11/7/10

Las calabazas

Un equipo de 7 conejos jugaban al baseball.
El cielo comenzaba a ponerse de ese color anaranjado más cercano a un tomate aun sin madurar. Los bebes desnudos del palco tomaban con ambas manos cada pelota que desde el campo caía, hacia donde ellos reposaban sus traseros desnudos.

Uno de los bebes señalaba hacia una nenita bebe que llevaba una flor en su cabello que combinaba perfectamente con lo rojo que en ese momento se había puesto el sol. Los conejos levantando sus colas blancas, realizaban cuadrangulares que se perdían, en ese cielo que también lo decoraban las nubes. Levantaban sus colas antes de dar los pequeños saltos alrededor se ese campo con forma de diamante, verde y recién podado, donde sus pequeñas patitas dejaban huellas y una que otra marca profunda.

El partido iba empatado con dos entradas en tercera base. Alguien desde lejos tomaba fotografías, con una máquina antigua a la que le habían quitado el flash.

Mientras los conejos jugaban y los bebes criticaba el clima, Dios regaba un poco de su lluvia para aplastar un poco el smog.




La gata colgaba de las cortinas. El bar de hachís seguía promocionando sus productos extranjeros, bajos en remordimientos y con excelencia existencial. Sin embargo, la gata había olvidado sus modales felinos, como ronronear y jugaba a que era una mamífera a la vista de todos los demás animales.
Una musaraña que aun mantenía su chaqueta, elevababa plegarias de rodillas y con la boca pegada al suelo. Una rana preocupada, se estiró hasta su rostro y antes de cachetearla, escuchó un llanto diminuto que la puso tan triste, y la musaraña lloraba, y la rana prefirió quemarse por combustión espontánea.
La rata mayor, con su traje y sus modales habló de Bach y definió su estilo como pedazo de renacimiento. La musaraña seguía besando el suelo. Los duendes que salían entre el humo de aquella convención, vestidos de verde danzaban contentos y tomados de la cintura. El techo y las alfombras medían dos elefantes entre humo y humo.
Mientras los roedores fumaban, Vanesa, la de Lynch, observa el cuadro con la boca abierta.




Los siameses habían recibido sus regalos de bautizo y caminaban sin saber que pronto crecerían de golpe sin el uso de la fuerza y recordando la fecha.
La oscuridad iluminaba ese campo naranja de tulipanes con la luz de una luna que se colgaba abierta sobre una montaña que su luz también alcanzaba a iluminar. El pequeño siamés comía una begonia mientras la pequeña pensaba que ya no tenía miedo y pronto caminaría sola. Además ambos recordaban que su padre había dicho que al cruzar el río, Dios los vería con su ojo amarillo y así era como ellos se protegían. Ninguno sabía que al llegar a su destino, Dios tomaría el corazón de chocolate de la pequeña y lo aplastaría junto al cordero que era en cambio el regalo que cargaba el siamés niño. Todo para que sus padres vivieran otras dos décadas de bonanza y salud.




La boda felina había sido un éxito y sin embargo la esposa no sonreía como los fotógrafos estaban acostumbrados. El esposo felino, alarmado, habría querido quitarse el moño que llevaba por corbata, aunque, en el fondo, sabía que eso no es lo que le quitaba la respiración. El esposo felino sin embargo no se alejo de su esposa felina e incluso, se olvidó de sus invitados. Que podía ser lo que enturbiaba la mente de la hermosa esposa felina?.
La esposa felina había reservado para otro su corazón.
Mientras se colocaba el vestido, la novia felina pensaba en el gato que la amaba, así, tan felina como era ella. Mientras, el novio felino, que no era tonto, pero había dejado de comer ratones, adelantó de adrede los preparativos de la boda, designando primero una corte que acompañaría a la novia felina incluso a la iglesia a reparar sus culpas. El canino de la iglesia veía algo avergonzado esta situación. Así pasó y el corazón de la felina quedó cegado como un pirata de un solo ojo. El día de la boda los preparativos habían terminado y la novia felina sentía una opresión con forma de tic sobre su ceja izquierda. Esta empeoró al ver que la paloma que la novia felina habñia enviado con una invitación a su amor verdadero regresaba con el pico en la invitación. Además sus primas felinas gritaban felicidades mientras el bufón de la familia reía con un parche en el ojo.
Al fondo del salón, el amor verdadero de la felina cobardemente se tomaba del hocico, que era lo único que ese día pudo tomar.




Los dos pichones habían decidido pasear en su nave durante la noche de año nuevo. Llevaron sus trajes y sus gafas de vuelo. Sin querer confundieron la pirotecnia con proyectiles alemanes y ahora están a punto de estrellar su nave en llamas.

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