Lunar Fish es la edición especial de la tercera novela de Umete Pan Tello. Tello ha escrito en alguna de sus cuentas algo referente al tiempo que demora en tener listo, entre entrevistas y apariciones, algún argumento donde no tenga que hablar de manera biográfica. K ha esperado esta novela durante varios meses, en realidad ha tenido, cada vez que recordaba, los dedos cruzados antes de ser enviado o para que de cualquier modo adelantasen sus viajes. A las afueras de la ciudad y a dieciseis horas de un almacén Alcorta sería imposible hacerse con un ejemplar, ni siquiera con uno en malas condiciones. En uno de los sueños K había visto su vuelo, la nave entre los algodones suspendidos sin su cuerpo o más bien con él desde tierra y con las manos casi tocando la panza de la nave y echando algo así como besos volados. Al despertar K estaba preparando el desayuno antes que sonara el despertador.
Las cosas seguían saliendo al ritmo y deseos de K que vestía un pantalón de pana, unos guantes para el clima y una bufanda que casi lo cubría como a un ciudadano del lado oeste del país. Su intención era salir, pedir, pagar, sonreir a la primera mujer que encontrase al salir de la tienda y volver dentro del autobus, con los ojos obligados a mirar por la ventanilla o incluso escuchando alguna de las conversaciones del transporte. Era un día pesado y sin noticias, en realidad todo sonaba a canciones populares pero también se filtraban temas que acaban de ganar premios en festivales donde los músicos llevaban gafas oscuras, goma para el cabello, por suerte el chófer puso uno de sus propios discos en el que dos hombres se hacían y se contaban chistes y bromas que rozaban con lo escatolñogico y lo vulgar. En algún punto el hombre de la grabación, el que hablaba más alto siempre terminaba diciendo a su compañero que era una vaca y que a las vacas las convierten en filetes para que los coman los chinos, o cosas como yo soy tu marido y al marido se le guarda dos platos de lenteja, o cosas como ya paisanito, tranquilo nomás, o, no mi comprade, le juro por la santísima que nos cuida que aquí el diablo ha metido su pezuña.
Durante el viaje K tuvo la posibilidad de bajarse del trasnporte sin pagar, pero, ya al hacerlo no pudo evitar estirar la mano hacia el ayudante con la moneda pesada. Luego, al bajar, dando un salto innecesario, el autobus se mantuvo en la misma posición a pesar de tener la luz del semáforo a su favor. Algunas personas del otro lado de la calle esperaban con calma el paso de los automóviles y cuando el rojo marcó su movimiento varios siguieron en sus sitios sin saber si caminar o esperar a que algo ocurriera. El conductor que era un hombre relativamente joven miraba hacia adelante justo en el centro de un enorme parabrisas y parecía haber descubierto algo. Un rostro tan plano o tan firme como iluminado por una extraña y desconocida novedad no parecía ser algo natural, digamos algo humano. Algo había de estómago en sus mejillas como si de repente hubiera recordado que debía ir a otro lugar, quizás algo en el estómago lo estaba inflando y el hombre no quería manchar a los pasajeros. Luego la gente del lado del almacén empezó a cruzar sobre las líneas blancas pero cuando los del otro lado quisieron hacerlo ya era muy tarde y de nuevo todos siguieron en sus lugares.
Detrás del autobus los autos pequeños empezaron a avanzar dejando menos espacio entre uno y otro. Una mujer que cargaba a su hijo en la espalda parecía tener poco tiempo para llegar a algun sitio que estarían a punto de cerrar, pues, a pesar de quedar atrapada durante un lapso con sus piernas cortas y anchas entre dos autos no dejo de sonreir ni de moverse a su propio ritmo. K que no conocía a nadie en aquella entrada se mantuvo en medio de varias personas que parecían esperar a que pasaran por ellas a retirarlas o quizás solo hacían tiempo antes de gastar o cobrar alguna deuda. Varias parejas de hombre adultos vestidos con camisas y chalecos de algodón daban vueltas mientras los demás miraban a hacia la calle. Mientras, desde el descanso de la grada, uno de los guardias vestido de gris de algún modo cuidaba que las cosas siguieran en su sitio es decir, la gente que estaba fuera del almacén siempre de espaldas a las puertas abiertas del almacén como convencidos de que no iban a volver al interior; quienes acababan de llegar y subían las cortas gradas antes de desaparecer o multiplicarse en los cristales junto al ascensor, o, aquellos que saliendo del ascensor cruzaban junto a la isla de Helados con nuez y otras maravillas y salieran del edificio sonriendo, a veces, como si conocieran a alguno de los jovenes que acabara de entrar. Luego los autos guardaban sus espacios durante un minuto en el estacionamiento para compradores, por lo general gente de alquilar su combustible, y también padres de familia o esposos que quizás habían dado algunas vueltas alrededor del almacén convencidos de que continuarian en otro sitio tras dos o tres vueltas.
