3/4/13

Sus dedos aprietan su cuello y del otro lado una moto empuja la calle hasta cuando el agua deja de correr hasta que las cochas y las botellas se estancan. El profesor guarda las que va encontrando dentro de su casimir, un bolsillo holgado hasta la llegada al auto, sin uso de rocas los demás vehículos parecen pegados y firmes, las botellas caen en la perrera pero la puerta es cerrada hasta que la luz se apaga. De vuelta el camino es empinado pero en su mayoría están de regreso, con llaves en la mano y con su cabello echado hacia un lado aunque bajo la acera parece que la dirección se nivelara. Sucede igual con los folders colgados bajo el brazo y con la cadena que sostiene el hombre de azul. El cuello de su camisa corre en la misma dirección que el agua de la calle donde antes los autos estacionaban frente a casas y letreros de habitaciones. Para entonces el pasillo se ha llenado, sobre la puerta están atornillados los números en pizarra digital brillan en fila durante algo así como diez metros, y los sonidos de las envolturas al terminarse el caramelo parecen estar dentro de una feria nocturna, frente a un parque o junto a un puente de un solo carril. Al cerrar la ventana la luz parece alejarse y bailar como si fuera una vela aunque también el salón mida igual desde hace 18 años y sugiera que cambia cada vez que combinan dos colores sobre sus muros, uno menos luminoso que el otro, sobre todo debajo del interruptor donde la brocha ha marcado, desordenadas líneas verticales sobre la tapa acrílica a diferencia del salón 18, lleno de murales con ramas por molinos. Con los respaldares azules, y las cortinas cortadas hasta los filos como un pañuelo, hay evidencias sobre el suelo, cada tanto un brazo o un pie o incluso han llegado hombres con trajes y tirantes blancos, aunque las mesas no tengan rueditas para subir sobre las envolturas y migas del ciclo diurno. Las hojas se han puesto amarillas, y el sol casi se ha puesto además hay recortes y números doblados en varias partes, aunque al entrar parezcan desaparecer junto al sonido inconfundible. De ahí hasta los ascensores, pegados al velcro, ruidoso pero también dentro, junto a páginas casi transparentes, junto a una pequeña correa. Ya fuera, mientras el autobús corre se puede observar botellas y también las monedas debajo del vestido, el tarro tiene escrita la palabra incinerar con letras azules, entre los dobleces está una delgada de 500 ml y en el bolsillo lateral una muy diferente pero de igual peso y algo aplastada. Sus dedos la aprietan pero esto ocurre a las siete de la noche, y ya para entonces las ganas se van y también los hombres de tirantes retiran las hojas amarillas y los lápices pero dejan las cortinas abiertas.
Al regreso ya todos los autos hacen fila al igual que al otro lado, pero las luces rojas brillan, y parecen rocas hechas con papel aluminio.

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