1989 regresando para cerrar toda clase de profecía. Eso diría uno de los esqueletos: lo cumpliste. El hombre durmiendo o con los ojos cerrados buscando un sitio al cual visitar y en cual abandonarse.

El resto de las noches luego de diez años o algunos dimes podía servir de espacio para comparar una y otra vez las versiones de Roll over Beethoven tocadas con guitarras, ukeleles, palmas y en cuadrados llenos de ruido y en blanco negro. Cada vez había un sonido diferente pero sobre todo se comprobaba que cuatro voces podían ser más dulces o agudas que la un solo hombre. A veces ese hombre solo, cumplía con un ritual extraño en el escenario que consistía en saltar son su guitarra y en un solo pie a lo largo y al frente del resto o de lo que quedaba de la banda, algo así como un pato o un ave que saltaba o volaba o intentaba no caerse mientras sacudía las cuerdas sobre la madera roja y, de fondo, quizás el piano y quizás varias personas aplaudiendo a un hombre vestido como en otro siglo que a fuerza de las cuerdas había quedado sordo pero que en vez de correr parecía quedarse a escuchar las nuevas noticias que debería cargar para los rusos.

El hombre en medio de aquellas rocas para esa hora del día, ya la mañana, debía haber encontrado la manera de cavar con un mínimo esfuerzo hasta hallar un centro o algo similar. Después de todo no parecía mala idea eso de sacar cosas para ocupar el espacio posteriormente, después de todo quedaba por sacar solo materiales que parecían ser lodo, rocas secas como adobe, quizás unos pocos huesos, algo de hojas de papel u hojas de periódico hechas pequeñas pelotas alrededor de un túnel o algo similar a un camino cavado hace ya mucho tiempo. Después de todo ese también parece ser el relleno personal de cualquier cuerpo de carne y huesos, un poco a lo Pin Pon, Pin Pon es un muñeco, todo bajo unas cortinas de encaje, unas mujeres de piernas cubiertas por nylon y Pin Pon sobándose la barriga sobre la cual hay algo parecido a un círculo dibujado. El sacrificio del cartón, quizás dormir a Pin Pon usando uno de esos químicos sobre un pañuelo, luego el cartón cayendo, el brazo alrededor de su cuello y las manitas y las patitas sacudiéndose hasta quedar sin fuerza, como fideos. Las chicas Pin Pon aplaudiendo y haciendo algo de Can Can, y entonces el gran agujero en la mitad de una montaña o de una peña, primero su cabeza, luego el cuello, luego las bolas de papel  y un dedo haciendo push. Nada resultaría más divertido dice él, entonces todos miran y al mismo tiempo comienzan a dar pasos hacia atrás y cuando todos quieren correr ya todos y todas, sobre todo las chicas can can dentro del orificio con algo de terror en la boca y luego las bolas de cartón para cerrar las salidas, en realidad la única, entrada-salida. Lo bueno de quedar atrapado entre dos rocas o dentro de un agujero hecho de manera intencional es el silencio, nada parece suceder afuera y al fin se obtiene la buscaba otra dimensión. Cómo es ese sitio tan brutal, limpio o ascético o libre de sol y de movimiento evidente? pues es igual solo que lleno de explosivos, aunque pronto parecen todos darse cuenta de la responsabilidad de cada exhalación. De ese modo un estado larval, de esa manera las cosas convertidas y de ese modo la edad del dinosaurio, rugidos, planta, lodo, cuellos altos hasta otros túneles y el descubrimiento del animal interno: el animal que no caza.


27/12/13

La dos ruedas que giran con el asiento pegado al suelo

Ahhmm, algo así era lo que el hombre balbuceaba frente a un espejo en la mitad de un salón donde otros estaban sentados con la servilleta desdoblada en las rodillas. A su balbuceo lo acompañó con varias muecas que las iba contando para realizar algunas más difíciles en cuanto llegaba o pasaba por sobre los números pares. La boca gigante, grande como la de un pez, los labios, arrugados y húmedos como dos mejillones con la baba goteando y los dientes detrás, apenas oscurecidos. Otra de esas caras que servirían para fabricar uno de los rostros exagerados y llenos de cartón de los fines de año, la frente brillante, la nariz girada hacia la derecha y los huesos pegados al cristal. Uno de esos hombres pasó mirando al hombre con la cara pegada al rostro pero ya afuera al levantar uno de los vasos olvidó y quiso olvidar y desaparecer lo anteriormente visto. 

