We are accidents waiting to happen. -Radiohead-
Era la quinta ocasión en que ella quitaba la vista de la carretera. Y la segunda en que intentaba darme un golpe. Ya antes me había lanzado su teléfono, una caja de Philip Morris, el encendedor metálico, imitación de un zippo y si por ella era, me lanzaba el carro encima. Como un niño regañado, me coloqué la capucha sobre la cabeza y crucé los brazos sobre el pecho, a veces, ella volvía a entrar en calma cuando me veía indefenso, creo entonces le salía su instinto de madre, entonces sentía que ya no me miraba, sino que me examinaba.
Dos horas antes bebíamos vodkas en la casa de Erick. Estábamos muy cansados, y decidimos tomar una última ronda antes de irnos.
La última dije, que debo volver a casa, mientras Erick completamente ebrio, empujaba una copa sobre mi boca que, por accidente, mojó la mitad de mi pecho.
Ustedes deben quedarse, tomen la habitación que quieran, no se preocupen si lo quieren hacer háganlo, forniquen todo lo que quieran.
A pesar de las buenas atenciones de Erick, decidimos dormir en casa. Erick nos llevó hasta la salida y desde allí nos habló de un motel que estaba a una media hora de distancia. Por un momento nos pareció sobrio y sus ojos volvieron al cauce normal de sus cuencas.
El auto iba bien hasta cuando entramos en una curva. Por nuestra charla, y nuestras risas, ambos dejamos de observar el camino. En la curva nos salío un animal, o algo más pequeño que un niño y, por evitar matarlo, ella hizo un giro hacia la izquierda, terminando con el auto varado a un lado de la carretera. El resultado, un susto y un neumático bajo.
Caminamos quizás un kilómetro buscando algo de ayuda. A lo lejos observamos una pequeña luz que pensamos sería una casa, aunque, la zona era absolutamente desierta. La sorpresa fue encontrar un rótulo de neón en forma de 2 pares de piernas, recostadas una sobre la otra, con la palabra en rojo "abierto".
El encargado era un hombre rudo. Sin preguntarnos, nos ordenó esperarlo, hasta cuando él, volviera con la llanta pinchada. Ella le dio la llave del auto, en el fondo yo sentí, que en ese hombre no debía confiar.
Por iniciativa propia tomamos una de las llaves. La habitación número 202. Lo extraño era la numeración ya que el establecimiento no tendría mas de 30 habitaciones. La nuestra estaba en la planta baja, junto a una máquina de bebidas. No pude decir que no, ya que ella, cuando bebe es un animal, rompe mis correas, enreda mis tirantes, se come mi entrepierna y los sudores que bajan por mi estómago.
A través del cristal, el parqueadero era iluminado por esas piernas de neón.
En otras historias, a esta altura hubiéramos sido asesinados. El hombre con una peluca larga, habría clavado su cuchillo, mientras ella tomaba de espaldas una ducha. La luz a medio gas y las paredes de troncos cortados, húmedos como en un turco, tragándose todos los ruidos. De ser otra historia el tipo rudo no habría vuelto durante toda la noche y sus atrevidos huéspedes aún retosarían sobre las gruesas cobijas de una cama recién tendida. En otras historias habría una mujer con nombre, un punto negro en el mapa, unas sábanas rendidas y una montaña apagada de cigarros.
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