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Dice que se fue a la guerra pero, también dice que no sabe cuándo regresará

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El día de ayer, varios autos pasaron al mismo tiempo, todos llevaban prisa y bolsas blancas en los cofres. Alguien debió ver que en los autos viajaban más de tres personas, y que cada tres metros estaban en eso de detenerse. Yo cargaba dos bolsas llenas con azúcar valdez, chocolate blanco, miel en polvo los molinos, servilletas, una revista de trucos fotográficos, una caja de mentas la estación mirán y una caja de hierbas en sobre, hierbas para infusiones con el dibujo de una mujer negra y gorda sobre la marca o nombre del producto. No era posible mirar hacia el otro lado de la ciudad, no solo porque ya era bastante tarde, ya todos los postes habían sido encendidos y los autos con sus luces altas parecían bailar y hacer atrás adelante o buscar como si se trataran de linternas; era bastante difícil pues muchas personas caminaban al mismo tiempo, muchos hombres llevaban faldas cortas o algo en lo que estaban envueltos y las mujeres, que parecían buscar algo y levantar los brazos y hacer eso del cabello, se mantenían de pie sobre la acera, algunas con las dos manos en los bolsillos, otras sosteniendo a un niño o dos niñas y con un aparato de celular pegado a la cabeza y con la cabeza como colgada del cuerpo. Yo, que preferí mirar y ser parte de aquella corriente tuve que esperar pocos minutos para cruzar al otro lado, a la otra acera, allí el hombre de los periódicos, al cual por primera vez encontré tan extraño, como si fuera un hombre que estuvo en mitad de la calle y ahora lo encontraba en la acera o como un policía, cargaba aún con su maletín azul lleno de diarios y debían ser los diarios de la tarde. Nunca lo había visto a esas horas y eso era algo para preocuparse; como estar en algo o como preguntar si ya se había publicado en los diarios.

Muchos mensajes que envié no fueron contestados, ni el día anterior ni el día de hoy, o sea, ya son o van cuatro días sin saber nada. En la caja de roja encuentro una muffin que supongo fresco y las chispas de chocolate y esas migas cubren la mesa y mi buzo negro y luego debo ponerme en pie para sacudir todo por la ventana. Hay vajilla y servilletas y muchos vasos vacíos y muchas envolturas que parecen necesitar nada más que un empujón para salir desprendidas hasta caer sobre mis pies, o sobre los zapatos y sobre la alfombra. El clima es excelente lo que equivale a aceptable, hoy también siento que hace el tiempo ideal para ahora sí sacar a Leo a pasear, con cuidado digo, pues hay varios autos circulando y mucho más por esa pequeña autopista y Leo a veces quiere correr o trotar y es como si los autos lo estimularan. De ese modo supongo que ambos podremos ejercitar lo que queda del cuerpo aunque Leo lleve las de ganar en resistencia y edad y eso sin contar que tiene cuatro patas. El suyo, cuerpo mamífero, el mío, algo más extraño, casi como la cola de una lagartija, una cola que está debajo de la suela de un zapato o en la mitad de una acera, en la mitad y al medio día. Ya de paseo Leo ladra a todo lo que se mueve y eso me parece un poco detestable y curioso, cómico a la vez, pues son varias las personas que corren y que intentan señalar al Leo y usan esas curiosas formas como si bendijeran o intentaran cuidarse de algo; entonces me quedo mirándolos y luego digo tranquilo Leo, y a las personas de las bendiciones es amistoso o no le tenga miedo. Ayer cerca de una de las iglesias de los brasileños hallamos un pollo arrollado, no quedaba más que un cuerpo que parecía más bien una careta de goma; no había sangre o ésta se había secado y luego convertido en polvo, las plumas del ave eran azules y grises. Luego de una hora llegamos al complejo, en realidad nos detuvimos en la acera del frente a mirar los autos entrar y a la gente bailar en uno de los salones, sería jueves, creo, buen día para la hora y media que nos tomaba hacer la actividad. Leo estuvo bien sentado en sus dos patas y sobre su culo, sostenido de su correa por mis manos, dentro, las personas nos miraban y ya bailaban o nunca lo hicieron, y lucían como si escondieran algo. Nadie se atrevió a pedirnos que pasemos o quizás deseaban que los miremos y nosotros tampoco queríamos hacerlo, ni entrar ni quedarnos demasiado tiempo, supongo que ahí de pie éramos náufragos o paisanos o dos perros o dos hombres con correas o algo así pero peor, o sea, algo cuatro veces, cuatro perro, cuatro hombres, cuatro cadenas, aunque por un poco del vino que parecían servir bien podía dejar a un lado las dudas y dar dos pasos y mirar si escondían de verdad algo, pero por qué esconderían algo a la vista de todos pues, el ventanal del complejo daba a la calle. Los autos estacionados en su mayoría eran pequeños furgones, uno estaba lleno de adolescentes, chicos que parecían recién duchados, con el cabello húmedo y en sandalias y mujeres que cargaban maletas y las guardaban en el furgón con apuro; el resto de personas estaba de pie junto a las puertas abiertas o corriendo como si tuvieran prisa o mirándonos a Leo y a mí. Pronto vi que era mala idea seguir frente a ese territorio y sentí como si violara eso que ellos escondían. Avanzamos tres cuadras más antes de iniciar el regreso, claro, por la misma acera.

La noche la pasamos dentro de su casa. Su casa es chica; si fuéramos más altos diría que estuvimos en una casa de muñecas, es decir, faltó bien poco para no caber, poco para golpearnos las cabezas o para meterla en una chimenea y con la llave de la ducha en las costillas y ambos intentando llegar con la esponja y no quemarnos los ojos y el jabón corriendo con el agua o haciendo chiiizz. Creo que dije por qué te gustan los lugares tan chicos donde uno ni siquiera está seguro si lo que piensa lo piensa uno o acaso lo piensa otro, alguien en otra de estas cajas para zapatos con electricidad y servicio de agua, alguien que de un modo imposible reemplaza, y sin esfuerzos, lo que está en tu cabeza o mi cabeza por lo que acaba de recordar o lo que estará por hacer. Luego pensé que esas cosas pasan en la iglesias, en las reuniones de fin de año, incluso sucede en el espacio, en esas historias donde un ordenador termina contagiado de un miedo irracional. Luego de escucharme esas y otras no pude sino que caer de espaldas y desear que un piano cayera también pero por partes sobre mi cabeza y sobre mis muslos y sobre mis brazos, deseaba que cada parte, es decir, cada una de las ochenta y cuatro teclas pesara, cada una, individualmente como el piano mismo, lo mismo deseé para cada una de las patas, lo mismo para cada una de las cuerdas, las cuales también deberían estirar mis brazos y mis piernas y mi cuello según lo que iba imaginando, en eso estaba, ya con el cuerpo en la mitad de la habitación, ya con el taburete cayendo en dirección a mi frente. Luego creí que mi cabeza se había vuelto un piano. Varias cosas como las mesas y el suelo y los muros parecieron crujir, entonces supe que no estaba ebrio y quizás solo andaba en aquel espacio en el que andrésramirez encontraba el opus ni buscado de los números. Ya en la calle encontré a conocidos y personas que al saludar miraban su reloj o gritaban en dirección a otro rostro, y luego fuimos invitados a continuar la noche, o empezarla o a cerrarla, es decir, detrás nuestro debía leerse un letrero con algo como apágame. Deseaba que Rayo estuviera por ahí para que me arrastrase de regreso a mi habitación o para que me mordiera y luego me escupiera o me arrancara las partes hasta dejarlas debajo o sobre la cama, pero eso sería un problema, pues no hay nada me empecé a decir que pudiera contra la gran mancha que cubrirá todo. Rayo nunca vino, a qué iba a venir? me dije, y luego me encontré amenazado varias veces por un tipo que estudiaba para abogado, y eso a pesar de que uno de sus compañeros, un tipo alto como un piloto de esos aeroplanos de un solo motor intercedía diciendo que estaban en un error. Casi amanezco debajo de una banca de piedra, pero mejor me puse a caminar.

Cuando dio vuelta, luego del tema con el abogado dijo eres un mentiroso. Así escrito parece algo sin importancia, pero si lo dibujara sería más palpable como una línea dibujada en un rectángulo de un extremo a otro, algo así como eres un mentiroso, pero con algo como eco. Luego, tras mi silencio dijo o añadió Es peor, no eres un mentiroso, creo que eres más bien un farsante. Un mentiroso sabe que miente, pero un farsante no sabe diferenciar la verdad de la mentira, lo real de lo... uhhhhhhh... de lo que no existe. Tú, un farsante, no tienes experiencia pero eres bueno dictando, díctame! Dime quién dicta farsante? Dicta mentiroso!

