2/4/16

El sonido y morder la mano

El mendigo es mi amigo. Mi amigo se llena, al mirar me he quedado sin hígado.

El mendigo tiene tiempo que puede usar como repuestos, con aquello construye y todo es una flor de otras posibilidades.

El amigo mira un tren y son doce vagones dentro, en el borde de sus ojos. Al pasar, una línea muy precisa sigue y se mantiene delante, la estela se toma su propio tiempo antes de empezar a desaparecer. El amigo avanza de costado, se desplaza apenas y sus rodillas avanzan rectas.

El amigo escucha y el mendigo habla del amigo. Las palabras graves y huecas golpean el primer objeto cercano. El objeto a veces no soporta la hinchazón, hay objetos o volúmenes tirados en el suelo.

Al estar uno dentro de otro nada es real, y nada tienen que decir el uno sobre el otro, sucede que ambos intentan levantar los brazos, abrir o cerrar las manos, quieren encender una bombilla y les cuesta tanto ponerse de acuerdo. 

Turnos    

El mendigo escucha como un amigo, el amigo está dentro del mendigo, suena fuerte y son palabras que ocupan, son los restos del amigo.

El amigo es un sonido y el sonido se repite, cada vez con fuerzas distintas y cada vez con duraciones nuevas, que parecen no tener un inicio.

El amigo, el mendigo, no estoy seguro si giro a un lado o quizá debo seguir sobre la línea suave y entrecortada, nada de doblar, todo en esa dirección.

Es todo, es un sitio y un sitio lleno de puertas y ventanas.

Cristal.    

Escucho a Fugazi. El mendigo es mi amigo; guardo todo el tiempo y estoy seguro, estoy bastante seguro y a salvo y escucho a Fugazi.

Estoy seguro y escucho que debo guardar el tiempo; mi amigo toma un tren camino a casa y eso exige poco, más bien lo escucho acercarse, sí, estoy seguro, lo escucho y hace el ruido de quien está en camino.

Sí, estoy seguro de que escucho al mendigo conducir el tren. El tren hace sólo unas cinco o seis paradas y acaso hoy es lunes. Hoy es lunes y escucho que el tren se acerca, y mi amigo espera de pie.

Mi amigo es el mendigo que conduce el tren que escucho cada lunes. El tren me advierte, el tren está a sólo doce paradas y ya lo escucho advertirnos que hoy es lunes. Mi amigo me observa pero yo estoy en casa y en casa hay una sala y una cocina y dos baños pero no veo el tren ni a mi amigo ni al tren que conduce mi amigo o un mendigo.

No estoy seguro pero ¿el tren es mi amigo?

Espero debajo de una gran sombrilla y cada tanto la coloco sobre mis colegas y camaradas y el sol brillante sigue del otro lado. Cada tanto los empujo y ellos siguen junto porque estamos esperando nos recojan. Mis colegas conocen sus nombres y a veces me llaman del modo en que ellos una vez se llamaron.

Que una vez fueron Marco, que otra vez los llamaron Aníbal; Gloria, Mario, Mariobergolio, Marco, Bronce. Escucho que ellos discuten y me siento a salvo, me pongo incluso rosado y ellos se animan a recordar otras cosas.

Los mendigos rodean a Marco y a Bronce y los hacen dar brincos sobre sí, como tardan en darlos, los mendigos dan saltos para que ellos los repitan. Espero debajo de una gran sombrilla y pasan varios autos sin detenerse y sin usar los frenos.

Estoy seguro pero es un tractor, y el tractor arranca un gran fragmento, la tierra cae negra y rota y mis colegas señalan la poca sorpresa que eso les causa.

La tierra negra y húmeda cuelga de nuestras raíces y el conductor del tren nos la señala con el dedo, su dedo es largo y pesado y nos oprime contra los respaldares. Una cría nos quita las monedas tras advertirnos que así será durante el siguiente año.

Escucho el tremor tras el paso de la pala mecánica y cada ventana parece desnivelarse; el mendigo mira e interior del pasillo y nadie conduce el tren. Estoy seguro de que algo extraño e inexplicable y quizá religioso debe ocurrir.

Estoy seguro de cosas que no puedo ver.
Estoy seguro del porvenir y de días o rumores que deberé pronunciar o tolerar.

Escucho fugazi y el mendigo canta algo sobre la medicina roja dentro las cajas rojas de medicina.  

Mi amigo me lleva a un lugar a un lado de las vías. Mi amigo no ha cambiado, lleva la misma camisa y sus dedos se aferran a los hombros, siento algo similar a una fuerza o culpa. Al llegar buscamos cómo sentarnos y sin decir nada dejamos que los vagones avancen. Misteriosamente suena una campana y todo indica hacia las 17 horas.

Tengo ganas de conducir algo que pueda caer o rodar en un barranco. Del otro lado del muro hay una fila de árboles que desaparecen sobre la colina. Es una fila perfecta y recta y cada árbol sembrado a la misma distancia. Del otro lado las vías del tren se internan en la ciudad. Son las 17 horas.

Tengo ganas de conducir y de otro par de cosas pero nada es claro. Han pasado mil años y pasarán decenas y grupos o conjuntos y quizá perderé la piel y crujirá la mandíbula cuando mastique. Han pasado tantos días que ahora debo buscar una nueva agenda. 

Cada vez que inhalo siento la garganta cubierta de mercurio. La saliva es tibia pero tiene formas o esquinas, el paladar está abierto en varios tramos.

Supongo que estoy cerca de perder la luz o iluminación y será como si terminara la tarde en un pestañeo. Mi cabeza caerá dejando una gran línea de caracteres repetidos, los caracteres se repetiran hasta que el documento se extienda durante cinco mil hojas.

Es una posibilidad y pronto recibo un correo. Dejo que pasen varios días y con una ansiedad desconocida me encuentro debajo de un gran árbol y a la sombra de los ruidos; son autobuses y son carpinteros quemando madera y dando pulso a los objetos que giran. Al tomar asiento dejo que los dedos se escapen y casi que trepan por los sillones y uno sólo puede hacer un gran puño y golpear a la primera pelusa que corre sobre la superficie. Se escucha un paff! y las pequeñas patas se retuercen y quizá un breve aroma se cola desde el frío y gris jardín. 

