31/7/12

Highway

Conduzco, por la ventanilla entra el perímetro, a los lados, en dirección desde adelante cruzan letreros, esquinas, semáforos. Uso una sola mano, en realidad la mitad del cuerpo, el resto ha llegado o está sentado frente a una mesa, bebiendo ron o ponches o tapando el rostro tras una cortina tras la retirada de Lola, o Lolita o la hija de Marla o la exhalación anterior a la inmersión. No la vi venir. Como no es recomendable soñar o recordar mientras conduzco sacudo con fuerza el rostro hasta dejarlo pegado a las ventanillas y el tablero pero el rostro llega a la carretera e incluso a los faros del auto que viene en sentido contrario. La música logra su fin y pronto viajamos dentro de una panga y son las olas y el rumor el que impulsa a la tripulación. El semáforo levanta un dedo pero ya la vuelta y el giro lo dejan de espaldas, subo el volumen como un acto de fe ante la maravilla de un trailer o una barrera o las paredes y las ruedas de un tren. 
El siguiente semáforo corona la llegada del medio día. Son horas y kilómetros, todos los movimientos laterales, vistos de perfil, incluso la música que carece de sentido y significado pero que acomoda su volumen entre el espacio del copiloto y el aire acondicionado. Subo el vidrio, las barreras en las curvas evitan rozar al auto.

30/7/12

Padrino

Baja el volumen, baja el volumen, baja el volumen pero logro enterrar su voz e incluso alcanzo a cubrirme sin querer por lo que corro lejos de aquella área sin haber bajado ni apagado el televisor. El sol sonríe con todos sus dientes. A esta hora las filas van por su primera campaña, turno y ventanilla y un documento incompleto, fila en la peatonal, turno para la fotocopia, alejarse hasta perder y borrar y maquillar toda relación, rastro, código de ciudadano; pienso como lo haría un clavo, el sol es el martillo.  Mañana por toda la mañana y así hasta que pierdo el cuerpo.
Al despertar ya no soy un clavo. Los oídos gordos derraman y han dejado de respirar. La lengua encontrará una cueva a la que empotrará una ventana y dejará de ser cueva. Muerdo el órgano y las palabras viven comprimidas sí, bang bang, y los oídos se ponen blancos. Hay ojos para ver y plumas y el efecto y el dolor estrábico, el cuello forrado con piel y la campana que suena cada diez segundos, KO, Zzzz, KO, Zzzzz, sube la ventanilla grita El Penitente y comprendo sin ánimos y quizás fue y el viento y polvo soy, pero bang y la guillotina cae derribada y a un lado los brazos las piernas chocan con una pileta. Adentro el olor a pólvora quema las encías de Enrique quien peina su chiva de animal mamífero y medias blancas lavadas con pómez. Yo, sí, el hombre de los dos cuerpos sirvo para la materia oscura. Por motivos desconocidos entro a observación. 
Los lápices y su lugar en el taller. La cuchilla y la madera balsa. Pellejos, NIN, construcción de una nueva plaza sobre todas las plazas. El lápiz cicatriza la forma plana del libro. La superficie protegida, medio centímetro, ella cubierta por la chaqueta damas chinas. La luz que flota como espuma, no hay información, signos vitales, pulso, refrigerador.
Luis XV desayuna. La puerta deja escapar la luz amarilla. Sí, sobre la mesa hay otra mesa.

12/7/12

Las flores con limón






Qué opinas pregunta Charles y como yo había preparado la respuesta desde la noche pasada respondo te pasaste con el caos organizado Charles, entonces lo veo bajar su mirada y encontrar mi rostro en fragmentos que le sonríen desde el suelo con esa sonrisa tan llena de dientes blancos y grandes que me caracterizan. Ahí me quedo de pie pensando en atraer metales raros en forma de aletas, de aguijones no rubios ni ancianos pienso para adentro, y entonces Jordan le toca la cintura a Diana, que viene cargando desde la mañana en que metimos dos goles, mañana de asado en la mitad del estadio donde llenamos por una semana la fosa. Ahí estamos, Diana, Las manos de Jordan El arquero y mis ganas de ser una figura de plástico o un paper toy. En las gradas hay gente sentada, con los pies colgando pues parece que al personal le rodea una muralla, lástima pienso, podríamos formarnos frente al sol y condenarlo al desgraciado a pedir permiso o a quemar con delicadeza, de a ratos, por partes, somos cincuenta y todos con labios y cuerpos oblicuos y laterales. Prontó llegará tarareo mentalmente y entonces Troya aplaude con ambas manos, más bien nos esforzamos y sobrevivimos a La explosión aunque algunos corren en busca de sus extremidades y uno que otro hígado, sabemos lo que sigue y el Japonés hace la intención de bajar y yo lo acompaño y frente al Troya planto mis huesos.
Troya es el único que escucha, un jueguito ha de ser hoy digo pero algo pierdo y las vocales llegan inconclusas. Troya no está, es decir, Troya está de tour, quiere barra brava, debí suponer y lanzarme para técnico digo en voz baja y ya vienen los que funcamos como futuro gris de la supuesta Patria. Patria que navegará sobre una panga pienso. Ya de una Troya nos larga de sus narices hasta la cancha más lejana lejos del mundanal ruido que debe suponer nos tiene tan aterciopelados aunque debería primero mandarnos a aprender a soplarnos los mocos: lo veo al Jordan con Anelo, al maricón del Elvis con El Drol, supongo que yo iría tras sus filas nalgeando sus rosadas carnes y pujando por lograr que todos graben mi rostro, pero entonces se acaba el minuto romano y me despierto en la confusa misión de escoger equipos. Mi silencio es inmortal. Algo hago y así, sin pedirlo surge el universo.
Siento a través de los dedos y pronto veo el destino: la roja larga y pegajosa. Para ponerme un rato a salvo hago como si la religión me prohibiera caminar hacia el este ¿cuál de todas? me digo para evitar convertirme en La sal, esa roja y mojada y agridulce que baja estirándose de los oídos, desde la contusión interna entre el nervio óptico y el lugar donde se reproducen los sonidos. Te pasaste con el Branded le grito al Charles, que debe mirar entre sus manos como si estuviera hecho de agua. Una aguita o las medias dice el maricón del Elvis, puto el másoholgazán me repito y le dibujo los naranjazos y el chaj chaj y lo veo rogarme y salir corriendo y desde la media cancha volver a rogarme y salir corriendo y yo como hidrante de piedra, fuckyouputobabitas le digo, ni tan stone, y entonces lo veo y me veo agarrarlo con la zarpa y luego un ¡zum!, ¡paf! y pronto soy alcanzado y la aguita roja que ya no sale de las uñas y el rico Chaj!.

Brujería

Robi toca, apuro a colocar la oreja y el nervio junto al parlante, salen los riffs, los arreglos, descubro con emoción que mi cuerpo se ha estirado hasta alcanzar la forma de un sorbete. Bebo y dejo que la vida de estos músicos me lleve lejos, hasta cuando sea posible recordar las imágenes de todos los pasados, las líneas finas del instrumento parecen salir gracias a la acción de mis yemas, yemas duras como la palma de un lobo, así escucho a Robi que estira el cuello hasta la luna, llora tras regar la leche, la sombra llega hasta mis pies y es en esa montaña donde recibo los escombros: vienen siguiendo el ritmo de una piel estirada entre los anillos de un tambor, son empujados para que bailen y luego formen el piso y la tierra y la superficie de los nuevos escombros, bajo sus pies y su cha cha bum, yo mismo sigo pensando en quedarme hasta que alcancemos el ojo, hasta que nos alcance para beber la lava.

Robi mira hacia el suelo sin levantar los ojos como si ahí hubiera descansado hasta cuando mató al pulpo. Quizás mira aún la sangre negra y las pupilas hinchadas del exceso de oxígeno, como si aún aquel bicho de las profundidades fuera a levantarse, capaz que Robi llevará en el cuello uno de sus ocho miembros, para qué exponerse a otra batalla, pues las últimas nos han alejado a Robi.

29/6/12

Agotados de las noches vírgenes



La canción suena al dejar de verte, hay piedras bajo los dedos y entre ellos están tus voces, tus cables y esa singular forma acomodada entre mis palmas, cuando las cierro y el peso es del tamaño de un algodón y de una almohada. Prefiero desde el centro que mira a todos los costados, junto al viejo mueble de puertas y ventanas, pagar por salir en pantalla, leer, con los ojos llenos de vidrio y la garganta atravezada, guardar las esquinas y las hinchazones dentro de la caja que guarda las monedas; entonces la mujer pregunta y entonces miramos la hora y decidimos que a la pila le quedan días antes de volverse de litio. Miro entre tus bordes, la gracia de las siete vidas, alcanzo para refrescarme y bucear y hundir el artefacto bajo el sueño de un kilo de narcóticos, los cuales dejo a la vista de todo radar para entonces fundar el tesoro de la arena de gato y las garras que dividen la cortina. Cierro los ojos una vez más para que escuches que hay de tí y tus nombres, hay de la calle que espera que camines y caigas y busques la que mejor te oculte, te recomiendo la de un solo sentido.

22/6/12

Rin 24´´

En la estación gritaron con ánimo. Las palabras fueron escuchadas incluso por las personas que viajaban en sentido contrario. Palabras de gruesa munición tales que se vuelven primarias, se transforman en arrugas y manchas como las de los felinos. Un hombre empujó la silla en el momento en que el vagón anunció el regreso al ritmo normal de las cosas, de modo que todos volvimos a nuestra posición dentro de aquel estómago, unos más cubiertos que otros, con los brazos en alto, con los cuerpos echados sobre otros cuerpos más resistentes o elásticos o acostumbrados al desplazamiento. En cada parada era posible mirar sucesos salidos de alguna historia irreal, como si la respiración fuera un mecanismo activado desde un botón. Varias miradas permanecieron bajo los pliegues y la piel dejando el clausurado el paso. De modo que ser dentro de aquellas esferas, en esos instantes, era realmente parte del hábito. Yo también cerré por un instante los ojos, en comunión permanecimos, un tiempo corto como el de un comercial, preguntar, me dije sin tener aún la respuesta hasta que se me ocurrió que sería mejor juntar recuerdos, entonces vino aquel hombre, aquella mujer de vestido azul, aquel anciano de manos largas como una estatua de Génova, la respiración al ritmo de cuatro ruedas que cruza una bajada, las manos, el caucho renegado sobre la superficie de roca, las puertas automáticas, es necesario el parlante me pregunto, sin ellos estaríamos ciegos dice un hombre de pie a mi lado el cual parece poder leer mis pensamientos, pero nos quieren volver sordos digo en voz alta, entonces logro detener el tiempo, y la vejez, y el humo de las fábricas y todo queda guardado en las esferas de aquellos que han vuelto al espacio de aquel vagón.
Al cruzar el semáforo los autos cruzan con sus narices el paso sombreado. Una motocicleta escoje la vereda para su circulación, vereda sobre la que ruedan mis cauchos, y en la que apenas he puesto el cuerpo, el rugido logra dividir las tumultuosas lagunas de carne y seda y algodón dejando su estela gris en sus brazos y lo míos. Aquel artefacto ligero vuelve a detenerse una o dos cuadras adelante al igual que las personas que miran como se mira a un semáforo. El pulso vuelve, pienso en rescates y filmes de ciudades devastadas. Cada ladrillo produce el temblor dentro del músculo, las prisas son falsas repito y el sol proyecta una sombra de auto y conductor, aunque ornamentada por una gorra con el eslogan Fruit es nuestra en vez del cazco para la protección. La carrera es de otros diría Hemingway de modo que mientras impulso el vehículo pienso y ensamblo las voces con los rostros, como en un juego de Match. Al terminar el tramo y girar la esquina soy de nuevo empujado pero no hasta mi destino, es decir, al impulsarme lo hacen con el pie, creo ver tras el resplandor otro vestido azul. Afuera el parlante ha sido reemplazado por un sonido constante, casi diría que es el sonido que hace una nube al ser atravezada por un motor. Bajo la vista, llevo la silla al rumbo.
Qué hacer me pregunto. Las puertas tienen dos candados voluminosos como un muslo. Anoto el número en el celular, miro el parque del otro lado, dar una vuelta y tomar un helado, la contestadora fiel intenta que la siga, uso aquel aparcamiento e intentó fundar una ciudad en él. Pronto las visitas, el hombre y su arma y su uniforme y su perro. Ladramos o nos reconocemos, abra, le pido, el perro ladra pero el auto continúa hasta el semáforo, el guardia amarra al canino, entonces hace una pregunta, quiero una sombrilla respondo y al mismo tiempo siento que somos forasteros o dos gotas de aceite. La conferencia es breve, decido esperar.
Media hora después vuelvo al teléfono, el guardia ha marcado por mí. Ya veo el viaje, ya escucho los parlantes, de regreso sin sombrilla, los candados siguen puestos como muslos, piden que espere otros diez minutos pues están en camino. Sonrío, yo también camino, pienso.

8/6/12

Haciéndoxe aire

Al escucharlo pensó en su siguiente disco. Para ello se hizo acompañar de Laura. Luego ella encendería el reproductor, después de todo él estaría pensando en la cena y los postres y la película e incluso tendría en mente alguna rutina de imágenes para llamar al sueño. El siguiente disco sería la piedra máxima, pensó olvidando todo lo dibujado, de entre esas canciones que quizás ya existían y aun esperaban el cansancio de la grabación actual, él tomaría un himno pues era hora se dijo. Sin embargo la noche que rodea el edificio lo encontraría sobre un sillón o sobre una cama. Él decide probar a ser como en otras vidas, un suspiro o un gas sin forma y sin olor, al punto de que pronto toca con su rostro las partes más alejadas de la habitación. De entre esas líneas el distingue nombres propios e incluso fechas que van marcando en su espalda que yace pegada a una esquina, grietas o surcos por donde bien podría dirigirse sin ruidos ni órdenes impresas e incluso filtrando los litros que él suda por dentro. Sobre la pared la mancha termina por transparentar el ladrillo, la pintura, la cortina, incluso la construcción del otro lado se deja ver, luce oculta pues la noche no parece ayudar. Laura de espaldas alejada aún del vórtice.

31/5/12

Tesoro Indio

Corrí sin mirar a los lados. Lo supe, desde que puse el primer pie sobre el asfalto, sin embargo eso no fue suficiente para motivar y transformarme en una figura de colección, como aquellos dibujos animados de cabezas gigantes y cuerpos de gnomo, por ello la vista se mantuvo a ras de piso, entre los tobillos y las colillas de marlboro y las cajas de vin´s, es decir, en vez de caminar casi que mi cuerpo levitaba de manera horizontal o paralelo al suelo y a sus complejas edificaciones o civilizaciones de fuego, tungsteno, celofán y cafeína. Pude ver sin girar los ojos que a cada lado, entre las esquinas y los balcones de los edificios levantados estaban los objetos que pretendían guardarnos, a mí y a mi otro yo, a mi yo chiquito e inocente y a la calavera que lo mantiene firme antes de que vuelva a sus estados de gelatina y vapor. Hacerse el loco sería lo ideal, a cada altura un oxígeno distinto, el mío, ya tornado de un sabor, un aroma y un color característico es inválido para otras formas cercanas, por lo que la captura intenta ser inmediata. Bajo una mesa veo recortadas las pisadas de aquellos que tienen sus miembros sobre la superficie, hay pares que cruzan de sur a norte, hay otros que esperan la luz roja o el cambio de una moneda o la fracción que los separa de la estadística y de la fila ante el edificio de emergencias. Al dar las espaldas casi que choco con el objeto que fabrica mis defectos, las puntas de nuestras narices perciben la misma distancia y por ello acaban por reconocerse y sin hacer preguntas lograr evitarse, me alegro profundamente saltando sobre el balde de un auto hecho de los mismos objetos que intentan guardarme pero mi astucia o su error consiste en no saber que son el resultado de mirar o de andar con los ojos abiertos. De ese modo vuelvo a la carretera a través de una cortina roja hecha de carnes o pellejos o nervios o tejidos que apenas si dejan pasar unos rayos de luz y eso me hace tan dichoso como un niño que jamás es encontrando.
Al llegar a otro pueblo descubro que el objeto que intenta atraparme tiene sus partes empañadas, dos o tres segundos a mis favor, el tiempo que tarda el agua en bajar. Giro la mariposa, entonces los dedos reciben la descarga como en los inviernos y la piel luce su mejor momento pues parece haber sido instruida bajo las mismas temperaturas, del mismo modo bajo en la dirección de la pendiente hasta cuando frente a una pared el líquido y nosotros comenzamos a empozarnos. Los miembros saltan sobre esa lámina alterando de manera fantástica los ladrillos y las gradas de los siguientes pisos, a una velocidad que vive dentro de otras velocidades. Al levantar mis manos empujo hacia nuestro charco aquello que ha perdido toda resistencia aunque también lucho con fuerzas que luego ruedan a distancias astronómicas dentro de órbitas cercanas. Entonces sus ojos y los míos terminan por congelar aquel elemento pero nosotros ya estamos fuera de él, con nuevas prendas, escribimos como sobre cemento fresco. Los dedos, aquella mezcla y bajo el sol que empieza a calentar, vuelvo sobre mis pasos, sobre los de él, terminamos hundidos, en unas horas apenas giraran nuestros cuellos.

25/4/12

(2)


Entramos a Ghost Joe´s. Ghost Joe´s luce más como un barco, ahora somos parte de su viaje inaugural. Sobre cubierta el aire es eléctrico, estremece, pienso. Hago dos giros antes de clavarme en la barra, el Ghost Ocean Bunker, en su fondo pataleo, alcanzo para salir con dos vasos llenos de océano en las manos. Rojo para todos grito, Rojo para Dixer contestan. La música rebota en las paredes, convertida también en música-espuma. Quizás valga convertirse en fan, pienso y automáticamente dejo que los nombres me lleguen con su acostumbrada sombra, Say no more grito, más con el estómago, dentro de un vaso, aguante Epumer y Pescado y Holland y Coltrane responden. Una ola nos cubre, con los brazos en alto hago señales de auxilio. Alguien me deja sobre la Ghost Way. Into the White grita Gordon a través del parlante. Pixie Ron me digo mientras los dedos largos se levantan como sorbetes. Enrika escribe algo en su teléfono, sorbo algo de rojo y dejo que descienda y veo el círculo de la vida alcanzar su ciclo, Enrika desde las entrañas me observa con ganas, con sus encías, como si mi boca y mis prótesis estuvieran casi dentro de su tequila, escojo ser tequila, pienso, pero pienso, o sea no existo hasta que Alexa me atrapa con ambas manos y al oído le llegan los rumores. Little miss sunshine. Me aplasto contra Alexa. Decidimos darnos todos los gustos, miserablemente me siento en confianza, cierro los ojos, ojos a punto de volverse fierros, imagino instalar un cierre capaz de mantener todos los líquidos fuera, hasta luego rojo, digo, párpados con costura en el medio, al fin los pies confiados sobre la tinta, el pulpo sumerge todo aquello que alcanza, entonces tomo varias posiciones, Alexa es alcanzada también, ya no bailamos.