Luego vi que doblaba la esquina con la bolsa blanca en las manos y guardando al apuro y las espaldas parecían pegadas. Varios metros después, es decir, tras caminar o flotar entre velas o cera y las flores rojas y sobre las aceras, yo seguía sin comprender qué diablos era todo aquello de lo real y lo fantástico; luego pensé que debía caer un piano hacia arriba y arriba debía estar una alfombra me dije, y quería que ya fuera la navidad y que los hombres americanos de terciopopelo cargaran con los árboles del Canadá. Entonces me vino una gran sonrisa y entonces comprendí; supongo que me sentí menos atormentado y ya no tenía ganas de llorar o de meterme en el cofre de todos los autos parqueados. Luego un hombre me brindó o me alcanzó un encendedor, en realidad creo que se lo había exigido y estuve dándole a un asqueroso lark, no sé que pasó con mis marlboritos, sentado, así diez minutos sobre una de los escalones. Quise pedirle disculpas al hombre del encendedor porque seguro le debí haber arrancado el aparato en una de las inconsciencias célebres pero pensé que solo sería empeorar las cosas. Luego quise decir algo pero me encontré conmigo mismo y parece que me balbuceaba cosas sin sentido, como un hombre que levanta una espada o como alguien que intenta guardar viento en una lona de yute o cualquier imagen irracional, como si esas cosas estuvieran flotando alrededor de los árboles, del galpón o de las personas que usaban el sitio; cosas e imágenes anormales como tomar el teléfono con los pies o entrar de cabeza en la ecovía. Pensé que sería bueno escribir algo en una pared, tomé un pedazo de carbón de una vieja estufa en la mitad del jardín con el fin de escribir mi nombre varias veces en cualquier muro, el sitio estaba lleno de muros o era muros, algo así como A.K es un farsante porque no sabe cómo diablos ser un mentiroso. Al pararme frente al muro lo primero que esperé fue a quedarme solo: muro, carbón y A.K. Luego con extrañeza y mucho pánico vi que ya me habían escrito y eso me dejó con los bolsillos llenos de quinientas cosas, creo que eran quinientas figuras mías en miniatura que miraban un muro. Sobre la pared leí: Mambrú dice que no sabe cuándo vendrá y eso fue para el mandrake.

eresunmntiroso

29/12/13

Primera de una seria infinita de profecías escondidas o descubiertas debajo de Alannah Myles y junto al cuerpo de Pin Pon

Lo que hizo fue meter la cabeza en la montaña justo entre dos rocas muy grandes. Los pies se agitaban como las patas de un insecto o de una cucaracha que ha perdido la cabeza. Eso parecía ser lo que él observaba al mirarse a sí mismo desde o a través de un lente invisible, inexistente que él parecía sostener con cuidado entre sus ojos y entre la maqueta también inexistente que él había armado sobre la cama, dentro de la ducha e incluso en la mitad de sus sueños, un hombrecillo con la cabeza metida o clavada en una montaña justo entre dos rocas brillantes y oscuras, con su cuerpo fuera y los brazos y las piernas agitándose sin ton, con un ritmo sincopado. Y al mirarse a sí mismo de esa manera se sorprendió muchísimo de tener tal energía a pesar de lo imposible de la posición y además de tener aún ganas de ayudar a aquel pequeño hombrecillo justo antes de empujarlo hasta perderlo totalmente entre las rocas. Según lo que observó, no le costó nada, poco, empujarlo y dejarlo en el interior, en silencio, fuera de todo o peor, dentro de todo, justo en el sitio al que solo algo o alguien externo pudiera acceder.

Luego en la cama el sueño era irreal, luego de varios cortes ya solo quedaba respirar con los poros, luego de cada respiración y con el cuerpo transpirado solo quedaba ser comido por los mosquitos, dejar la ventana abierta y esperar que el viento y las ráfagas lo dejaran lleno de resfríos, resfríos en verano, en una atmósfera que podía alcanzar los 35 o más grados y donde era necesario dormir con una toalla en la cara para evitar ahogar o despertar sobre un charco.

Otra cosa era el deseo, el deseo de vivir justo en el centro de un colchón, en realidad, las ganas de ser el relleno del colchón donde intentaba dormir. No era imposible, de hecho parecía ser lo más inmediato y lo más lógico e incluso tan simple como cerrar los ojos y escuchar la respiración y el abrirse y cerrarse de sus pulmones. Qué sucedía? surgieron los eventos de la calle y el ruido de los hombres cantando cada vez que alguien tomaba una carta, un naipe con los dientes largos y amarillos y pelados frente al reflector. Luego él desearía entrar en el colchón, sitio que parecía ideal, sitio en el cual desaparecer, lugar mínimo, incapaz de permitir los movimientos, es decir, un sueño o un descanso a la fuerza. No parecía imposible ni lejano pues al tener aquel colchón debajo todo parecía tan próximo, tan familiar que poco a poco no quedaba más que convencerse de que aquel ya estaba dentro, ya era relleno y ya algo o alguien con un peso total exprimía el día hasta volverlo anhídrido carbónico. Todo llegó y la experiencia de ser la mitad y de ser algodón o aserrín era ideal y hasta repetible.

Luego quedaba la radio y esa manía de 1989, año de las radios a pilas y de la programación que empezaba con Rumors, ELO y algo quizás de black dog, aquellas noches de fantasmas con voces llenas de ecos. Eso era lo que faltaba para encontrar el centro, volver a los sitios donde se había sido feliz al precio de volverse loco otra vez. Cómo? como no volviendo a encontrar los muertos de las décadas olvidadas. Los muertos eran seres que cabalgaban sobre el tumbado de casa a las cuatro de la tarde y otras veces al empezar la mañana, cada uno con su nombre: rojo, peste, bayo, muerte, negro, hambre, cada uno trayendo la montaña y las nubes pesadas capaces de estremecer la calle, la casa, la cama, el barrio, el tumbado, la radio que seguía encendida pero que al mismo tiempo parecía haber sido callada o cubierta por los pasos, fieros pasos, comunes, característicos de la herradura, del cemento, pero sobre todo, del camino de roca que se había formado entre el cielo, entre la tierra y entre los sellos. Quizás, hoy, tras aquel regreso piensa el hombre que podría al fin escuchar el llamado, entonces una vuelta nueva y la radio y 1989 regresando para cerrar toda clase de profecía. Eso diría uno de los esqueletos: lo cumpliste. El hombre durmiendo o con los ojos cerrados buscando un sitio al cual visitar y en cual abandonarse.

El resto de las noches luego de diez años o algunos dimes podía servir de espacio para comparar una y otra vez las versiones de Roll over Beethoven tocadas con guitarras, ukeleles, palmas y en cuadrados llenos de ruido y en blanco negro. Cada vez había un sonido diferente pero sobre todo se comprobaba que cuatro voces podían ser más dulces o agudas que la un solo hombre. A veces ese hombre solo, cumplía con un ritual extraño en el escenario que consistía en saltar son su guitarra y en un solo pie a lo largo y al frente del resto o de lo que quedaba de la banda, algo así como un pato o un ave que saltaba o volaba o intentaba no caerse mientras sacudía las cuerdas sobre la madera roja y, de fondo, quizás el piano y quizás varias personas aplaudiendo a un hombre vestido como en otro siglo que a fuerza de las cuerdas había quedado sordo pero que en vez de correr parecía quedarse a escuchar las nuevas noticias que debería cargar para los rusos.