Aquello de tirar la puerta se ha vuelto una costumbre. Una cosa es empujar y otra es dejar que algo lleno de cristales vibre y se sacuda contra el marco. Para tirar la puerta uno apenas debe levantarse y apenas son breves metros y el clima se cola y el día está fuera, en el jardín, en las aceras y debajo de los neumáticos y debe quedarse allí. Son breves metros y uno deja las cosas y el día fuera y la puerta de cristal hace brum! agitándose contra su propio y rectangular marco.

Uno de estos días espero ver su rostro pero su rostro rosado y un tanto aceitoso y quiero apretar los forúnculos que tras doce años siguen redondos y llenando las mejillas. Oprimiría como si de un panel se tratara y al mismo tiempo y sin dejar de entrar por sus negros ojos diría, soltaría una de esa frases que tan bien le hacen a esos momentos, que tan bien llenas los agujeros de nuestros, de los días de los hombres. Su rostro sigue siendo el de una víctima de una esas historias que pasaban por el cine y la tevé, una suerte de mueca detenida para siempre, uan suerte de pregunta hecha que sigue en la espera de respuesta.

Su rostro estuvo entre mis manos y pegada a mis redondas mandíbulas un par de veces y recuerdo que solía agradecérmelo y solía decir que fue lo mejor, más bien, lo unico que no podía no hacer. Debí, estoy seguro de haber dado, de haber sido tan poco, casi como si de respirar, casi como ir hacia el kiosko y pedir que me vendieran cualquier cosa; días de niños llenos de dulce en los bolsillos y días de no saber hacia dónde ir, en las habitaciones de quién terminar; recuerdo sus ojos dentro de esos huesos y bajo la frente amplia y rosada mirando hacia todas las direcciones, pidiendo, exigiendo, taladrando un sitio porque su radio pedía, su magnetismo era múltiple. Un día junto, una hora de un lado, semanas de ausencia, horas de horror o quizá sólo, más bien su autosecuestro.

Si era su captor, debió ser su libertad.

Una vida rosa dentro de un cuerpo rosa respirando oxígeno rosa y oxidando, dejando que las costras y la caída fuese la pérdida, un globo sin aliento.

Aliento rosa que chupa, que toma por dentro.

Las cosas están hechas de un ruido y ese es el pulso, de lejos llegan los pies de un hombre arrastrándose, es la carne que se niega a continuar. La ignición deja y hace visibles los nombres de las cosas y uno no quiere ser nada ni quiere saber, cosas, exlamación !qué cosas! Cientos de breves lujos, brillantes o redondas perlas masticándose, vuelan astillas como si de una carpintería se tratara y vuelan los cristales que caen sobre el parabrisas; deben ser las 17 horas y ese es el punto final de una jornada llena de sudor. Al llegar a casa tomarán la cesta del pan y colocarán bollos dentro de un jarro pesado con café. Para iniciar el giro y la combustión el motor necesita que la llave se dirija hacia la derecha.

  


       

16/11/15

Alfredo; que me acompañe a casa, en la otra dirección, ya la debo convencer que cada vez que salgo de casa; su padre se


Tenía bastantes sitios y todo ese sábado me la pasé siguiendo a escondidas a Nicole, y Nicole vive cerca de Pablo Sanz pero allí perdí su pista pero me mantuve debajo de un gran almohadón. Creo que aún llevo colgado la mitad y una buena parte de aquello, es como si la mitad sudorosa de un rostro algo torcido acabara de desinflarse y ese rostro escoge de entre treinta días y tras siete horas deja solo unos rastros y son arbustos y el edificio con la tienda y los víveres.

Cada vez que salgo de casa juro que salgo de casa.
Estuve tras ella pues quiero que me acompañe a que tomemos el autobús, pero es en la otra dirección y seguro antes me hace hablar con su padre.
El tipo se llama Alfredo-Marcelo.

Cada vez que hago una pregunta sucede que una o dos personas o dos caballos acaban de dar un portazo. Me da la impresión o es como si las respuestas y su volumen quedaran alargándose en los pasillos y quizá son el pasillo mismo; aquella línea toma los muros y también se pega o empareda el suelo; luego, son líneas que van o vienen. Me obligo a llamar a la puerta y meto el pie y pateo dos veces pero podría hacerlo toda la mañana.

Golpeo sin demasiados ánimos y charlando, haciéndome muy cercano, un grupo de actividades para la formación y el tema de lo heurístico. Charlo, me río con gravedad, intento sacarme respuestas o por lo menos algo breve, una historia que suene verdadera, algo doble, un capítulo que involucre manejar un auto con su volante y las cinco velocidades y debe ser en una de esas tardes en la que uno baja muy rápido sobre una autopista sinuosa. En aquella historia de un automovil bajo muy rápido y es como correr contra o entre o emparedado por un autobús anaranjado y un camión azul.

El lugar luce prolijo y sin una sola mancha o aquello de los restos de polvo o ceniza. Da o queda bastante tiempo para mirar con curiosidad los planos, para encontrar ángulos y vértices y casi como si otros departamentos o las habitaciones del resto de edificios entraran y se sobrepusieran o ya formaran un centro de actividad expresionista, como con los decorados y los escenarios de un filme de Mourneau. Hay una caja oscura y perfetamente cúbica, una antena de aluminio que hace una V cuelga detrás; dos puertas blancas enmarcadas en una madera oscura como el cedro; un interruptor amarillento ajustado por tornillos de media pulgada, y su pulsador está como metido, como desapareciendo en el muro tras haber sido pulsado con demasiada fuerza; bastantes tiras de madera lustrada pegadas en grupos horiontales y verticales que cubren y más bien forman el suelo, además las tiras desaparecen caprichosamente debajo de otra mucho más ancha y más larga y más oscura y a la que le hace falta una capa de barniz que sirve para dar por terminado el muro, la horizontal o el vértice que toca el suelo. Se nota una inflamación en la pared como un estómago cuadrado pero es el muro y debe medir medio metro de ancho.

