La sala, o dos sillones, un sofá, una alfombra y una mesa de madera con un cristal en el centro, estaban cercadas por pinturas al oleo, colgadas de las paredes, asi como por otras, al oleo y carboncillos, paradas sobre el piso. Quien salía de la sala tomaba un cuadro, a veces dos y hasta tres, ordenadamente, pero con un cierto apuro. Además quienes salían no volvían a entrar. En la habitación del fondo, entrando por un pasillo que hacía de boca de aquella sala que cada vez se quedaba sin cuadros, un hombre colocaba su dentadura dentro de un vaso de cristal, lleno de agua hasta la mitad, dejaba sus pantunflas de algodon debajo de la cama alta, un poco mas que una cama normal, colocaba la alarma del despertador y cerraba las cortinas de su habitación por donde entraba un sol, tan claro como de las 4 de la tarde.
la sexualidad adolescente
El telefono suena, Dani, y tras varios timbrazos se convierte en la tercera llamada perdida.
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