El hombre en medio de aquellas rocas para esa hora del día, ya la mañana, debía haber encontrado la manera de cavar con un mínimo esfuerzo hasta hallar un centro o algo similar. Después de todo no parecía mala idea eso de sacar cosas para ocupar el espacio posteriormente, después de todo quedaba por sacar solo materiales que parecían ser lodo, rocas secas como adobe, quizás unos pocos huesos, algo de hojas de papel u hojas de periódico hechas pequeñas pelotas alrededor de un túnel o algo similar a un camino cavado hace ya mucho tiempo. Después de todo ese también parece ser el relleno personal de cualquier cuerpo de carne y huesos, un poco a lo Pin Pon, Pin Pon es un muñeco, todo bajo unas cortinas de encaje, unas mujeres de piernas cubiertas por nylon y Pin Pon sobándose la barriga sobre la cual hay algo parecido a un círculo dibujado. El sacrificio del cartón, quizás dormir a Pin Pon usando uno de esos químicos sobre un pañuelo, luego el cartón cayendo, el brazo alrededor de su cuello y las manitas y las patitas sacudiéndose hasta quedar sin fuerza, como fideos. Las chicas Pin Pon aplaudiendo y haciendo algo de Can Can, y entonces el gran agujero en la mitad de una montaña o de una peña, primero su cabeza, luego el cuello, luego las bolas de papel  y un dedo haciendo push. Nada resultaría más divertido dice él, entonces todos miran y al mismo tiempo comienzan a dar pasos hacia atrás y cuando todos quieren correr ya todos y todas, sobre todo las chicas can can dentro del orificio con algo de terror en la boca y luego las bolas de cartón para cerrar las salidas, en realidad la única, entrada-salida. Lo bueno de quedar atrapado entre dos rocas o dentro de un agujero hecho de manera intencional es el silencio, nada parece suceder afuera y al fin se obtiene la buscaba otra dimensión. Cómo es ese sitio tan brutal, limpio o ascético o libre de sol y de movimiento evidente? pues es igual solo que lleno de explosivos, aunque pronto parecen todos darse cuenta de la responsabilidad de cada exhalación. De ese modo un estado larval, de esa manera las cosas convertidas y de ese modo la edad del dinosaurio, rugidos, planta, lodo, cuellos altos hasta otros túneles y el descubrimiento del animal interno: el animal que no caza.


27/12/13

La dos ruedas que giran con el asiento pegado al suelo

Ahhmm, algo así era lo que el hombre balbuceaba frente a un espejo en la mitad de un salón donde otros estaban sentados con la servilleta desdoblada en las rodillas. A su balbuceo lo acompañó con varias muecas que las iba contando para realizar algunas más difíciles en cuanto llegaba o pasaba por sobre los números pares. La boca gigante, grande como la de un pez, los labios, arrugados y húmedos como dos mejillones con la baba goteando y los dientes detrás, apenas oscurecidos. Otra de esas caras que servirían para fabricar uno de los rostros exagerados y llenos de cartón de los fines de año, la frente brillante, la nariz girada hacia la derecha y los huesos pegados al cristal. Uno de esos hombres pasó mirando al hombre con la cara pegada al rostro pero ya afuera al levantar uno de los vasos olvidó y quiso olvidar y desaparecer lo anteriormente visto. 

Visto de espaldas de podía creer que aquel hombre dentro del baño estaría dispuesto a llenar los lavabos con agua con el fin de que una vez que el agua empezara a derramarse, él, como si de eso se tratara una misión silenciosa colocara lentamente primero un pie, luego dentro un brazo hasta poder con ambas extremidades del otro lado halar a las que quedan dentro, darles el empujón. Se lo veía al hombre de pie frente al espejo y luego con la cabeza agachada hacia los lavabos como quien también parece estar a punto de clavarse como desde un trampolín hacia una de esas piletas tan amplias como una cancha de tenis, entonces el agua que ya estaría a punto de derramarse saltaría como si se tratara de miles de pequeñas ranas o miles de mariposas con alas semitransparentes que acaban de levantar vuelo aprovechando la brisa o la corriente inesperada pero de una manera irreal, como si fueran movidas por una de esas plumas que sirven para levantar pesos extremos y vigas de acero sobre las calles de las ciudades, una especie de lenta y dispersa coreografía de alas, de antenas, de zumbidos, de larvas que en la explosión parecieran destruir sus capullos y la seda hasta volverse un ser diez veces más grande y lleno de varias partes que al sentir el aire buscaran como tomar o apropiarse de la mayor cantidad posible del mismo. 

En realidad al otro lado del agua, terminadas las tuberías los vasos aparecen llenos, magníficos. Varias veces todos se encuentran girando con las manos totalmente llenas y absolutamente ocupadas que sin explicación terminan volviéndose tres, en alguno de los hombres de la parte más oscura del salón parecerían haber crecido incluso dos brazos más. El ruido es pesado y las bebidas parecen venir del cuello de los hombres y las mujeres de uniforme que al tomar los cristales vacíos y caminar hacia uno de los pasillos, casi, sin o con una invisible demora regresan con los cristales hasta el tope y con una mano detrás de sus espaldas, todo prolijo, incluso y tras varias horas sus guantes blancos siguen idénticos. El ruido es total y bajo una luz verde, una luz de jardín botánico se observa el metal, el caucho, las filas de autos y la noche que se ha mantenido clara, más nítida que un cristal o que una porcelana. El ruido desaparece al caminar y los autos y las tres personas que descansan sobre uno de ellos mientras fuman parecen irreales, como en las postales que alguien compra para decir que así están las cosas a una hora de un día en que la noche no tuvo el poder de oscurecerlo todo, es decir, una noche eléctrica.

La gente girando con ambas manos ocupadas en mantener los vasos arriba mientras la otra mano colabora para que nadie más caiga. Varias personas tomadas y formando grandes cadenas llenas de dobles y triples vidas, cadenas que giran y bajan y se abren y se cierran y respiran y crecen y parecen tener la capacidad de tragarse a cualquiera que pase cerca de ellas. Todos, y deben ser cuarenta personas haciendo exactamente lo mismo, dando los mismos pasos uno dos uno dos al mismo tiempo como si se trataran de un espejo, un baile y un movimiento que nunca pudo no haber sido planificado, la realidad supera a los textos que llenan las páginas blancas y amarillentas de libros que nadie ha leído. Todo tan particular y tan genérico, todo convertido en un doble signo, la vida entre el bien y el mal y más allá de lo que no es. Incluso las mujeres enormes, incluso la comida, incluso las luces que cuelgan del tumbado parecen funcionar como si nadie estuviera detrás, el hombre entra y sale a través de una mujer de vestido anaranjado como si de abrir y cerrar una puerta se tratara mientras la mujer levanta los ojos al cielo como si un ser hubiera regresado para convencerla de que un sábado no es un deporte o de que una canción es un pez, en realidad todos parecen fantasmas que pierden algo de su color o que terminan con los brazos y las narices y los dientes de otros en vez de sus propios ojos o de los pendientes que colgaban en sus caras. Varias veces el ruido logra desaparecer la luz o es que el ruido los desaparece a los hombres y mujeres pues se crea en el medio del salón un orificio y varias veces apenas se observa con brevedad las siluetas que están y se deshacen o que están e inmediatamente desaparecen hasta cuando las luces se encienden y todos tienen los ojos en otro sitio y los cuerpos otra vez están alargados hacia todas las direcciones y todos al mismo tiempo están dentro de sus vasos y parecen girar agarrados de una rueda que se conecta a otras ruedas en un engranaje infernal, todo con el fin de terminar derramado sobre el suelo como en una gran lodazal. 


17/12/13

A propósito de la moto que echa putas y de la luna que va a todo alambre


La irresponsabilidad de hablar, la de escribir, la de comer la pared del sótano, las de no estudiar ni hacer las tareas ni llegar puntual al salón. 



 imagende: www.popspotsnyc.com/forthcoming_new_york/



Hoy me visto de negro, solo para ti a pesar de saber que hoy no nos veremos. Escucho L7 a toda puta, es decir, ya no escucho los gritos de los colonchos en el piso de arriba y tampoco la barredera y el empujón sobre la cama o a la cama de los colonchos de arriba, se dice, empujar para quitar el polvo. Por momentos quisiera tener lista mi motocicleta y meter todo hasta bajar a tu redondel y hacerte un poco de run run hasta que nos sangren las arrugas. Sabes, he tenido varios sueños de esos en los que varios hombres me hablan en kichua y en portugués, hombres con rostros rojos y hombres pequeños, bajos de estatura junto a mujeres largas y de pantalones desajustados. En los sueños, que ya son bastantes y más en estos días extraños en que la luna se abre como un coco o como el ojo maligno que dirige la película de medianoche, sucede que yo no tengo apuro pero todos parecen tener que llegar o continuar con sus mierdas, es decir, olvidándose de algo, vivir que a la cosa hay que olvidar. Suena a algo que gira a las tres de la mañana. Lo bueno de los sueños es que están llenos de decorados fascinantes, por ejemplo, un lugar plano, al fin, un sitio donde apenas se levanta una pequeña colina, mínima, sobre la cual hay un edificio antiguo, de esas mierdas europa coloniales, roja y con sus años en desuso con la pileta o el orificio para el agua lleno de algas y hojas secas.