Casi que debo dar demasiadas vueltas pues el colchón es una esponja que tendrá su uso y que tira todo hacia el techo; casi que puedo ver los blancos huesos volverse rojos; por la ventana entra el ruido constante de camiones y motocicletas, las motocicletas primero hacen su ruido fuerte y redondo y muy molesto pero además se las escucha avanzar sin demasiada fuerza, como bicicletas y como algo que está hecho para funcionar mal; los camiones suben o bajan o llevan cosas y se detienen antes de tomar hacia la zona de descarga y de envío, van en todas direcciones y se detienen con demasiada prisa o arrancan como si no quisieran hacerlo; seguro van llenos con los equipos para amplificar o con lavadoras y congeladores del tamaño de roperos.

Las casas están del otro lado y son como una manta de techos podridos o poblados de de maceteros y pantalones azules que hablan o son como castigados por el viento. Detrás hay un bosque con árboles verdes pero son árboles que empiezan a ponerse oscuros; son las once de la mañana.
 

22/8/15

Que lo perdido te encuentre.

Miro ese gran elefante corriendo detrás de nosotros y más bien está levantando su trompita y su trompita es como un cromo o como un sticker que corre tras las páginas y los rectángulos de un álbum, y sus gordas patas que ya se juntan y cada vez parecen recortar, parecen rebanar y nada vuela en pedazos, ni brazos, ni bufandas o restos, jirones u hombrecillos de papel unidos por pies y manos pero ocurre que aquello es la gran gran ilusión, así nos vemos pues es nuestro nivel del mar de más uno cero y menos uno, nuestra azul y no muy profunda pecera que más bien nos recuerda a una autopista, como si cualquier cosa sirviera para explicar y para abrir bien duro con un rastrillo para ya sembrar Guppies, pero nosotros manoteando, guardando de parecer algas o dando largas brazadas, en vez de espuma saltando la brea, una espuma negra y el agua celeste que nos cubre y parece dibujada.

Brincamos, nuestros pequeños pies suben y ahí, entonces el llanto.

Nuestros pequeños pies que no tocan el suelo y lo de saltar y en el salto empujando otros pequeños brincos, y durante un lapso o una inhlación lo de ser un emparedado, lo de manotear y patalear para seguir arriba o para que la caída sea lenta o quizá nunca termine.

Una pecera y los adhesivos corriendo y sus patas gordas que no rebanan ni tampoco tocan el suelo.

Las patas como en los dibujos animados y detrás el fondo repitiéndose una y otra vez.

Los ojos llenos de azul, los dientes duros y algo brillando de roto, jirones. Juntos los dedos que son como solo tres dedos, tres gordas y triangulares aletas, junto o juntas o apretados como si así las cosas abrieran cualquier cuerpo. No sé qué hora es y todos tienen un gran reloj que inflama sus redondos muslos y que seguro no funciona, un cable atado que quita el pulso y nos obliga a aplaudir y a empujar para que nadie esté demasiado cerca; seguro y es solo un dibujo o una goma enrollada y da ganas de meterle el diente o morderla hasta llenarse de babas. Cada tanto debo hacerme un cromo o girar para entrar como lo haría un cedé; vibro, el rumor nos agita pero además debo o deseo perder el pulso o la secuencia y los compases y ojalá nada de ráfagas pues lo siguiente sería languidecer sobre un cable, como papel encerado y verano hoy, verano y la mitad de lo que queda del verano. 

Luego estoy sobre mis pies y son dos rancias rocas o dos casi ladrillos que empiezan a ponerse duros.

No sé que hacemos pero nos tomamos todo el tiempo y todo el tiempo es un lapso tan breve que uno cada tanto está pidiendo que las cosas ocurran de nuevo, ruega que lo que hizo una vez provoque lo mismo, resulte en un nuevo y más duradero paso hasta no saber si está empezando o acaso y ya termina. Nuestros dedos se dan modos para arrancar yerba o quizá para no dejar marca pues todo es como un gran led, si sobrevolaran las gradas o los breves jardines con kikuyo tan alto, resultaríamos en seres redondos dentro de una pantalla led, puntos, pixeles. Apenas giramos, eso de subir en el otro pero ya bien rápido dejarse a un lado y dejar que alguien más lo haga. No sabemos la hora y suenan tantas cosas, como si un gran parlante y al fin a demasiados kilómetros se esforzara por acercarnos muchos ruidos. 

Luego pudimos decir algo serio, algo que nos ayude a vivir otros siete días. 

No sé que sonaba, de todos modos era algo muy electrónico y lleno de loops y cuerdas con la manía de hacerse una onda húmeda, me volví un auto, sus pies o botas de segunda mano cada tanto golpendo mi pecho, y yo era un auto y en esas películas hay un auto que se conduce solo y que tiene un número pintado en el capó y ese auto escapa o lleva niños dentro, los pasa de un país a otro, los pasea pero los niños al mirar esos enormes cielos azules que alcanzan para cubrir cualquier vistazo de niño que acaba de llegar ya no lo son más, ya nunca quieren volver y todo es quitarse lo que llevaban puesto. Y eso es enorme, y el llanto está en todas partes, llena los muslos, las botas que aún caen sobre el estómago, y los pequeños pies que se han enterrado en una suerte de fango.

Uno sonríe o chilla o quizá tiene un gran tubo empalado y huele a nubes de colada morada.

Y no sabemos, parece que no queremos nada más, es como si todo fuera por fin suficiente para cerrar bien fuerte los ojos, un rayo imposible del que no se tiene rastro, dirección. Uno es capaz de erguirse como una palmera, todo es rojo rojo, cada fibra equivale a una porción y debe ser cuello y el cuello también derramado y que nace de los hombros; eso de ahogarse, eso de hundirse cada vez hasta que al fin no hay movimiento, nada de doblar una falange, nada de respirar hinchando el estómago. 

Queda una trompita tomando lo que queda de las horas y llenando aquel agujero, dándonos moléculas para los siguientes siete días.

