14/9/11

5. Ciudad Satélite

Cruzo de Mataderos hacia Santafé. Un día me disculparé, habré pagado con intereses de porcelana cada una de mis deudas. Hago el paso en tres horas, sin saberlo he tomado la máscara de la antigua galera, mi nombre no es Ulises Lima, y aún tampoco sé de que mismo voy. O iba. Cruzo ese intestino a través de una aguja retráctil a la que no le costaría salir al otro extremo, limpia y sin desgarres, no llevo headphones y sin embargo la música suena en un perfecto estéreo. Es posible distinguir hasta los pensamientos más profundos de aquellos que como yo han partido la historia, así me entero de canciones donde se habla de segundos nacimientos, si alguien habla de una secuela es posible que ya existan terceras y quintas partes. A veces la recepción se afecta, es cuando pretendo ganar aquel molesto juego del teléfono descompuesto, maldecimos con mayúsculas a los proveedores, de tanto abrir la mandíbula esta comienza a rechinar. Levanto la vista para ver la luz del semáforo y mientras los peatones cruzan, se me ocurre que de monstruoso todos tenemos los ojos. Busco entre los pies, es decir, silbo un tema al que bautizo con coros que no pretendo recordar. Asfalto, me pregunto con ánimos de antropólogo por las calles bañadas de oro, altero el orden del tiempo, realizo saltos cuánticos, me deslizo como en aquella serie de dos o tres temporadas, lo verdaderamente aterrador, el encontrar a otro Andrés abandonando cada dimensión me revienta con un saco de dudas, en cada huida veo solo su espalda, es como ver kunfu, llego cuando el mal ha desaparecido, el mal derrotado por el primer arcano.
Pero entre Mataderos sucedieron una serie de hechos inverosímiles, tanto que han dejado de existir. Es posible haber perdido la letra de todas las tonadas o por lo menos de las más populares, perdidas y licuadas, Mataderos parecería ser una de las pocas construcciones en pie, genealógicas, mucho más resistentes que un muro. Parecería que dentro de aquel perímetro se encontraran raíces tan profundas, negativos de primeras sílabas, primeras impresiones, primeras repeticiones. Quizás es algo mucho más simple, más cercano a la sangre, el lugar, con sus campos demolidos por vías de tren me recuerdan a una serie de asesinatos, es decir, me siento en compañía de propios y los mismos extraños. Al volver, recogiendo los pasos del otro Andrés, silbo un tema popular, le dedico aquella tonada al piso.

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