Él me mira, intento parecer lo más fiel posible al original, él usa todos los lentes, prueba multiplicar mis forúnculos, su examen incluye ingresar como un polvo, como una química capaz de tragar al mar o al Kraken que llevo colgado justo debajo de la mandíbula, quizás y aún existo a través del telescopio. A dos años luz pienso. Luego de su abrazo: extremidad, polvo, homóplatos, accedo con bastante curiosidad y además tomo asiento en silencio. 
Cumplo su pedido, miro las paredes o el conjunto que componen, minimalismo pienso y al mismo tiempo me detengo y cumplo varias nuevas inspecciones, obsesivo, digo, casi como en una de esas grabaciones. Me siento sobre el suelo. Juntos somos una banda. El Marshall, él y yo. Oprimo la tecla, Marshall parece desenchufado, ahora pruebo con la roja, la del overdrive. Le busco en la espalda, una vez más por curiosidad. Dos no hacen una banda. 1974. Reconozco el sitio, afuera el páramo. Miro dos rostros refugiados de la niebla, Franz ama a Uma pregunto, también me paro, les llevo el violín a otro lado, pienso y digo mientras F y U me observan colgados dentro de sus marcos.

Él habla. Su boca es una película de pirañas. Culpo entonces al vodka, debo tener alguna parte rota me digo, pienso en Anna, sin darme cuenta, a Anna también le pasa, ya no pienso en irme. Él toma asiento o quizás siempre estuvo sentado, lo veo con la cabeza ladeada como pez espada pero sentado, mira dice señalándome una pantalla, Cristo cruza una pedazo de tela que hace de puerta, aquí conversa sus tentaciones dice, es Willan Dafoe digo, el Cristo bañado pienso, linda cruz dice él, mientras Willan, de pie junto a un sacerdote levanta las manos al cielo, pronuncia una oración la que parece ahuyentar las nubes, de pronto el desierto se vuelve amarillo. Tengo una copia dice él, trae la copia digo mientras me pregunto por la llamada de Anna. Al salir de la habitación lo encuentro con la copia en la mano.

Ubicación: antes. Reescribo fechas, desempolvo, me levanto sobre un pasado que no termina de volver. Corro la cortina, páramos detrás de otros páramos, Quito se estira, la ventana queda corta. Enumero los números que se vuelven calles, como en un comercial desfilan la Salesiana, el Hospital militar, los kilómetros de cable hasta la Villaflora, el regreso bajo la montaña y la Miraflores, las filas de Vingalas en y desde el trébol, el Choclo, Salcedo calle y Salcedo city, valle, todos los páramos, la costa del atlántico detrás de esos páramos, medio oriente, una señal pay pal del cable, cinemax y Jack Black; todos reunidos, por obra y verbo de un proveedor mientras yo, que hago como fotógrafo, que visto como científico, pienso y garabateo al Quixote, un Quixote espléndido, un Quixote más alto que Gulliver; -escarbar-, me digo, -ser sombra de la sombra, volver, volver, volver-.
Él levanta su cabeza, puedo ver cómo el feedback cede. Él mira al espejo, su reflejo resulta pulcro, las paredes lo contienen, aquellos diarios evitan que su aspecto forme cuadro en la sección de los avisos clasificados. Él lentamente hace otra inmersión, con torpeza empuja su cuerpo, tu boca es propiedad de un pez digo, sin exhalar hace girar la llave, los diarios se inflan, un último baño me pregunta, él enciende la ducha, él practica el deporte del buceo vertical, into the White murmura, en el diario miro a mis biógrafos, tras la cortina miro mis pliegues, bajo la lluvia la silueta de un hombre empapado, un hombre de pie, manco, relleno de huesos, delgado como gaceta, con manos y sin ellas, guardadas, escondidas, un hombre diminuto, un hombre pescado, un hombre de bolsillo.
En el balcón hay sol, bajo el sol cables hechos de cabuya, sobre una de las mesas cortadas y amarillas varias rodajas de naranja. Debajo un mantel de cuadros rojos y negros y sobras de queso; y un tenedor, y una pirámide de piedra, y migas, y el sol.
En la sala suena la grabación. Charles. M. y T. Monk.; M y M un evento in situ. Tocan Estroboskopik. La miro a ella, ella que lleva rato oscureciendo una nube, ella que de pronto decide que hay dudas que no se las puede permitir, feliz se dice a sí misma en voz alta, se repite a sí misma que es feliz. Piensa en él, yo también pienso en él y en su condición de paria, o de junkie, o de lumpen, my sweetlumpen se repite ella mientras M y M se deslizan cada unos obre sus solos. Las fotos son también nuestro público. Y el de M y M. Además de turistas, de shorts, de islas y peces hay una imagen con una minivan. El viento amenaza. Junto a la minivan, entre un desierto y una selva de 10x15, un teléfono insiste, exige que lo levanten. Ella toma aire, aire que la llena por fuera, siento cómo nos comprime. El teléfono calla. No hay más espacio en la minivan pienso. Del otro lado del teléfono, al otro lado del hotel, ella ocupa un puesto, llega o se va gime M y M y los turistas, la gente de las carnes blancas sonríen, dan propinas bajo la sombra de una palmera.
Yo cubro el cuadro.

Ahora empiezo con el título: Ecuatorianos perdidos en Ecuador.
Lo primero una pared. Blanca, rural, desprotegida, desproporcionada, desnuda. También un tarro de pintuco, una brocha con banda de acero, toneladas de sol, una o dos horas bajo aquel ojo. Entonces el primer naranjazo, seguido el segundo y rápidamente el tercero. Naranjazos que explotan en esquirlas de pepas, pepas-pared, pepas y acidez. Luego las bombas, globos de colores llenos de color… granadas payaso, pertrechos de carnaval, manzanas y peras enanas, gordas con forma de zapallo, una tras otra en rojo, en naranja, en verde, reventando felices, reventar es felicidad dirían si pudieran antes de explotar. Entonces una pequeña mosca, negra, se posa sobre la pared. Se posa como diciendo ha quedadofff un espacio, un centímetro blanco, cuarteado, stoned, inmaculated. Eso parece, eso dice la mosca, pienso, como si las moscas hablaran. Entonces, ante una tribuna pública, una camioneta vieja, datsun, 1600, espléndidamente destartalada, estrella sus latas contra la pared jacksonpollocknesca haciendo añicos la capota, el radiador, las luces, el motor. Se estrella hasta quedar aplanada, humeante, desorbitada, abyecta, violada por la bebida tampinesca, por el tropiqueins que enciende el tablero, a los asientos rotos, a las tripas que están fuera como lenguas, sucias esponjas amarillas, bajo y por el zumbido en sordina de cumbia, de loquito por ti, por ti por ti, por la mosca que regresa ¡más mosca! Por el silencio o el aplauso en el plató.
Continúo el relato al que llamo El tipo de gafas, íntimamente unido al texto que lo precede, eso intento.
Un tipo alargado, escribo, de chaqueta negra, gafas negras, cabello negro, observa fijamente un punto sobre un lugar del cielo. Fijamente pienso, porque su cuello, su cabeza, su cuerpo, parecerían haber encontrado una estatua, figura hecha de pájaros que parecerían cortar el cielo. Sucede, como cuando se mira con insistencia hacia la bóveda que cruza, a varios pies de altura una nave, una saeta, la hoja que divide al ojo. Reflejándose de cabeza en los cristales, la nave es guardada, fotocopiada en las pupilas, tras de ese filtro, como si se la viera con efecto. El tipo debe levantar un rifle, digo, y dispara no una, ni dos veces, el eco apenas se reproduce en sordina. La montaña sagrada absorbe las detonaciones mientras el sol se esconde, se fabrica un búnker. Unas aves, o quizás unos cartones se levantan como cenizas y una tormenta parece querer precipitarse en el fondo. El tipo de negro enciende un viceroy y camina hasta hacer autostop.
Tras un fondo musical…
Un tipo de gafas negras, chaqueta negra y cabello negro como la indiferencia mira de costado las imágenes en un monitor. La secuencia ha sido grabada en una sola toma, lo que suele ser insólito, lo que suele resultar en perplejidad. Los técnicos, lucen sus mejores galas, lucen como si ellos fueran actores y sus diálogos parte impresa en un guión. El asistente se acerca al tipo del cigarro, asistente=tableros. De su cuello cuelgan un cronómetro y dos walkie talkie. Asistente=cronómetros+walkies. El asistente habla con familiaridad, Crew reza sobre su espalda y el tipo del cigarro, Calidestrozo reza su gorra, lo escucha, mientras fuma, mientras no deja de caminar. El tipo del cigarro, delgado como un micrófono, escucha, mientras su semblante, las facciones que lo convierten en tipo de cuidado, se oscurecen, toman el color del plomo. Por las caras en sus rostros, por la luz del plató se diría que ambos ya están en casa, o más bien en la calle del frente observando como sus casas, con sus refrigeradores y el cachorro Schnauzer dentro son trasladadas por una grúa roja que cuelga bajo otra grúa manejada a su vez por una tercera grúa también roja. Luces dice el asistente, el tipo del cigarro guarda un atado en su bolsillo. En el monitor, en plano medio se observa el humo que retrocede que discute con la gravedad. En pantalla el asistente y su walkie, el tipo y su atado y su encendedor. El asistente levanta una mano, en varios tiempos, como si levantara él solo un dinosaurio. El asistente llama al tipo del cigarro. Quién los sostiene me pregunto, la bocanada se eleva, una de las luces cae cerca del director. El director-tipo del cigarro cruza el plató, estudia con ojos de microscopio a la pared, a la camioneta, al conductor, al incendio, a la mosca de utilería, a los objetos que según él cumplieron una función narrativa, ya está dice, entonces se convence de que eso es lo que buscaba, lo prueba el hecho de que esa noche al fin puede dormir. Yo miro la pantalla, a fin de cuentas es igual que mirarme a mí, me digo al mismo tiempo que repito mantras como con la paciencia de un cirujano, cortando y colocando, sin sorpresas, como un ciego. Hasta aquí es el relato, el que compone la historia que sucede a diario, pautada en horario triple A. Supongo me digo que mi voz será sacada de los documentales, voz sin rostro, garantía de veracidad. Hoy no he sido parte de los créditos, momento en que la película estará llegando a su fin. Nos vemos en la segunda parte escribo, como cuando Lois Lane se despide de Jor El. Como si esto del cine fuera verdad aún observo a través del cuadrado blanco, filmar muchachos, filmar, que el mundo se va a acabar digo mientras una puerta deja pasar al mar y con el a los peces y a la ciudad perdida de Atlantis dentro del triángulo de las bermudas en el estómago de un león de mar. Tengo una casa donde siempre brilla el sol digo, silbo una melodía, me siento como una figura de la Warner bros, this is the end murmuro, así hasta pasarlo al limpio.

Alex toma el aerosol. Escribe una I, una D y una A. Sobre la pared no hay nada escrito. O lo hubo. El resultado es desigual. UN es diferente de IDA. UN, compuesto de una vocal y una consonante no coinciden con IDA, formados por las vocales I y A y la consonante D. Andrés quiere decir algo, lo veo buscar la palabra. Alex suelta una risa. UN de lejos parece estar escrita con Ar Berkley, un tipo de letra muy común de los videojuegos; IDA de cerca o de lejos luce más como una Gungush, una antigua font usada en las pastas de libretas pequeñas de bolsillo, esa misma font aparece en los créditos de Alan Wake, exactamente al minuto y 44 segundos. Entre el UN de videogame y el IDA de libreta de cuero, forman la palabra UNIDA, nombre de una banda de jazz del sur de Seattle, que no tiene el impacto por esa bipolaridad en la escritura pero que, guste o no, cumple con su propósito, anunciar la llegada de UNIDA a la ciudad.
Mike Cansino ha heredado del bajo de Ricky Gelb. Ricky Gelb antes fue conocido como Richard Gropped, -nombre apropiado para alguien que viaja sentado- dice Pak Bender, lo dice de modo furioso, digamos de un modo inocente. Gropedd toma un papel, sentado junto a Mischa, intenta letras y arreglos. Tras una exitosa carrera detrás de los teclados, sí, también tocó el teclado, concluye la nota, Richard E. Gropped se aleja de la música. Mike, amigo de John García, tiene por encargo alimentar a Mischa. Richard Gropped planea viajar al este, a decir de él buscar encontrar las alturas en un verdadero monte. Entre dejar las anfetaminas y gastar en prendas térmicas escribirá algunas canciones. El regreso de Gropped anuncia el promocional incluye nuevo material, nueva alineación y cambio de identidad. Ese es el Qui. -Quiero que Richard Gropped muera sobre el escenario-, dice Richard Gropped. -el mejor lugar para desaparecer anuncia una publicidad plagada de cascadas y aves. -El fin del acid jazz pienso. -Música para pasarelas- diría con ganas Pak Bender. Mike Cansino está entre el público. Mike Cansino firmó autógrafos. En la práctica heredó de Ricky Gelb, el bajo con el que Richard Gropped difunto/desaparecido, grabó el Beautiful Witches. Era un 21 de diciembre de 1987. Ricky Gelb practica firmas sobre una hoja blanca de papel. Yo lo puedo ver.
Spyro también fue un modo de encontrar la sombra. Fue mi último nick. Pude llamarme John Bryan Grey o Ricardo King. No fotos. No parecía importarles. Sí, hay algo que no soporto, no fotos por favor. Spyro fue mi último nombre, pero nombres hay muchos, tantos como gatos.
Mike Cansino escribe Ricky R. Spyro en los agradecimientos.

No eran tiempos de naves o de cruceros sobre témpanos de hielo, ni de orquestas, ni de cine a las 2 de la tarde. Tampoco de maratones, de siestas, de esperar a que golpeen la madera; de pesquisas, de meterse a dormir en misa, de caminar hacia el centro, obsesionado por el dorado, acomodándolo, jugando al schnauzer, olfateando una llanta. Ni tiempos de conducir una furgoneta, de donar sangre, de preguntarse el nombre de las calles, de volver como en una marea, de rebelarse, de querer pensar como ella. Eran tiempos de oro, sólidos como hormiga bajo un árbol, como una retornable de pepsi, tiempos de probar una y otra vez, de panteón, de ser enterrado, de ser muerto y de ser pifiado, de culto, de no saber, de probar con todos los impulsos, de desenterrarse, de fotografiar congresos, a través de un equinoccio, en cada orificio, guarida de ciempiés, morada de dvds, clavado frente a un cuadro, sobre una plaza tomada por tanques, por shigras, por demetrios, aguileras y patrias, también por pandas, disfrazados de ogros, de motorhead, disparando al malvado conejo, girando en espiral, despreciando sus ofertas, coleccionando, pagando un trío de combos, estudiando la vidriera, resplandor de una mente kolynos, eliminando, -romperse y aplastarse-, necio, ojo de gaudi, de vaticano, microfe vs. microhostia y microperdón, de jugada adelantada, de botas, de hizarcol, de estadio y John Osbourne, rust in peace, ascender de a ratos, sábados, dentro de elena, de esa noble cama, thx 1138, nuevos fondos, leche agria, dirty boots, dirty boots, no tocar, botón asesino, fúrico y ajustado, estudio del cuerpo sensual, secular, libertino y envilecido, lluvia, sirena, pálido y cadencioso y vertical escozor. 

Eran esos los tiempos, los tiempos de la Viuda y el Capitán.

Con cada apretón que la mujer gorda daba, Paulo perdía preciosos, valiosos tramos de respiración. Al borde del desmayo era posible ver la figura de Paulo, quien estirando los brazos lograba cortos pero segundos al fin de alivio, al final, ya con la medianoche sobre ellos, los brazos de ambos caían rendidos, brazos que colgaban de un cuerpo que aún se balanceaba de un lado a otro, entonces la música, aquella fuente de sospechas lograba lo que el sudor no alcanzaba, servía para dar paso al sueño.
Del otro lado, sus amigos bebían una tercera ronda de Clausens.
-Te perdiste el bis, dice El Ojo. El ojo, luego de darle un golpe en la nuca, alcanza a Paulo uno de los vasos de plástico blanco y húmedo y vacío.
Paulo piensa que está en los parqueaderos, lo piensa por que ve todo oscuro. Paulo no ve a nadie por los costados, más bien mira sombras, supone que son muros. De lejos Paulo mira a El ojo bromear con los otros, luego mira hacia los lados y cree ver una puerta.
Al llevárselo, Paulo piensa que estarán muy lejos, ni El Ojo notará su ausencia. Al tratar de encender el auto y al buscarse las llaves Paulo nota que alguien las ha tomado. Al levantar la moqueta Paulo intenta decir ¡éxito! Pero supone que aún es demasiado pronto. La copia es una llave más antigua, parece haber sido hallada en una caja de tuercas. Al darle vuelta al encendido, Paulo escucha pasos. Paulo guarda silencio y más por un reflejo que por precaución quita la mano del encendido donde ahora cuelga la llave y busca sin saber algo, lo primero que encuentre su mano. Paulo sostiene en su mano un objeto minúsculo, ¿un encendedor? En todo caso esto no servirá para protegerlo se dice Paulo a sí mismo.
-¿Qué haces?-
En ese momento, Andrés levanta el brazo, tiene firmes sus propósitos, yo lo sé por que él lo ha estado planeando. Ana mastica un puñado de maníes. En la pantalla o sea en el cine, Elena espera que Paulo abra la puerta, yo creo que ella también desea que Paulo o cualquier otro arranque el auto y que el combustible alcance para salir del país o por lo menos para llegar a la costa. En el salón los uniformados esperan el arribo de los invitados.
He entrado en un estado de pánico que me tiene conectado a un ordenador donde escucho drumandbass durante las 24 horas del día, sin pestañar y sin otra opción que la del shuffle. He mirado 14 películas en un devedé donde se cuenta el mito del héroe, su insalvable destino y la búsqueda total. El devedé también actúa y ha resistido estas 14 historias heroicamente. Demostrar que el héroe no es el traidor, que él no mató al emperador, que él salvará a sus hermanos es vital, el héroe depende de lo que de él se predique.
Todos mis amigos han dejado libros porque saben que disfruto de las historias y sus inventores y también de quedarme en casa. Si quisiera, mañana abriría una librería especializada en literatura asiática, pero antes, previo al comercio, debo leer cada tomo, quiero, pues, ser un librero informado.
Espero que un día al llegar a mi librería encuentre propinas y comentarios y sugerencias. No solo porque quiera que vuelvan a diario los compradores, quiero también escuchar una a una sus opiniones.

Al entrar, ellas buscaron una mesa. Preguntaron, tomaron asiento, sonrieron a los parroquianos y ordenaron les pasaran 3 pepsis heladas.
Los parroquianos, gente que también suele vivir en aquel bar, lugar conocido como el almacén, observaron con curiosidad a las paisanas. Observaron sus carteras, sonrieron con sus vestidos, uno de los hombres, el más sudoroso de todos, reclinando la silla hacia atrás, dijo -ha muerto el loco Pedro, broma recibida bien por su acompañante, risa escuchada dentro de aquel salón.
Una de las chicas sacó de una bolsa una cámara polaroid. Las chicas fueron levantándose como por turnos: estatuas junto a la rockola, presas junto al oso embalsamado, una foto de las chicas seleccionando un tema de entre los discos de 45 de aquella vieja Fonics de fichas, dos chicas abrazando el cuerpo del oso embalsamado, una de ellas besando el rostro furioso del oso, una foto del salón y sus límites con el estacionamiento como fondo, además de los autos, una vieja ranger, los camiones y un bosque al parecer de pinos, todo pasado a través de una delgada cortina
   -Pepsis-
   -coca-
   -pepsis-
   -No pepsis, coca, coca sí
Entonces la camarera, que también tiene una polaroid made in Munich, sirve las tres cocas, cocas desaparecidas en un reino de nombre new generation. Los hombres en silencio van bebiendo sus espesas cervezas, la vieja Fonics, con varias monedas dentro descarga viejos temas del Rey. El sol, atrapado en los cristales brilla también sobre un pequeño altar donde descansan con orgullo varios trofeos, sin duda producto de la furia de aquel oso. Luego las chicas dejan el salón, -cincuenta- dice la mesera, las chicas suben al techo de una Cheyenne.



