2/7/10

Jeff Albertson

A cada apretón de la mujer gorda que estaba a su lado, Paulo perdía valiosos tramos de respiración. Jadeando y al borde del desmayo alzaba los brazos y aunque lograba unos segundos de alivio, al final, los brazos caían rendidos y el cuerpo se balanceaba, al ritmo de los músicos, sobre las enormes tetas de la mujer gorda.
Al despertar, el grupo bebía su tercera ronda de Clausens. Te perdiste del bis, dijo Andrés, alcanzándome, luego de darme un golpe en la nuca, uno de los vasos de plástico blanco y húmedo. Estábamos en los parqueaderos del estadio, y al parecer por el ruido que hacíamos éramos los únicos a varios metros de distancia. De lejos miré a Andrés bromear junto a los otros sobre mi desmayo, así que cuando subí a la camioneta, nadie notó mi ausencia. Traté de encender el auto pero noté que mis llaves habían sido tomadas. Busqué debajo de la moqueta y encontré, la copia de la llave, que por fortuna, allí seguía intacta. Exitos dije y creo suspiré del alivio. Al darle la vuelta al encendido, por el costado izquierdo de la camioneta, escuché unos pasos, y mi instinto me llevó a tomar lo primero que encontrase a mano. Luego me di cuenta que había tomado la caramelera de cristal de Elena.

Qué haces?

En ese momento, Daniel levanta el brazo, con el firme propósito de abrazar a Ana. Ana mastica un puñado de maníes. En la pantalla gigante, Elena espera que Paulo no arranque el auto, mientras Paulo en la camioneta y Daniel frente a Elena, sienten de nuevo perder la respiración.

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