Creo que al fin la casa intenta entrarme por la forma menos poblada, esto es, aprovechar que tengo dormido los arqueros para inducirme sus propios miedos, los miedos y la mugre y la bóñiga del páramo. Entran y salen todo el día, ya soy y ella quiere que sea su doble, la famosa casa tomada por algo más grande y más antiguo que la palabra continente o la palabra mastermop, o la palabra palabra, algo así como el gas por el que nos volvemos al dormir. Por eso digo que no soy yo el que sueña, son otros y yo sin buscarlo soy testigo y presencio esas imágenes, Ahí hago buuu. Eso se debe al caracter auténtico del cemento, lugar donde las cosas se cocinan y se tiran y se vuelven a llevar al fuego, como en esa locura Aureliana, primero oro, luego pez, luego fuego, luego otra vez oro y luego otra vez pez, entonces, el barrio y las casas y los cristales corrompidos o cubiertos de las gruesas capas y las imágenes lejanas eso, remotas, deformaciones, es decir, si la persona de la casa del frente observa a alguien entrar en una puerta, no es a alguien, observa una figura, una silueta, un recorte, cualquier cosa o ser no identificado?¿. Cosas del oro y del fuego y de cristales sucios. Eso con respecto al lugar, a la población, pero en realidad todo también es motivo del páramo y de tener los pies descalzos y los pantalones enrollados y cubiertos ambos de la verde y olorosa bóñiga, pastosa y verde y pastosa y cremosa y verde. Los pies y las uñas y la vieja del frente mirando detrás del cristal esperando, de pie, y no hay vacas, o, dónde guarda las vacas?

Quién manda a hacer casas en las faldas de las montañas jibares, tierras rellenas de lava y de combustiones, terrenos que tiemblan cada dos semanas de manera mínina provocanco el ronquido y el posterior lloriqueo de los animales. Acá, en el sitio, hay varios perros, muchos, todos ladrando al unísono, no es eso una tortura? un animal noble y delicado como el sabueso gritando a media noche o más tarde, recordando a algo, a alguien tras sentir el temblor, el rumor de cada explosión y así sin aviso, sin anticipaciones. Esto es la mierda, esto es vivir sobre la vida de otras vidas, qué piso tengo, debo ir al número ocho y llevarme a los animales hasta cuando empiecen a hablar y llamarme Cristo, y un día, en mitad de la tarde digan: maestro le organizamos una mesa, recuerde que estamos todos, y, hoy cumple 33?!

Pero más dolorosa es la irresponsabilidad de colgar todos los pantalones en un solo tendedero sabiendo que va a llover, sin pedirle o indicarle a alguien el sitio donde puede colocar las prendas dobladas, si es que puede hacerlo, si va a estar cerca de casa.

Iría a toda puta intentando cruzar entre autos y asustanto a esos hombres con la mano en la palanca. Recuerdo la primer vez que alguien chupó un helado frente a la tienda de Marios. Esa imagen ayuda a viajar con una pulsión total, semáforo amarillo, auto azul, frenazo, darle voltio, darle a la manija, entonces veo la cara de hombres tan grandes y manejando autos con tantos ángulos llenos de humo y smog y aceite y con cara de no saber si ríen o lloran o quieren lavarse las manos o quieren valientemente ser arrastrados. Es hermoso, hombres arrastrados por su propia iniciativa, porque ha tenido la caballerosidad de pedir y de recibir. Entonces, ya sobre una vía recta o apenas curva pero apta para pasar los 200 miro detrás, miro la cuerda y el cuerpo y las manos agarradas como si de ello dependiera no morir para disfrutar el terminarse, el ser arrancado de a poco. Hombres arrastrados y la moto echando tiros frente a una bóveda o frente a uno de esos aserraderos a mitad de la tarde con un cielo azul antes de tirar la puerta de una casa. Amor, aquí está Juanito, mira, todavía hay hombres por arrastrar, hombres hermosos, de dedos duros, sí, hoy quiere quedarse, hoy hay luna amor.

La zamba era otra cosa, ella ha colgado sus ropas mojadas frente al tendedero de mi habitación. Miro las gotas caer e imagino su silueta y toda esa mierda que queda debajo de los pantalones. Cuando voy a su habitación y golpeo, la puerta me devuelve un rumor como de un motor, supongo ella ha comprado un freezer, o quizás es un motor para inflar el hombre de goma con el que se recuesta cada noche en su cama de una plaza. Es verdad que apenas ocuparán espacios pero ella debe ser esas mujeres que giran y patean y ocupan todos los lugares fríos de ese mueble. Al volver escucho gente corriendo o en realidad pisando o caminando con exagerada fuerza, como si de esa forma fueran a espantar a las cucarachas que debe salir de sus armarios. Imagino que temen a todas las cosas que se mueven porque provocan en ellas mismas algún movimiento interno, algun tipo de choque tectónico que obliga a que sus fluidos broten y se derramen. El techo está seco, pero imagino que unos meses y de seguir la corredera y el desborde pronto los fluidos tocaran las estrellas que tengo pegadas en mi techo y por que no, un día me encontrarñe despierto y cubierto de ese moco. Quizás sea hora de tomar un madero y echar golpes como hace tres años cuando esas cosas terminaron, así, a las malas, con golpes a las dos de la mañana. Luego pensé que alguien hacía tontos ejercicios a esa hora, por qué? se escuchaba un subir y bajar de un cuerpo, eso de las rutinas y las series en tres o cuatro tiempos. Apenas escuchas el golpe en el suelo, pum, y bam, y callados que es hora de dormir. La gente cree que leer es saludable y mucho más si no puede dormir y encuentra un artículo en una revista con una mujer en la portada donde sugieren actividades para el insomnio. La gente está mal llevada, quiere que la arrastre en la moto hasta quedar dormida. A las dos de la mañana! Y con la revista en las manos!

En el teléfono se escribieron muchas cosas. Él quiso hacer dos cosas al mismo tiempo, tras la escritura o, sobre la cultura se volvieron tres y cuatro y luego un loop de varias cosas que sucedían al mismo tiempo. Básicamente el quería dejar de pensar, bloquear las cosas que desbordaban sus ojos y escribir un mensaje en el teléfono. Lo hizo, en realidad puso la escritura del mensaje sobre los pensamientos y pronto hubo un especie de reemplazo. Hay cosas que se hacen a la fuerza, es decir, si algo es detenido puede parecer o lucir como algo antinatural?¿ Luego la cosa fue extraña, digamos que ya el mensaje se repetía alrededor de la habitación. Cuantas veces se pueden observar palabras e imagenes sobre los muros o sobre el techo? por ejemplo, cuando él escribió American procuró hacerlo pidiendo que American lo escuche y que Americ se levante de la alfombra y saltara sobre la cortina sin ningún motivo aparente. Luego de escribir tres veces añadió la vocal A al mensaje. La idea no era muy clara pero podía servir, es decir, tres o cuatro veces repetida la palabra AmericanAmerican American, seguido de a a a a a a a a a a a a.
Visto de lejos la pantalla del teléfono servía como plataforma de algo sin sentido. Varias filas de letras a separadas una de otras por un espacio. Uno de esos mensajes que terminaban ocupando seis mensajes, pues antes habían otras cosas escritas, cosas como ophan, cosas como nadiankin, nadiankin, y varias veces la palabra dust. Si uno leía con atención podía percatarse que en una sola palabra habían pegadas dos o que, no se intentaba decir american, sino, americana, claro, leído con curiosidad, no para un simple vistazo.

Esa escritura debió tomar más de quince minutos, que en realidad debieron parecer horas. Horas en que las teclas se vuelven pinceles y los textos aunque ya imaginados una especie de aguja e hilo instrumento para cerrar los ojos o la boca o el ojo por el que salían desbordadas las ideas más oscuras del día. Eso pensabe él, ideas que sobre algo ya oscuro no deberían ser visibles. Todo por esa idea de lo pertinente y lo no calificado. El esfuerzo fue doble, luchar contra la desproporción y al mismo tiempo crear una menos pesada pero capáz de filtrarse hasta volverse arena, acaso no usan arena para detener los flujos y los fenómenos. Reproducir el mensaje es imposible. Quizás con una de esas regresiones inducidas por fármacos, es seguro que el camino queda, que hay una vertiente o una huella. Eso es gracioso, dormir tras escribir las cosas más insignificantes y dobladas, cosas capaces de no significar nada y al mismo tiempo soñar con esas palabras, con un puente que se levanta y al mismo tiempo levanta la cortina dejando entrar una luz anaranjada, una luz absolutamente silenciosa y capaz de llenar la cama, como algo irreal. Hacer lo mismo todas las noches, buscar a americana, pedirle un café, pedirle un gran pedazo de tarta de limón, levantar la camisa para que mirase su ombligo, él, con el dedo apuntando su sucio estómago y metiendo la cara en la tarta que sostiene en la otra mano. Que más puede haber, sino, lanzar la tarta y lanzarse luego contra la pared esperando quedar pegado como un espagueti? que más hermoso que esconder el tórax para que nadie sepa lo ocurre sobre la mesa de acero? Eso también hubo, el cambio, como si la pantalla hubiera devuelto un colchón, algo que no podía notarse, suave, cuando el sol ya quemaba. 