K se movía entre los cristales y los compradores sin hacer ruido y mirando siempre a lugares donde no habían objetos importantes, a veces incluso mirando los ventanales donde se exhibían edredones y alfombras o pedestales tallados para colocar porcelanas y ese tipo de cosas. Cosas que no hacen daño a nadie según lo que pensaba K a pesar de imaginar series atroces de eventos para los que necesitaría algunos dólares más y conseguir nuevos amigos. Al fondo del primer pasillo, que en realidad en el almacén tenía el nombre de Paseo Alcorta, varias personas sostenían a pequeños niños en los brazos. Era gracioso para K el observar que detrás de aquellas personas estaban levantadas unas palmeras gigantes y que parecían del tipo de esas que se inflan y se mueven pendularmente tras cualquier vibración, mas cuando el verano ya había pasado y cuando los chicos ya estaban de regreso en los colegios. Al tomar la escalera, K, tuvo tiempo para acomodar su tupé que empezaba a caer hacia un lado y los gruesos lentes que usaba cada vez que deseaba, según él y los que lo conocían como para invitarlo a alguna de sus reuniones para conocer gente, pasar desapercibido.
Las mesas en el patio de bebidas lucían brillantes, limpias, y ordenadas en filas que simulaban un orden electrónico o el interior de un circuito o el de la puerta de un automóvil. Unas cuantas parejas parecían haber ordenado una mesa por lunch, y pesar de que no era hora de almorzar aún, bien tenían rostros de hambrientos. Un hombres inetntaba que la chica que tenía al frente comiera aunque ella llevaba cada evz menos fideos y cada vez más su bebida a los labios, sin dejar de mirar a las pocas personas alrededor. Sobre una de las mesas varios volantes de colores fuertes indicaban promociones e incluso precios de temporada. También un círculo rosado que ocupaba casi la mitad del papel encerraba a un número cincuenta escrito con unos caracteres con bordes como si fueran hechos de pan o algo así. Los basureros estaban a penas a dos pasos de la mesa, pero, no había alrededor ni una sola persona entregando publicidades o tampoco aquellos trajes que imitan a hombres fuertes o a princesas azules sonriendo en todo momento. Solo estaban las mesas, y en los restorantes algunas filas cortas y hombres que cargaba bandejas rojas.
K había leído críticas sorprendentes del tipo fiel al estilo o cosas como un épico final para una historia que sabe que va a terminar. Algo así solo pudo ser imaginado en el siglo XX consecuencia de las intervenciones de la AGT y antes de las promociones de todo por un noventa y nueve centavos. Tanta palabrería parecía tener el fin delirante de convencer y despistar a los lectores de una nueva vuelta de tuerca al tema de los hombres que pierden la cabeza antes de decidirse volverse El poder. Quizás la intención era acalambrar a la crítica hasta cuando ésta despreciara en textos breves y caústicos el lenguaje o los usos panfletarios de alguno de los pasajes donde se señalaba el poco apego hacia la historia y las costumbres. En realidad el supuesto y paradójico mito no hacía otra cosa que crecer a pesar de los años que habían pasado entre cada nueva edición, una de esas cosas que terminan por ser la guía o la fuente a la que acuden ciertos lectores sedientos con la esperanza de saberse cercanos a hombres desconocidos y de ideas que por imposibles no se debían aceptar. Los ojos de K detrás de sus lentes brillaban pero no tanto como él hubiera desado, quizás por la extraña y casi torpe portada en donde la mitad de un plato lleno de cereales en forma de pequeñas rosquillas flotaban en una leche como para simular una superficie, el sitio donde jugaba el pez se dijo K mientras el almacenista lo observaba sin saber si preguntarle si estaba bien o pedirle que se marchara. Quizás esto duró un minuto pero ninguna persona se acercó a pagar o preguntar por otro título, entonces K pudo leer ciertos pasajes más para saber que era eso, aquella cosa breve de trecientas páginas, lo que había esperado. Junto a la mitad del plato y en unas letras negras del tipo Future, se leía el título del libro y el nombre del autor. K por un momento casí mágico o más bien graciosos pensó que si él, alguna vez tomara la decisión de sentarse y escribir las cosas que ha visto, usaría, como Umete Pan Tello tres o hasta cuatro nombres, algo como Melvin Eugene Chiquilín Mayer, o esa abreviación de aquel cantante gordo y de gafas que a veces dice cosas como Que no arriesgue ese momento, algo así como AK 67. El número cambiaría cada año en referencia a la edad se dijo, aunque también pensó que bien podría restarse unos cinco años antes de empezar.
El almacén, en un letrero pegado a la escalera y que quedaba de espaldas a los hombres cuando se acercaban a pagar, indicaba que estaba prohibida la entrada de cualquier tipo de bebidas o alimentos.