We are accidents waiting to happen.
Radiohead

Era la quinta ocasión en que ella quitaba la vista de la carretera la segunda en que intentaba darme un golpe. Ya antes me había lanzado su teléfono, también una caja de Philip Morris, el encendedor metálico, (imitación de un zippo) y si por ella era me lanzaba el auto encima. Como un niño regañado, me coloqué la capucha sobre la cabeza y crucé los brazos sobre el pecho, a veces, ella volvía a entrar en calma cuando me veía indefenso, creo entonces le salía su instinto de madre, entonces yo sentía que ya no me miraba, eso creo, eso creí.
Dos horas antes bebíamos vodkas en la casa de Enric. Tan cansados que decidimos tomar una última ronda antes del regreso. -La última dije, mientras Enric, empujaba una copa sobre mi boca, copa y mano que por accidente mojó la mitad de mi pecho.
-Quédense dijo Enric. Loretta lo abrazaba por la cintura, quizás era que Enric la atrapaba con su brazo, -la de abajo, dijo Enric, ella me miraba fijamente, yo procuré no hacer movimientos.
Enric nos llevó hasta la salida. Por un momento dudé en regresar, entonces ella me arrancó las llaves. Enric se quedó bajo la puerta, vi a Loretta entrar, nosotros los vimos levantar las manos.
El auto iba bien, incluso en las curvas. Fue un descuido para perder de vista el camino. Algo del tamaño de un perro cruzó frente al Run, fueron dos diamantes azules. Ella hizo un giro brusco, yo sólo cerré los ojos, esperé sin ánimos el golpe. El auto humeaba. Quizás íbamos muy rápido, en estos autos no se sabe. Guardamos silencio, quince, tal ves tres minutos, cuando desperté la vi de perfil, respiraba, incluso sonreía.
Caminamos. Pronto encontramos un rótulo, el neón tenía la forma de un corazón, un par de piernas que al cruzarse formaban un órgano y a sus latidos. En el centro del corazón y en letras azules la palabra Ultramiel.
Tomé la llave. Habitación 202. El lugar no tenía más de 30 habitaciones. La 202 estaba en la planta baja, justo de frente al camino. Vi una wincha parqueada junto a un citroen. Además una máquina de pepsis. –Pequeño dijo ella. No puse resistencia. Varios sudores bajaron por mi estómago.
-Mañana, dijo el empleado dejando el llavero 202 sobre el mostrador.
Corrí la cortina. La habitación olía a madera.



Amo los basureros

La basura, polvo, tierra que había entrado, ingresado, como si aprobara todos los permisos, con los documentos en regla, sí, la partícula, nótese que Andrés prefería, le estimulaban los olores de ciertos ríos, al fin salía, se exiliaba, se rendía de su cabeza. Decir salir es un consuelo, Andrés no tiene optimismo, de hecho Andrés como comprenderemos no puede estar quieto.
El lugar: inhóspito. Del lado derecho cientos de botellas plásticas, marcas y sabores borroneados, apiladas, formando una montaña de no menos de siete mil metros, quizás más, la máxima: lo exuberante domina. Detrás de la segunda puerta, junto al horno que marca hasta los 600 farenheits, un busto femenino, detenido o congelado en un grito o un llamado, un horror con forma de mandíbula abierta y cientos, quizás miles de dientesillos plateados, galvanizados, masticando los esqueletos secos de aquellas sirenas de conserva, o merluzas o sardinas, o cualquier especie acuática provista de branquias, alargadas, delgadas y antiguas como momias, como barbies-sirenas-momias de lata con fecha de expiración, succionadas bajo el sol, como un pedazo de cabuya, de esas que decoran las bernas de las carreteras, de una provincia oculta, sin capital, reinada por el edificio, por esa construcción horizontal que en realidad son varios hornos. La calle, del otro lado de la puerta luce insolada por un espejismo, está cubierta de vendedores, espacio apto para los yogozo. Andrés sin dudas pienso yo, piensa en ella. Entonces veo que su boca se llena de mariposas, duda, de la misma forma que confunde un semáforo, rojo-detenerse, verde-happybirthady, cómo es que ella, busto y dientesillos, logra tirar, jalarle a la cadena.

El megáfono repite infernalmente Amo los basureros
Tras la tercera puerta, un hombre. Toco con los dedos un interruptor. Andrés entonces recuerda sus primeras infancias. Útil, la magia, esa metafísica distracción corre un velo, tras el velo y dentro de varios velos. Andrés observa dos luces idénticas, una amarilla, yo las cuento. Al pulsarlo de nuevo un letrero parpadea. Una tercera, (la otras han cambiado de color) parece responder. La primera luz crece, en realidad quiere acercarse pienso. -Andrés digo, pero Andrés sigue ataviado por un efecto de óptica, lo veo estirarse, intentar tocar los bordes, -Andrés repito, pero su cuerpo ya es de otros. Un uniformado nos alcanza un juego de cartas talladas en madera. Sobre la mesa están nuestros brazos. Del megáfono sobre la pared salen ruidos o reverbs.
La cuarta puerta tiene seguro.
Trashers in love, música y letra de Andrés Cronm, es un éxito, lo repiten cada media hora en la televisión. Su coro, Let me be your garbage sirve de muletilla, incluso es la banda sonora y la canción de fondo de álbumes fotográficos digitales, con ella se han oficializado compromisos, fines de semana sobre arenas exóticas, onomásticos, tiene fuerza para escandalizar, es ya una más entre el público. Yo lo recuerdo, imagen suavizada por un filtro o blur: frente al espejo, exactas las tres de la mañana, así hasta que llegaba el sol. Los cuerpos en migajas, las palabras enormes, castillos levantamos, nada falta decía, yo sabía, yo era un niño con juguete nuevo. Recuerdo ejercicios, palabras repetidas como mantras, era de ver, el cielo volteado al azul, Cronm se escuchaba, como en una cueva poblada por Nibelungos. Haz lo tuyo dijo, yo conocía la salida, tomé el número 15, fue entonces, obvio que se extraña, como dijo aquel cóndor, exijo una explicación. Apago el tv, y la radio, y la calle, oro pienso, como si estuviera cubierto por un río.
Catorce conejos juegan al baseball.
El cielo parece un enorme tomate, el cielo es una mancha de kétchup, junto al cielo y dentro de él hay soya y tamarindo. Los bebes desnudos toman con ambas manos cada pelota que llega desde el campo. Playball gritan cada vez que la pelota cruza los límites, con la pelota en la mano los bebes reposan sus traseros desnudos, contentos, sonriendo con sus dos pequeños dientes.
Uno de los bebes señala hacia una orquídea que pende del cabello de otro, flor que combina con el cielo que ahora es rojo. Los conejos dejan sus guantes y sus zapatillas azules y levantan sus colas blancas, realizan saltos que levantan las miradas de otros conejos. Levantan sus colas antes de hacer aquellos saltos alrededor se ese campo con forma de diamante, verde y recién podado, campo tatuado por las huellas de sus pequeñas patas, patas que regresan al suelo para dejar nuevas huellas.
El partido va empatado. Un periodista toma fotografías, usa una máquina antigua provista de un compartimentos para la pólvora. El partido avanza a pesar de la lluvia, el estadio se cubre de lodo.


La gata colgaba de la cortina. En el bar repartían hachís, bueno para el remordimiento ideal para existir repetía una liebre. Un topo miraba a la gata, creo que alguien había cubierto su madriguera. Una musaraña que llevaba una chaqueta, elevaba plegarias de rodillas, levantaba el rostro que parecía no querer tocar el suelo. Una ranita inflaba su cuerpo mientras las moscas caían desde lo alto de una bombilla. Una rata habló de Bach, habló del romance, de una lucha entre dos dragones. La musaraña entonces dijo ver niños rubios que salían entre el humo, bailan dijo, están tomados de la cintura. El techo y las paredes cubiertas por alfombras medían por lo menos dos elefantes, o eran como treinta gatos colgados de una cortina.
Los siameses recibieron su regalo. Caminaron en medio de árboles y truenos, -sucede, nadie usa la fuerza dijo su padre. Caminaron la mitad de la noche.
La oscuridad reinaba en el campo de tulipanes. La luna se colgaba como un ojo sobre la montaña. -Tengo sueño dijo el hermano siamés, la montaña parecía un cristal. La pequeña siamés repetía en voz cada vez más alta –piedra piedra, ambos acordaron no retar a los hombres de los bordes. Caminaron otra hora guiados por la última luz. Los siameses soñaron con piedras transparentes como ojos. Mientras desayunaban el sol cavaba un orificio, aún tenían días por caminar.
La boda felina había sido un éxito, sin embargo, los invitados murmuraban ya sin penas. La esposa no parecía feliz, dijo el fotógrafo echando de menos las sonrisas. El esposo felino, presentía que todo sería inútil, sin embargo no se alejó de su esposa felina. Algunos hablaron en confianza, -¿otro gato? se preguntaron, también bebían de sus largas copas.
La esposa felina era bastante hermosa.
Ojos de uva se repetía la novia felina mientras se arreglaba el vestido. Los guardias observaban con atención al cura que acababa de llegar para dirigir la ceremonia. Tras la sotana era un canino amante del campo y de los paseos en bicicleta. La felina cerró con fuerza sus ojos. El barullo llegó hasta el jardín, la novia no perdió el tiempo y ante sus primas guardó la carta. Esa tarde y al fondo del salón, un conejo de corbata amarilla miraba de pie a la novia. Los abrazos acompañaron a los nuevos esposos.
Los amigos decidieron pasear en la Hecatombe. La noche coincidía con la llegada del año nuevo. Llevaron sus trajes rojos y sus gafas de vuelo. Confundieron la lluvia pirotécnica con proyectiles del eje, ahora, planean sobre Berlín mientras la gente cuenta 8, 7, 6…

-otra vez decía la voz de ventas del telesiete y Simón sonrió con bastante humor, fuerte, disfrutaba del examen.
Simón miró por la ventana, afuera los autos rugían pequeños como micromachines. También sus latas eran tragadas por un ojo negro que esperaba sin parpadear en la parte baja de la montaña. El ojo del reino-, pensó Simón, -entra rojo, vuelve una camioneta, parece naranja, devuelve dos ambulancias. Simón volvió a la hoja en blanco, aún quedaban tres páginas. Luego hizo la señal de la cruz sobre el pecho, otra en forma de estrella sobre su cabeza y además pasó sus dedos por sobre sus labios.
Ana masticó el cuerpo de su esferográfico hasta que el plástico hizo crack. Simón ni la miró. Ana cruzó las piernas, Simón no le prestó atención. El profesor parecía hablar solo y en voz alta, Ana se apretó contra sí misma todo lo que pudo como una oruga. Ana miró de perfil a Simón, luego volvió a su examen, observó las imágenes que pasaba el televisor.
Cinco minutos dijo el profesor. Pensó en sus estudiantes, los vio cerrando sus mochilas, haciendo del examen una bola arrugada, clavando el esferográfico sobre uno de sus pies, pies de palmera se decía el profesor hasta cuando paró en ese piso. -Tres minutos dijo y el ascensor abrió sus puertas. -Otra vez repetía la voz de telesiete, las hojas ocuparon la esquina del escritorio, hasta nunca dijo un alumno, las puertas volvieron a cerrarse.


Seis de la tarde se dice para sí Andrea, hora de la verdad piensa. Al fondo, sobre las gradas que bajan a la estación, un reloj mecánico, marca las seis de la tarde con un minuto. Un minuto exacto dice Andrea, ni más ni menos se repite, mientras saca un peso de su monedero. Las manecillas hacen movimientos invisibles, en realidad lentos. Antes de tomar el subterráneo Andrea usa el peso en dos alfajores de chocolate y uno de dulce de leche. Seis y dos minutos. Andrea piensa en voz alta, una voz que sale grave, suena como un ruego. Andrea piensa en su casa, al abrazo, piensa, le faltan brazos.
El invierno hace boom en los bonaerenses. Dentro de sus bufandas y guantes parecen ser refugiados de una última guerra, una guerra en nombre del algodón. Los habitantes del vagón lucen una mezcla de hombres y androides: rostros jóvenes reflejados en cristales portátiles, revistas hechas sin papel, auriculares colgando de cráneos redondos y afeitados, cráneos conectados a extensiones para hacer llamadas telefónicas con el pensamiento, llamadas con precios eléctricos. Hay dispositivos de calor que modifican su temperatura como la del cuerpo. Reproductores de música, libros impresos en papel cuché. Hay personas sentadas en el suelo, casi acostadas. Andrea sostiene un libro con el título Psicomantra, la voz que sale de los parlantes del vagón repite: -la isla está cerca. Use las ventanillas. Ríndase. Todo estímulo-.
El subterráneo junta los polos de la ciudad. Andrea deja caer una pluma con el objeto de subrayar ciertos pasajes. Encuentra que su sonrisa, la de ella, medio en broma medio en serio la delata. El hombre toma la pluma entre sus dos dedos, mira a Andrea mientras le devuelve la pluma, lo hace despacio, se toma todo su tiempo. De plumas está llena la almohada piensa Andrea, mientras el hombre baja.
Andrea subraya alguna frase.
La música salía y estampaba los cerebros como gelatinas rosadas en el espejo, junto a la pared. -Felices veinte Loretta bajo una vela azul y sobre una torta de vainilla. También había masa rosada junto a las gaseosas.
Loretta sonreía Franz Collie en mano al tiempo que sostenía en su cuello unos auriculares amarillos. Creo estaba animada con el tema de las masas rosadas.
Ro Ger llegó. Estos los saqué de casa del pelado dijo. Dí un vistazo con aires de entendido:

   De-loused in the comatorium de The Mars Volta

   Silver apples por los Silver apples

   Blues for the red sun de Kyuss

   The bedlam in goliath, también de The Mars Volta

   A thousand leaves de Sonic youth

   of natural history de Sleepytime gorilla museum

   Diabulus in musica de Slayer

   Antipop de Primus

   A night at the opera de Queen

   Death to the pixies de Pixies

   Disco volante de Mr. Bungle

   Guitar uno de Frank Zappa

   Asmodeus de John Zorn

Los invitados charlaban, las luces daban apariencias Godardescas y ultranovelescas con sus tonos celestes, rosados, magentas, en sus labios leí marcas de motores, tipos de desodorantes, el lugar estaba poblado por gente de la televisión. Cada escena parecía una copia exacta de una película en la cual había hecho de extra, seguro una con Picolli. Pregunté a cada invitado, debían haber por lo menos 50. Loretta andaba en el centro rodeada de sus camareros. Finas, larguísimas copas levitaban entre las masas que para esa hora debían ser más sólidas que un maní. Pude contar diez camareros. Salí al jardín, un asno había sido amarrado al tronco de un árbol, se alimentaba con aceitunas y jalapeños. Me quité los zapatos, el césped era suave, hace cosquillas pensé. Reí, el burro hizo oink, quizás fuera una masa estampada junto a la pileta, tu haces burradas pensé, quizás era alguien disfrazado. Metí los pies en el agua. Mala hora para el sobre pensé, pude ver figuras debajo del agua, intenté llamar su atención. Loretta me miraba con su Killgill en la mano. Pregunté, tampoco supo contestar.
 
11 am. -La clase de historia ha pasado a la historia- traté de no repetir. El profesor sacó las cintas de la video. Apagó el televisor, la colilla se equilibró encendida sobre el escritorio, nuestras cabezas agachadas caían estaban al borde en África. Luego de encender las luces el profesor encendió otro viceroy, sin azúcar dijo mientras nosotros guardábamos silencio.
La clase trató el tema de la modernidad en el cine del género mudo. Fuimos testigos de películas como Metrópolis y Tiempos modernos, en el fondo aún discutíamos la clase pasada, aún escuchábamos ladrar al andaluz. Lo demás era película para rentar pensábamos.
El profesor grueso aunque debilitado por la nicotina, probó el café de su vaso plástico y continuó mezclándolo con una palita tan delgada como un palillo para dientes. Esos objetos daban la impresión falsa de movimiento, era más probable que se ahogaran y flotaran vasos y palitas dentro de un mar amarillo, antes que observar a aquella mano regar una gota sobre el escritorio. Además la palita parecía raspar el fondo del vaso de plástico pues creí escuchar un sonido largo o agudo, tren llegando a Casals pensé. A los frenos y metales los acompañaba la voz gangosa de Chaplin, -Viva El circo, muerte a la burguesía, vete Keaton dijo alguien dentro, desde algún vagón.
El resto de la clase empacaba sus cosas, el sol daba para cervezas y empanadas.
El ruido fue seco, como un saco de arena que golpea un suelo de roca. Vi el humo elevarse, alto, como un efecto en una obra de Brecht. En círculo los otros observaban las manos del maestro estrujando el cigarrillo y al vaso de blanco de café convertido en una mancha oscura sobre la camisa blanca y dentro del mar amarillo.
También hubo empujones, atrás quedaron las voces gangosas bajo dos gritos de rabia, ese fue el momento ideal para escuchar a la facultad. Luego llegaron los curiosos, incluso el guardia abandonaba su lugar.
La profesora de lógica hizo espacio, pidió dejarlo respirar.
El director golpeó su pecho. Faltaba el un, dos, tres, pulso, un, dos, tres, así pasaron hasta que llegó un profesional. Pregunté por sus credenciales. Su nombre era idéntico al del actor del séptimo sello. Al fondo ya estaban las personas de limpieza.

La decoración consistía en varios espejos. Dos de tamaño natural, entre ellos una estatua de bronce de un soldado sosteniendo a un herido en sus brazos. Dos circulares, otros cinco también con forma de disco. Mi rostro apareció alargado, infinitamente repetido, blanco, incluso como el de un niño. Un cuadro de El Quijote colgaba en un lugar oculto de la sala. Viéndolo bien puede ser el lugar más visible pensé. El Quijote parecía reírse, -de mí- me pregunté. El artista se había esmerado en los detalles del escudo que protegía al Caballero del ataque de los molinos: un semicírculo de cristal puro, las aspas se quebraban al contacto con su superficie. El Quijote tenía un pie atrás, -La transparencia de la Mancha- pensé.
Ya afuera, tomé el colectivo a Wilde. Nos detuvimos por quince ocasiones. Compré alfajores Capitán del Espacio. Abrí uno junto al paso peatonal, allí también me tenté por un  segundo capitán. Al llegar encontré que la llave estaba echada. Entré en silencio. De la calle llegaban solo rumores, las dos ventanas también tenían sus cerrojos puestos. Ella se movió, es decir, vi un cuerpo vivo y respirando entre varias mantas. Luego le conté otras cosas, ambos alcanzamos en aquel catre.