Visto de espaldas de podía creer que aquel hombre dentro del baño estaría dispuesto a llenar los lavabos con agua con el fin de que una vez que el agua empezara a derramarse, él, como si de eso se tratara una misión silenciosa colocara lentamente primero un pie, luego dentro un brazo hasta poder con ambas extremidades del otro lado halar a las que quedan dentro, darles el empujón. Se lo veía al hombre de pie frente al espejo y luego con la cabeza agachada hacia los lavabos como quien también parece estar a punto de clavarse como desde un trampolín hacia una de esas piletas tan amplias como una cancha de tenis, entonces el agua que ya estaría a punto de derramarse saltaría como si se tratara de miles de pequeñas ranas o miles de mariposas con alas semitransparentes que acaban de levantar vuelo aprovechando la brisa o la corriente inesperada pero de una manera irreal, como si fueran movidas por una de esas plumas que sirven para levantar pesos extremos y vigas de acero sobre las calles de las ciudades, una especie de lenta y dispersa coreografía de alas, de antenas, de zumbidos, de larvas que en la explosión parecieran destruir sus capullos y la seda hasta volverse un ser diez veces más grande y lleno de varias partes que al sentir el aire buscaran como tomar o apropiarse de la mayor cantidad posible del mismo. 

En realidad al otro lado del agua, terminadas las tuberías los vasos aparecen llenos, magníficos. Varias veces todos se encuentran girando con las manos totalmente llenas y absolutamente ocupadas que sin explicación terminan volviéndose tres, en alguno de los hombres de la parte más oscura del salón parecerían haber crecido incluso dos brazos más. El ruido es pesado y las bebidas parecen venir del cuello de los hombres y las mujeres de uniforme que al tomar los cristales vacíos y caminar hacia uno de los pasillos, casi, sin o con una invisible demora regresan con los cristales hasta el tope y con una mano detrás de sus espaldas, todo prolijo, incluso y tras varias horas sus guantes blancos siguen idénticos. El ruido es total y bajo una luz verde, una luz de jardín botánico se observa el metal, el caucho, las filas de autos y la noche que se ha mantenido clara, más nítida que un cristal o que una porcelana. El ruido desaparece al caminar y los autos y las tres personas que descansan sobre uno de ellos mientras fuman parecen irreales, como en las postales que alguien compra para decir que así están las cosas a una hora de un día en que la noche no tuvo el poder de oscurecerlo todo, es decir, una noche eléctrica.

La gente girando con ambas manos ocupadas en mantener los vasos arriba mientras la otra mano colabora para que nadie más caiga. Varias personas tomadas y formando grandes cadenas llenas de dobles y triples vidas, cadenas que giran y bajan y se abren y se cierran y respiran y crecen y parecen tener la capacidad de tragarse a cualquiera que pase cerca de ellas. Todos, y deben ser cuarenta personas haciendo exactamente lo mismo, dando los mismos pasos uno dos uno dos al mismo tiempo como si se trataran de un espejo, un baile y un movimiento que nunca pudo no haber sido planificado, la realidad supera a los textos que llenan las páginas blancas y amarillentas de libros que nadie ha leído. Todo tan particular y tan genérico, todo convertido en un doble signo, la vida entre el bien y el mal y más allá de lo que no es. Incluso las mujeres enormes, incluso la comida, incluso las luces que cuelgan del tumbado parecen funcionar como si nadie estuviera detrás, el hombre entra y sale a través de una mujer de vestido anaranjado como si de abrir y cerrar una puerta se tratara mientras la mujer levanta los ojos al cielo como si un ser hubiera regresado para convencerla de que un sábado no es un deporte o de que una canción es un pez, en realidad todos parecen fantasmas que pierden algo de su color o que terminan con los brazos y las narices y los dientes de otros en vez de sus propios ojos o de los pendientes que colgaban en sus caras. Varias veces el ruido logra desaparecer la luz o es que el ruido los desaparece a los hombres y mujeres pues se crea en el medio del salón un orificio y varias veces apenas se observa con brevedad las siluetas que están y se deshacen o que están e inmediatamente desaparecen hasta cuando las luces se encienden y todos tienen los ojos en otro sitio y los cuerpos otra vez están alargados hacia todas las direcciones y todos al mismo tiempo están dentro de sus vasos y parecen girar agarrados de una rueda que se conecta a otras ruedas en un engranaje infernal, todo con el fin de terminar derramado sobre el suelo como en una gran lodazal. 