Cientos de minotauros enterrados con sus trompitas sobresaliendo, tomando lo que queda del sitio o vaciándolo. Una enorme luz sobrevolando las pulgadas, tomando data, mejorando lo que formamos, la gran harina con agua morada, buscando nuestros mejores contrastes, reparando en nuestros filos. Resultamos un gran cuadro o una gran pantalla led que debería ser vista con el cable desenchufado y así pixelar menos, así desde el anillo de algún satélite. Un gran led gris u oscuro o nada brillante y con ese aspecto mate que uno no sabe muy bien si tocar o acariciar. Supongo que somos dos tíos que han cargado cada molécula hasta ser tan duros como un yunque, como si eso fuera el premio de haber dejado casa por unos días. Una cosa de cerrar con todos los picaportes pero también lo de tomar un taxi hacia donde nos quiera dejar. Todo muy hippie, muy grunge. Y así es, y así debe ser hasta que uno recuerda que ha dejado encendido el modem, y la última vez tardaron meses en repararlo, y cada vez todo parece una última vez, la última vez de algo. 

Está muy oscuro para arrancar algo de pasto, pero debo tomar aire, y miro sus largos muslos y supongo que no falta demasiado para volverme un tapete. Algo suena, no sé qué es, pero todo tiene un maldito sitio, si alguien se recuesta, hay alguien que se pone en pie, si miro algo con atención luego ese algo desaparece o quizá solo es tan grande que no se lo puede distinguir.

15/8/15

de dónde se comunica? sospecha parroquia La Calera Grande

Estuve dándole muy largo y fue media mañana de revista y así pasaron duros minutos. Que qué vi? Estuve dándole mucho tiempo a eso de mirar y comprobar los datos, lo del pronóstico de curvas, luego varios días como si fuera de nuevo capaz de mirar hacia atrás y empujando además para que ya llegara y de nuevo mirara hacia atrás, como se mira al día que está aún en camino. Una nube recorría desde la última ventanilla y quien ocupaba el último asiento viajaba también en el asiento libre. Al bajar el cristal sentí varias moléculas pues todos regresaban o quizá se iban desprendiendo de los otros autos.

Pasé mi dedo entre diminutas frases y cada tanto diminutos nombres de dos sílabas parecían indicar que habían pasado doce horas desde la última vez que escribí en la agenda. Un rostro llenaba la mitad de la pantalla y me emocionó muchísimo el hincharlo o encogerlo con solo mover mi pulgar. Me dolían ciertas falanges y cada vez el cristal se llenaba de mis huellas redondas. Una gran mancha redonda y porosa brillaba dentro de un marco opaco, del mismo modo del otro lado pero más bien coloqué el cristal sobre mi muslo hasta que todo fue de nuevo opaco pero atravesado de ciertas líneas sin ningún orden preciso, como el melgacho en una caja de cerillas. 

Tomamos por la ruta hacia Cobas. En Cobas debimos dejar que la fila fuera ordenándose sola. Sucede que la tarde anterior los incidentes de las doce dejaron tramos descubiertos, por ejemplo a la entrada de Pares. En el auto pusimos algunas cintas y cada tanto se escuchaba cuando uno de los lados llegaba al indicador rojo y entonces una tira de cinta blanca raspaba la cabeza de cobre. No recuerdo pero tras la ventanilla pude ver algo similar a una nube, una mancha muy grande que recortaba sobre el perfil de montañas. 

La tarde aún tenía para continuar unas horas aunque cada vez nos dirigíamos con menos intensidad; incluso los tramos más amplios estaban poblados de GMC; a un lado los breves puestos ofertando algo de fruta recién cortada, la línea blanca casi desapareciendo debajo de una película muy fina, varios camiones como si por primera vez avanzaran a un ritmo menos explosivo. Tan solo dos o tres camiones hicieron aquello de pasarnos echándonos encima todo el material y el lodo de la cota, todos iban como al mismo sitio, como si quedara nada mas que una población, y como disponiendo de la misma cantidad de tiempo. Dejé que el viento entrara y mi rostro se sintió bastante tibio, y las moléculas iban quemándolo y la nube sobre el perfil de la montaña más bien era como algo ligero o gaseoso, uno no sabía si pronto habría una gran tormenta de gotas muy delgadas o acaso se quedaría siempre de ese modo. Avanzábamos como si aún quedaran cosas por hacer pero como si no sucediera nada si se las dejara para otro momento.

Luego quise exigir a la tía de la pequeña cabina que nos dejara pasar y que ya levantara el brazo mecánico. La tía llevaba una fuerte mascarilla sobre su pequeño rostro, sus mejillas casi desapareciendo detrás de redondos y pesados filtros, sus ojos como dos ranuras detrás de unas gafas rectangulares no dejaban de observar su unidad azul. Quise hacerlo pero H ya había extendido la magnética y fue cosa de cambiar de naranja a verde. La tía devolvió la magnética y el auto hizo algo como un carraspeo. Adelante y en mitad de los descansos dos camionetas negras estaban siendo aseguradas con largos cables y eslingas, cargaban con veladores o cofres de palosanto, cajas térmicas ensunchadas y esponjas anarajandas de dos por doce. El asfalto era más bien como una larga lengua que no había sido cepillada por días. Una lengua con manchas breves y con orificios que dejaban ver su verdadera naturaleza.

Quise pararme a tomar un par de fotografías pero ese más bien ya era el centro del horror. Cada tanto una serie de pequeñas casas y pequeños cerramientos hechos por cable y entalonados sobre medianas vigas. Dentro de estos los animales parecían hacer las cosas de todos los días, mordían el pasto y también tenían su atención sobre lo que llevaban a sus hocicos; las vacas de piel oscura más bien se veían grises o como si envejecieran. A uno de le entraba ganas de bajarse con esponja y una gran manguera para quitar todo ese envejecimiento. Un auto rojo hizo una ese frente a nosotros y luego pasó como un pez junto a un camión de Froztec.