Cuando un hombre y una mujer fueron alcanzados por el sueño, Dios con un martillo se lanzó a romper varias figuras con forma de elefante, de cerdo, de ballena y de pingüino. De una rockola conectada a la cola de un pescado dormido salía varias músicas. Al despertar, aquel pescado echó de su cuerpo un fluido mezclado con perlas, las cuales cayeron en una boca marcando un puntaje hecho de números rojos que sumaban con mucha exactitud. Dios, desecho y bajando el martillo al igual que Loki y el redondo Sol, cayó sobre su sillón favorito y soñó que planeaba sobre una supernova con los ojos cerrados. Al mismo tiempo una lluvia rojo caía sobre él.
En la cama, el hombre y la mujer descansaban abrazados uno al otro. Cuando un ángel despertó a Dios, éste prefirió no mirar al aposento de los hombres, más bien tomo el teléfono rojo, pensó dos veces como manejar esa llamada de larga distancia.

Roberto Retama toca el piano, antes, ha cubierto la ventana y ha desconectado el teléfono. Desde la avenida Elton, hasta las puertas oxidadas del Instituto Drago, es posible escuchar como la música, como la neblina, cubre el barrio, hace todo invisible. El jueves, cubierto por un abrigo negro, Roberto Retama toma el colectivo 107 y se interna en el oeste, -terapia familiar- se repite para sí mismo. Al quinto jueves Retama lo ve claro. Pasan dos meses. Retama manda a mudar algunos objetos. Al piano lo traen en el segundo viaje, llega como un animal de museo, cubierto de mantas, levantado por tres operarios. Uno de ellos, quien nunca antes había visto uno toca sus teclas. Retama medita, -conoces la salida dice su padre. Esa noche Roberto Retama ve una película de Fritz Lang.
Una mañana Retama lleva a su padre al campo. Desayunan bajo unos robles. Retama habla. Recuerda una tarde en la radio. Su padre intenta levantarse, en realidad, mira a los lejos, mira al campo. Vuelven a casa. Retama llama a los de la mudanza. El camión llega al mediodía. Retama ayuda como puede con el piano, también brinda sendos vasos de soda. Los de la mudanza regresan luego de dos horas. Retama los hace esperar reapareciendo quince minutos después para el segundo viaje. Al salir, ve a su padre, ambos levantan las manos. Es miércoles. El jueves nadie espera la música. En el instituto Drago hay dos autos estacionados. Roberto Retama levanta el teléfono. Casi instantáneamente lo vuelve a colgar.

Al despertar Andrés Cronm escuchó el canto de pájaros parecido a ruido del choque de varios cables eléctricos. Andrés Cronm respiró contento, se alegró íntimamente de estar despierto. Luego los teléfonos de la residencia cobraron vida. Parecía que sobre los postes pájaros y nidos fueran envueltos como humitas. Andrés Cronm salió de la ducha, el alboroto parecía terminar en el drenaje. Los teléfonos parecían no ser contestados, llegando al absurdo de timbrar al mismo tiempo, eran porteros de edificios, padres de familia, enfermeras, quienes pedían comunicarse con Andrés, Santiago, el canal de Panamá, llámelo a Cronm, con Cronm, A. con Cronm. Andrés, detenido entre la puerta de su habitación y el pasillo, examinaba como primero los brazos, luego las rodillas y por último su cabeza abandonaban lo que quedaba del cuerpo, mezcla de lucha entre un pez y un simio, ruido de descargas entre antenas y vajilla de plata. El reloj de pared marca las 7 de la mañana. Andrés contesta una por una cada llamada, viste su cuerpo con la mano libre, enciende también el televisor.


Jim Morrison ingresa al área de las duchas. Jim Morrison en verdad es delgado. Jim Morrison lleva una chaqueta de piel, fuma uno de sus marlboros. Jim Morrison exhala humo, su cabello luce ordenadamente desordenado. Tras Morrison Patricia, más baja que Jim, de cabello oscuro, cuaderno en mano, lo sigue, se acomoda los lentes, cierra los ojos ante sus palabras, también ante el marlboro. Terminan al fin bajo una ducha clausurada, han dejado a todos atrás.
Un hombre gordo vestido con sombrero vaquero, discute con otro hombre, un tipo alto y delgado, pinta de joven Eastwood. Frente a ellos cuatro hombres cruzan cargando un parlante tan voluminoso como un elefante. El hombre gordo tira el sombrero al piso, levanta su dedo y antes de empujar al hombre delgado, el hombre delgado agarra el dedo en el aire como un ave. El dedo queda atrapado, enjaulado. -A las seis- grita el gordo, como ha sido y como seguirá siendo- dice dejando fuera cualquier duda. El tipo Eastwood suelta el dedo y toma el teléfono mas cercano. De lejos el hombre delgado junto al hombre gordo parece hacerse más delgado y viceversa.
Ella tiene 16 años. Ella mira a Diane. Diane acaba de conocerla. Una sombra atraviesa la puerta, la sombra lleva varios brazos y volúmenes. Ambas se incluyen entre aquellos miembros. De cerca no pasarían por hermanas. El público cruza la entrada, el sol que empieza a desaparecer alarga aquella masa, la vuelve un manto. Hay quien gira buscando a algún desorientado, Diane alza la mano, lo mismo hace ella, despiden a las puertas o saludan a quienes logren ingresar.
El escenario es rústico. Jefferson Airplane toca Volunteers. Jefferson Airplane habla entre tema y tema de la guerra.
Jim y Patricia terminan en una breve entrevista. Ambos parecen respirar a sus anchas. Cada palabra es grabada, -Tricia repite Morrison, Jimbo dice Patricia como si lo pronunciaran por primera vez. Juntos tras de aquella puerta ambos parecen un puño. Patricia abre una llave, el polvo de la tubería los divierte, un hombre de azul los empuja, ambos están ebrios, el gas cae, -animal grita Patricia, pronto en las duchas vuelven a estar otros.
Afuera el público pifia al ritmo de now it's time for you and me.



   Los ladridos cesan, me escucho, me encuentro repitiendo su nombre. En ese instante, parecido por repetido a muchos instantes, su hocico, sus feroces aberturas, dejan escapar una extroversión, me preparo para la descarga: -Hola, tanto gusto, mi nombre es Teltus, domino esta cuadra y el almacén rojo de alado. No sé que día sea hoy, no sé si aún se usen los relojes o los calendarios, quizás tú me lo quieras decir…
   Esa mañana tomé por inercia el cepillo de dientes. Apuré la plancha, en el fondo recordaba el horario de los futuros cortes. Levanté la mesa, ofrecí otra taza, di una palmada sobre el hombro a mamá. La previne, las sospechas no son mis consejeras pienso aún. Guardé vasos, coloqué bifes en la parte más lejana del congelador, tomé una última bebida, la del estribo, esperando surja un efecto, inocentemente, disimuladamente. Ya en la puerta, me sentí ya dentro de un vagón. Pacté, me convencí a mí misma: no va más, hoy no me vas molestar.
   Llevé monedas, mi intención era y es evitar al hombre de la boletería. Dejé a mis pares, los envolví, ahora andan descalzos sobre cada una de mis alfombras. Llevé la alfombra, la he perdido, he olvidado cual de todas es la lavandería, ellos seguirán girando o ahora descansan sobre otros muebles. Estación central. Hospital de niños, maternidad. Recuerdo verlos bajar sin empujones, salen a veces tomados de las manos. Señalé un asiento, miré de reojo, pagar por ver dije. Entonces recordé sus pasos, decidí vivir sus palabras, decidí caer en sus cejas, miente dije, escogí darme un baño de oro, desinflarme, deshincharme. Ya en la ruleta. Llegué temprano, saludé con las dos manos, subí cada grada, incluso de par en par, descolgué el teléfono. Tomé la carpeta,  cerré con fuerza su anillo, hizo un clic metálico, está no será tu prodigiosa tarde Baltazar, dije.
   -La jaula es mi rutina. Basta una palabra para que el ave se agache, para que el ave muestre con orgullo sus partes, incluso las partes de sus partes o las partes que se han convertido en todas las partes.
   Por la noche Andrea prepara pimientos sudados con dos gotas de naranja.
La madera entreabierta. Pasos.
Escalofríos del día.




   Él levanta los ojos hacia el letrero, ambos miramos dos volquetas, dos montañas. El material al contacto con el suelo se convierte en polvo. Quizás siempre lo fue. Él ve su cuerpo estirarse, yo reconozco ciertas ruinas suyas en mí, arriba tiene sus brazos, alcanza alturas imposibles, hago señas pero son dedos de hormiga, bajo esos dos postes.  
El cielo brilla de estreno, como un vidrio. Él mira rápidamente, gira de izquierda a derecha, fija varios puntos como árboles y caminos y gente en grupos, gente como manchas rojas, como manchas que caminan, manchas que se alejan o que cruzan el aire estrechándose. Él saca la fotográfica, del estuche caen dos cilindros que él intenta atrapar, yo toma un par, mientras, su pie sobre el vacío, mientras los cilindros tocan y dejan un eco, polvo, desórdenes, desbordes en el suelo. Él no baja, ni quiero que lo haga, no lo intentes digo en voz alta, él, el letrero, la nube de polvo tras la volqueta hacen un cuadro, una pintura, una instantánea, una imagen icónica maldita que se repetirá por el resto de la… paciencia me digo, no seas puto me repito. Él, cuelga la fotográfica de su cuello, vuelve a subir su pie suspendido, busca cual falcon una mejor vista, busca elevar los ojos sobre el fémur.
   La volqueta desaparece tras una nube de su polvo.
   Los niños pican al cuerpo. Sacudo las hormigas que se mueven de prisa. Debajo del cuerpo sus patas. Dentro de los bolsillos azúcar. En las manos él aún sostiene la fotográfica. Él sin querer y sin que lo hayan consultado se vuelve mediático pero eso ya no tiene importancia. Quienes lo encuentran, ahora he espantado a los niños, hacen juntos una mancha verde. Cerca, en otro pueblo alguien clona cédulas, usa maquetas y tijeras y pide que no se muevan ante el flash. La foto, aquella del fémur del gigante, tiene su lugar en el panteón de lo único, ha sido polémica dominical ya que nadie le ha dado título. También la imagen ha servido de aleccionador, en ella, sobre todos niños, ven un hombre sin alas, alto, pero sin plumas, un tipo que grazna y vuela, o grita y cae, niños que no se ocultan al preguntárseles sobre la famosa leyenda efímera del fabuloso Dizquepájaro. ¿Lo has visto? Apuré.


   Al vestirse, ella nota que las piernas del pantalón cubren sólo hasta las rodillas. -Para la posteridad- piensa. Ella toma la filmadora, carga una cinta, revisa la batería y prueba con todas las conexiones. A ella no le sorprende su figura que se reproduce en pantalla.
   Teléfono suena, ¿quién habla? Dice. La oreja crece, el auricular se pone absurdo, ilógicamente el dentro de esa boca apenas si trabaja como un hisopo. Auricular hisopo. Pronto la cera o masa amarilla o como llame impide la entrada además de la interpretación y la transformación. Ella entonces canta, remueve la cera, más o menos al ritmo de perfora-cava, cava-taladra. Cansada de tanta llamada, al mismo tiempo relee las instrucciones de un oculto envase:
   Acido acético
   Acido tartárico
   Acido cítrico
   500gr C12H22O11.
   Agua 94%
   Hidratos de carbono 3% (fibra 1%)
   Prótido 1%
   Lípidos 0, 3%
   Potasio 258 mg/100 g
   Cloro Na 3 mg/100 g
   Myristica fragans 10 mg/100 g
   Mineral de hierro 0, 6 mg/100 g
   Betta Splendens 24 mg/100 g
   Vitamina antiescorbútica 26 mg/100 g
   Axeroftol (retinol) 207 mg/100 g
   Tiamina (Vit B1) 0, 06 mg/100 g
   Riboflavina (Vit. B2) 0, 04 mg/100 g
   Niacina (Vit. B3) 28 microgramos/100 g

   Ella cierra el frasco. -Si me viera la Karen- dice, entonces continúa al teléfono, cubre sus piernas con una manta.
-tanto tiempo.
- No hagas el indio.
- ¿?
- Bien se te ve.
   (La escena o el encuentro, ocurre frente a una iglesia con las puertas abiertas como en El refectorio de los frailes, existen documentales sobre su reconstrucción).




   Satlov nos conduce a través de sus dominios: dos plantas, sótano, un jardín con lirios suecos, una cabina telefónica, ¿operador?, pista para polo, una jaula vacía, ramas amarillas de quinotos. O era el efecto del fernet, (pasión por los aperitivos), pero me pareció, dije sin mover los labios, que las paredes que eran de un ladrillo visto, gastado, ahora dejaban ver del otro lado de ellas; es la bendición del cristal celebraba Satlov, -para qué muros- replicaron quienes llevaban más tiempo en esa casa, que quizás antes fue una farmacia me digo, para qué muros repetí con ánimo mientras los veía seguir A Satlov el medio vampiro.
   En la sala nos amontonamos. Era y entre dos bultos. Noté cómo todos buscamos al disimulo lugares abiertos donde respirar. El humo espesaba al máximo, quienes se acercaban eran solo figuras, así se filmaban las series b de monstruos me dije. Uno de los bultos me miraba con sus ojos, ojos que parecían también haber sido prestados. Me llené de su escalofrío.
   Entré a una habitación. Un tipo tocaba un tema. Otro tipo, alto como Archimboldi, lo acompañaba en el bajo. –esperando tu llamada cantaba en un español como de extranjero. Me quedé de pie junto al dúo, eso de la música es lo mío me dije, entonces esperé a que Archimboldi soltara el bajo. Luego tocaron algo de Lou Reed y pronto pasaron horas en esa línea de los setentas.  El P-bass pasó a mis manos, el calor de la habitación me impedía la concentración. Igual tocamos algo inglés, Archimboldi sabía escalas que yo supe repetir. -Fuzz sesión dije. –Fuzz louder dijo Lou Reed. -Transformer avenue cantó Satlov al mismo tiempo que salía de la habitación. Ahora creo que Satlov era capáz de estar en muchos lugares a la vez.
   El éxito es sinónimo de Satlov.
   Una mano tocó mi rostro. Deje que lo haga por segunda vez, y hubo una tercera, entonces decidí no abrir los ojos, de ese modo continué el recorrido, hablando solo y con las paredes, sus respuestas me parecieron de lo más primitivas por ello celebré hasta el punto de rodear el bulto de otro. Solo coincidimos pues fuimos invitados. Lo animé a levantarse, debí salir sin levantarlos, busqué alimentos, feed animals in the zoo me dije.



   El vidrio impedía que la ráfaga bajo ese sol de las dos de la tarde que anunciaba el comienzo del brutal verano tocara el interior del vehículo. Además del anuncio se venían los días breves de cerveza y de luz maldita e interminable. El golpe de esa ráfaga sobre los vidrios levantados, con el volante y el radio y las revistas protegidas debió activar una alarma. Intenté apagarla con el control. Cerré la ventana, la habitación parecía tragarse o ser a prueba de ruidos. Otro sonido me impidió seguir la línea trazada por mi rutina de meditación. Entonces observé el complejo de autos y la lámina de polvo que cubría sus latas, frases hermosas como lávame, o Víctor ama a Gustave se fueron para decirle adiós a todo intento de cultura A. Cerré la cortina y esperé, consulté el reloj, diablos dije, para entonces era un bulto frente a las caricaturas de viejo Tom Tom.
Las paredes no disimulaban su reciente reconstrucción, cómo iban hacerlo, pobresitas me dije. La habitación me recordaba a un estudio en Morón. Desde cualquier posición aparecían líneas que  perforaban columnas formando ángulos. Fuera de la habitación sonaron los pasos de una mucama, aunque creo que eran pies de chicas y no de gerentes o inversionistas, mucamas blandiendo almohadas, con cinturones llenos de llaves. Escuché a varios hospedantes asegurar las puertas. Marqué a recepción, habitación 37 dije. Sobre la mesa había un llavero con un número 37 casi borrado. Encendí el televisor. Al cerrar la cortina creí ver a alguien sentado. ¿En qué momento corrí la cortina? Me dije. Desde la ventana del hotel volví al otro lado del mundo, vi una serie de piscinas llena de bañistas. En televisión pasaban un partido de pool. Cambie al veinte y tres pero volví al cuatro, toc toc hizo la mucama, esperé que usara la llave.


No quise ver. Lo intuía, ya era el centro.

   Andreas, alias Flea, en unos minutos colgará de una plataforma a doscientos metros de altura. Es el tercer salto de Flea, un nuevo record para la prensa. Flea lo sabe, también luce seguro, se da tiempo entre salto y salto, incluso bromea con un arnés suelto. Sólo este número, el del salto desde la plataforma, llenaría la carpa y la capilla.
   Taquilla agotada. Se venden entradas por adelantado. Hay funciones programadas, no tocaremos el suelo en un mes dicen con lágrimas los artistas.
   Richard o Mig 21 como lo llaman desde su despegue, necesita solo un fósforo para iniciar su acto. Son exactos 9 minutos, minutos que parecen meses, meses cálidos, para renovar la fe puesta en el fuego. En nueve minutos el acto de Mig 21 resume el origen, el desarrollo, la cima y la desintegración de nuestro universo, de ese universo que cabe en una aguja y en una mecha de cartón. La pólvora y la magia se apagan justo al amanecer, momento justo me digo para recomendar El Rojo, lugar al que siempre serás bienvenido dice Flea y lo veo de cabeza, ya olvidándose de sus pies.  
   Un escarabajo es recargado junto a la toma de la planta a gas. El truco más complicado, aquel de los quince payasos adultos que se autoalumbran del interior de uno esos pequeños autos, quince payasos de tamaño adulto además del conductor aún es un secreto. Secreto payaso me dice un payaso. Los payasos son el grupo más antiguo del circo, incluso por encima de Atlas, incluso antes que yo, me cuenta el Hombre elefante. Algunos trapecistas fueron payasos, los más jóvenes se echaron par merengues hechos por Doris la sin piel. La logia payaso dice, está bien inmersa en el poder, tenemos los payasos ortodoxos que suelen llevar su propio cubierto a las ceremonias de unión, en la lógica de los medios todo guión pasa por la lentilla de uno de ellos, están en el gobierno, es decir, lo han refundado; cuenta la leyenda que cada vez que un payaso muere un terremoto azota un pueblo. Veo al hombre elefante resoplar su larga trompa como quien discute, como si a la vez me advirtiera lo que me hace pensar que acabo de meterme en líos. Los 16 payasos detrás de la plataforma practican el número del escarabajo. Yo me animo pero no tomo fotos.
   El número erótico de Michelle supone su muerte y su improbable resucitación. Michelle mide casi dos metros, metros de flesh sobre flesh pienso. Muerte más sexo sigue siendo la fórmula ganadora digo y Michelle me observa desde la foto de su cartel, imagino que guiña uno de sus ojos. Michelle vende su thriller añadiendo un melodrama: su cuerpo en peligro y necesitado de todos los héroes para salvarla del mal imposible de no llegar al desayuno en la mesa del Foyer. Dicen que Michelle guardas los apéndices de todos sus amantes, héroes que han pretendido el rescate. La miro, entre serio y desconfiado, le tomo una instantánea, le pido que me deje abrir sus manos, ella accede.
   El regreso de Olga también promociona el cartel: Cada circo tiene su mito, abra los ojos ante la voz de Olga. Las manos de Michelle son en realidad las manos que perdieron los mancos, el circo tiene tintes de mito digo, Olga nos mira sobre una pantera, domada me pregunto, y bajo pliegues y arrugas comprendo, siento todo el cansancio.
El circo lleva su programación al país del centro.


