Para él eran cuatrocientos años, los contaba con la mano, los repetía en los dedos de los pies, con cada pestaña, llegaba a contar hasta setenta, respiraba, imaginaba una cifra entera, un número natural, un cifra tántrica, entonces operaba, resolvía cada siglo de historia, contaba guerras no a través de la pólvora, inventaba nombres, familias, espadas, encargaba, como se encarga al servicio de correo, un calendario de eventos, una bitácora, la radiografía que él intuía, la radiografía de un tiempo desconocido, empolvado, la historia que retenía, como a una moneda, los hechos, los actores que borrados, o convertidos en polvo, habían escapado a la pluma de los hombres, al martillo, al fuego, a la cuerda, imaginaba para sí mismo, y para la futura generación un bosque, una extensión cubierta de árboles, bañada por lagos, un páramo que sacaba de los bolsillos, que se escurría por la nariz, como sudor, un ave de tierra, un dialecto desconocido, un cuchillo, una mirada incómoda, una cruz de madera, fe, infamia, vísceras.
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