De la mitad hacia el sur ya se respiraba con poco trabajo. La mitad hacia el norte aún merecía un trabajo no planificado. Ambas partes lucían una luz única; ambos lados debajo de un manto, pero además como si no hubiera un límete muy preciso, como si cada porción creciera hasta donde la vista alcanzaba. Aún dudo de aquel mar que nos cubrirá, J dice que soy el mismo inocente y que se acaso no escucho los noticieros. Me pongo rojo y los pómulos de repente son corazones que laten hacia cada lado o como puños que quieren tirar a J al suelo y eso sucede desde hace casi cinco años, solo que ahora que nos vemos poco sucede con mayor intensidad o como si de verdad mis pómulos sin que nadie se los ordene lo fueran a hacer. Luego de dos segundos de pensarlo digo que la cosa está de tal modo y J escucha. Luego continúan las preguntas y más bien hablamos de las cosas que hicimos en ese momento del día, todos estamos sentados en grandes sillones y es como si no tuviéramos opción, y respiramos pesado pero cada cual da su versión de las cosas. No encuentro demasiadas cosas mías en los otros y quizá si me identifico con la incomodidad de manejar un auto para luego traerlo de regreso al mismo sitio sin un descanso intermedio. Tomaría una ducha pero J dice que no desea refrescarse. Luego me alegro pues siento como si dejara de respirar.

Tuve que sentarme bien quieto en mitad del asiento. Una tía trajo tres pequeños bols y luego los llené de picante y la salsa anaranjada brillaba como un globo. Estuve con bastantes ánimos y más bien pedí un bebida de malta y el cristal estaba todo escarchado, el fondo oscuro de la botella provocaba quedarse debajo de un árbol o por lo menos con las piernas largas y sin calzado. H bajó su malta de un bocado y un grupo en las otras mesas no dejaba de admirarnos. Supongo que ocupábamos más espacio y también hacíamos más ruido. Bebí y al fin dejé de carraspear. G fue hacia la trastienda y no la vi por un buen momento. H ahora charlaba con una tía bastante anciana, y la tía parecía acostumbrada a charlar y sobretodo a dejar en claro cosas que quizá ella mismo oscurecía. Una bandera roja o verde roja flameaba y cada tanto caía al suelo. La anciana volvía a sostenerla entre sus manos y no tenía apuro en dejarla junto a la columna. En la columna había además un cable como anillo que seguro servía para avisar que el sitio estaría abierto. La anciana se dirigía a otro tío y yo puse mi mano en su hombro para decirle que todo estaba bien. Fui hacia las mesas y también regresé al auto. La autopista era una lengua con breves espacios grises y una nube recortaba toda la montaña. Era medio día pero podían ser también las seis.

2/5/15

Tienes los sonidos más deliciosos de este lado de ultramar

(y yo que cambié el ringer del teléfono de casa para que te sientieras más a gusto)
 
You should stay at the next station on the same side.
 
Primero

Fui recibido con un gran escupitajo; la espuma tibia cayendo por mi mejilla y sus ojos bien clavados en todas, en cualquier parte de los míos. Debí quedarme cerca de la puerta, quizá bien tomado a uno de los pasamanos; de todos modos siempre me ha gustado el color amarillo y si acaso un día uno de esos vagones perdiera el sentido, se aplanara contra todo el ladrillo, bastaría, suficiente con buscar los pasamanos; bastaría con apuntar la luz hacia el brillo redondo y llano y todo el tunel sería otra vez rojo pero sólo allí, en ese fondo redondo y llano, y allí el tramo del pasamanos.

Dos

Al dar vueltas las cosas se llenan y se inflaman y uno en verdad flota, en verdad lleva un globo por cabeza y eso es un peso que nadie sabe aún dirigir. Las ideas y las palabras y el cable que las junta fueron un choque en varias direcciones; se licuaban y además reventaban. Tras hacer push, los cubos violetas y el helado de mora parecía salir por una de las alas, quizá era el tono con el que se teñía el cielo y el horizonte a esa hora, y esa hora debían sumarse o restarle con otras siete horas.

No sé sumar y cada vez que sumo es como quitar.

Tercero

Ver y nunca dejar de ver, mirar y nunca dejar de mirar, y mirar cuando uno cree que duerme o que está hipnotizado. Lo de las luces y los cables lánguidos; lo de hacerse a un lado para quitarse el mal gusto, para rezar y pedir que los muros ya lo pongan pronto a sudar y bien cerca del final de la noche; hablar bien fuerte y empezar un círculo y un orificio, y cada tanto los bordes rotos y dos o tres tipos colgados y los montículos, los restos desprendiéndose. 

Cerrar el paso; el pie y la pierna al mismo tiempo estirándose y la mano y el brazo; y el pasillo perdido, su rostro y sus ojos de furia, los quince años rosados con encaje de regreso. La pierna y el brazo pidiendo el pago, el peaje, acaso intencionalmente como un mendigo que necesita cambio para no dormir con el estómago frío; su boca, una burbuja hacia dentro que la traga entera y quita el poco oxígeno que no sabía cargaba dentro, lo que uno desea quitar por simple gusto de verla ponerse azul. 

-Lo siento, han sido unas horas incómodas
-ah, de nuevo lo siento, déjame poner el pie en el suelo
-ah, de nuevo lo siento (ya mis manos apretando el cojín e intentando empujarme hacia otra posición mucho más cómoda.)

Cuatro

Tomar todos los rostros y llevarlos en la misma caja y luego buscar una farmacia, y en lugar de la farmacia uno de esos almacenes Equi; y la salsa roja y las patatas amarillas y la cena y lo de ¿te gusta lo que compré? Es para ambos, M y P ya tienen lo suyo. 

Los dedos, el canal en lo de plusOne, la ventana abierta y las cortinas rojas, la ciudad como en invierno, el techo tan cerca por culpa de las salsas tibias, por eso de comer sin demasiada hambre. 

Tomar cada rostro y venderlo o atarlo y llenarlo de gasas. Apenas doce horas; uno en medio y uno desde hace dos años y además dos años adelante. 

Eso de ir por cosas a lugares cerrados y eso de que las cosas tengan vida.
El tráfico, nosotros los que viajamos con ticketes para doce pasadas.

Quinto

Amar y declarar que uno está convencido, que uno ama sus sonidos; y el alemán palmeando mis hombros; pero es que tienes el acento más delicioso del continente; y era cosa de quedarme perdido varias veces para preguntar lo mismo en cada esquina, en cada estación. Tienes los sonidos más deliciosos del continente y el alemán palmeando mis hombros, sonriendo, y su novia rusa o ucraniana de labios rojos o hinchados o recién mordidos mirando o escuchando sin saber muy bien qué tanto es lo que nos disfrutamos.

-You must move at the next station on the same side.

