La noche era oscura. Las puertas habían sido aseguradas desde adentro. Los pisos lucían pulcros. Al encender una luz, parecía que la casa hubiera sido construida sobre un estadio, o iluminada desde el interior de cada pared.
Ella y él se presentaron oficialmente, ambos se dieron las manos, ambos recordaron sus nombres, para que el otro supiera de inmediato con quien estaba tratando, para que se familiaricen, para que lo que quedaba del día quedara entre ellos, fuera para ellos, pero sobre todo fuera, como quien dice, para que valiera la pena. Ambos llegaron a un acuerdo, antes incluso de recordar cuales eran sus nombres, acordaron, para que el resto de la noche, ambos pudieran descansar sin molestias, sin rabietas. Él, encendió un televisor con un control remoto, hizo varias veces zapping, surfeó a su modo por entre telenovelas en italiano, miró a Mastroniani encender todo tipo de cigarrillos, mientras, en la habitación del frente, ella, según él, estaría haciendo alguna rutina de ejercicios, estirada sobre la alfombra con las piernas recogidas, ancladas entre los brazos, con el cuello estirado, la cabeza de cabeza, los techos en los pisos y los pies pataleando, los pies como almohada, como pedales y como remos, de una barca de porcelana, sobre un mar de cabellos negros, de olas oscuras, como brazos de pulpo, o de pulpos, o de pelusas, o de alfombras con formas de pulpos, o de mujeres convertidas en espuma, en nubes, en lluvia, en relámpagos.
Al cambiar de canal él encuentra un documental que trata el tema de la electricidad, el filme muestra casas construidas con paneles transparentes donde cada habitación es estampada sobre la siguiente y donde es imposible diferenciar un fondo, como si se tratara de varias peceras dentro de otras peceras. Los peces o los en teoría dueños del espacio decoran los fondos, le agregan rostros, lo convierten, lo maquillan, lo transforman en maniquí. Cuando la dueña de casa entra a una de las duchas el documental adquiere otro tono, abre paso a los testimonios, el diálogo se vuelve elemental, de repente todos tienen algo que decir. Se extraña, se imagina, se desean las imágenes de la ducha, el vello púbico de la entrepierna, se produce una ligera erección, se recuerda, se pronuncian malas palabras, palabras ideales para herir con permiso, palabras firmes y útiles como dildos.
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