  El ipod repetía una canción desconocida de Sumo: No te creo.
   En otras épocas, la cama solía tener dos y hasta tres juegos de mantas. Sábanas, edredones, colchas, vicuñas. La cama alta, amplia, sostieniendo cuatro o cinco almohadones, grandes, voluminosos como una tortuga. Además, el colchón de resortes, silencioso, ya amaestrado para no permitir un solo sonido. La habitación completa, el colchón, las almohadas, objetos bañados por una luz como en un desierto, escena para la portada de un disco que pudo ser de Tori Amos.
   Hoy la cama es un colchón de esponjas amarillas tirado u olvidado sobre el piso. El parlante, conectado al reproductor decora de alguna manera la escena, digamos que le da un carácter de sencillez o más bien de simpleza. Lejos quedaron las alfombras, los almohadones, el edredón polar, ahora, más bien la dureza del suelo de mármol, las hojas dobles de periódicos que sirven para no tocar el suelo, las pijamas rotas, una vieja spalding, decoración que vive en algunas de las esquinas de ese agujero dentro de otro agujero.
   Del parlante sigue saliendo Sumo, disco de 1985, y el año que marca el Daily News del día, es 2015. Andrea Sanz enciende otro marlboro y la envoltura de goma le advierte que ya le quedan solo seis unidades, -¿buscar proveedor?- aparece sobre la pantalla. Andrea hace una mueca más parecida a la montaña de colillas que tiene sobre la banqueta, junto a la peinadora y los periódicos. La pared del costado izquierdo, junto al aparato televisor sigue manchada como si el incendio hubiera sucedido hace pocos días. Andrea lleva dos semanas sin salir ni dejar que entren a su apartamento y la humedad como dueña se ha prolongado por los techos, por las tuberías, incluso ha tomado por suyo el interior del refrigerador donde quedan semillas secas y frutos deshidratados. Paulo intenta varias llamadas a la puerta pero Andrea lo mantiene a raya, -No te creo- repite.
   Debajo de la esponja hay compactos pegados como gomas a un suela y como cera a un plato; las cajas de plástico se confunden entre los folletos y las fotos de agencia y los íconos de diseñador, todos juntos hacen una pasta plateada, una masa inodora, quizá en otro época y fue un grandes éxitos. Es octubre, del parlante sale un tema: amo dejarte así.



Ella mira de costado, su rostro se recorta dentro de un espejo redondo, quiero ayudarla pero ella ya domina estos locos artefactos. Se detiene sobre su rostro como una lupa sobre un mapa, estudia cada reflejo hasta cuando adquieren su propio pulso. Hay desórdenes, la clave es el pincel. También saber hacer lo suyo con las tijeras, para ello se ayuda de un jabón blanco, agua caliente mientras tararea un tema.
La piel se ha poblado de heridas. Su cabeza es un animal en busca de alimento, gira, intenta y logra crear tensión. Las esquinas de mi imagen muestran tras de sí partes de la habitación: almohadas sobre la cama, el vestido y la caja de zapatos, su cabello que ha diferencia del nuestro es una llama, uno de esos temas compuestos en los años setentas, luces como el algodón quiero decirle, ella sigue en sus letras, mientras sus dedos parecen mover mis huesos, sobre la punta de sus labios, entre esa lluvia de rulos y canas y las toneladas de arrugas. 45 grados después, de su derecha a mi cuello, ella mira satisfecha.
   Hoy, que lucimos mejor que nunca, debemos salir en disfraces. Yo calzaré mis zapatillas de goma y la gorra con la vicera a un lado digo, sus aplausos me motivan a desvestirme sin prisas. Ella pinta unas cejas exageradas, bajo una peluca hecha con cabellos de oro eléctricos y sobre un vestido corto de cuero negro. Vestido+cuero+peluca+cejas = porcelana desenterrada de oriente sobre tacos rojos, altos, firmes como dos estacas, digo o quizás quise decir. Solo nos faltan las gafas, el llavero de Scooby doo que ella colocará en su bolso, el revólver, dos monedas de 100 pesos, la maldita cruz del sur sobre nuestro pecho y colocar los celulares en silencio. Entonces, giraremos frente al reflejo, detendremos el tránsito, daremos una o dos direcciones, es mejor así digo, mejor y bueno para qué pregunto.



   Sobre la superficie miro dibujada redonda la figura del sol. Las personas que descansan alrededor llevan lentes oscuros, trajes brillantes, lentillas para mirar debajo, para nadar con los ojos abiertos. Sobre el agua flotan varios niños en boyas y en juguetes inflables, grandes como tortugas y otros como leones marinos. Un hombre flota sobre un colchón mientras su piel enrojece, -acá mamá, mamá- grita una niña desde el trampolín, mientras su padre o quien la cuida masajea los hombros de una mujer con pecas rojas en el pecho y en la espalda. Un camarero con el cabello peinado hacia atrás, equilibra su charola entre los niños que corren, entre los niños que se empujan hasta dar con el agua. Su rostro sugiere una acostumbrada determinación y la manera en que esquiva a los niños parece dar cuenta de una estudiada paciencia. Quizás el camarero se ve a sí mismo sumergido con el uniforme o sentado en posición de yoga, una flor de loto con el tallo bajo el agua y sobre la superficie de la misma, como una flor que flota descalza y sentada.

   Él observa todo desde el balcón, desde aquí cuento cinco pisos de altura, un turista en su habitación pienso. Él lleva dos días dentro, las pruebas determinan encierro, salvaje y brutal ausencia de cualquier estación. En el suelo veo cenizas, fotografías quemadas, además de los respectivos cristales y demasiado polvo. El teléfono, un aparato grande como un armadillo ya no recibe ni realiza llamadas, además parece tener cola, un pedazo de cable rojo de pocos centímetros. Él toma asiento, habla para sí mismo, hace zapping, en la televisión un hombre hace un salto desde el décimo piso de un edificio y mientras cae agita su miembro que como trompa de elefante sube y baja mientras la silueta mantiene el resto de sus músculos estáticos. Ahora él se inclina sobre la pared que lo separa del espacio en blanco y del piso que le han rentado. Luego lo veo llorar como un chico. Patalea, escucho su respiración aun cuando corre debajo de la mesa, como si respirara arena, como si el aire estuviera hecho con virutas.

   En la piscina la niña nada, practica varias inmersiones, flota, sonríe al ver un flash. Al fondo, tras las ramas, a una distancia que parece insalvable, se dibuja una línea recta, sin obstáculos, perfecta, firme. Al fondo, del otro lado, como en un espejismo el mar, blanco, el líquido o un universo plano.

   Como son las cosas. A Juan Fernández Rosas lo conocí un 19 de enero, día conocido también como de la Bandera Nacional. Nuestras diferencias se borraron con brevedad en el intercambio de aficiones. Al igual que a mí, a Fernández le gustaba coleccionar a manera de experto las revistas deportivas Ases, publicaciones de frecuencia quincenal. En la guerra, las revistas Ases descansaban sobre una mesa en el salón de los oficiales, mientras, los soldados, derribaban  helicópteros y a otros monos.
   A Fernández le parecía que la Morsa Cisneros derribaría incluso a un caballo. Para mí Cisneros era buen boxeador pero sentía más afinidad por El cura Cantos. La Morsa era el tipo de boxeador conocido en la profesión como Punchface, boxeador dotado de aguante más que de fuerza.
   -Una vez más me había equivocado, dije como quien ha perdido toda la fe y además velando su desinterés. Luego del conteo respectivo Fernández y yo fuimos a un bar antes de pasar la noche juntos.
   En la tropa, Fernández era bastante estimado, no pocas veces fue invitado a cenas en los altos círculos, cenas que no eran frecuentes pero tampoco bajaban de una por semana. Esa facilidad que tenía para desenvolverse con los oficiales nunca fue un impedimento, de hecho ya habíamos profundizado. Cuando hablábamos de la importancia de mantener nuestras inclinaciones en secreto, lo hacíamos comprendiendo lo fácil que sería llegar al peleado retiro. Reíamos, jurábamos mantener (llevábamos ya tres años), nuestra relación en ese bajo perfil.
   Como decía, en la tropa muchos estimaban a Fernández, a mí tal vez no, pero he aprendido a convivir con personas parecidas, a las cuales al igual que yo, les llueven más las denuncias que los piropos. Fernández era un pan para la tropa menos para Grandes. Lorenzo Grandes tenía una antigüedad superior a la nuestra, además de un olfato para saltar los problemas por el que lo llamaban ZZ. Algún negocio ilícito tuvo ya que era constante verlo acosado por civiles y sus familias, aunque puede ser otro el motivo. En fin, a Grandes lo queríamos muerto. Grandes fue un estorbo. Lo hicimos ambos, en la misma cama pero sin sus menores a los que les dimos haciendo el trabajo. Zancudos- gritó Grandes, yo tenía mi pecho sobre su espalda, -zancudos volvió a repetir justo antes de que Fernández le abriera el pecho. Aún me pregunto si la segunda Z sería por su pueblo de procedencia.
   En la residencia la vida suele ser diáfana más aún, como cubierta por una cortina de sudor, que la magnifica. Hay noches en que vomitamos y rezamos al mismo tiempo. Por las noches, en medio de una oscuridad parecida al fondo de una maleta de lona, lo más común, ya sea de frente, o de costado, es sentir la presencia de generaciones y árboles familiares. No solo le pasa a los soldados, todos, imaginémonos un montón de hombres abrazados, hablamos solos, hablamos de cuchillos, de padres, de deudas, de rostros hinchados, parecería que los mismos hombres además de abrazados estuviéramos solos, y tristes y culpables. La culpa, el oro católico, expresado por un conjunto de soldados y comandos, por nuestros fusiles, por nuestros reflejos.
Björk nos mira desde un semáforo, es ella aunque quizás todo dependa del semáforo. La ciudad jadea, las veredas soportan un cemento negro y las pisadas, miles de pies, que terminan en avenidas que como bocas vomitan más pies. -Una idea compleja repito, más para convencerlos que para disculparme. De manera incrédula pienso en el cartel, y las esquinas y los números en rojo de aquel reloj que sido testigo. Nos vemos en la quinta dicen mientras veo sus pies entrar al ascensor. Al salir tomo una gaseosa, además del hedor incluso dentro del auto.
   El boxeador me golpea con toda su fuerza. Apenas el segundo asalto. Me quedo con ganas, el box es más fuerte que todos los golpes me repito. Suplico que pueda volver a saltar sobre ese animal, soy un bárbaro me digo, también poseo la fuerza monocorde. Entonces intencionalmente me hago el cansado, por supuesto dejo que el público pifie, me levanto y caigo, vamos por carne gritan, me amisto con el conteo, cuatro… cinco, llegará el seis, caeré con violencia, llegará el ocho, dejaré que él crea, descanso,será su nombre, aplastados por una nueva ovación.
   El boxeador levanta los brazos, puedo verlo iniciar su mañana, brazos que remueven escombros. Una habitación donde las cosas ocupan la porción exacta; un laberinto contra expertos; mi fortaleza: ser sustancia. El boxeador es un tren, yo, materia, yo vapor.
   Vuelvo al round. Me detengo, veo su confusión. El round un evangelio: la fe que lo levanta es la fe que me acoraza. Como un motor acelero los golpes: clavos. Él es un romano, yo también llevo el grial de madera hecho por mi Padre, he sido Fausto y por supuesto seré Jor El. Él rumia, fuera ruegan. La Loca mancha el cuadrilátero. Caigo. En cámara lenta bajo los gritos de un monstruo parecido al mar. Hay niños, hay flashes. Entonces propongo balbuceos. El boxeador prefiere hacerlo pronto, se sueña en casa, enciende un líder, tira para la superficie, es un pez vertical bajo la ducha. Pronto es ahora. Su grasa es como plomo, hay recuerdos, peso, látigos.
   El boxeador me reconoce. Björk no está más y si mira ha preferido la ceguera, con las manos que le quitan el rostro. La calle ahora vomita mis dientes. Aprende a no dormir repiten. Al llegar a ocho sucede, el boxeador me mira con rabia, intenta bajar los puños, yo amago dejar cerca el rostro.


   Al mirar por la ventanilla (una línea recta de orificios) Andrés pensó en casa. Volvió a mirar, esta vez entrecerrando los ojos y pudo ver un puñado de nubes. De la casa nada. Aquella construcción de ladrillos e higos, Andrés estaba seguro, no viajaba colgada de una cuerda a la cola del avión. Incluso miró por tercera vez.
   La primera escala sucedió después de doce horas.
   Antes de dormir Andrés miró nuevamente la ventanilla. Como en un comercial, las nubes cobraron protagonismo dentro de ese cuadro o pantalla falsa de televisión. Como en la televisión, la ventanilla transmitía spots o comerciales donde el producto estrella estaba hecho de nubes: Desayune con nubes con Maya Dana Nube, panelista invitado el experto en nubes, Hanz Greger Nubes. Tema de la mañana: El impacto actual de la nube. En tevenube, canal aliado de nuevenubes, Nubes para la diabetes, Nubes para los huesos, Nubes para la presión, Nubes para la anemia, Nubes para controlar el peso, Nubes para mejorar la postura, Nubes a precio de nubes anunciaba un publireportaje con testimonios reales de personas que sufren de mal de nubes o de insuficienca de nubes, de desnubificación, de rhnube, de cáncer a las nubes, de nube graso, de postnube y nubismo. El nubismo resaltaba cuidado pues nubla la memoria. Jabón de nubes, Nubes todos los nubes, Bugs Nubes, Nubes, solo en cines, Municipio de nubes, el avance de su serie Nubes, La Nube, que dejaba el paso a otras nubes menos producidas o de mayor duración. Andrés dormido soñó con nubes; nubes que ya no eran nubes, nubes resentidas, nubes como hilos, nubes renegadas, traidoras, nubes cansadas de ser nubes, nubes que gritaban a otras nubes, nubes en guerra con las mismas nubes. Cuando Andrés despertó miró gruesas gotas sobre su ventanilla.
La segunda escala se hizo en ciudad Masoq.
   Él gritaba. Ingraid, con las manos sobre el teclado se dio un descanso. Ella, pensó y de inmediato se encontró a solas. Luego de varios intentos, a la habitación, que además era un estudio para actores, la inundó el sol que no terminaba de quedarse ni de irse.
   Él sin querer se encuentra recordando sus días sobre las tablas. Se observa a sí mismo pero más chico en el momento de realizar uno o dos movimientos. Momento de memorizarlos. Además de los cuerpos, además del coreógrafo y las bailarinas, sobre el escenario hay niños disfrazados de árboles con brazos. Ingraid cruza la habitación. Él mira la calle desde el balcón.
   Ella intenta no pensar. En su mente le corre a cada imagen, -más rápida que todas las ranas juntas se dice. Piensa en un semáforo, en una almohada, entonces se ve a sí misma dormida, -pero los sueños no son tan definidos se repite, entonces ella respira, atrapa el aire, luego se acerca junto a él, deja que la mire, cierra los ojos, los aprieta, se agota.
   Ingraid enciende un cigarro. Pronuncia un breve insulto, nadie la escucha piensa, pero lo hace con la seguridad de quien está entre conocidos. Hay dentro de su boca palabras trabadas, pronuncia Orco, Puentes, Gitanes. Luego prueba a repetir Orco Gitano, Coro Gitano y ríe sin pronunciar las siguientes posibilidades. Repite –Gitanes- mientras mastica un palmo de cigarro. Ingraid se aleja de la puerta. Del otro lado un automóvil deja una cola de humo y polvo. Ingraid los cruza por delante, los ve cansados, inicia un tema en el piano, algo en lo que ha venido pensando.

   Lucika baila con los ojos cerrados. Lucika prefiere las películas con Bruce Willis. Lucika lleva una falda jean, el cabello mojado. Lucika mueve el culo, el coro dice -a mover el coolo-.
   Lucika pone a un lado las ojotas y sin abrir los ojos me hace girar sobre mis propios pasos. Lucika baila mejor al twist, mejor incluso que Loretta. Loretta baila con los ojos abiertos. Las gafas no impiden ver sus ojos que hurgan, como espía, como agente. Los ojos descubiertos. Loretta tiene ojos azules, de esos que cambian el tono según la luz o según el ánimo del dueño. Loretta siempre usa gafas; esta noche lleva un par de anteojos a lo Jean Pierre Melville. Loretta trae un bolso ceñido a su cuerpo. Loretta es cara, Lucika es cuerpo.
   Por la mañana bebemos. No sé quién me ha despertado,         -gracias- digo, así las veo más tiempo. Michele toma fotografías de Alexa sentada sobre una silla de plástico. No veo a Loretta. Alexa toma el encendedor, Alexa juega a encender la basura que encuentra sobre la mesa. Alexa quiere conocer al bombero, pienso. Alexa enciende un marlboro. Sobre la mesa hay marihuana y una caja roja de zapatos. A Michele le urge obsequiarnos fotos de todos antes de volver a Flandes, ¿Michele como Gondry?, o ¿Michelle my Michelle? Dice Georgie. -Tuya, tuya, tuya- intenta decir no sin hacer aspavientos. Paulo y Andrés nos saludan mientras juegan a tirarse del trampolín, -uno, dos, tres gritan, ambos levantan la espuma, la espuma en sus cuerpos, la quilmes tras un rostro, rostro que a esta hora del día intenta lucir compuesto o como -todo bien- repite Loretta, que nos mira a todos de perfil, Loretta que acaba de sentarse sobre sus lentes obsequio de Kim Novak. Paulo juega a sumergirse mientras Andrés flota con la cara pegada al sol. -Deberías quitarte las gafas dice Alexa, Alexa la experta pienso, después de tirar una bocanada. Pienso también en Quito: el humo se hace humo. Desde mi posición puedo ver que Alexa sonríe, Alexa no es un niño me digo. Loretta hace muecas. Alexa me guiña el ojo. Sonrío. Loretta, sus ojos y también Loretta bajo esta luz tienen un color celeste, casi blanco. De un bolso sus manos sacan un par de anteojos que en el rostro de Alexa surte un efecto de dibujo animado, quizás de una Betty Marble. Michele suspira –Laagheid mientras muestra instantáneas de nuestro desayuno. -Alexa, Alexa Marble digo. Alexa intenta quitarse las gafas, Loretta se lo impide, -Kurt, por favor Kurt, por favor- repite.

