Podía ser posible. La idea rodaba dentro de su cabeza, conectaba un cableado kilométrico de luces fluorescentes, de lámparas de petróleo, de intermitentes luces navideñas, microscópicas, nerviosas, dotadas de puntas eléctricas. Esa idea que recorría las autopistas a una velocidad incápaz de ser medida, incápaz de ser vista, invisible como un disparo, sería el comiezo de su aniquilación, en ese instante, parecido a la caída de un trueno, las ideas, o las palabras, o las emociones se sucederían a través del filtro lógico instintivo, como en un derrumbe, bajo la orden o como respuesta de una fila de hombres afeitados, vestidos con mandiles, en un orden donde es imposible distinguir edades,
él no llamó, él dijo que lo haría a las ocho y media, él, antes, durante la primera charla había hablado con preocupación de la puntualidad. Lo dijo, en tres palabras, qué tal eres con la puntualidad, y ahora, ocho y treinta y cinco minutos, cuando ya la puntualidad estaba derrotada, cuando él debía ser consistente con sus palabras, cuando la palabra de un hombre estaba en guerra, yo, manejaba, detrás de una fila de taxis y patrullas a esta hora los autobuses estarán cargando sus tanques para los recorridos del día siguiente, en fila, con una mano en el volante, Anna no está, Anna aparecerá en el relato recién al final de la calle, cuando haya disminuído esta afluencia de motores, de radioestaciones, de Santanas y narcotangos y sets electrónicos bajo las luces románticas y agresivas de los semáforos, entonces ya no tendré que sostener el volante, no haré maniobras, seré un dandy, mitad Wilde, mitad panzón de unidad, frenaré con los pies, mientras, Anna, con olor a cerveza, por qué no! casi arrimada sobre mis muslos, resuelta a gritarle al primero que se le interponga, Anna bajo mis dominios usando sus manos para ordenar mi vida una vez más, sostiene el volante y yo con las manos libres, con la vista en la fila de taxis y coupés y citroens y cheyennes, tomo la tarjeta de él, uso los postes, a Quito, a su luz, distingo los números anotados, los nombres impresos, repito, como mantra, con énfasis, mirando a la cheyene, sintiendo el acelerador bajo el pie, como si de repente las extremidades fueran de palo, como zancos, antes de haber anotado el número, de haberlo marcado, repitiendo 293 293, con la teoría, la hipótesis del fracaso, fiel, testiga de cada amanecer, una verdadera todoterreno, abierta de brazos y de estómago, cubriendo de vísceras la señal, borroneándola, deformando el sonido dentro del auricular, como hace veinte años, como al hablar con la familia en el extranjero, como si la comunicación estuviera construída sobre ecos.
él no llamó, él dijo que lo haría a las ocho y media, él, antes, durante la primera charla había hablado con preocupación de la puntualidad. Lo dijo, en tres palabras, qué tal eres con la puntualidad, y ahora, ocho y treinta y cinco minutos, cuando ya la puntualidad estaba derrotada, cuando él debía ser consistente con sus palabras, cuando la palabra de un hombre estaba en guerra, yo, manejaba, detrás de una fila de taxis y patrullas a esta hora los autobuses estarán cargando sus tanques para los recorridos del día siguiente, en fila, con una mano en el volante, Anna no está, Anna aparecerá en el relato recién al final de la calle, cuando haya disminuído esta afluencia de motores, de radioestaciones, de Santanas y narcotangos y sets electrónicos bajo las luces románticas y agresivas de los semáforos, entonces ya no tendré que sostener el volante, no haré maniobras, seré un dandy, mitad Wilde, mitad panzón de unidad, frenaré con los pies, mientras, Anna, con olor a cerveza, por qué no! casi arrimada sobre mis muslos, resuelta a gritarle al primero que se le interponga, Anna bajo mis dominios usando sus manos para ordenar mi vida una vez más, sostiene el volante y yo con las manos libres, con la vista en la fila de taxis y coupés y citroens y cheyennes, tomo la tarjeta de él, uso los postes, a Quito, a su luz, distingo los números anotados, los nombres impresos, repito, como mantra, con énfasis, mirando a la cheyene, sintiendo el acelerador bajo el pie, como si de repente las extremidades fueran de palo, como zancos, antes de haber anotado el número, de haberlo marcado, repitiendo 293 293, con la teoría, la hipótesis del fracaso, fiel, testiga de cada amanecer, una verdadera todoterreno, abierta de brazos y de estómago, cubriendo de vísceras la señal, borroneándola, deformando el sonido dentro del auricular, como hace veinte años, como al hablar con la familia en el extranjero, como si la comunicación estuviera construída sobre ecos.
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