Corrí sin mirar a los lados. Lo supe, desde que puse el primer pie sobre el asfalto, sin embargo eso no fue suficiente para motivar y transformarme en una figura de colección, como aquellos dibujos animados de cabezas gigantes y cuerpos de gnomo, por ello la vista se mantuvo a ras de piso, entre los tobillos y las colillas de marlboro y las cajas de vin´s, es decir, en vez de caminar casi que mi cuerpo levitaba de manera horizontal o paralelo al suelo y a sus complejas edificaciones o civilizaciones de fuego, tungsteno, celofán y cafeína. Pude ver sin girar los ojos que a cada lado, entre las esquinas y los balcones de los edificios levantados estaban los objetos que pretendían guardarnos, a mí y a mi otro yo, a mi yo chiquito e inocente y a la calavera que lo mantiene firme antes de que vuelva a sus estados de gelatina y vapor. Hacerse el loco sería lo ideal, a cada altura un oxígeno distinto, el mío, ya tornado de un sabor, un aroma y un color característico es inválido para otras formas cercanas, por lo que la captura intenta ser inmediata. Bajo una mesa veo recortadas las pisadas de aquellos que tienen sus miembros sobre la superficie, hay pares que cruzan de sur a norte, hay otros que esperan la luz roja o el cambio de una moneda o la fracción que los separa de la estadística y de la fila ante el edificio de emergencias. Al dar las espaldas casi que choco con el objeto que fabrica mis defectos, las puntas de nuestras narices perciben la misma distancia y por ello acaban por reconocerse y sin hacer preguntas lograr evitarse, me alegro profundamente saltando sobre el balde de un auto hecho de los mismos objetos que intentan guardarme pero mi astucia o su error consiste en no saber que son el resultado de mirar o de andar con los ojos abiertos. De ese modo vuelvo a la carretera a través de una cortina roja hecha de carnes o pellejos o nervios o tejidos que apenas si dejan pasar unos rayos de luz y eso me hace tan dichoso como un niño que jamás es encontrando.
Al llegar a otro pueblo descubro que el objeto que intenta atraparme tiene sus partes empañadas, dos o tres segundos a mis favor, el tiempo que tarda el agua en bajar. Giro la mariposa, entonces los dedos reciben la descarga como en los inviernos y la piel luce su mejor momento pues parece haber sido instruida bajo las mismas temperaturas, del mismo modo bajo en la dirección de la pendiente hasta cuando frente a una pared el líquido y nosotros comenzamos a empozarnos. Los miembros saltan sobre esa lámina alterando de manera fantástica los ladrillos y las gradas de los siguientes pisos, a una velocidad que vive dentro de otras velocidades. Al levantar mis manos empujo hacia nuestro charco aquello que ha perdido toda resistencia aunque también lucho con fuerzas que luego ruedan a distancias astronómicas dentro de órbitas cercanas. Entonces sus ojos y los míos terminan por congelar aquel elemento pero nosotros ya estamos fuera de él, con nuevas prendas, escribimos como sobre cemento fresco. Los dedos, aquella mezcla y bajo el sol que empieza a calentar, vuelvo sobre mis pasos, sobre los de él, terminamos hundidos, en unas horas apenas giraran nuestros cuellos.
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