11/7/10
Las calabazas
10/7/10
El motel.
Ten cuidado con esa hacha, pequeño.
Pink Floyd se derretía por las paredes. Pink Floyd es una maleza donde conviven bajo las piedras un millón de grillos.
9/7/10
Hogar*
7/7/10
Paulina en la Ciénega
Paulina escogía tan bien a sus hombres que, cuando presentó a su prometido de a de veraz, su familia, en especial su hermano, con el microscopio en la mano, le preguntó a su mamá, (que era también la posible suegra de ese engendro), mamita, acaso se nos dañó el microscopio?
No era para menos pero Paulina ahora era la prometida oficial de un engendro con cara de langosta. Era como si los gases de los químicos usados en su laboratorio la hubieran confundido, adentro, donde se procesan los resultados. El tipo en cuestión medía por lo menos 50 cm más que Paulina, sin contar con que su joroba le restaba siete o nueve centímetros de altura. Paulina, quien hablaba claramente de la descompensación ósea, jamás hubiera pasado por alto un patrón tan particular.
Lo de la altura pudo pasar por alto, de no haber sido por las prótesis que el engendro llevaba como pura sangre en la boca. Cada vez que se reía, en eso era maravilloso, (de sonrisa muy fotogénica, para revistas de interés ciéntifico), sus frontales rayaban el pavimento de manera que los infelices que estaban cerca debían treparse a un auto o protegerse con las sombrillas que usaban en estos principios de verano. Vaya que era un peligro bromear con ese engendro ya que literalmente podíamos terminar todos muertos de la risa.
Otro detalle insignificante era su olor corporal. Adiviné que usaba unas gotas de Hugo Boss, pero no que con el agua de toillete, perfumaba la cabina de su pequeño nissan centra. El fin de semana hice maletas hacia San Rafael, a casa de mis abuelos, como terapia intensiva para esa cabina aprensiva. Seguro que los pulmones de ese engendro deben ser de insecto.
Al fin le pregunté a mi buena amiga Paulina, como todo amigo celoso, que que hacía con ese engendro: Paulina me contesto, sacando una barriguita de poco ejercicio: más respeto, que Daniel es el padre de este retoño.
6/7/10
Yer blues.

El Captain Beefheart afirmaba en su canción My human gets me blues, que hacía tiempo se había vuelto un desconfiado, o lo que en castellano vendría a ser un a vos no te creo nada. El Captain beefheart no sería ni el primero, aunque si el más excéntrico.
El salón
El trato
Desde ese punto de la habitación, Marla y Daniela se miran, como si la una fuera espartana y la otra, una bárbara inglesa de siglos pasados. Se miran con ganas, de lejos pero desde adentro. Marla tiene por función el diseño de portadas de discos y la ilustración de novelas gráficas: un dibujo a mano, en minutos se transforma en un Cramp o en una silueta de Charles Schulz. Marla es ambidiestra. Daniela, quien detesta los dibujos animados, juega con sus dedos sobre el escritorio, como si este fuera un tambor y sus dedos unas baquetas, como si tocar un ritmo fuera el mantra que necesita para preparar estrategias, para sondear clientes, para elegir los términos adecuados, para encontrar el momento exacto en el que dejará a su jefe el resto del trabajo, el cierre nada más. Para la empresa no faltaba el cliente es la marca.
Daniela, pensaba en Marla. Pensaba que Marla era una mujer afortunada, no tiene auto, pero es afortunada.
A Marla le preocupa su edad. Pronto estaré vieja para este mouse. A la mano tenía el Harvest de Neil Young y el Lady Soul de Aretha Franklin.
La voz de Daniela sonó clara, incluso amena, sonó como una voz amiga, o de alguien que ha perdido a todos sus amigos.
¿Quieres un café? Preguntó
En la habitación, además del disfraz de Charly Brown, no había otra persona, por lo que Marla comprendió que la pregunta era para ella. Claro, dijo, y Daniela ya estaba con el café y el azúcar, y Marla con un trapo limpiando el desorden de Daniela.
Déjalo, yo lo hago dijo Marla.
Daniela que nunca hablaba de ella, se lanzó a hablar con Marla como una hermana, como con su íntima amiga. Quizás menos Marla, ella ya no tenía amigas.
Esa mañana, Marla y Daniela hicieron un trato. Marla, aún dibuja en ordenadores, incluso ha trabajado para esas marcas de zapatillas deportivas, las que salen en la película del auto de aluminio, el De Lorean creo. Daniela ya no riega el café. Sobre su escritorio, detrás de un retrato de ella, está el disco de Neil Young.