   Su exactitud es la de un sniper me digo. Al darme vuelta, vi que su rostro como el de un anciano, había estado ahí desde siempre, peor aún me dije, ese rostro será testigo de mi desaparición. Anna, quien prefiere no ser parte de nuestras discusiones, miraba de reojo y en silencio con sus pómulos rosados  y enrojecidos. Por la manera en que se mantenía de pie daba la sensación de estar a punto de correr o en la mitad de un baile en un salón nocturno de una ciudad turística a la que habíamos llegado por un camino borrado o por la ausencia de un mapa, mapa que por lo pronto ella buscaba en mis ojos con la furia de un animal golpeado, la boca desencajada y una mueca, mueca que creí pretendía ser una risa. Anna nos tomó por sorpresa; algo dijo y ante esa nueva posición descubrí que me impresionaba cada día más el carácter de Anna, chica a quien creí construir mientras la describía en mis cuentos. Luego vi a mi hermano abandonar la habitación.
   Al día siguiente tomamos el desayuno. En casa se podían escuchar los ladridos de Leo, quien por supuesto era el primero en despertarse, al pulso de los comerciantes. El desayuno se alargaba hasta casi el medio día y consistía en las sobras del día anterior. Anna parecía hambrienta, tomó jugo, comió huevos, miel, queso, jamón y varias porciones de pan recalentado con azúcar y mantequilla. Leo, a pesar de ser un schnauzer, un perro pequeño, ladraba como si un día hubiera sido un labrador, un perro gigante, al que le cambiaron de cuerpo o al que con el paso del tiempo el cuerpo se le achicó. Yo hago un esfuerzo sobrehumano para tomarme el jugo, y las naranjas y la glucosa y el ácido. Afuera hay sol.

 
Nada era importante, osea,
a todo le decía que sí.

   Igor es un dibujo animado. Pero Andrés acaba de conocer a uno que no lo es y también lo es. Este Igor es seriamente parecido al personaje que Andrés había visto en teve. La imagen que él había elaborado a base de cartoons y personajes de las secciones secundarias de los diarios era la de un hombre adulto, treinta, quizás más, detalles visibles en su rostro que apenas sugerían un promedio, de contextura gruesa, o sea, un cuerpo gordo, entre atlético y pasado de libras, como el de un boxeador que ha dejado de entrenar pero que no ha perdido el empaque por los años de levantar pesas y golpear sacos. Este Igor que Andrés solo había imaginado además de grueso era también alto como un mandril, con los brazos colgados a cada lado del cuerpo columpiándolos como si llevara una soga en sus manos y como balanceando el cuerpo, como si el caminar y mover toda esa grasa fuera para él un trabajo arduo, al que se ha ido acoplando o quizás también resignando, algo pensaba Andrés, que en sus continuos descansos, entre levantar una caja y tomar gaseosa de naranja, deja o dejaba entrever otra vida o un inevitable cansancio.
   Este Igor que caminaba frente a Andrés se parecía demasiado a la imagen del hombre gordo, lento y calvo que había visto en algún programa de televisión. Era exacto, un tipo gordo, alto, de cabeza rapada pero alejado a cualquier determinación o prejuicio, es decir, un prototipo de hombre, prototipo se repitió Andrés. El hilo de su voz también era desproporcionado, no coincidía al tamaño desproporcionado de bárbaro que vagaba a través de la fábrica con un balde de trapear en la mano; antes de grave y determinado, es decir, antes de procurar regalar seguridad, o en todo caso incomodar al oyente, tenía más bien una graduación que resultaba en una voz inofensiva, es decir, sus palabras pasaban desapercibidas. Igor, en todo caso, parecía haber preferido mantenerse callado cuando las charlas con los jefes o los más viejos de la fábrica ahogaban los mismos ruidos de las maquinarias, ahí entre otros hombres recién entrados para trabajar el piso, Igor era un tipo silencioso, lo que no es lo mismo que tranquilo. En una ocasión Andrés doblaba el turno y mientras descansaba gitane en mano, gitane que le provocaba un placer cercano al de dormirse fugazmente en un baño turco, Andrés observó como Igor descargaba una serie de jabs contra un viejo saco de aserrín, saco parchado con cuerinas de colores. Ese Igor, de voz aguda como pasada por un hilo de teléfono a través de una emisora de amplitud modulada, de cuerpo grueso y movimientos lentos con la cabeza rapada, quizá por medicación o tratamiento capilar, parecido en todo caso al Igor de las series de televisión donde Igor es un extranjero tonto al que todos usan como chivo o al que cruelmente todos usan de broma cuando la tarde parece una esponja salada y grasosa, ese Igor es ahora a quien Andrés estrecha la mano en señal de admiración ya que parece ser el único en la fábrica que soporta de alguna manera, con su voz como un eco fino salido de una zapatería rancia de provincia las bromas del recién llegado Andrés. Eso parece como en los cartoons.



   Lo primero, siempre lo primero se repite. Él toma una carpeta, busca una birome, mira sobre la mesa, sobre la carpeta. Piensa en un tema, el desarrollo del mismo y sus motivos se dice acompañado de sus razones y un puñado de pruebas. En ese ritmo se inclina a borrar, cerrar paréntesis. Los abre, al igual que a sus archivos, de los cuales saca nombres -que han sido ya varias bajas- se dice. Él estornuda, aquel impulso parece despertar leguas de mar sobre la mesa de trabajo, entonces el cuello, las vértebras, sucede un alargarse como siendo parte de un dragón que bosteza, entonces su boca y la manga y el brazo cubierto por el saco.
   Mientras decide escribir hace varios repasos. Autores bondadosos, autores desertores, la bondad de desertar se dice. Piensa en Fernández, lo pronuncia sin tildar, piensa en Escobedo, sobre todo piensa en la frase la rima fuera de lugar, piensa en Murakami, -trabando, trabado, tragando-, piensa en Archimboldi. Naturalmente he colgado la geometría diría en una imaginaria entrevista que contiene a un Archimboldi al cual mira con abrigo y cabello cano.
   Intenta un párrafo protagonizado por villanos: La lluvia cae con fuerza, ruido que lo motiva a cambiar de estación, entonces una radionovela o un comercial para recién llegados: Ciudad moderna, sueños tomados de alguna madrugada tropical. En su mayoría mansiones, el siglo que nunca será vencido. Se confunden, mitad de cemento, mitad con vidrios. Insomnes, luna envuelta en tungsteno. Observar desde casa, llevar velas y llaves, cargar la bolsa plástica, escoba, siguiente candado, dos vueltas de cadena. Vida de memoria. Envejecer en la pila junto a cada pez.
   El gato descansa. Él prueba a girar el dial: Es probable,  visita cuando cumplas quinientos. Guerra de parques. Estatuas y palomas cagadas cagando piojos, la rama y la trompeta, semáforo-calle-cono, un submarino hundido al que le pueblan algas, música de cabaret para peces. Bajo la premisa la catedral de Llosa fotocopiado, cientos de adictos masticando la carne de Houellebecq, rezando tras la quimio para Viterbo, agujas bajo el brazo y dentro de una caja llena de fósforos, la consigna: desconfiar, hundir los barcos, hacer del mar un hueco más oscuro, sobrevivientes quienes en el fondo harán boom. Sobre lomos los premiados con dinamita, acelerar a veinticinco nobeles de fuerza, los libros a flote, la profundidad, el abismos, Cronm, repita con nosotros, Cronm, la ciénega, el zumbido, pueblo de los hombres gordos, un destino, Cronm, toneladas de sal. Abajo, señales de sendero turístico, perderse, serán las dudas, abajo, a lo lejos, en apariencia El Extranjero.
   -Aléjate escribe él que dice ella. Ella en pantalla, decide ubicarlos en su taller. La habitación llena de bultos, futuro o fin del viaje. Afuera la lluvia, -acércate escribe él que pide ella.
   Él apaga la radio. La mira, decide que bien podría bastar su vida para un secuestro. Se detiene en su rostro. Le esconde los ojos, -recuerda- dice ella, -mis opciones dice él. Ambos pierden tiempo en nombrar sus manos, sus carnes, la cama, cristal- pierna-alfombra repiten al unísono. Ambos sostienen las miradas bajo el cielo gris en medio de aquella nube.
   En su relato y en vivo él se sienta frente a ella. La mesa y las cortinas visten rojo. Ella y él también visten de rojo, ambos, como cubiertos con el mantel. Sobre la mesa hay café, pan de yema, arrope de mora y un queso amarillo del tamaño de un plato. Eso en el relato. En la definitiva, en carne, ambos toman chocolate mezclado con unas gotas de ron.
   -Muy bueno el café dice él, -muy bueno- sirviéndose otra taza. Ella, que aún no ha tomado asiento, trae a Lautaro, le da mimos en el cuerpo y en la barriga y en las patas.
   -Miaur, Miaur-
   En sus manos el gato parece decir -voy, tú trae sal. Andrés mira desde la puerta, ella carga a Lautaro, miaur, miaur. Él escribe una aventura para Lautaro, donde hay lluvia o tormenta y una casa con las ventanas cerradas. Los cuatro logran hacer sobremesa, debo dejar una entrada dice él. Ella bebe una infusión.


   Ella apura la subida al vagón. Él, antes de sentarse la mira de reojo, y con un gesto la invita a acercarse. Ella dobla su abrigo, lo coloca sobre sus piernas y en silencio apoya su cabeza sobre el hombro de él. El metro parte y en teoría el viaje no debería tomar más de quince minutos. Él enchufa un auricular en el oído derecho de ella mientras conecta el auricular más corto en su oído derecho también. El vagón antiguo y hecho de madera se agita a cada lado en intensas sacudidas sobre todo cuando el metro alcanza cierta velocidad, cuando llega al clímax permitido entre una y otra estación. Ni ella ni él se mueven aunque él de vez en cuando nota la mirada de una mujer adulta, una mujer de unos cincuenta años. La estación próxima se llama Piedras, un letrero hecho de porcelana indica las escaleras de salida.

   Lima anuncia la voz en el parlante, pero al no haber conexión el metro pasa de largo, lleva un fuerte impulso e incluso parecería querer mostrar el buen estado de la máquina. Él consulta su reloj, imagina la fila, los asientos, el silencio y la primera escena. Como si ella lo estuviera escuchando o mirando las mismas imágenes dice para calmarlo que nos queda la función de las cinco y media. Él piensa en la librería. El metro se detiene en la estación Rivadavia donde se baja la mujer adulta, balbucea algo que apenas sirve para descifrar. -Entonces de una a los boletos dice él.
   Las estaciones Gardel y Abasto se suceden inmediatamente, como en un comercial. Luego ellos se encuentran fuera, quemados por una patada del viento. Ella desdobla su abrigo mientras él coloca el paraguas bajo su brazo. Él, la mira antes de ayudarla a colocarse el abrigo y ella, se toma su tiempo hasta sacar la bufanda de la mochila. -Está noche tormenta- repite un periodista y a él, ese hombre de la televisión le recuerda a programas que nunca más repitieron. De pie sobre la escalera eléctrica, él, recibe una descarga, con la rapidez de una luz de flash, dura, como un taladro que perfora un nervio, en lapsos rápidos y repetitivos y también como golpes pesados como un martillo.
   Mientras ella le hace preguntas y él intenta recobrar el sentido, sobre un plato transparente, un postre de tres leches es decorado con caramelo.

Ella dijo amor mío, mientras, yo veía sus espaldas mientras ella volvía a su trabajo a sus tareas de compositora. A qué venía esa declaración de incondicionalidad me pregunté. No recordaba haber tratado temas profundos, más bien tenía cercanas sus palabras favoritas, entre sus delicadas maneras ella se refería a mí como inútil, madrugadas en que me despertaba con un lávate los dientes, ve a comer algo decía antes de que tenga despierto el apetito, bueno, más que palabras frases, más que frases órdenes directas que me habían dejado boca abajo con la cara rota y cientos de dientes corriendo alrededor de la alfombra como niños en un parque persiguiendo conejitos decapitados.
Al reordenar mis ideas la busco nuevamente y la encuentro de espaldas a mí, retocando unas fotografías (esa es la última imagen que poseo de ella me repito para volver a repetir en caso de que alguien pregunte) antes de dar media vuelta (momento que aprovecho para levantarme y dejándola dejarla), mientras ella pronuncia palabras sueltas y el ipod reproduce Washer,    canción de la banda Slint que como sacada de una película acompañará mi huida y mis posteriores abandonos, me digo.
   Ya en la calle encendí un cigarro, miré el horizonte, aquella línea de concreto y escuché el sonido de cada uno de mis pasos. Habían pasado casi tres años desde la última vez que caminaba sola, así con una mochila a mis espaldas y sin el compromiso de tener que parecer interesada o amarrada a algo, -sin abismos reflexioné. Fue extraño, en cada cuadra encontré hombres que me obsequiaban flores. A mí las flores me gustan, es más, dije, hoy decido tener una casa con jardines.
 
   Las uñas golpeaban su rostro. Letargo. Esquirlas. Búnker de músculos frente a la puerta bloqueada. ¡Desayuno!, posible hombre amarillo dije, huelga de jamón, primero la ducha, vivir dos segundos hambrientos me dijo.
   Afuera, en los parqueaderos, la lluvia había lavado los autos desde la madrugada, es posible dije, puede que dure toda la mañana. Vimos gente armada con sombrillas, gente uniformada que recibe a gente en shorts. Los deportes de verano han sido reducidos a una mesa plástica, a dos palmeras, a una hamaca y un set 6-6, vía Aerodigital. Café pensamos sin abrir la boca, para mirar hamacas en la tevé. Mamíferos sueltos somos diría cualquier hombre en pijamas, desatados los veo desde mi cancha, ellos meten sus narices, comen deprisa con las cuatro patas. Perros, húmedos, desinflados, buscan qué morder entre las sobras. Caninos desplazados en grupos. Tras de ellos, en un parqueadero sucede un partido de fútbol sobre un suelo inmaculadamente amarillo. A pesar del clima los fans alientan al equipo.
   Él, que ahora descansa con el cuerpo desnudo, sentado sobre un sofá negro, duerme o pretende que así lo hace, aunque de vez en cuando suelta sonidos que quieren parecer un ronquido. Ella, que continúa sobre la cama, disfruta de verlo acostado aunque recuerda estar molesta y decide cambiar el lugar su mirada. Además con su mano explora entre sus piernas como un hombre vertical que bucea con gafas. De no ser por el sonido mínimo que sale de entre sus labios y los imposibles ronquidos de él, ambos, ella y él, escucharían el rumor de bar que se filtra por los pasillos de ese edificio lleno de espejos, gradas y peceras. Rumores de gente masticando camarones, sorbiendo gaseosas, mezclando café y ron dentro de pequeñas tazas blancas de porcelana con pequeñas cucharas doradas como las que reposan sobre una bandeja con ruedas junto a una porción de sandía y un hueso de aceituna que recorre el salón haciendo hic, hic. Escucharían la banda de jazz, abundante en vientos, formación de Big Band, al jefe de meseros despachando un universo de instrucciones, delegando gente para cada mesa, para cada familia, a unos niños masticando su primer pulpo y a su padre intentando recordar el nombre de aquella onomástica canción. También escucharían los naipes de una partida estática de rumi si no fuera por el voltaje de un televisor dentro de la garita del guardia que cuida a los pasantes. Ese ruido recuerda viajes llenos de sal, pantanos, cuevas, fotografías, un hombre haciendo equilibrio, unos labios quebrados por el fondo del mar. La televisión cubre esas imágenes y en ese momento él decide dormir de verdad. Entonces para dormirse canta una canción pasada de moda, ella, viéndolo del otro lado, lo invita a él a besarla, antes le cubre el cuerpo con una toalla. Ambos en la sombra miran sus rostros, tienen surcos en sus caras.
   Pink Floyd se pega a las paredes y baja luego por ellas derretido, como si su sonido fuera un montón de gelatina. Una mano rosada y pecosa maneja la perilla levantando y callando de golpe los aullidos prolongados durante la reproducción de Carefull with that axe. Frente a nosotros Eugene y Pinky se toman de los brazos y de las piernas hasta estirarse y alcanzar varios kilómetros de altura. Luego sus dos cuerpos que ahora forman un árbol parecen doblarse en un espiral de raíces y luces fluorescentes hacia el centro de la habitación, habitación que además se halla atravesada por ecos, como remolinos o como tormentas, alrededor de aquella elevación, apoderándose pienso, de lo que nos queda de espacio.  
   George, que ahora es un ave, toma con su pico, sus labios han sido borrados, una zanahoria o un gusano naranja, de una las paredes. Luego de una lucha, gusano-pico, George consigue apagar el fuego. George canta junto a la escalera, canta o llora, hay ríos alrededor y corriendo hacia arriba, ríos que me recuerdan que he olvidado como era eso de nadar. Doy manotazos o brazadas desordenadas ya que el agua pretende pienso, quiere tragarme de un solo bocado, observo aterrado que voy a ser un engullido, que quepo perfecto dentro de aquella ballena que lleva tentáculos por dientes; entonces repito el mantra, -godolan, godolan digo, mientras la ballena o el mar o Eugene o los ecos, son harponeados por gatos mis amigos los caballos amarillos. El extintor rueda por las escaleras, los gatos, caballos, en silencio entran al departamento.
   Pink Floyd sigue derritiéndose sobre o a las paredes. Ahora pienso que Pink Floyd es un gusano anaranjado que convive bajo las piedras junto a un millón de grillos.
 
 
   La calle se transformó en avenida, la avenida en río, el río en mar. El mar cortó por la mitad la autopista, sumergió varias cadenas de casas, edificios, a las iglesias que como submarinos intentaban salir lentamente a flote, mientras los fieles, quienes se encontraban dentro, gritaban palabras minúsculas como cangrejos arrasados por la arena. Una segunda ola cubrió el bosque de una espuma café dejándolo raso como un rostro recién afeitado.

   Los mayores discutían las razones de un rescate por aire. Otros, la mayoría, preferían la seguridad que les daba aquel refugio, entre ellos, el plan general era quedarse hasta la bajada del agua. Nadie mencionaba el alimento ni la falta de líquidos, hasta cuando un niño, que apenas si volvía a hablar dijo,     -tengo sed. Tampoco hablaron de la falta de equipos de comunicación aunque Morice cargaba quizás el último celular.

   Morice evitaba mirar a los demás. Da igual se decía a sí mismo. Entre los sobrevivientes nadie sabía nombres, tampoco entre ellos habían tenido lugar para presentarse. Cuando uno de los hombres arengó a Morice, él que miraba fijamente por la ventana, tomó el aparato celular y sin perderlo de vista extendió su brazo mientras una tercera ola cubría por completo el refugio, a la colina. Se escucharon gritos y maldiciones aunque todo era extremadamente confuso y el agua no tardó en llenar y reventar aquella habitación.
   Segundos antes de ahogarse cada superviviente recordó su nombre para repetirlo y lo repitió, hubo quienes no lograron poner su mente en blanco, ellos daban manotazos torpes, confusos y pesados como sucede en los colectivos de las ciudades donde se necesitan esos medios. La ola se los llevó a todos de manera gratuita ya que ni la ciudad, ni las montañas, habían pedido la presencia de ese mar, de ese elemento en apariencia tan lejano. Cuando el mar alcanzó el oriente, las selvas, ya los satélites habían fotografiado la destrucción de casi la mitad del continente, una destrucción incomparable, de hecho, más grande que aquel meteorito que destruyó a los lagartos. Teoría para algunos, verdad física para otros, para quienes quedaron a reparar la civilización. Varias familias convirtieron a Galápagos, lo hicieron su sagrado santuario. Los estudios no han llegado a tales profundidades pero se cree que volcanes como el Cotopaxi o el Itatiaya fueron apagados para siempre, mientras en algunos países se inventaron nuevos servicios de turismo, visitas guiadas a antiguas ciudades, a metrópolis sumergidas como la antigua Ciudad de la Plata.