Seis


Estuve y estar dentro de varios sitios, y saber cada una de las cosas que llevaban al despertar; antes de soñar y antes del ESP; y claro, al dar vueltas y al quemar la taza de cocoa y al colocar los brazos sobre la mesa, tras cortar un poco de pan. Saber que todo se mueve en una dimensión (?), creer que la misma velocidad nos dirije o nos comprime. Estar en los autos y la industria nacional; lo de subir en vertical dentro de un ascensor con pulsadores que encienden una llama roja; lo de escoger un tramo y un sentido; desde Zeindev a Due Nord; de Asztenenghg a Dresde; las maletas llenas con las cosas que todos cargan desde el despertar, desde antes de los sobresaltos por el ESP; y claro, el dar vueltas y el quemar la taza de cocoa y los brazos sobre la mesa y eso de repartir el pan; el pan es gratuito y uno recibe una cesta llena cada tanto y me ha gustado llenarme con pan.

Séptimo

Inventarte cosas y hacerte ver mis evidencias que en realidad son las cosas y los nombres que has olvidado. Dirigir el tema hacia los años buenos y sanos y dejar o más bien cuidar que tu madre no diga nada; que no avance ni un milímetro más. -Su nombre es el más antiguo y su nombre es tan remoto que debió significar el inicio del lugar en el que estamos ahora.- Y tu madre toda ella llevándome hacia otro sitio, en realidad un pequeño sillón lleno de pequeños cojines y poco a poco llegando o invocando siglos y campanas y ella son los siglos y ella es tan dura como una campana.

Todos alrededor pero ambos entornando la puerta.

Ocho

Viva Viva Viva!!!

Tenerte todas las ganas. Llevarte hacia la cocina. Dejar que las luces se apaguen y que desde el frente hagan clic. Mirar al océano blanco, caer o clavarnos y perder cada término, enmudecer.

Viva Viva Viva!!!

Pedirte más agüita tónica y mirar tus esquinas duras como puertas; mirar con detalle y esas, las puertas, tus esquinas casi vibrando y casi como un rumor pero el agüita bien fría y en un solo vaso; mitad coca mitad agüita y luego en seis minutos, seis exactos para ya pedir más agüita, y tus puertas, las esquinas; no han sido los motores, han sido todas sus puertas.

Noveno

Escuchar que me cambias de sitio y ahora si tengo donde estirar mis piernas y tú me miras y escucho que dices ya regreso; y claro, sabes que yo digo o diré o habré dicho regresa cuando quieras; sabes todo lo que debes saber, sabes todo lo que yo no sé ni quieres que sepa.
Pero también es como si me pasearas, como llevarme de tu cadena.

Tu cadena
Tu cadena

Son doce horas y cuando solo hay unos indicadores encendidos y algo para señalar el pasillo abres mis ojos y me susurras, me acurrucas.

Acurrucarme es acurrucarnos.

Diez

Mirar para cualquier lado; nunca dejar de mirar hacia otra dirección y siempre evitar tu felicidad.

Tu felicidad es tu felicidad.

Felicitaciones.

Décimo primero

Entrar, subir, dejar y echar el cuerpo. El sol, el sol, el brillo azul pero acá es las 8, pero acá tengo una sola pierna y cuatro pares de pulmones.


6/4/15

Ava Aear Adore

Billy trae colgada una mochila de sus hombros. Billy está de pie, en medio de otras personas pero resulta igual, podría estar parado sin nada o nadie alrededor y nada sería distinto; se supone que nada existe, lo que respira alrededor y lo que llena el alrededor no cuenta. Se ve la luz brillante, el suelo que parece tomarla y devolverla y medio mal amplificarla, quizá detrás hay un muro, eso y tiras de papeles pegados, quizá un par de autos cruzando por delante, avanzando, y todo ello como si uno lo presenciara desde la verede del frente. No ha cambiado demasiado, aún lleva sus camisas oscuras, sus pantalones largos que terminan en dos puntas que resultan ser sus pies, un cinturón de hebilla, y sus dedos, sus dedos como cavando sobre su rostro y su rostro pálido; nada de articulaciones, nada de pliegues, más bien como una roca, como una única pieza de pies a cabeza.

Parece tener mucho, todo el tiempo para sí; parece que viaja, que regresa, que parte; parece que Billy lleva allí varios días de pie o como si alguien lo hubiera colocado, atornillado a ese sitio.

Luego regresa a mirar sobre uno de sus hombros; sucede que regresa a mirar sobre sus hombros varias veces, o son varias o es la misma y la única vez repetida, alterada. Parece que su rostro girara pero acaso como arrancándose, como si se despegara y además debiera forzar, provocar y cruzar y además salir de ese movimiento. Su rostro llega, a pesar de aquel lapso extraño y lento gira hacia el otro lado; parece que al llegar al fin volviera a respirar y más bien uno al verlo, como si ya estuviera de pie y frente a él, puede pensar que Billy estuvo dentro de una pecera y todo ese esfuerzo no era sino su forma de nadar y de bracear y de salir hacia la superficie; un braceo y ahogarse sin bulla y un tomarse del borde que empieza sobre sus hombros hasta al fin volver a respirar.

No se ven burbujas, no explota el oxígeno y nada de chapuceos; ni el agua ni la espuma sobre los cristales, sobre los parabrisas. Pero sí, por qué no un auto, y uno que acaba de estacionarse frente a él, de ese lado de la calle, con los aceros oscuros y los cromos y los cristalles reventados por un sol que visto de esta acera resulta en una explosión, un orificio que podría o ya se traga, o como que amenaza quemarlo todo; quemar a quienes miramos, a los otros conductores, borrarlos, derretirlos; algo así como el escudo-lanza de Billy, y Billy aún con los ojos entrecerrados y el rostro sobre su hombro y como volviendo a respirar y tomando cada partícula, llenando, degustando de nuevo el aire y ese ardor de llevar los pulmones llenos.

