10/9/11

Cálico

El auto se detiene a media docena de pasos. La calle, la iglesia, el edificio donde funcionan dos bancos, lo que debería ser una imagen plana, lo que debería parecerse a una ampliación sin esquinas, delgada como una fotografía, es, incluye, contiene aquella docena de pasos. Los autos, cruzan sobre esa distancia, la línea invisible y virtual adquiera la altura de una cerca, de un autobus, de un niño sentado sobre una choper, de tres puestos de periódicos y revistas, una pared con periódicos de vidrio, o ladrillos firestone, o cruceros renegados del río, o por que no, una pared que más bien es una sequia. Las orillas, el fluido, el rumor, el pie dentro de aquel curso, la cerca deslizada como una cortina, el rostro girando de derecha a izquierda, la cerca, la cortina, el pie fuera de la corriente, la marea, la sequia ahogada por un brazo de hierro, ella, a media docena de pasos, ella, que no sospecha que la están siguiendo.
La decisión. La vereda, la piedra. Pasatiempo, una caja amarilla y de cartón con una lija como uña, los dedos, la explosión, los ojos que trepan sin oxígeno, inflamados, el hacha, el zumbido, el aire roto, la campanada, la sombra y su perfil, la silueta a contraluz, bombardero, coordenadas claras sobre una hoja de misa de domingo, misa doblada dentro de un bolsillo, sermón nocturno, diurno, pan de oro.
Ella detiene el tiempo. Una garganta de pólvora escupe un grito como un millón de grillos, la marcha en sentido norte sur, la perspectiva que se crea por un efecto de posición, golpea o se detiene bajo una línea de árboles, o sea, se prolonga hacia las nubes, forma una consonante mayúscula. Ambos, es decir, la silueta que formamos, bien podría pasar por una letra del alifato. De ahí en adelante el tiempo corre hacia atrás, los cuerpos como puntos van desapareciendo, como si quisieran alejarse, o por el contrario, como si viajaran dentro de un vagón de tren. 

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