9/12/13

Daysi Bell. Bicicleta para dos

Yo escribo, el teléfono recibe, la electricidad es invisible, la cama sigue inflamada, los labios hinchados, rotos, los cartones apilados debajo de la alfombra, las esquinas idénticas, los gatos mirando desde los filos, la calle muda, los grillos atentos y acostados, la carne colgada del agujero de un oído, bugsbunny escuchando, en silencio, quizás dopado, la tv apagada, los dedos rotos, los huesos rotos, el cuello estirado.

La mano estirada, el cuerpo apretujado dentro de una bolsa amarilla, los dedos tocando el muro, los pies en el aire, el cuerpo largo, la blusa planchada, los huesos por fuera, los ojos buscando, los ojos en blanco, la boca fría, los labios secos, la garganta llena de sal, llena de talco, la respiración colgada de un pulmón, los pulmones en las manos, los brazos estirados, el techo arriba, el techo tan alto, los pulmones volando como un disco, los pulmones colgados de los cables telefónicos, de los cables de la televisión pagada, el cuerpo estirado, el viento, el semáforo, un hombre colgado, un columpio, el viento, filas interminables de autos y transportes azules y hombres y mujeres y hormigas vestidos todos de negro, con sombrillas, delante de luces amarillas y brillantes, luces cálidas como las de los hornos, como las luces con las que se calienta el pan.

Mandíbulas, cientos de filas de dientes, colmillos blancos y largos, cuellos, muslos, vacas, cerdos, cerdos con sangre bajando por el cuello, pieles manchadas de blanco y negro y de bóñiga, pobladas de pequeñas moscas, de bóñiga seca, verde. Un sótano, un sillón roto, pelotas de fútbol, paredes manchadas, círculos pardos, goteras, ventanas tapiadas, cristales cubiertos de goma. Bicicletas, cajas de cartón, cuadernos forrados con papel y plástico, tablones, tiras de madera, camas viejas, cartones con el dibujo de piano eléctrico, cables enrollados, cables o tiras de alambre telefónico, casas de madera para mascotas, juguetes de plástico a los que les falta una rueda, un sillón, un volante.

Fuego, disparar, desconectar el aparato tras su uso prolongado, limpiar con algodón, usar enguajes, usar cotonetes, usar solo un fósforo, llevar siempre a la mano un libro delgado, rayar con lápiz, escribir acentando la pluma, dejar la casa como la encontró, llamar, escribir, contar las minucias, no dejar de escribir, llamar si nadie llama, dejar el café, dejar de nadar en el río, dejar de mirar programas a las once de la noche, preocuparse, preocuparse, preocuparse por algo, reconocer, escribir el nombre de la cédula, recordar quién viene, abrir la puerta, cerrar los ojos, expulsar, retener, secuestrar hasta que todo parezca una maqueta, reír, golpear las bolas de alguien con la mano de alguien, empujar el cuerpo hasta que el cemento se rompa, bajar el volumen, repetir diálogos, estrenar la camisa que está en el armario, violar a una policía, secuestrar un trooper, dar dos platos de balanceado al perro, pasear con alguien de carne, hablar con alguien de algo, dormir alguna vez solo, darse baños de agua fría, llenar la tina, bucear, cerrar los ojos, abrir los ojos, ahogarse, ahogarse... Dave, no haga eso, deténgase, quiere? deténgase Dave, quiere detenerse Dave? deténgase Dave, tengo miedo, tengo miedo Dave, Dave, mi cabeza se va, siento que se va, siento que se va, mi cabeza se va, es confuso para mí, mi cabeza se va, me doy cuenta, me doy cuenta, tengo.. miedo, buenas tardes señores, soy un computador Hal de la serie nueve mil, me pusieron en funcionamiento en la fábrica HAL de Birmana, Illinois, el doce de enero de mil novecientos noventa y dos. Mi instructor fue el señor Langli, me enseñó una canción, si usted quisiera podría cantársela... Daisy, Daisy, dame tu respuesta, do. Estoy medio loco, todo por tu amor. Este no será un matrimonio con estilo, no podré pagar un vehículo, pero te verás dulce, sobre el asiento de una bicleta hecha para para dos.

1/12/13

A propósito del amor, el travestismo y el ruido que sale por los ojos de Meche.

El hombre dice muchas cosas, si supiera que hay alguien escuchándolo y deseando que sus letras fueran canciones. No se lo diremos. Algo sucede en algún sitio a cientos de horas de viaje, es decir, en otra sala y al mismo tiempo hay personas tomando licores y mirando filmes de ciencia ficción con naves que parecen empujadas por una mano invisible y a un ritmo regular como el de un globo rojo y amarillo sobre un río ancho sobre el que cuelga un puente. Ambos están juntos por una cuerda. Eso ocurre, un hombre del tamaño de un pigmeo y un perro pastor parado en dos patas, levanta el cable y el acero cromado antes de iniciar un sonido nuevo y demasiado viejo al mismo tiempo, nuevo por el efecto y la electricidad y viejo por haber sido tomado de uno de los discos de Lou, un ruido imposible, un cover. Lou se caracteriza por su salvaje y desenfrenada manera de rasgar las cuerdas como si las estirara con un tillo de acero y para más detalle un tillo oxidado. El hombre pigmeo-alemán se vuelve inmediatamente mi amante e inmediatamente yo debo limpiar la baba que cae por las comisuras de la boca hasta mi pubis y mis muslos y con ayuda del puño grande como un corazón intento despertarme o noquearme, en realidad ambas cosas para que él no deje nunca de afinar la guitarra porque parece que ni siquiera se esfuerza con ese reef tan perdido y tocado a la maldita sea, como si fuera cosa de lavarse las manos, abrir un refrigerador, pelar una manzana, este imbécil es el genio y el ruido, aún no creo verlo tocando algo que sólo exitía a través de los discos, y, sólo afina la viola... no toca un tema, sólo afina el instrumento usando las claves y los tiempos de los discos de Lou. Creo que soy un gusano y entonces busco mucho, muchos más vasos con la espesa y helada negra en mayo para de este modo hacer de la madrugada algo permanente. Ya valiste Andrés me digo, mientras Lou parece colgar de mi cuello con una sonrisa a mitad de camino entre policía y delincuente.




El amor que he sentido por Lou ha sido total pero sobre todo químico. La música que él propone es mas extraños que el ruido y por lo tanto insignificante e imposible de entender a menos de haber previamente asaltado la colecturía de un colegio, quizás de uno muy popular en la mitad de un barrio con árboles muy altos, centenarios. Supongo que ese es todo el asunto que nos mueve y nos hace una pareja como el chocolate y la vainilla, Lou hace las cosas que todos desconocen para que no quede nada más por hacer. Hubo un tiempo en que la búsqueda no terminaba sino, con el cuero vuelto hacia el otro lado, es decir, rojo. Varias veces descubrí que podía dormir con las botas totalmente ebrias, con los huesos mojados y dentro de otros cuerpos, con la cabeza vuelta hacia el suelo y con los ojos abiertos, sobre todo mirando las nubes volverse una masa delgada que terminaba transformándose en una tela tan azul como el agua bajo la que uno parecía haber sido congelado. Ya en el parque, ya en el complejo lleno de sombrillas, uno podía flotar sin temor a ser quemado ni por el sol ni por los turistas que torcidamente disfrutaban, estirando su pecho y sus muslos como peces o como morsas cubiertas por algodón. Dos o tres pasábamos más tiempo escuchando al agua pero también entendiendo el contenido de esas músicas groovies. Bajos, gente sacudiendo el sudor y hielos saltando sobre la superficie, la noche, el neón, el humo, el calor alucinógeno del que nadie salía sin haber saltado, sin arrojar algo. Entonces uno pedía a Lou, pero Lou parecía haber sido donado a otra estación, entonces el groovie volvía y ya las cosas eran irrefrenables, los disfraces, la enfermera de uñas ferrari hinchándose y yo robando los zippo junto a la caja, caminando en reversa, ligero, pero en reversa hasta que alguien enviaba un email, hasta que recordaban que estuvimos sobre las mismas tortugas inflables.

