En la estación gritaron con ánimo.
Las palabras fueron escuchadas incluso por las personas que viajaban en
sentido contrario. Palabras de gruesa munición tales que se vuelven
primarias, se transforman en arrugas y manchas como las de los felinos.
Un hombre empujó la silla en el momento en que el vagón anunció el
regreso al ritmo normal de las cosas, de modo que todos volvimos a
nuestra posición dentro de aquel estómago, unos más cubiertos que otros,
con los brazos en alto, con los cuerpos echados sobre otros cuerpos más
resistentes o elásticos o acostumbrados al desplazamiento. En cada
parada era posible mirar sucesos salidos de alguna historia irreal, como
si la respiración fuera un mecanismo activado desde un botón. Varias
miradas permanecieron bajo los pliegues y la piel dejando el clausurado
el paso. De modo que ser dentro de aquellas esferas, en esos instantes,
era realmente parte del hábito. Yo también cerré por un instante los
ojos, en comunión permanecimos, un tiempo corto como el de un comercial,
preguntar, me dije sin tener aún la respuesta hasta que se me ocurrió
que sería mejor juntar recuerdos, entonces vino aquel hombre, aquella
mujer de vestido azul, aquel anciano de manos largas como una estatua de
Génova, la respiración al ritmo de cuatro ruedas que cruza una bajada,
las manos, el caucho renegado sobre la superficie de roca, las puertas
automáticas, es necesario el parlante me pregunto, sin ellos estaríamos
ciegos dice un hombre de pie a mi lado el cual parece poder leer mis
pensamientos, pero nos quieren volver sordos digo en voz alta, entonces
logro detener el tiempo, y la vejez, y el humo de las fábricas y todo
queda guardado en las esferas de aquellos que han vuelto al espacio de
aquel vagón.
Al cruzar el
semáforo los autos cruzan con sus narices el paso sombreado. Una
motocicleta escoje la vereda para su circulación, vereda sobre la que
ruedan mis cauchos, y en la que apenas he puesto el cuerpo, el rugido
logra dividir las tumultuosas lagunas de carne y seda y algodón dejando
su estela gris en sus brazos y lo míos. Aquel artefacto ligero vuelve a
detenerse una o dos cuadras adelante al igual que las personas que miran
como se mira a un semáforo. El pulso vuelve, pienso en rescates y
filmes de ciudades devastadas. Cada ladrillo produce el temblor dentro
del músculo, las prisas son falsas repito y el sol proyecta una sombra
de auto y conductor, aunque ornamentada por una gorra con el eslogan
Fruit es nuestra en vez del cazco para la protección. La carrera es de
otros diría Hemingway de modo que mientras impulso el vehículo pienso y
ensamblo las voces con los rostros, como en un juego de Match. Al
terminar el tramo y girar la esquina soy de nuevo empujado pero no hasta
mi destino, es decir, al impulsarme lo hacen con el pie, creo ver tras
el resplandor otro vestido azul. Afuera el parlante ha sido reemplazado
por un sonido constante, casi diría que es el sonido que hace una nube
al ser atravezada por un motor. Bajo la vista, llevo la silla al rumbo.
Qué
hacer me pregunto. Las puertas tienen dos candados voluminosos como un
muslo. Anoto el número en el celular, miro el parque del otro lado, dar
una vuelta y tomar un helado, la contestadora fiel intenta que la siga,
uso aquel aparcamiento e intentó fundar una ciudad en él. Pronto las
visitas, el hombre y su arma y su uniforme y su perro. Ladramos o nos
reconocemos, abra, le pido, el perro ladra pero el auto continúa hasta
el semáforo, el guardia amarra al canino, entonces hace una pregunta,
quiero una sombrilla respondo y al mismo tiempo siento que somos
forasteros o dos gotas de aceite. La conferencia es breve, decido
esperar.
Media hora
después vuelvo al teléfono, el guardia ha marcado por mí. Ya veo el
viaje, ya escucho los parlantes, de regreso sin sombrilla, los candados
siguen puestos como muslos, piden que espere otros diez minutos pues
están en camino. Sonrío, yo también camino, pienso.