17/12/13

A propósito de la moto que echa putas y de la luna que va a todo alambre


La irresponsabilidad de hablar, la de escribir, la de comer la pared del sótano, las de no estudiar ni hacer las tareas ni llegar puntual al salón. 



 imagende: www.popspotsnyc.com/forthcoming_new_york/



Hoy me visto de negro, solo para ti a pesar de saber que hoy no nos veremos. Escucho L7 a toda puta, es decir, ya no escucho los gritos de los colonchos en el piso de arriba y tampoco la barredera y el empujón sobre la cama o a la cama de los colonchos de arriba, se dice, empujar para quitar el polvo. Por momentos quisiera tener lista mi motocicleta y meter todo hasta bajar a tu redondel y hacerte un poco de run run hasta que nos sangren las arrugas. Sabes, he tenido varios sueños de esos en los que varios hombres me hablan en kichua y en portugués, hombres con rostros rojos y hombres pequeños, bajos de estatura junto a mujeres largas y de pantalones desajustados. En los sueños, que ya son bastantes y más en estos días extraños en que la luna se abre como un coco o como el ojo maligno que dirige la película de medianoche, sucede que yo no tengo apuro pero todos parecen tener que llegar o continuar con sus mierdas, es decir, olvidándose de algo, vivir que a la cosa hay que olvidar. Suena a algo que gira a las tres de la mañana. Lo bueno de los sueños es que están llenos de decorados fascinantes, por ejemplo, un lugar plano, al fin, un sitio donde apenas se levanta una pequeña colina, mínima, sobre la cual hay un edificio antiguo, de esas mierdas europa coloniales, roja y con sus años en desuso con la pileta o el orificio para el agua lleno de algas y hojas secas.

Creo que al fin la casa intenta entrarme por la forma menos poblada, esto es, aprovechar que tengo dormido los arqueros para inducirme sus propios miedos, los miedos y la mugre y la bóñiga del páramo. Entran y salen todo el día, ya soy y ella quiere que sea su doble, la famosa casa tomada por algo más grande y más antiguo que la palabra continente o la palabra mastermop, o la palabra palabra, algo así como el gas por el que nos volvemos al dormir. Por eso digo que no soy yo el que sueña, son otros y yo sin buscarlo soy testigo y presencio esas imágenes, Ahí hago buuu. Eso se debe al caracter auténtico del cemento, lugar donde las cosas se cocinan y se tiran y se vuelven a llevar al fuego, como en esa locura Aureliana, primero oro, luego pez, luego fuego, luego otra vez oro y luego otra vez pez, entonces, el barrio y las casas y los cristales corrompidos o cubiertos de las gruesas capas y las imágenes lejanas eso, remotas, deformaciones, es decir, si la persona de la casa del frente observa a alguien entrar en una puerta, no es a alguien, observa una figura, una silueta, un recorte, cualquier cosa o ser no identificado?¿. Cosas del oro y del fuego y de cristales sucios. Eso con respecto al lugar, a la población, pero en realidad todo también es motivo del páramo y de tener los pies descalzos y los pantalones enrollados y cubiertos ambos de la verde y olorosa bóñiga, pastosa y verde y pastosa y cremosa y verde. Los pies y las uñas y la vieja del frente mirando detrás del cristal esperando, de pie, y no hay vacas, o, dónde guarda las vacas?

