Viajo montado sobre las líneas de un aneurisma. Viajamos juntos a las velocidades del trueno. No vale la pena, es mejor no desear usar la ventana. Es posible escarbar, usar las antenas, apropiarse de un decámetro cuadrado, hurgar, pararse en las puntas de unos pies autorizados para el dominio de la tabla, de la fricción, del desgaste del hierro al rodar sobre el hierro. Uso ambas manos, confío en la cintura y el dominio de la gravedad, intento no pararme de cabeza, se acerca otra parada, el vagón aumenta su pulso, acaso ya no es manejado, acaso llegamos hasta la bandera, la foto y de nuevo el flameo a cuadros; los alfiles toman las diagonales, mi perímetro es circunvalado, debería ser el dueño de un peaje, el caucho y su combustión atraviesan para completar otro tipo de hermetismo. El mundo toma asiento, el mundo viaja sobre un cojín aterciopelado y sin volumen, el mundo no se detiene, él no se atreve a viajar de pie, es mejor así, es mejor tener un mundo descansado, yo mismo levantaría mis carnes por levantarlo, sin embargo, noto su independencia, luce sus mejores galas, quizás sea mejor recordarlo de esa manera, en realidad lo hago, es posible que mañana y pasado lo vuelva a ver, quiero recordarlo así, aunque a él no le importe quien es. Leo con dificultad, quizás a pie, reparando vías, el día disfrazado de eclipse, de pie con un mapa, con dos martillos, un casco, ajustado por una costilla de buey. De pie, comprobando en el letrero y en el mapa y desde el walkie, pidiendo una confirmación, estación Aménabar, medio kilómetro hacia el oriente, comprobar lámpara de emergencia, recargue su subtecard. He tenido que volver, he incorporado a la experiencia un cinturón lleno de bolsillos al que he perforado antes de ajustar a mi cintura. Es verdad que apenas puedo verme, literalmente soy un perfil, al volver cuento las paradas, ya no confío en lo impreso, me guío a través de una serie de signos inventados, vivo dentro de una ciudad, la ciudad vive a través de mí, coloco todos los semáforos, dentro de las duchas, debajo de las camas, abro un negocio de importación y exportación de señales de tránsito, señales sin vocales, sin consonantes y por supuesto con su propia gramática. Por ello al viajar, la señalética se traspapela, una calle lleva dos o tres nombres y siempre una avenida se convierte en sótano y hasta en garage. Al viajar en realidad el que viaja no soy yo, en realidad es la ciudad la que viaja dentro de otra ciudad, por ello es muy sencillo y común confundir el nombre y las direcciones de las paradas y de los barrios. Al preguntar abro todas las murallas, toneladas arrugadas de miel y de morfina, un reflector de luz continua, drenar, el diluvio cambia de tanque, emergemos como ciudadanos de A hacia B.
1 comentario:
http://www.youtube.com/watch?v=4DTbGvthH1M
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