27/6/11

Él no tiene nombre, mejor dicho lo tuvo, mejor hay que pensar que lo sostiene en las manos, lo tira por una ventana, lo observa caer sobre algas, entonces digamos que tuvo un nombre, pero parece más claro decir también que lo perdió. Ya sin un nombre, que también es como decir ya sin memoria, detiene su mirada en el paisaje que se le presenta a través de la ventana. El hombre, antes llamado de alguna manera, viaja a través de un país lleno de montañas. La autopista por la que transita el autobus en el que el hombre hace su viaje, atraviesa el aire, la lluvia, la arena, sus llantas firman como en papel una rubrica a través de páramos, de haciendas viejas, de ciénagas, como un gusano es el autobus y como parásitos son quienes dentro de él van sentados: una niña gorda y rosada con diademas en la cabeza, su padre, o un hombre peinado a la perfección como con brocha, que además lleva un bigote negro y pesado y varias revistas deportivas en su mano. Junto a él un niño feo, de cabello en puntas, con los ojos negros y una camiseta de los power rangers. El niño, que sonríe, que salta sobre las piernas de su madre, toma fotografías con una máquina de juguete, fotografías imaginarias del lago, de los árboles, de los fondos imprecisos donde pareciera que él estuviera visitando. La madre, una mujer de espaldas anchas como un armario intenta sin éxitos cerrar la ventana.

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