Quién manda a hacer casas en las faldas de las montañas jibares, tierras rellenas de lava y de combustiones, terrenos que tiemblan cada dos semanas de manera mínina provocanco el ronquido y el posterior lloriqueo de los animales. Acá, en el sitio, hay varios perros, muchos, todos ladrando al unísono, no es eso una tortura? un animal noble y delicado como el sabueso gritando a media noche o más tarde, recordando a algo, a alguien tras sentir el temblor, el rumor de cada explosión y así sin aviso, sin anticipaciones. Esto es la mierda, esto es vivir sobre la vida de otras vidas, qué piso tengo, debo ir al número ocho y llevarme a los animales hasta cuando empiecen a hablar y llamarme Cristo, y un día, en mitad de la tarde digan: maestro le organizamos una mesa, recuerde que estamos todos, y, hoy cumple 33?!

Pero más dolorosa es la irresponsabilidad de colgar todos los pantalones en un solo tendedero sabiendo que va a llover, sin pedirle o indicarle a alguien el sitio donde puede colocar las prendas dobladas, si es que puede hacerlo, si va a estar cerca de casa.

Iría a toda puta intentando cruzar entre autos y asustanto a esos hombres con la mano en la palanca. Recuerdo la primer vez que alguien chupó un helado frente a la tienda de Marios. Esa imagen ayuda a viajar con una pulsión total, semáforo amarillo, auto azul, frenazo, darle voltio, darle a la manija, entonces veo la cara de hombres tan grandes y manejando autos con tantos ángulos llenos de humo y smog y aceite y con cara de no saber si ríen o lloran o quieren lavarse las manos o quieren valientemente ser arrastrados. Es hermoso, hombres arrastrados por su propia iniciativa, porque ha tenido la caballerosidad de pedir y de recibir. Entonces, ya sobre una vía recta o apenas curva pero apta para pasar los 200 miro detrás, miro la cuerda y el cuerpo y las manos agarradas como si de ello dependiera no morir para disfrutar el terminarse, el ser arrancado de a poco. Hombres arrastrados y la moto echando tiros frente a una bóveda o frente a uno de esos aserraderos a mitad de la tarde con un cielo azul antes de tirar la puerta de una casa. Amor, aquí está Juanito, mira, todavía hay hombres por arrastrar, hombres hermosos, de dedos duros, sí, hoy quiere quedarse, hoy hay luna amor.

La zamba era otra cosa, ella ha colgado sus ropas mojadas frente al tendedero de mi habitación. Miro las gotas caer e imagino su silueta y toda esa mierda que queda debajo de los pantalones. Cuando voy a su habitación y golpeo, la puerta me devuelve un rumor como de un motor, supongo ella ha comprado un freezer, o quizás es un motor para inflar el hombre de goma con el que se recuesta cada noche en su cama de una plaza. Es verdad que apenas ocuparán espacios pero ella debe ser esas mujeres que giran y patean y ocupan todos los lugares fríos de ese mueble. Al volver escucho gente corriendo o en realidad pisando o caminando con exagerada fuerza, como si de esa forma fueran a espantar a las cucarachas que debe salir de sus armarios. Imagino que temen a todas las cosas que se mueven porque provocan en ellas mismas algún movimiento interno, algun tipo de choque tectónico que obliga a que sus fluidos broten y se derramen. El techo está seco, pero imagino que unos meses y de seguir la corredera y el desborde pronto los fluidos tocaran las estrellas que tengo pegadas en mi techo y por que no, un día me encontrarñe despierto y cubierto de ese moco. Quizás sea hora de tomar un madero y echar golpes como hace tres años cuando esas cosas terminaron, así, a las malas, con golpes a las dos de la mañana. Luego pensé que alguien hacía tontos ejercicios a esa hora, por qué? se escuchaba un subir y bajar de un cuerpo, eso de las rutinas y las series en tres o cuatro tiempos. Apenas escuchas el golpe en el suelo, pum, y bam, y callados que es hora de dormir. La gente cree que leer es saludable y mucho más si no puede dormir y encuentra un artículo en una revista con una mujer en la portada donde sugieren actividades para el insomnio. La gente está mal llevada, quiere que la arrastre en la moto hasta quedar dormida. A las dos de la mañana! Y con la revista en las manos!