Luego el auto avanza. Luego deberían pasar otros autos y además otro debería estacionarse dejando la mitad que le faltó al anterior visible, es decir, de la puerta de adelante hacia atrás, hasta las luces, y de allí debería bajarse alguien, alguien que debería llevar una maleta, o algo pesado colgando de sus manos, para equilibrar entre uno y otro, eso de los mismos volúmenes, y ambos deberían quedarse de pies y juntos, ambos como dos guardias, como dos policías; y el que acaba de bajarse hablaría, más bien observa su alrededor, como un animal, como uno que espera no ser molestado y acaso solo necesita quedarse en pie, de modo que dedica a Billy una mirada entre rencorosa y de respeto, pero da la sensación que en cualquier momento el uno desearía escupir sobre el otro, como si ya estuviera harto de encontrar o encontrarse con los mismos momentos durante el día, como si todo el tiempo algo lo estuviera estorbando y algo fuera a morderlo o quemarlo o arrestarlo otra vez.

Una de esas miradas con el rostro girando como con lo de Billy; lento y cargado del peso y de los jirones de piel que ya se irán arrancando.

a)
Luego estaría Sheila. Sheila en su casa o en algo que parece una, mirando tv o realizando alguna rutina de ejercicios y doblándose o consiguiendo posiciones capaces de asustar a más de un niño; quizá con la mitad del cuerpo dentro de una caja y la otra cortando pan por la mitad. Su rostro antiguo, largo, de una sola pieza como una piedra; sus rasgos y todas las marcas o los gestos de alguien que ha pasado mucho tiempo intentando convencer a los demás, convencerlos que ella ya está convencida; es decir, que todos sepan que ya está curtida, como un vieja estrella o profesora o autoridad de alguna época no muy lejana. Sheila debería o quizá aún intenta dejar algo muy atrás, y además detener el tiempo, como si su esfuerzo fuera una lucha perdida de antemano, una batalla imposible a la que conoce pero quiere volver a desafiar. El teléfono, algo, cualquier cosa sonando, cualquier cosa debería distraer a Sheila, y Sheila debería fingir o hacernos creer que está muy molesta; su mirada sería la de alguien que reta a lo que sea que está fuera, en la puerta de su casa, de su habitación, de sus ojos.

-Un momento que encuentro las llaves!

Un momento que encuentro las llaves! diría ella en voz alta, como si alguien más la escuchara, y sus pies darían algo así como un brinco, como liebre sobre las alfombras y los pastos o los pisos oscuros, y uno observaría la sala y los cuadros y los sillones viejos o colmados de almohadones, y ella seguiría hablando sola, -les he pedido venir pasadas las doce; y quizá el sonido de una aldaba o de un candado golpeando algo, candado contra una puerta de acero, y el murmullo de personas que entran, quizá cinco, seis tipos llenos de cosas para decir o como si Sheila debiera conocer todos, cada uno de los detalles de un rumor que luego parece una reunión, una calle acercándose a la casa.

Sheila miraría, escucharía con atención pero en realidad es como si escuchara palabras mudas, huecas, o como si mientras los demás hablaran ella tuviera su cabeza en otro sitio.
Bebería algo de un jarro de porcelana; algo caliente, quizá una bebida o infusión y a veces se la ve en medio de la sala y de espaldas y quizá asentando o afirmando con su cabeza.
En algún momento Sheila se vería como un objeto, como una roca. Quizá como si acabara de ser vaciada y como si acabara de meterse en líos.

Luego la teve debería pasar algún dibujo animado. Alguna pareja donde uno de los dos salva al otro, como el perro en las aventuras de Tin Tan. Quizá y mejor esas ovejas en la granja del hombre que se mueve por stopmotion.

b)
Al encontrarse con L, Billy escucha con atención las cosas que ella tiene por contar. Al parecer son muchas cosas y muchas palabras o tiras y ruinas o escombros de sonidos, por lo que Billy más bien deja lo que trae en las manos (quizá aún su mochila) sobre una de las sillas, o lo deja sobre una de las mesas, o en ambos sitios por lo que uno observa que realiza dos veces esta acción, y como cuidando o regresando a mirar de que sus cosas queden seguras, o en un sitio que luego él pueda recordar. Se lo ve dejando la mochila sobre una de las sillas, y luego buscando otra para sentarse cerca de L, pero también mirando de nuevo la silla, o mirando las otras sillas que son similares todas, y también a sus cosas, y las mira como si fueran a irse o como que ya se hubieran ido hacia otro lado. Sobre la mesa hay unas hojas desordenadas y varios lápices y un borrador blanco, y Billy con todas las ganas de tomar cualquiera de esas cosas, de tomarlas mientras escucha, mientras L habla y en realidad no se la escucha pues son muchas cosas como para detenerse a pensarlas o tomarlas, o prestarles atención y entenderlas, y por eso cada vez se lo ve a Billy más desesperado, una desesperación del grosor deuna línea en mitad de una hoja, como si encontrara una salida en ese pedazo de goma blanca, en ese cubo que decide cuando ya debiera estar en la mano del otro, o cuando la mano y los dedos ya debieran tomar y girar el cubo; sucede que al fin Billy toma el borrador y lo gira algunas veces en sus dedos esa cosa similar a un dado, a un pedazo de tiza.

- y por ello las cosas no tienen importancia y ya nada vale la pena.

Tras decir esto, que es lo único que Billy escucha, L se levanta y da unos pasos y parece que en el camino va diciendo algo sobre traer algo de tomar, pero solo están los dos en la sala, y ella seguramente tendrá ganas de salir y tomar un bus hacia otro sitio, y eso hace, sale de su casa, sin nada en las manos, como si fuera un árbol, un árbol que se ha arrancado del suelo, sin documentos o dinero o ropa o familia o álbumes de fotos, y al hacerlo cruza las puertas en dirección a la calle, y se ve que por esa calle pasan varios autos, y además algunos camiones o camionetas y parecen llevar o cargar con cosas pesadas; y ella abre las puertas y ya mira a ambos lados antes de cruzar la calle, y además avanza unos metros y se detiene, y hace el amago de parar un auto pero los autos avanzan sin detenerse, e incluso uno de ellos pita y usa el claxon como divirtiéndose por la situación; ella respira, parece tener energías como para golpear la pared pero no lo hace, sus pies parecen listos como martillos para saltar o hacer un berrinche de niña; y falta que patalee contra el piso; y quizá lo hace pero al mismo tiempo salta o da media vuelta y regresa hacia su casa, hace el mismo recorrido; atravieza las dos puertas; luego entra con sigilo y como retomando la calma, al cruzar tras de Billy hace sonidos con la nariz, toma una jarra con agua y un vaso de cristal y los lleva a la mesa, y al dejarlos antes llena el vaso y dice en voz alta aquello de -sí que hace calor!, y se acerca a Billy como actriz de cine en betamax, se acerca por la derecha y solo faltan los roller derby rosas, y este toma el vaso con una de sus manos, y luego empina el codo y bebe de un solo trago todo, como si fuera un trago del whisky más antiguo comprado en una estacion de combustible, y luego se levanta de la mesa, da una vuelta alrededor de la sala, como si midiera algo, como si pesara con la vista, se sirve, se sirve otro vaso, y otro, y él mismo lo llena.

