7/7/10

Paulina en la Ciénega

Paulina escogía a sus hombres colocándolos de espaldas sobre una lámina delgadísima de vidrio. Los examinaba por todos sus costados, usando todas las intesidades de su microscopio, hasta, cuando se sabía de memoria las reacciones de cada individuo: si el hombre era tímido, Paulina le regaba una gota de sándano; para los hombres bien varones, Paulina mezclaba algo de alcohol y ribotril; para aquellos hombres que resultaban ser mujeriegos, Paulina usaba algo de merthiolate, decía que a ellos era bueno cultivarlos.
Paulina escogía tan bien a sus hombres que, cuando presentó a su prometido de a de veraz, su familia, en especial su hermano, con el microscopio en la mano, le preguntó a su mamá, (que era también la posible suegra de ese engendro), mamita, acaso se nos dañó el microscopio?

No era para menos pero Paulina ahora era la prometida oficial de un engendro con cara de langosta. Era como si los gases de los químicos usados en su laboratorio la hubieran confundido, adentro, donde se procesan los resultados. El tipo en cuestión medía por lo menos 50 cm más que Paulina, sin contar con que su joroba le restaba siete o nueve centímetros de altura. Paulina, quien hablaba claramente de la descompensación ósea, jamás hubiera pasado por alto un patrón tan particular.
Lo de la altura pudo pasar por alto, de no haber sido por las prótesis que el engendro llevaba como pura sangre en la boca. Cada vez que se reía, en eso era maravilloso, (de sonrisa muy fotogénica, para revistas de interés ciéntifico), sus frontales rayaban el pavimento de manera que los infelices que estaban cerca debían treparse a un auto o protegerse con las sombrillas que usaban en estos principios de verano. Vaya que era un peligro bromear con ese engendro ya que literalmente podíamos terminar todos muertos de la risa.

Otro detalle insignificante era su olor corporal. Adiviné que usaba unas gotas de Hugo Boss, pero no que con el agua de toillete, perfumaba la cabina de su pequeño nissan centra. El fin de semana hice maletas hacia San Rafael, a casa de mis abuelos, como terapia intensiva para esa cabina aprensiva. Seguro que los pulmones de ese engendro deben ser de insecto.

Al fin le pregunté a mi buena amiga Paulina, como todo amigo celoso, que que hacía con ese engendro: Paulina me contesto, sacando una barriguita de poco ejercicio: más respeto, que Daniel es el padre de este retoño.

1 comentario:

Anónimo dijo...

...rosa langosta--la tuneada en mi casa..timbra no+ ;)