30/7/10

Los maestros

El mundo se va a terminar dijo la voz del telesiete y Simón sonrió con bastante humor, realmente alegre. La sintonía a las alturas del octavo piso en el que se encontraba Simón suele ser defectuosa, pero, como nunca el canal de televisión presentaba una imagen nítida, sin una línea de lluvia y con la definición de video o dvd.
Simón miró por la ventana dos avenidas que escupían autos, pequeños como micromachines, tragados por un ojo negro que esperaba abierto en la parte más baja de una montaña. El ojo que jamás pestaneaba, recibía un auto rojo y devolvía uno con dos ruedas, o tragaba una camioneta y devolvía dos ambulancias. Algo más poderoso que Dios ha de controlar esas operaciones pensó Simón he hizo una señal en forma de cruz sobre su pecho.
Carla que estaba sentada junto Simón, masticó el filo de su esferográfico haciéndolo crujir, para que Simón la escuchase, pero ni esto, ni la falda corta que llevaba parecían importarle a Simón.
Al examen le quedaban cinco minutos que bien podían aprovechar los presentes para cerrar sus mochilas, hacer una bola de papel, clavar el esferográfico sobre los largos pies del profesor Palmera, y esperar a que se cayera mientras cruzaban la puerta del ascensor. Cinco minutos que a otros los tenían clavados a la hoja del examen de crítica de medios, que tenía los datos básicos y el nombre en blanco, con la cabeza en una película muda donde los protagonistas eran atropellados por barcos con forma de trenes y la mujer secuestrada pagaba con edificios hechos de oro. Secuestrados por última vez por un profesor, por una escuela, por una aula y por la tarea de testificar lo aprendido.

Los muchachos bajan las escaleras pues en el ascensor van los maestros.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

simón del desierto y la tentación de las minifaldas...al límite, entre la columna y la vértebra, entre una bola de papel y un tren...chuchu!!!

diegoncia dijo...

simon escribe lo que aprendió de memoria