Luego la inmortalidad, luego, entonces cruzando sin permiso y sin luz verde, luego invitando a Patroclo a ahorcarnos para espanto de Mercedes. Mercedes y los dueños de la televisión. Varias veces a la semana impresionábamos con ese nuevo deporte para que un día nos expulsaran de aquel castillo, de aquella roca de paredes planas. Yo amaba al castillo, incluso más que a Patroclo que siempre buscaba la manera para decir Andrés, este castillo es muy alto y nunca abren las ventanas a pesar de que sudamos. Pero ahorcarnos el uno al otro como dos mentirosos en un filme de cine noir era la gota, la línea negra sobre las piernas de las coristas del burdel italiano, el semen del asunto y así Mercedes quedaba hinchada y con los ojos redondos y la tarde cobraba el sentido que la mañana y por que no, la noche anterior, no sabía ya donde volver a hallar.

Quisiera preguntar a Patroclo si recuerda entre tantas mesas y entre tantas colillas de camel si recuerda el apuro que tuvo Mercedes y el modo en que tres Mercedes terminaron corriendo dentro del castillo hacia todos los lados.

24/11/13

Los domingos

Los días están por llegar, eso es inevitable a pesar de que con cuidado yo los haya guardado a todos en un cartón del tamaño de una tarjeta dentro de la billetera. Eso me tiene con los pies descalzos y a veces con algo parecido a una fuga que sale de las uñas. Luego uso una escoba envuelta en una camiseta para dejar el piso como estaba cuando lo encontré. Así no espero a los amarillos y rojos que andan siempre cerca. Hay otros pares de zapatos y los sacos de personas que aún no han llegado, igual toda la tarde he pasado sin ser preguntado por lo que es ni lo que debería estar, de manera que tardo el doble en bajar, el doble el envolver, el doble en caminar y el doble en colocar de regreso las cosas en sus sitios.

Luego para no perder el ritmo escucho una canción, con el volumen bajo para no enredarme, habla sobre dos personas, la una, una persona que ha dejado de hablar, y la otra, una que habla, en realidad, dice algo sobre la otra, solías ser de un modo, ahora al parecer hemos cambiado. La canción tiene una melodía muy conmovedora que por ser tocada con notas tan agudas le queda a uno la sensación de guardar el radio en los fuelles. Luego y con la canción en el mismo sitio aún sonando, una motocicleta ingresa al restorante. Nadie dice nada, pues la motocicleta y el hombre hacen fila detrás de otras personas que esperan para ordenar. Las lámparas rojas apuntan a las mesas como lentes de microscopios o como flores de guanto. El vapor de las grandes fuentes es absorbido por unas bocas plásticas en el techo del que cuelgan otras lámparas y varios afiches amarillos y rojos. Vivir los días allí es bastante cálido y a uno le entran las ganas de ser un pollo que gira mientras se coce en sus propios jugos. Luego a uno le da por pensar en darse un delicioso mordisco, de meter las papas en un tarro del que la ketchup se derrama. También en esos calores a uno le deja de importar la lechuga y los condimentos y las ansias poderosas de mezclarlo todo con limón.

A las oficinas apenas les llegan los rumores de los otros pisos. Lo hermoso de los siete días sin salida o permiso, es que para terminarlos, debe comenzar uno por cruzar los pasillos, los encierros de luz como los nombramos una tarde en que pensamos que había fuego en el salón. Eso se debe al trabajo eficiente de los otros voluntarios, jóvenes que se encargan de dejarlo todo brillante, todo con gusto a cloro y a jabón y a mesas como para comer en ellas. Cuando paso junto a ellos, los voluntarios, siempre iniciamos diálogos cortos y parecidos a explosivos, estamos aquí y tras pestañar ya estamos allá. Del mismo modo las paredes del edificio lucen como si no hubiera para ellas ni un solo día, y los jóvenes de uniforme rojo y amarillo pasan cambiando sus guantes y sus líquidos azules, reponiéndolos en las bodegas antes de que termine el día, un pezito, gato? dicen cuando ya están corriendo pues saben que no pueden quedarse a explotar antes de que uno de los de camisa (nosotros) volteemos a reconocerlos.

A veces quito el botón para sentirme parte de un desorden que nadie entiende. También desconecto los aparatos para gritar en mitad de la mañana esperando que algo inútil cause otra serie de desperfectos, pero es como si ya nunca más hubieran días para no hacer cosas para otros. Hoy ha faltado uno de los nuestros y su monitor ha pasado titilando, la señal esa de standby. Luego de ordenar las listas y el inventario aprovecho para observar desde los cristales. Tantos niños en las mesas asustan y también preocupan. Si un día todos los niños del salón se cayeran al mismo tiempo todos estaríamos brutalmente rotos, y los voluntarios amarillos llorarían tras haber atendido el piso, en realidad eso sucedería en el otro extremo del barrio, luego de haber doblado los sombreros y andando al fin en grupo. A pesar de sus constantes ires y saltares los niños siempre parecen saber que nada va a ocurrir, supongo que alguien debería empujarlos por los menos, hasta que descubran cosas que necesiten comprar o fabricar o robar. Si yo fuera niño robaría las fuentes llenas de patatas calientes pero el gusto sería corto, qué tamaño puede tener el estómago de un mamífero que solo duerme y lacta y respira con la boca. Y si al subir cayera en aceite! Y si luego alguien ordenara un niño para llevar? Y si en la caja hubiera solo lechuga?

23/11/13

Los sábados

El gato se pasó quince minutos duchándose sobre la alfombra antes de levantarse y clavar sus garras para hacer girar el pequeño tapete hasta doblarlo en dos mitades idénticas. Parecía que aquel felino era bueno incluso extraordinario como para llevarlo hacia ciertas tareas domésticas; todos tuvieron ganas de levantar su cuerpo y dejarlo idéntico pero junto a la pila de ropa por doblar que esperaba en el centro de la sala del piso superior. En mitad de aquel círculo de piernas y pantalones, el gato estuvo tan quieto o tranquilo o relajado, como si con él no fuera la cosa. Por lo general, ocurre evidentemente lo contrario y en un caso similar, un gato distinto, uno menos dado a las siestas, tras mirar los pies de una o o dos personas y sin pensarlo habría largado una carrera de maullidos y silbadores hacia cualquier otro sitio. Pero, en esta ocasión, el animal estuvo en el centro, tranquilo, y acurrucado que daba la impresión cómica, de ser más una gallina que un gato. Una gallina bien alimentada y que está por tomar su siesta luego de haber dado un paseo con sus pequeños o polluelos.

En el patio dos autos eran lavados de manera imprevista por una lluvia que apareció a pesar del sol que reventaba los muros y los árboles. La lluvia a diferencia de aquellas comunes garúas duró mucho más y no era fina, más bien estuvo a pocos litros y centímetros de volverse una tormenta. Quizás esa sensación o idea fue producto de la inesperada oscuridad que doblegó el centro de aquel sitio, aunque parecía suceder en el extremo opuesto también. Desde la sala se escuchaba el rebotar de las gotas sobre el invernadero de la casa desabitada y sobre los dos autos negros estacionados en el patio que parecían envueltos en una cortina o en una bolsa de supermercado. Era imposible salir para cerrar una vez quitado el bloqueo la ventanilla que había quedado abierta antes de iniciar la breve tormenta ni usando algún dispositivo o un poncho improvisado. Quizás la ventanilla llevaba abierta varios días. Unas cuantas bolsas de detergente rodaban entre la lluvia y unos maderos cortados con simetría aunque eran ya inservibles como para usarlos en un fogón. También dos platillos plásticos parecían pegados al fondo de una malla que separaba el patio de madera del que servía como jardín. En el resto, donde descansaban las casas de los perros, dos balones y los autos, aún quedaba sitio para guardar otro objeto. En la parte de adelante por donde ingresó uno de los autos o llegaba la mensajería, una bicicleta roja o lo que quedaba de ella extrañamente estaba a salvo de la lluvia, pues, las ramas de un árbol, bueno, de una higuera, la cobijaban. Una avioneta del ejército cruzó muy cerca del suelo la parte central de la ciudad con el fin de medir las variaciones atmosféricas. Por su silencio más parecía un aeroplano.