   En el refugio, antes de esa segunda ola, Morice miraba al mar, el mar era su enemigo pensaba.


Su intención no era denunciar, sin embargo, Camilo decidió empezar una carta para no olvidar los hechos tal como él empezaba a recordarlos.
   Su enfermedad duró diez años. Los médicos, locales y extranjeros habían recomendado reposo, cero azúcares y mucha, toda la actividad física. Los primeros dos años se los dedicó a trabajar sobre su memoria, los juegos iban dirigidos a relacionar palabras para lo cual usaban cartulinas con figuras impresas y otras hechas a mano. A veces, Camilo confundía al tigre con el mes de mayo. También Camilo recordaba ciertas ciudades con nombres como Barcelona y Berlín y lo que dio pie a un descubrimiento. Pronto los doctores bebieron sidra y festejaron el poderoso avance.
   El plano afectivo también fue reparado, los médicos recomendaron hacer terapia de equipo. El trabajo era en extremo borroso, a pesar del buen ánimo Camilo no recordaba a ninguna de las personas con las que se había fotografiado, sí, también era difícil que él mismo se reconociera frente a su imagen. Sus padres le hablaron con paciencia de primos, de viajes, de su perro Titán, todo parecía ser inútil a los ojos de aquel joven en el cual empezaban a desconfiar. La madre de Camilo pensaba que su hijo jamás volvería a ser el mismo. Camilo para esos días tenía 22 años.
   En la casa de sus padres bien pudo haber sido Camilo el único paciente de un imaginario hospital, y de sus jardines y del campo por donde no había otra cosa por hacer que caminar. Camilo recorría las propiedades vecinas entre saludos y apretones de manos, eso le llevaba toda la mañana. También se encontraba con chicas jóvenes que le hacían preguntas que a Camilo le resultaban graciosas. Hablaban del clima y de la posibilidad de lluvias. Más tarde, en un nuevo encuentro, ellas hablaban otra vez del clima, ambos sonreían aunque la lluvia había días que no llegaba.
   Camilo recibía la visita de familiares y amigos. Para Camilo era agradable recibir a esas personas que intentaban hacerlo sentir bien en todo momento. Camilo casi no hablaba pero tampoco hacía falta ya que los otros siempre contaban algo. Así se enteró de su accidente en el bosque, junto a los eucaliptos le habían repetido. También que a los quince años, él, había compuesto una canción para su novia. Camilo tomó la guitarra y por un momento sintió ser parte de algo. También se preguntó si él, algún día, volvería a tener la vida que intentaban devolverle.
   Un día el doctor revisa a Camilo, yo lo veo usar sus instrumentos y repetirle un estás muy bien muchacho. Según él, lo encuentra fuerte a diferencia de su mente en la que parece no haber avances. El doctor habla con Camilo pero él parece recordar algo. Qué es lo que ves pregunta y Camilo responde que sabe como se llama aquel lugar pero no lo recuerda. La casa, Camilo, el doctor y yo nos encontramos en San Juan de los Andes, a cinco horas en auto de Santiago. Desde Santiago sale el doctor cada quince días para visitar a su paciente. Anteriormente a Camilo lo visitaban tres y hasta siete doctores, especialistas, neurólogos, psiquiatras, terapeutas del habla, psicólogos. También miembros de la universidad. Luego hubo menos visitas y más procedimientos, eso cuando se habló de la nueva técnica. Algunos viajaban en furgoneta. Dentro de la furgoneta hubo de aquellos que no durmieron, su insomnio llegó a nuestros oídos en San Juan. Un marzo del 2000, Camilo recibió un beso en la frente y comió torta preparada en un horno de leña. –Bocagrande, -ya lo sé repite- Camilo, -Bocagrande- escribe, guarda aquel papel en su pantalón.


   En ese punto, una sombra de alegría cubrió su rostro.

   Para su siguiente encuentro, Carrera planificó enseñarle el promontorio y las abejas. Le hablaría de apareamiento, del mercado y de los minoristas que añaden azúcar al néctar. Ya en confianza Carrera daría cifras. Si  García se portaba bien Carrera consideraría, luego de varios años, al fin haber hallado un nuevo amigo.

   Todo sucede una tarde con sol en la bóveda de un febrero en 1983. Carrera quien domina una serie de negocios invita a García con el fin de convertirlo en su cómplice y su socio, su consultor y amigo de la familia. Tanto la empresarial como la sanguínea se dice antes de abrir las puertas.
   García llega, saluda, observa su reloj, hace dos acciones o quizás una que la repite otra vez. Carrera pretende comprenderlo, mientras sale con un whisky en las manos. Veinte años dice Carrera con una sonrisa fotográfica. Carrera parece una adolescente, o más bien, una jovencita enamorada de su profesor. Atentamente explica el proceso de construcción de celdas, donde veas hay jalea real bromea Carrera mientras intenta una explicación sobre la tragedia de ser una abeja obrero. García sostiene a la abeja reina entre sus manos. Carrera habla como afilando las tildes, como saboreando las comas, alargándolas. Carrera toma con propiedad al bicho, sin hacerle daño y la coloca en el panal. García bebe su whisky, pregunta a Carrera cuanto quiere.

   -Para ella eres un panal, dice Carrera.
   Carrera sin ser una reina de los manjares pero con una actividad similar, organiza un banquete donde entre todos se rinde un homenaje al nuevo miembro del clan.

   García con el tiempo asiste a cada reunión. Al velorio de los padres de Carrera, a las peleas de gallos, al fútbol y a los lanzamientos de nuevos productos. Siempre como socio, desde hace días como un hombre capaz de decidir por el grupo. Con el tiempo García es bien visto entre los pequeños, al punto que entre sus hijos, y los de Carrera se forman parejas y sociedades secundarias. Con el tiempo van llenando las escuelas, aunque García nunca lo dijo en Carrera observaba algo que lo conmovía, un pensamiento que le quitaba el piso.

 

Él dejo de mirar el retrovisor. Los árboles avanzaron en fila, rápidos y ordenados, como con prisa, como si prefirieran no perder tiempo. Sobre muchos de esos árboles, quizás sobre la mayoría, descansaban nidos, vacíos, abandonados, hogares de paja, de ramas y de raíces, perfectamente construidos, invisibles al hombre, invisibles para ciertas aves.
   Desde el auto es imposible mirar los árboles. En realidad es imposible mirar cualquier cosa, pienso. El tacómetro marca velocidades cercanas a las tres cifras, cercanas a los límites rojos. La manecilla, al rodar del vehículo sube rápida, violentamente, como cuando un auto es encendido. A través de los cristales, el bosque se sucede como en una marcha grabada y reproducida a alta velocidad, los árboles, a través de las transparencias y de los reflejos, incluso de las sombras, atraviesa como una masa oscura, como una pared o como una serie de muros, una serie santa, un conjunto de columnas o una tropa de éstas que sostienen un templo; las sombras, el bosque, los muros y columnas elevados como bóvedas, como naves de una catedral. Él, mira el bosque a través de las ventanas del jeep, el jeep cruza como un ave, como si volara, como si las llantas fueran alas.
   Para mí el templo, sus muros o sus sombras, a cada metro se juntan como en un aplauso.

   Él mira su cuerpo. Ella está de espaldas, sostiene una camisa amarilla entre sus manos, en lo alto, como abriéndola, como si del techo fuera a salir una mano, un garfio, un rostro para llevarse esa prenda amarilla, para colocarla entre una puerta de hierro dorado y un telescopio, como sí esa prenda fuera en lo alto un semáforo. Ella entra en la prenda, ella llena las mangas, el cuerpo, las espaldas, el cuello, con sus huesos, con sus brazos, ella detiene por varios segundos las manos en el aire como si acabara de bajar de un globo, alargados como un clavo, como un tornillo. Entonces veo que ella se enrosca, da un giro, dedica su perfil, sus muslos, el volumen de sus dimensiones a él, que fotografía cada pliegue, cada esquina, con una máquina instantánea imaginaria, una máquina feroz, que duplica cada imagen, que guarda una copia y expone dentro de las paredes pegajosas con forma de vientre las figuras que su retina graba y duplica y colecciona y ordena y corrompe. Ella, que desciende, ella que aterriza los pies sobre la baldosa, ella, como una pluma al fin levita ligera sobre el suelo, sin tomar nada del aire, sin transformar la habitación, como si ella fuera el elemento capaz de juntar y licuar y combinar, como si ella contuviera el principio, como si de ella dependiera el movimiento. Él, al igual que ella y también estático, calcula la distancia que entre ambos son horas, la pareja, como en un film, se mira a través de dunas y mares antiguos de sol, un cráneo y una botella de cristal resultan ser testigos. Ambos, como en blanco y negro y separados por una legua, suben, toman su transporte, deciden verse pronto, bautizan y dan muros a una ciudad.

   Era posible, era en todo caso, cabía toda posibilidad. Ahora veo a Alexa repasar mentalmente cada minuto de aquella noche. Repasa como si se tratara de un examen: hora de entrada, tiempo atmosférico, cortina musical: Multitudes; día de la semana, número de accidentes, encuentro de miradas, tamaño de su muslo. Ella ha dispuesto la sala de forma que se note cada detalle, la esmerada atención, el buen gusto, el olfato para elegir combinaciones agradables, su pulso entre la medida química del orden y el volumen exacto de lo sugerente. Veo su sala, amplia como un galpón, con aviones sobrevolando los techos fabricados en vidrio, transparentes, de una transparencia blanca, atravesados por el sol de las dos de la tarde, cuatro horas antes del arribo, welcome tahúr, niño zombie, Stone Cold Lazy; la fecha, el onomástico, el día D, -el aniversario piensa ella, de una vida caminada por dos pares desesperados a través de una playa cubierta por algas y elefantes, por elefantes que han vomitado algas, por algas y pisadas pisadas por otras pisadas, conquistada por un sendero cubierto por otros senderos de pisadas que unas veces van hacia el mar, otras veces salen del mar y otras parecen volver a la arena, como si de la arena hubieran salido pero instantáneamente hubieran decidido volver a ella, como arrepentidas, como si salir fuera de repente una mala idea.
   La playa, como en toda relación pienso, esconde a un gigante, un gigante con cuerpo de cangrejo.

Sobre el velador trabaja un reloj despertador con forma de manzana, pequeño, exacto al tamaño de un corazón humano, o al de un puño cerrado. Dentro de la fruta plástica hay manecillas doradas formadas sobre las quince horas. Sobre el cristal del reloj, como en un espejo, puede verse reflejado el cuerpo de un hombre, un ciudadano cubierto por una manta. El reflejo y el hombre dormido parecen estar atravesados por el segundero, por una espada plateada y mecánica. Yo lo llamo al conjunto el dispositivo de cuerda de aquel hombre que duerme.

   Sobre el suelo evito los varios pares de calcetines, la correa recogida como una cobra, la hebilla, que es como un artefacto metálico compuesto por un cráneo humano, un cráneo con gafas, con dientes, de cabellera desordenada, larga, detenida en un movimiento violento, como si hubiera parado de golpe luego de un lapso muy breve de veloz movimiento. La correa-cobra-cráneo con cabellera recogida y color de reptil, descansa o duerme junto a un pantano poblado de zapatos. ¿Pantano o desierto pregunto? Zapatos como dunas, zapatos como bosques, pantanos al borde de volverse desiertos. La correa-reptil-cráneo recogida como una cobra tiene los dientes fuera, con las esquinas afiladas y el pulso hinchándose en la garganta, con la lengua trabada, adormecida, con el veneno en el filo, blanco, ella sedienta de epidermis, cegada, colgada de una manta roja por accidente, a través de la mordida, una sombra pálida de cráneo, dientes y algodón. La correa-cráneo-manta hipnotizada, la veo intentar persuadirme, finge cercano peligro, en realidad está adormecida, incapacitada, llena de veneno, mordida a sí misma por segunda vez, con los colmillos atrancados entre sus pares de escamas superpuestas, tiene los ojos en blanco, la cola enrollada, el cabello detenido en un movimiento involuntario, la empujo, el metal cae al mármol, luce inofensiva, huérfana de piernas.
   Escucho el parlante conquistado por Axel Rose. La lista, el reproductor, el shuffle golpean el cristal, entonces la lluvia, el volumen a diez mil.

 
   Un juguete de dinosaurio mira desde el filo de la ventana. También hay pantalones dentro del armario, viejos jeans, todos doblados, firmes, bien pasarían por madera. Sobre la cama está el colchón, sobre el colchón la huella de un cuerpo, un orificio, una superficie marcada por cráteres, el dinosaurio mira, escucho ruidos, quizás cavernas.
   La otra cama también está cubierta, pienso en la otra cama como en el nuevo mundo, cojines, mantas, polares, ellos formando una elevación coronada por camisas celestes, desordenadas, el cielo y los glaciares me digo. La cama, las faldas, dos hermanas, entre ellas el hielo.
   En el piso hay juguetes, colecciones amarillas, artefactos desarmados, miniaturas, llevan uniformes de conquistas romanas, hachas y trenzas de sabotajes bárbaros. Skeletor sobre Predator, hay columnas que esperan el reciclaje, hay títulos, series o colecciones con las páginas aún por estrenar. También hay balones desinflados, spaldings marcadas por un canino, uniformes estampados, espaldas estampadas por el número nueve, trofeos, un canasto lleno de remeras, o de goles. Adidas sudorosas, tazas blancas de porcelana llenas de cuevas, bolsas, plástico en cada esquina, envolturas invasoras enviadas por megamaxi por arcor, un universo amarillo y ruidoso, su origen parecen ser los armarios. Hay animales llenos de algodón, los veo sordos, ciegos, tocados por Boss y por Carolina. Animales vudú, que de ser personas actuarían entre las cortinas, pero son solo miniaturas, mamíferos, cuadrúpedos, juguetería privada.
   En el centro estacionado un escritorio. Él es una Metrópolis, sus torres son: diez fascículos del Ecuador de la nada a la esquizofrenia, 2 ediciones de Fundamentos de marketing, una fotocopia firmada de La vida de los hombres infames, un Diccionario Larousse de la gramática. Ciudad impresa me digo, plumas, gomas, minas, hojas en blanco, hay un carril zurcido, una máquina compuesta por un teclado, por una fila de botones impresos con letras blancas, entre ellos un cable desenchufado, la advertencia del por ciento de la carga, aviso, busco la toma de poder, conecto los auriculares, falta la imagen una banda de pueblo, de la respectiva camareta , la respectiva explosión, el esperado estallido, un volador, hay una fecha borroneada, la foto debería ser encuadrada, enmarcada, de pecho sobre la madera, sobre la pared, entre los espiralados y las fotocopias. 


   Él no mira, por lo menos en mí no se fija. Él lleva gafas, son gafas oscuras, de montura redonda, marco invisible, cuasi Elton, cuasi Ozzy Osbourne. Él tiene el pelo recogido, trae hecha una cola, atada ciertamente, con una cinta de bordes metálicos, lo sé no por mí, nunca llevo el pelo largo, lo sé por un reflejo en la cinta, es el sol el que lo delata. Afuera es mediodía. No importa el número o la fecha, yo estoy bien, ambos estamos adentro me digo.
   Él conversa y al hacerlo levanta la voz. Con claridad lo escucho, lo escuchamos, en realidad sin querer, en realidad queriendo, me entrometo, bebo de mi vaso, agua carbonatada, agua sin hielo, cortesía de Vanesa. Vanesa me sonríe, Vanesa también hace alguna mueca. –Tranquila digo, pero en realidad quiero decir Vanesa. Vanesa se retira, ella y la mueca. Sigo sobre él, su calva, pienso que pronunciada es su calva, ocupa toda la frente, una frente oscura, brillante, del tamaño de un muslo, un muslo de frente. Él es joven, delgado, contextura de insecto, tiene cuerpo de langosta, joroba, quizás estudia me digo. En su maleta carga teorías, la universidad, Francia, quizás y mejor si a Parra, -quizás y el insecto es un soldado de Allende me digo. -Allende dice él, Allende escuchan sus acompañantes, es obvio, él y ellos estudian a Lima. -Cincomil repite y la cifra suena tan diminuta, tan enclenque, que instantáneamente me digo me voz alta Andrés, hazte un favor y desaparece.
   Él no sabe que a mi pesar lo escucho, que lo miro, que le invento una historia de cama, que lo elijo, que lo desvisto, que lo colecciono.

La bestia conoce todas las lenguas.
La bestia mide treinta minutos.

   Dixer da vueltas, incluso en video el cantante de The Televators se mueve, intenta ser un remolino. Tres temas después, Dixer, y el público, y la lluvia coinciden en el mismo lugar. Omar también está, él oprime pedales que logran derramar de los parlantes algas, tablas, partes de lavabos, incluso tinas de baño. El recital se ha mercadeado con la premisa de una fecha concebida para conquistar el mar. -Omar toca y tocar es emerger de entre los abismos pienso. –Emerger, me digo, cubierto por algas, como si los fondos ya no fueran el propósito, como si al abismo le fuera imposible una existencia sin el mar. El público luce algo desinteresado. Al regresar la mirada veo la playa. La playa, es nuestro estadio me digo.
   Dixer habla de agujeros, para él los agujeros viven dentro de otros agujeros. Dixer, pienso, es el agujero que contiene al propio Dixer, un Dixer que no es más Dixer. Las palabras le regresan, eran palabras pregunto, Dixer el purificador me digo, Dixer canta en castellano pregunto, veo a Dixer en la boca de la bestia. La bestia tiene lengua pregunto de nuevo, veo a Dixer como si maniobrara tras del volante, Goliath Reverse se desborda entre estrofas que en realidad son cascadas, las palabras sobre los restos, las rocas bajo los pies. Imagino los próximos titulares: El hoyo del Rey.
   Día 2: The Televators, The Coma, Acephalum, The Gigs, Soundancers, The Fatrats, Foloumns, Television, Territorial Pissings, Fo Hangar, Terrer, 1000 Deserts, Lafange, Carnflesh, Loused Soraya, Nerves, Via di Toyas, Antigonas, Goldod, The Pardasbas, Falcon, Itch Gaf Vunden, Drugs of lord, Canibals, Rectum, The Catetum, The Opposite, Verridas, Vi Fos, The Atler Goes, Xi Men Adela, Calvos, Golgden, Nimas Foge, Suci Polution, Welwelchien, Bin Aura, Isis, Flujo, Neoone, Lijai River, Huéspedes, The Flush, An d over, Autoleaf, Liqen, Gramaticals, Bronce, A perfect circle, The Blur, Niddles, Tropical Coca, Carnivallava, The Passangers, Society o malta, Toukkans, The Marmol.
 