En el teléfono se escribieron muchas cosas. Él quiso hacer dos cosas al mismo tiempo, tras la escritura o, sobre la cultura se volvieron tres y cuatro y luego un loop de varias cosas que sucedían al mismo tiempo. Básicamente el quería dejar de pensar, bloquear las cosas que desbordaban sus ojos y escribir un mensaje en el teléfono. Lo hizo, en realidad puso la escritura del mensaje sobre los pensamientos y pronto hubo un especie de reemplazo. Hay cosas que se hacen a la fuerza, es decir, si algo es detenido puede parecer o lucir como algo antinatural?¿ Luego la cosa fue extraña, digamos que ya el mensaje se repetía alrededor de la habitación. Cuantas veces se pueden observar palabras e imagenes sobre los muros o sobre el techo? por ejemplo, cuando él escribió American procuró hacerlo pidiendo que American lo escuche y que Americ se levante de la alfombra y saltara sobre la cortina sin ningún motivo aparente. Luego de escribir tres veces añadió la vocal A al mensaje. La idea no era muy clara pero podía servir, es decir, tres o cuatro veces repetida la palabra AmericanAmerican American, seguido de a a a a a a a a a a a a.
Visto de lejos la pantalla del teléfono servía como plataforma de algo sin sentido. Varias filas de letras a separadas una de otras por un espacio. Uno de esos mensajes que terminaban ocupando seis mensajes, pues antes habían otras cosas escritas, cosas como ophan, cosas como nadiankin, nadiankin, y varias veces la palabra dust. Si uno leía con atención podía percatarse que en una sola palabra habían pegadas dos o que, no se intentaba decir american, sino, americana, claro, leído con curiosidad, no para un simple vistazo.

Esa escritura debió tomar más de quince minutos, que en realidad debieron parecer horas. Horas en que las teclas se vuelven pinceles y los textos aunque ya imaginados una especie de aguja e hilo instrumento para cerrar los ojos o la boca o el ojo por el que salían desbordadas las ideas más oscuras del día. Eso pensabe él, ideas que sobre algo ya oscuro no deberían ser visibles. Todo por esa idea de lo pertinente y lo no calificado. El esfuerzo fue doble, luchar contra la desproporción y al mismo tiempo crear una menos pesada pero capáz de filtrarse hasta volverse arena, acaso no usan arena para detener los flujos y los fenómenos. Reproducir el mensaje es imposible. Quizás con una de esas regresiones inducidas por fármacos, es seguro que el camino queda, que hay una vertiente o una huella. Eso es gracioso, dormir tras escribir las cosas más insignificantes y dobladas, cosas capaces de no significar nada y al mismo tiempo soñar con esas palabras, con un puente que se levanta y al mismo tiempo levanta la cortina dejando entrar una luz anaranjada, una luz absolutamente silenciosa y capaz de llenar la cama, como algo irreal. Hacer lo mismo todas las noches, buscar a americana, pedirle un café, pedirle un gran pedazo de tarta de limón, levantar la camisa para que mirase su ombligo, él, con el dedo apuntando su sucio estómago y metiendo la cara en la tarta que sostiene en la otra mano. Que más puede haber, sino, lanzar la tarta y lanzarse luego contra la pared esperando quedar pegado como un espagueti? que más hermoso que esconder el tórax para que nadie sepa lo ocurre sobre la mesa de acero? Eso también hubo, el cambio, como si la pantalla hubiera devuelto un colchón, algo que no podía notarse, suave, cuando el sol ya quemaba. 