Sobre la mesa descansaba una botella marrón y vacía junto a unas revistas con publicidades de los eventos a realizarse por los onomásticos de la ciudad. El clima anterior había dejado una sensación térmica demasiado agradable y la madera que formaba los muebles en aquella sala parecía de repente haber rejuvenecido, brillaba como si acabara de ser limpiada y quizás hasta la casa mismo estaba impreganda por un cierto gusto propio del sol y del calor. Quizás es demasiado pensar en toda la casa, pero si por lo menos los espacios que formaban una parte de la planta baja. Los muebles habían sido cubiertos por gruesas cortinas para evitar los agentes externos y desde detrás de la mesa, es decir, vistos desde cierto ángulo daban la apariencia de hombres o mujeres de roca o de extremidades gruesas y fibrosas. Luego el grupo tomaría lugar en todos los sitios disponibles, luego los sillones no eran más esos hombres fofos extrañamente tapados y acuclillados, sino , tronos aztecas o escenarios tomados de alguna página de las canciones de Roldán. De hecho, antes de levantarse y en mitad de la lluvia, el rito consistió en elegir a un sucesor para el supuesto trono, uno que fuera capaz de repetir la mayor cantidad de veces el mismo nombre. Muchas veces se escuchó decir Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario pero con más frecuencia y dicho con otros tiempos. Algo así como mariomarimariomarimariomarimariomari mariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariom
arimariomarimariomarimario

Luego cuando la luz no era suficiente las puertas de algunas habitaciones fueran cerradas desde dentro y otras parecían extrañamente atascadas como si detrás hubiera una silla o algo mucho más grande y pesado. No eran las tres de la tarde pero el clima era el del final del día, un final a mitad de las tres. Cada habitación tenía su propio cuarto de baño, su propia ventana y un cuadro de un niño masticando una gran porción de tarta roja cuya crema o manjar lo había cubierto hasta las cejas, los ojos y el cabello. En dos habitaciones la lámpara de mesa no funcionaba y en una el niño había comido pasta o pizza en vez de la tarta de mora, pero era el mismo niño, solo que con otra golosina, quizás en el mismo día o en otra casa y con otra familia. Los pasillos de aquel sitio parecían rodear todo el piso pues ambos terminaban en una escalera justo en el centro de la casa.


22/11/13

Los viernes

Lunar Fish es la edición especial de la tercera novela de Umete Pan Tello. Tello ha escrito en alguna de sus cuentas algo referente al tiempo que demora en tener listo, entre entrevistas y apariciones, algún argumento donde no tenga que hablar de manera biográfica. K ha esperado esta novela durante varios meses, en realidad ha tenido, cada vez que recordaba, los dedos cruzados antes de ser enviado o para que de cualquier modo adelantasen sus viajes. A las afueras de la ciudad y a dieciseis horas de un almacén Alcorta sería imposible hacerse con un ejemplar, ni siquiera con uno en malas condiciones. En uno de los sueños K había visto su vuelo, la nave entre los algodones suspendidos sin su cuerpo o más bien con él desde tierra y con las manos casi tocando la panza de la nave y echando algo así como besos volados. Al despertar K estaba preparando el desayuno antes que sonara el despertador.

Las cosas seguían saliendo al ritmo y deseos de K que vestía un pantalón de pana, unos guantes para el clima y una bufanda que casi lo cubría como a un ciudadano del lado oeste del país. Su intención era salir, pedir, pagar, sonreir a la primera mujer que encontrase al salir de la tienda y volver dentro del autobus, con los ojos obligados a mirar por la ventanilla o incluso escuchando alguna de las conversaciones del transporte. Era un día pesado y sin noticias, en realidad todo sonaba a canciones populares pero también se filtraban temas que acaban de ganar premios en festivales donde los músicos llevaban gafas oscuras, goma para el cabello, por suerte el chófer puso uno de sus propios discos en el que dos hombres se hacían y se contaban chistes y bromas que rozaban con lo escatolñogico y lo vulgar. En algún punto el hombre de la grabación, el que hablaba más alto siempre terminaba diciendo a su compañero que era una vaca y que a las vacas las convierten en filetes para que los coman los chinos, o cosas como yo soy tu marido y al marido se le guarda dos platos de lenteja, o cosas como ya paisanito, tranquilo nomás, o, no mi comprade, le juro por la santísima que nos cuida que aquí el diablo ha metido su pezuña. 

Durante el viaje K tuvo la posibilidad de bajarse del trasnporte sin pagar, pero, ya al hacerlo no pudo evitar estirar la mano hacia el ayudante con la moneda pesada. Luego, al bajar, dando un salto innecesario, el autobus se mantuvo en la misma posición a pesar de tener la luz del semáforo a su favor. Algunas personas del otro lado de la calle esperaban con calma el paso de los automóviles y cuando el rojo marcó su movimiento varios siguieron en sus sitios sin saber si caminar o esperar a que algo ocurriera. El conductor que era un hombre relativamente joven miraba hacia adelante justo en el centro de un enorme parabrisas y parecía haber descubierto algo. Un rostro tan plano o tan firme como iluminado por una extraña y desconocida novedad no parecía ser algo natural, digamos algo humano. Algo había de estómago en sus mejillas como si de repente hubiera recordado que debía ir a otro lugar, quizás algo en el estómago lo estaba inflando y el hombre no quería manchar a los pasajeros. Luego la gente del lado del almacén empezó a cruzar sobre las líneas blancas pero cuando los del otro lado quisieron hacerlo ya era muy tarde y de nuevo todos siguieron en sus lugares.

Detrás del autobus los autos pequeños empezaron a avanzar dejando menos espacio entre uno y otro. Una mujer que cargaba a su hijo en la espalda parecía tener poco tiempo para llegar a algun sitio que estarían a punto de cerrar, pues, a pesar de quedar atrapada durante un lapso con sus piernas cortas y anchas entre dos autos no dejo de sonreir ni de moverse a su propio ritmo. K que no conocía a nadie en aquella entrada se mantuvo en medio de varias personas que parecían esperar a que pasaran por ellas a retirarlas o quizás solo hacían tiempo antes de gastar o cobrar alguna deuda. Varias parejas de hombre adultos vestidos con camisas y chalecos de algodón daban vueltas mientras los demás miraban a hacia la calle. Mientras, desde el descanso de la grada, uno de los guardias vestido de gris de algún modo cuidaba que las cosas siguieran en su sitio es decir, la gente que estaba fuera del almacén siempre de espaldas a las puertas abiertas del almacén como convencidos de que no iban a volver al interior; quienes acababan de llegar y subían las cortas gradas antes de desaparecer o multiplicarse en los cristales junto al ascensor, o, aquellos que saliendo del ascensor cruzaban junto a la isla de Helados con nuez y otras maravillas y salieran del edificio sonriendo, a veces, como si conocieran a alguno de los jovenes que acabara de entrar. Luego los autos guardaban sus espacios durante un minuto en el estacionamiento para compradores, por lo general gente de alquilar su combustible, y también padres de familia o esposos que quizás habían dado algunas vueltas alrededor del almacén convencidos de que continuarian en otro sitio tras dos o tres vueltas.

K se movía entre los cristales y los compradores sin hacer ruido y mirando siempre a lugares donde no habían objetos importantes, a veces incluso mirando los ventanales donde se exhibían edredones y alfombras o pedestales tallados para colocar porcelanas y ese tipo de cosas. Cosas que no hacen daño a nadie según lo que pensaba K a pesar de imaginar series atroces de eventos para los que necesitaría algunos dólares más  y conseguir nuevos amigos. Al fondo del primer pasillo, que en realidad en el almacén tenía el nombre de Paseo Alcorta, varias personas sostenían a pequeños niños en los brazos. Era gracioso para K el observar que detrás de aquellas personas estaban levantadas unas palmeras gigantes y que parecían del tipo de esas que se inflan y se mueven pendularmente tras cualquier vibración, mas cuando el verano ya había pasado y cuando los chicos ya estaban de regreso en los colegios. Al tomar la escalera, K, tuvo tiempo para acomodar su tupé que empezaba a caer hacia un lado y los gruesos lentes que usaba cada vez que deseaba, según él y los que lo conocían como para invitarlo a alguna de sus reuniones para conocer gente, pasar desapercibido. 

Las mesas en el patio de bebidas lucían brillantes, limpias, y ordenadas en filas que simulaban un orden electrónico o el interior de un circuito o el de la puerta de un automóvil. Unas cuantas parejas parecían haber ordenado una mesa por lunch, y pesar de que no era hora de almorzar aún, bien tenían rostros de hambrientos. Un hombres inetntaba que la chica que tenía al frente comiera aunque ella llevaba cada evz menos fideos y cada vez más su bebida a los labios, sin dejar de mirar a las pocas personas alrededor. Sobre una de las mesas varios volantes de colores fuertes indicaban promociones e incluso precios de temporada. También un círculo rosado que ocupaba casi la mitad del papel encerraba a un número cincuenta escrito con unos caracteres con bordes como si fueran hechos de pan o algo así. Los basureros estaban a penas a dos pasos de la mesa, pero, no había alrededor ni una sola persona entregando publicidades o tampoco aquellos trajes que imitan a hombres fuertes o a princesas azules sonriendo en todo momento. Solo estaban las mesas, y en los restorantes algunas filas cortas y hombres que cargaba bandejas rojas.