Lo vi con violencia escribir su nombre:

   R: Radiografía, Ricacao, Rocallosa, Rubalcaba
   A: Atuntaqui, Aparatoso, Ágreda, Amanecer
   U: Ultimátum, Ultraísmo, Ukelele, Uriarte
   L: Lápida, Loriga, Lautaro, Latacunga

   Vi su especial trabajo sobre su apellido, al que lo deformó, como último recurso, escribiéndolo en varias posibilidades morfológicas:

   Montesdeoca, Detescaomon , Mondesteoca, Monocatesde,    Monotesdeca, Tesdemonoca, Ocatesdemon, Cadeotesmon, Detoscoamen, Mentosodeca …

   Cuando se hartó (llevaba escrito un cuaderno de veinte hojas) intentó hablar con una chica, -no te puedo contestar- dijo una voz. Él mordió un pedazo frio de pizza, sintió un sabor dulce y un dolor en la costilla al mismo tiempo.

   Él bebió continuó con la gaseosa helada. Sintió un golpe como si le tirasen dos dientes. Luego y ya bastante descompuesto se puso pálido. Una hora después ella lo encontró derribado sobre la alfombra. Eran las diez. Él respiraba y también pronunciaba palabras, parecía mantener un diálogo, quizás su interlocutor lo mantuvo vivo. Él tenía el teléfono entre las manos.

   La ciudad parecía un pueblo. Varios hacían cola en una sala, otros golpeaban la puerta de un almacén.

   Raúl Montesdeoca dijo una mujer. -Detescaomon, Detescaomon decía él. El doctor parecía tomar aire en con su estómago.

   Dos horas después él recordó las paredes y las comparó con las del apartamento. Ella apagó las luces antes de cubrirlo, parecía que pronto llegaría el sueño. Raúl tomó la mano de ella, tu mano es huesuda, dijo, a diferencia de la mía que parece ser un cofre, usa tu llave dijo él. Las paredes del apartamento daban la ilusoria sensación de misticismo católico, ella creyó que Raúl había enfermado por causas somáticas. Pensó ella alquilar un mejor lugar, algo más luminoso se dijo. La mano de Raúl tomó color. Ella también durmió.

Las puertas habían sido aseguradas desde adentro. Pude ver que los pisos brillaban, lucen pulcros pensé. Al encender una luz tuve la idea de estar en la mitad de un estadio, como si hubiera bombillas en el interior de cada pared.

Ella y él se presentaron, recordaron sus nombres, pronto supieron con quien trataban, lo que quedaba del día adquirió apariencias familiares, como quien dice, valió la pena. Ambos llegaron a un acuerdo, descansar dijeron sin rabietas. Él, encendió un televisor, hizo varias veces zapping, surfeó de algún modo entre telenovelas en italiano, bajo una nube de todo tipo de cigarrillos, mientras, en la habitación del frente, ella, que según él, estaría haciendo alguna rutina de ejercicios o estirada sobre la alfombra con las piernas recogidas, ancladas entre los brazos, con el cuello estirado, la cabeza de cabeza, los techos en los pisos y los pies pataleando, los pies como almohada, como pedales y como remos de una barca de porcelana, sobre un mar de cabellos negros, de olas oscuras, como brazos de pulpo, o de pulpos, o de pelusas, o de alfombras con formas de pulpos, o de mujeres convertidas en espuma, en nubes, en lluvia, lavaba sus dientes antes de usar el hilo dental.

Al cambiar de canal él encuentra un documental que trata el tema de la electricidad. En el filme se muestran casas construidas con paneles transparentes donde cada habitación es por efectos de la luz estampada sobre la siguiente y donde es imposible diferenciar un fondo, pues el conjunto de paneles parecen formar peceras dentro de otras peceras. Los peces, quienes sirven como guías de sus propios mares, decoran de algún modo esos fondos, le agregan rostros, lo convierten, lo maquillan, no hay lugar para maniquíes dice el conductor. Pronto una mujer entra a una de las duchas y entonces el documental adquiere otro tono, abre paso a los testimonios, el diálogo se vuelve elemental, de repente todos ríen, parecen tener mucho que decir. Pronto él cae dormido, no mira los dildos, ni el vello púbico, ni las pompas de jabón, el agua corre por la tubería densa, amarilla.

Para él fueron cuatrocientos años, los he contado se dijo con ambas manos. Los recapitulaba usando los dedos de los pies, las pestañas, llegaba a contar hasta imaginar una cifra entera, un número natural, un cifra que sonara tántrica, entonces operaba, resolvía cada siglo contando sus guerras, no a través de la pólvora, inventando nombres, familias, espadas, encargaba, como se encarga al servicio de correo un calendario de eventos, una bitácora, la radiografía que él intuía, era la de un tiempo desconocido, empolvado, la historia que retenía, como en una moneda los hechos, los actores que borrados, o convertidos en polvo, habían escapado a la pluma de los hombres, al martillo, al fuego, a la cuerda imaginaba para sí misma y para la futura generación. Un bosque, una extensión cubierta de árboles, bañada por lagos, un páramo que él sacaba de los bolsillos, que se escurría por la nariz, como sudor, un ave de tierra, un dialecto desconocido, un cuchillo, una mirada incómoda, una cruz de madera, fe, infamia, vísceras.
 
Miró con el rabo, desde la esquina, media nariz a la izquierda, apretado, dentro de los bolsillos, dando pasos sobre una cuerda, con la gravedad de cabeza, uniformado, sentado sobre granadas, y granadillas y un cepillo dental, un enjuague bucal, y un hilo dental, con los dedos en los surcos, dentro de un castillo, en el salón real, hecho ceviche, acompañado del pana pecho e chifle, mitad Kafka, mitad niño terror, dividido, mitad denominador, mitad para armar una mitad, brillante, cubierto de algas, recostado bajo una lámina con la piel pelada, con las manos dentro de guantes, empujado, sin resistencia, de una vez hasta la próxima tal vez, de lado, también inclinado, como un garabato, en curva, firme, cruzado el amarillo, domando el ocaso, bajo candados, a tres mandíbulas de fuerza, disfrazado de sniper, sin aire, automático, con ojos como huevas, parques, pantanosos, a media luz, a mitad de camino entre un nudo de corbata y el último sol de la tarde, sol reventado reloj de las sombras.

Enciendo la luz en aquella habitación. Nadie me lo ha advertido. La luz blanca, como multiplicada, produce segundos intermitentes de ceguera; desenfoca, cubre, oculta como un páramo dentro de una habitación. Busco una silla, al igual que el escritorio, tengo los pies clavados en el suelo. Caigo hacia adelante, obviamente perderé los sentidos, me he quedado sin peso, de no ser por estos clavos mi cuerpo, -su envase pienso-  flotaría, chocaría con las paredes blancas, casi infantiles de la construcción. Entonces cierro la puerta, una última burbuja de oxígeno revienta, infla el espacio, busca un lugar, una parte como si dentro no fuéramos suficientes la mesa, la silla, mi cuerpo. Mi cuerpo se endereza, recibe por la espalda una patada, tan lenta es la fuerza que en cámara lenta, -lo que dilata el recuerdo-, arranca mis pies del suelo. El cuerpo, como un sorbete de goma se estira, se prolonga rebotando en esas paredes de búnker, toma la forma de las esquinas, de los bordes, como una plastilina, débil, amelcochada, deforme, cruda, exhalando paladares, rebotando lentamente, perdiendo el rostro, multiplicando gestos que primero fueron muecas, sonrisas largas y derretidas con ojos en vez de dientes, dientes que no parpadean, redondos como anos, húmedos, viscosos, pálidos. Ella abre la puerta, entra su rostro, cree que algo así no puede ser cierto, hasta decidirse a pasar le toma segundos convertirse también en plastilina, sus partículas flotan en todas las direcciones, se disparan como un fuego pirotécnico, un fuego que hace paff!, menos como un festejo más como un pedo, un paff! sonoro, gordo como chorizo, grave, negado a los ecos, destinado al colon, a reventar dentro de los intestinos; entonces ella, más bien lo que era ella, cubre las paredes antes pulcras, antes de estudio, ella, y la pared empiezan una nueva existencia, ella como pirotecnia, la otra como escenario, ambas una función, una fecha, lo que se ha dado en llamar un aniversario.

 
He llenado el volumen de líquidos. La madera contiene mi peso, lo distribuye, veo los huesos fraccionados en partes equivalentes, sin proyección, sin ampliación, observo los circuitos, las placas, los puntos de suelda que sostienen a los órganos sobre este árbol de navidad que llevo para que me sostenga desde dentro. Sobre la calle cae una tormenta de sol, los autos estacionados brillan hasta derretirse con las capotas levantadas mientras alrededor recorren en fila los pregones repasados para estas fechas, mi uniforme luce su mejor momento, los ojos se voltean al contacto con los botones, he dedicado la mitad del tiempo programado para el descanso, tiempo en que las imágenes se vuelven radiografías en tiempo real, para abrillantar y zurcir con la paciencia de un cirujano, con antorchas como ojos poblando el centro exacto de un satélite, de cabeza sobre los accesorios, mira que el sol ha vuelto a dar un giro mientras los parabrisas en las calles, en los ventanales, en las ventanas de los buses, como en una pasarela contienen mis partes, las hebillas, las diademas, y otros metales con los que he decorado el perfil, su hambre y su historia. Cruzo como con un nudo en los pies, la tormenta radioactiva despierta la pesadilla de los eclipses. Exhalo, me obligo a toser para devolver la risa al espíritu, una mesa metálica se extiende como un transformer, es mejor no apretar ningún botón me digo, entonces convierto a las rodillas en gatillos y los pies despiden pólvora, imprimo la puntería sobre varios carteles con fuentes rojas, lamo los labios y los acomodo cerca del freezer, la compuerta del estómago, una tormenta de frescuras me da vueltas hasta llevarme hacia otra tormenta, recobro el aliento a través de mi propias encías, intoxicado escucho mis carnes hincharse.
Por costumbre miro el reloj, elaboro un plan maestro, entiendo los ángulos de aquel espacio, un tren perfora las mansiones de aquella villa, sobre una piedra se preparan los alimentos de un volcán, derretido me agarro de unas raíces, cavo con el pulso y el un muñón.

Me alimento de un balde plástico que lleva las etiquetas pvp y pyka cubiertas por el ruidos de las vísceras, es un balde alto, llega a topar la altura de mis rodillas, como en festividades está surtido, menudo, lo he llenado desde la mañana, no ha sido sencillo, para ambientar el día he programado el discmanva que repita las 17 canciones del único disco que ha sobrevivido a las calles, es un disco que lleva serigrafiado en alto relieve una mándibula, unos dientes, y dos micrófonos, es conveniente y hasta recomendable no dar títulos, es mejor y hasta terapéutico investigar por todos los medios cuál de todos los títulos contenidos en los bancos ilegales es aquel que corresponde con la descripción. De esa manera, improvisada, más bien, dibujando con los ojos cerrados he traspasado las calles culebreras del día, más en forma de sombra, retrocediendo, rebobinando y hablando tras varios hilos de voz, como lo haría un profesional, aplicando técnicas avanzadas, manipulando el parietal de un uniformado, soltando más de la cuenta, observando a través de las olas un espiral, la lucha con golpes de cola, cortos pero rápidos aleteos, fotogramas de labios rasgados, ha sido, es una astucia, el aceptar aquella sugerencia, no ha costado un centavo, más bien, he aprendido a reciclar, alambre siempre hay me digo, ha sido cosa de preguntar, dar dos vueltas, apretar el alicate, dentro, al fondo, bajo esa corriente las vueltas no liberan, ha sido habilidad, ahora fabrico con los ojos oscuros, en la profunda cortina observo el procedimiento, las imágenes son las de estas manos hábiles y entrenadas, su fortaleza es la de un Samurai, de cabeza sobre una porcelana él compone un origami que respira, bajo todas esas toneladas la boca vuelve a rasgarse, la superficie tiñe, la calle filtra los fondos, levanto la caña, espectacularmente divido con el nylon, un arco se evapora y desintegra, abro la boca, de pie junto al balde, rasgo las encías, divido la sombra del paladar, arranco el anzuelo, ese anillo entrenado a través de la carne, la calle tiembla, la cola se agita, el movimiento es propio de un pez adulto que aletea y viaja en el estómago del cardúmen, el disco salta, caemos en cuenta de nuestra posición convexa, la cortina cubre mis manos, asisto a su obra chinesca, mi ojo pestañea dentro del balde, el ojo de oro atraviesa las cejas, busco un rincón, conquisto el centro exacto del pez, aquel hígado surte de defensas, ha sido calificado por sus hermanos, levanto los brazos, me invento un rito a base de mantras, me apodero, soy el rey bautista de los ruidos, entonces parto aquel ojo de oro, recuerdo varios brazos levantados, asisto al ocaso del último sol, entramos, sin empujones, respiro el contenido, la tarde quema.
  
Asalto y robo al tren me digo. Sobre las líneas imagino colocar monedas que serán planchadas, rostros o perfiles sin textura, también son habitantes de estos bolsillos juguetes redondos frágiles pero más veloces que una rueda de vapor. Coloco el oído, escucho los latidos de aquella falsa superficie, estiro y prolongo las antenas, soy un ave me digo, mis ojos perforan la montaña, mi cuerpo es alargado, se cubre de arena, quiero creer que también soy un saltamontes. Los rumores acarician a las hojas quienes parecen juntarse para responder en coro. Un brazo espartano oculta al Cayambe, es posible que tras su movimiento los volcanes, lo valles, se encuentren nuevamente recostados sobre las ruinas de una ciudad convertida en colchón, un colchón superado por los cuerpos, poblado de madrigueras, envuelto en sí como un capullo.

Exhalo. El aliento se hace visible, una nube negra se aproxima de entre los cipreses. Ajusto las monedas sobre la riel, al igual que sentado tras el panel de mando, escojo no escuchar, elimino las vibraciones, la membrana se estira al máximo, resulta en coordenadas, en una serie geométrica de triángulos que al chocar producen más triángulos. He abandonado el mundo a través de los sentidos me digo, correcto sería señalar que por curiosidad he optado vestirme de astronauta, naufragar pienso, a través del rumor que rebota dentro de mi propio casco. Una nube cercana al smog empaña el cristal. Mi rostro la absorbe como un pañuelo.

El convoy camina sobre el puente. Veo que mi risa vibra como las alas de la mosca. Los juguetes víctimas de la gravedad me miran, busco un gesto, corro el telón. Un telón blanco y horizontal. La atmósfera silva, exige, suplica como Grasse los huesos de Grenouille. Abajo la nieve cubre todo rastro del incendio.

 
Los ojos palidecen, se rellenan, visten más bien, parpadear es una necesidad me digo, la pupila entra a la lente, obscenamente succiona el perímetro, el decorado, los espejos los multiplican, una tormenta rebota entre los botones, sobre las hebillas, a mano alzada y con la más baja intensidad va inflamándose el pellejo, es un ascensor alicatado me digo sobre miles de brazos ajustados , sugeridos apenas por la mecánica y el trueno dentro de aquel círculo negro y dilatado que, bajo el dominio del pulso, absorve como un enema el cuerpo que hace de sanduche entre ese juego de espejos donde el techo bien puede ser el suelo.

He visitado lugares que no pueden verse aún, de Saint-Exupéry me ha dejado pilotear una de sus cuatro naves, juntos hemos cubierto en varias décadas la geografía de un continente sospechoso, los bordes y los confines de mi propia historia. Aquí no hay nada nuevo, las huellas son impares, los rostros lucen rejuvenecidos, hay mamíferos jugando a ser mascotas, tantos como árboles, como marcas de caramelos, parados sobre sus dos patas, cruzando como cometas el cielo, respirando con los labios tras de un cristal, ¿labios o boca? mirando, perforando, buscando oro a fuerza de miau, de croac, de beee, oro que no existe, piedras a las que tengo que inventar. Con sus juegos alcanzo un abismo que transforma mi piel en gelatina. De estas y otras sombras está formado el mapa, lo recorro con un dado en la mano, un dado que marca siempre de manera previsible, nada se pierde retirándose, es posible, tras la sensación del juego, detenerse en medio de aquel tablero y sentir la gravedad a litros, la posibilidad de dar un paso en Roma sin moverse nunca de Roma. Bajo los pies o sobre el avatar, o como anillo en su cintura, exactamente conteniendo la atmósfera de polo a polo, un asterisco de flechas señala en dirección a todos los caminos.

Decir todos quizás sea exagerado, quizás lo más apropiado sea decir nosotros. Decir con mayúsculas y sin miedo: Nosotros estamos mal. Recuerdo, sueño, y, esa, la parte dolorosa, complicada por nudos, es, sin que yo me lo proponga la que me despierta, con sus engranajes oxidados, bañando de sudor el pecho, llenando la garganta de flemas, invadiéndome con nombres próximos, familiares, lobotomisándome con imágenes recurrentes, atroces, alcanzado por esquirlas, por vísceras, intestinos que en sueños veo colgar de cuerpos mutilados, cuerpos armados con partes agrícolas: a veces un rastrillo por mano, una mochila de fumigar por estómago, cuerpos remendados, alejados o doblemente cercanos al fuego, blindados, inmunes, cuerpos que se reciclan, que ya no comen sobre mesas, que no miran con dos ojos, ni tampoco olvidan, más bien, presencian el mismo sueño cada día, bajo la luz del sol que suele salir a través de la luna, sueñan estar viviendo despiertos, sueñan sin haber dormido, con la misma ropa de un dibujo animado, con la mirada oblicua, con los ojos  y sobre todo las pupilas trasplantadas de una vaca. Amanita muu.
Él tiene el brazo extendido, la mano, el gesto, la orden. Adentro, montado sobre un columpio, las direcciones hechas de hormigón cruzan entre grullas de pie sobre superficies y plataformas, es el asfalto el que se mueve, el traslado es horizontal, un tetris pienso bajo la mirada de un par de gárgolas. Cuando intento la fotográfica ellas han despegado. Sobra el texto, la memoria vive en cavernas, tú eres un hijo del oro dice aquel hombre, vestido de camisa azul y pantalones floreados con aquella cadena que forma una V, el clima lo nublará todo repite mientras su cigarrillo inunda la ventanilla y me impide revisar los clasificados entre los que destacan dibujos de Peyo, debe ser acá digo al llegar hasta aquel letrero con las iniciales S.A.V. Andrés cuelga de un gancho sobre una fila de revistas de la quincena anterior, la dirección coincide con los números de tinta y pulpa. Andrés tiene en los ojos dos semillas, una anciana cruza el cristal además usa el diario de la tarde como rodapiés. Él suelta los ganchos, puedo verlo leer la primera novela de Karen Beats, el horrendo cuadro que ella no ha elegido, lee mis hazañas, no usa la corneta porque empieza a subir el medio día. Un anciano cruza un semáforo, entonces Andrés parece volverse vapor.
La anciana prepara el ascensor, tengo un pie sobre la escalera, un hombre levanta su sombrero, levanta su frente, de ser un pistolero me habría volado, tiene un dedo en el gatillo, hay un ojo tuerto tras otro volante que traslada un columpio con dos asiáticos a los que se les ha ponchado la motocicleta, preparo las rodillas, demuelo gestos, dientes montados, es él, la cabina amarilla-un tatuaje de la mano cordoveza el que me sugiere continuar. Bajo los números una línea oblicua y horizontal parece juntar las habitaciones. Termino la escalera, tras un cristal, yo mismo en aquella habitación soy transparente, evito el sodio, las recargas y posibles taxes, yo mismo pronto estaré lleno y visitado como un hotel.