9/12/13

Daysi Bell. Bicicleta para dos

Yo escribo, el teléfono recibe, la electricidad es invisible, la cama sigue inflamada, los labios hinchados, rotos, los cartones apilados debajo de la alfombra, las esquinas idénticas, los gatos mirando desde los filos, la calle muda, los grillos atentos y acostados, la carne colgada del agujero de un oído, bugsbunny escuchando, en silencio, quizás dopado, la tv apagada, los dedos rotos, los huesos rotos, el cuello estirado.

La mano estirada, el cuerpo apretujado dentro de una bolsa amarilla, los dedos tocando el muro, los pies en el aire, el cuerpo largo, la blusa planchada, los huesos por fuera, los ojos buscando, los ojos en blanco, la boca fría, los labios secos, la garganta llena de sal, llena de talco, la respiración colgada de un pulmón, los pulmones en las manos, los brazos estirados, el techo arriba, el techo tan alto, los pulmones volando como un disco, los pulmones colgados de los cables telefónicos, de los cables de la televisión pagada, el cuerpo estirado, el viento, el semáforo, un hombre colgado, un columpio, el viento, filas interminables de autos y transportes azules y hombres y mujeres y hormigas vestidos todos de negro, con sombrillas, delante de luces amarillas y brillantes, luces cálidas como las de los hornos, como las luces con las que se calienta el pan.

Mandíbulas, cientos de filas de dientes, colmillos blancos y largos, cuellos, muslos, vacas, cerdos, cerdos con sangre bajando por el cuello, pieles manchadas de blanco y negro y de bóñiga, pobladas de pequeñas moscas, de bóñiga seca, verde. Un sótano, un sillón roto, pelotas de fútbol, paredes manchadas, círculos pardos, goteras, ventanas tapiadas, cristales cubiertos de goma. Bicicletas, cajas de cartón, cuadernos forrados con papel y plástico, tablones, tiras de madera, camas viejas, cartones con el dibujo de piano eléctrico, cables enrollados, cables o tiras de alambre telefónico, casas de madera para mascotas, juguetes de plástico a los que les falta una rueda, un sillón, un volante.

Fuego, disparar, desconectar el aparato tras su uso prolongado, limpiar con algodón, usar enguajes, usar cotonetes, usar solo un fósforo, llevar siempre a la mano un libro delgado, rayar con lápiz, escribir acentando la pluma, dejar la casa como la encontró, llamar, escribir, contar las minucias, no dejar de escribir, llamar si nadie llama, dejar el café, dejar de nadar en el río, dejar de mirar programas a las once de la noche, preocuparse, preocuparse, preocuparse por algo, reconocer, escribir el nombre de la cédula, recordar quién viene, abrir la puerta, cerrar los ojos, expulsar, retener, secuestrar hasta que todo parezca una maqueta, reír, golpear las bolas de alguien con la mano de alguien, empujar el cuerpo hasta que el cemento se rompa, bajar el volumen, repetir diálogos, estrenar la camisa que está en el armario, violar a una policía, secuestrar un trooper, dar dos platos de balanceado al perro, pasear con alguien de carne, hablar con alguien de algo, dormir alguna vez solo, darse baños de agua fría, llenar la tina, bucear, cerrar los ojos, abrir los ojos, ahogarse, ahogarse... Dave, no haga eso, deténgase, quiere? deténgase Dave, quiere detenerse Dave? deténgase Dave, tengo miedo, tengo miedo Dave, Dave, mi cabeza se va, siento que se va, siento que se va, mi cabeza se va, es confuso para mí, mi cabeza se va, me doy cuenta, me doy cuenta, tengo.. miedo, buenas tardes señores, soy un computador Hal de la serie nueve mil, me pusieron en funcionamiento en la fábrica HAL de Birmana, Illinois, el doce de enero de mil novecientos noventa y dos. Mi instructor fue el señor Langli, me enseñó una canción, si usted quisiera podría cantársela... Daisy, Daisy, dame tu respuesta, do. Estoy medio loco, todo por tu amor. Este no será un matrimonio con estilo, no podré pagar un vehículo, pero te verás dulce, sobre el asiento de una bicleta hecha para para dos.