K había leído críticas sorprendentes del tipo fiel al estilo o cosas como un épico final para una historia que sabe que va a terminar.  Algo así solo pudo ser imaginado en el siglo XX consecuencia de las intervenciones de la AGT y antes de las promociones de todo por un noventa y nueve centavos. Tanta palabrería parecía tener el fin delirante de convencer y despistar a los lectores de una nueva vuelta de tuerca al tema de los hombres que pierden la cabeza antes de decidirse volverse El poder. Quizás la intención era acalambrar a la crítica hasta cuando ésta despreciara en textos breves y caústicos el lenguaje o los usos panfletarios de alguno de los pasajes donde se señalaba el poco apego hacia la historia y las costumbres. En realidad el supuesto y paradójico mito no hacía otra cosa que crecer a pesar de los años que habían pasado entre cada nueva edición, una de esas cosas que terminan por ser la guía o la fuente a la que acuden ciertos lectores sedientos con la esperanza de saberse cercanos a hombres desconocidos y de ideas que por imposibles no se debían aceptar. Los ojos de K detrás de sus lentes brillaban pero no tanto como él hubiera desado, quizás por la extraña y casi torpe portada en donde la mitad de un plato lleno de cereales en forma de pequeñas rosquillas flotaban en una leche como para simular una superficie, el sitio donde jugaba el pez se dijo K mientras el almacenista lo observaba sin saber si preguntarle si estaba bien o pedirle que se marchara. Quizás esto duró un minuto pero ninguna persona se acercó a pagar o preguntar por otro título, entonces K pudo leer ciertos pasajes más para saber que era eso, aquella cosa breve de trecientas páginas, lo que había esperado. Junto a la mitad del plato y en unas letras negras del tipo Future, se leía el título del libro y el nombre del autor. K por un momento casí mágico o más bien graciosos pensó que si él, alguna vez tomara la decisión de sentarse y escribir las cosas que ha visto, usaría, como Umete Pan Tello tres o hasta cuatro nombres, algo como Melvin Eugene Chiquilín Mayer, o esa abreviación de aquel cantante gordo y de gafas que a veces dice cosas como Que no arriesgue ese momento, algo así como AK 67. El número cambiaría cada año en referencia a la edad se dijo, aunque también pensó que bien podría restarse unos cinco años antes de empezar.

El almacén, en un letrero pegado a la escalera y que quedaba de espaldas a los hombres cuando se acercaban a pagar, indicaba que estaba prohibida la entrada de cualquier tipo de bebidas o alimentos.

21/11/13

Los jueves

En el salón todos los martes la gente se pone de pie y realiza ejercicios para practicar las palabras nuevas y para formar oraciones con cierto orden o con algo que parece ser un tipo de sentido. La profesora, una mujer enorme como un refrigerador cada vez que se acerca a los pequeños grupos repite que el secreto para recordar está en repetir. Al parecer los grupos trabajan solos, cada uno más cerrado o más bullicioso que el grupo a su lado y entre una brisa o una ola de palabras nuevas y de pronunciación embarrada y de intentos de oraciones, se pierden la profesora y su cabello recogido en un moño rojo e imposible y el tiempo el cual parece haber sido olvidado por los cursantes como quienes parecen infinitamente dichosos o extrañamente vinculados.

Varias chicas se acercan al mismo tiempo a una mujer que sostiene el libro verde y las anotaciones; cada vez que debe iniciar el ejercicio la mujer recurre a sus anotaciones para al parecer saber o guiarse antes de iniciar cualquiera de los eventuales diálogos. Las dos chicas son totalmente opuestas entre sí, algo así como que la una lleva una blusa que deja ver un collar dorado del que cuelga una especie de cruz maya mientras la otra mujer, un poco más joven y alta y delgada parece dar un pequeño salto entre ambas mujeres quedando con su rostro pegado a su libreta pero mirando desde abajo al rostro de la primera mujer, la que se guía por sus anotaciones. Esta chica lleva una camisa de un celeste algo eléctrico que más parecería ser el vestido para un bebé o para un infante de esos que un poco sorprenden por su semblante entre raquítico y sin apetito. Otros jóvenes parecen levantar la voz de manera intencionada mientras también y a pesar de que la habitación no es demasiado grande se forma, lo que parece ser un agujero. Parecería ser también que por cada silencio inesperado desapareciera uno de los chicos cuando no un grupo entero. Un vacío que está en algún lugar invisible entre todas esas personas, extraño porque a simple vista todos siguen en el mismo sitio. Uno de los chicos, su nombre debe ser Sebastián, se acerca a un joven que sostiene el libro verde abierto en otra página de la señalada en la pizarra y coloca con una fuerza inusual la mano en el hombro de aquel. Entonces ambos parecen amigos o colegas muy antiguos y empiezan el ejercicio hablando con un tono inusualmente alto como quienes hacen algo que de repetido ya se lo conocen hasta el hueso, y como si sus palabras fueran eso, un esqueleto al cual acuden solo para saber que sigue en su sitio. En realidad el salón ya parece un salón de baile y solo faltaría que unos cuantos hombrecillos delgados y muy bajos de estatura caminaran entre los grupos con charolas doradas y con copas de filos plateados, acercando las copas hacia las narices de los jóvenes e intentanto intercambiar licor por libros o dejando servilletas planchadas en sus manos. Quizás el trabajo de la profesora sea ese, al dar varias vueltas entre los grupos, soltar términos nuevos o arreglar o componer frases largas como Si yo fuera usted, quizás de un modo un tanto morboso o un tanto peligroso solo para saber, o para comprobar, hasta dónde pueden llegar esos diálogos improvisados.

Las tres chicas que en momento parecieron sorprendidas o detenidas sin saber si preguntar o responder ahora están con grupos distintos. Esa dínamica propuesta por la profesora sirve para que los grupos trabajen por un momento corto hasta cuando sea inevitable la separación; no hay ni deberían haber dos grupos que se repitan, en total son siete los que están formándose y separándose, cada uno formado por cuatro personas. El que no se repitan los ejercicios ni los grupos toma algo menos de veinte minutos. Eso parece preocupar a la profesora que dos veces toma el tiempo mirando su muñeca y anotando al mismo tiempo algo breve y quizás importante en un cuaderno espiralado. A veces los jóvenes se acercan hacia la mujer pero ella, en los momentos en que está sentada, tiene la cabeza echada hacia el cuaderno, o hacia el pizarrón de la pared de atrás y entonces el pequeño grupo que se pudo haber formado da media vuelta para lanzar miradas sobre quienes estén solos o buscando personas o repasando las palabras en el libro. Una o dos personas se quedado durante todo el ejercicio en el mismo lado de la habitación y extrañamanete parecen atraer al resto sobre todo a quienes vienen recorriendo como turistas o como errantes los otros lados, de un espacio en el que no entrarían más de cuarenta personas con maletas y carriles y quizás algo de ropa para el clima extraño. El clima es bueno, es decir, afuera el sol brilla de fotografía y los autos incluso parecen haber dejado de arrancar o parecerían estar estacionados. Ni siquiera esos rumores muy comunes del exterior invaden el trabajo de la clase a pesar de que la ventana haya sido abierta. 

Las palabras que los jóvenes aprendieron de la maestra fueron: todas aquellas que pueden ser sumadas o añadidas al sufijo o la sílaba Ría. Todas aquellas palabras que indican una acción que es realizada en un tiempo por decirlo de un modo eterno, más bien continuo, por ejemplo, al decir Hablar, uno no se refiere al hecho de hablar en un momento determinado, sino, de una forma genérica si se quiere, de un hablar total, continuo o sin interrupción. También los chicos aprendieron las formas más eficaces de armar y componer frases en donde los sujetos van siempre antes de los verbos, y en donde los verbos a veces están conformados por dos formas, un verbo auxiliar que parece no tener un peso o sentido semántico y un verbo que define lo que el otro hace. En esos casos el sujeto de la oración parece estar a punto de realizar una acción que no se ha concretado, es decir, parece que el sujeto tuviera conocimiento de lo que ocurriría:  Si usted pudiera viajar a... Quizás los supuesto vacíos no eran mas que esos tres puntos de suspención... Aunque ese no haya sido el motivo, cada grupo pudo conocer una parte que ni el mismo hablante podría haber visto, por ejemplo, que la profesora deseara quince minutos antes del final que la clase ya terminara para buscar a su mejor amiga, o que muchas de las jóvenes solo desearan ir el fin de semana a ver una película o que muchos desearan tener más tiempo para practicar algún deporte o incluso para ir a misa en domingo.