Billy está sentado en mitad de un jardín y está leyendo un periódico; el sol lo ilumina y detrás de él hay rocas o lo que parece ser un muro de ladrillos pues es un muro oscuro. L también está sentada en el jardín aunque algo más alejada que Billy, y parece que L tiene ganas de que ambos estén juntos pues dos veces se pone de pie y luego se escurre caminando en silencio para detenerse frente a Billy, dejando que su sombra larga y oscura lo cubra a él y su periódico. Billy hace como que no la observa pero luego ella lo llama desde su lugar en el jardín, como si nunca se hubiera levantado; y Billy dice que ahora no puede pues intenta entender algo de lo que está leyendo en el diario, y ella dice que deje esas cosas y vaya a colocarse junto a ella, pero Billy insiste que debe entender algo de lo que está escrito en el diario, y por fin ella pregunta casi sonriendo qué es eso que quiere entender y Billy responde que es algo sobre el trabajo, o sobre el trabajo unido a los días, y sobre nosotros que pasamos los días unidos o encerrados como en una sanatorio; y se escucha una fuerte carcajada, y luego ella lanza agua hacia Billy, y el rostro de Billy así como su diario quedan empapados, y todos y ellos brillan por el sol que está casi en el centro del cielo; Billy escupe algo del agua que ha llenado su boca, y ella de nuevo con esa voz de niñita pregunta lo de -sabes de dónde era el agua? y el respondiendo dos veces que no lo quiere saber, y parece molesto o a punto de salir corriendo o de echarse a llorar, de lejos se escucha su respuesta, dice es agua de la fuente, y él con lo de no quiero saber, pero ella insiste con su voz delgada y que la fuente lleva un mes sin limpiar. Se ve el rostro de Billy, y al igual que cuando estaba de pie en la calle ahora también parece moverse como si apenas respirara, además como si en esos movimientos cortos y lentos fuera entendiendo cosas que siempre estaban claras, esas cosas pero como que recién ahora tienen algún sentido. Billy parece demorarse en cada inhalación-exhalación y parece que cada una lo llenara de frases o informaciones o más bien eso lo fuera actualizando.
Parece que Billy estuviera recostado en el jardín y sobre su codo y con el rostro como desapareciendo o inclinándose hacia la esquina del jardín. 

c)
Es el sol que entra por las ventanillas lo que quema y molesta a la mitad de los pasajeros y toda esa mitad tiene el rostro inclinado hacia el otro lado de la ventanilla y parece que cualquier cosa podría suceder. Por ejemplo la mujer que cobra los pasajes de ves en cuando decide quedarse de pie como para contar sus monedas pero en realidad lo hace varias veces e incluso lo hace mientras se apoya sobre los sillones o sobre una de las barras del pasamanos; mientras el autobus avanza pero ella no tiene problemas en hacer dos o tres cosas al mismo tiempo. En realidad es como si deseara quedarse en esos sitios, como si fuera más importante que todo siga avanzando en alguna, cualquier dirección mientras ella se atornilla o como si se relajara y también decidiera pasar de todo, decidiera al fin tirar una toalla. Pero mientras ella hace aquello muchos en sus asientos no pueden dejan de no verla, ya que ella está en el pasillo y el pasillo es lo único que uno observa a menos que cierre los ojos o tenga a alguien junto, el pasillo tiene algún siniestro magnetismo pues cada vez que quiere resulta en un escenario lleno de transformaciones; ella está de pie, es como si al mismo tiempo solo estuviera ella y como si nada o nadie más ocupara el autobus; de algún modo su presencia incomoda pero al mismo tiempo equivale a una sensación contraria, pues resultaría desolador el que ya no estuviera, el que se fuera. Estorba pero uno sabe que eso es parte del día y la rutina del viaje.

Luego está lo de escucharla acercarse y lo de hacerse el dormido o como si tuviera alguna otra ocupación y en realidad el observar era la única ocupación, pero en realidad era el fisgonear, o espiar, y no tiene sentido si los demás también lo hacen y solo puede tener un valor o un estímulo si se lo hace desde un sitio privado, cómodo, no seguro pero sí indectectable. Él parece mirar y cubrirse en los hombros de los otros, en los reflejos y el malestar evidente del sol y su brillo.

31/3/15

Las birretas y los capoides y los oroficios

-Pero de todas formas lo toma con buen humor.

Su casa había desaparecido. Al dar unas vueltas encontró una alfombra, al tocar el timbre recordó como si lo escuchara desde su sala con sus dos días a la mano, y la electrónica desapareciendo entre los pisos y haciendo esas líneas y relámpagos como hilos de acero y campana y uno de los espejos de filos rotos como el marco del que ocupaba u ocupa otro de los muros; incluso las sillas rechinando como en la cocina, como en la bodega, como en la habitación con las cortinas y las cosas cubiertas para que duren y hasta que alguien llegue o caiga parte del asbesto; habrá pensado pero tendría que sentarse -sentar-, sacar uno de esos textos llenos con dibujos, buscar o reconocer en o algo similar a un landlandlandscape; ya la perspectiva retorcida y feroz y babeante, entrar, caminar en los dibujos, ser una bomba y tres palitos, jugar hacer sombras, esconderse en las partes más agudas, esconderse o ser una puerta o una bisagra sin tornillo, en las parábolas y en mitad de esa parábola hinchada, debajo de las líneas de diálogo, de los paratextos, llenando nubes o cuadros de diálogo; y el comercio desde 1903 diario pobre pero honrado, saltando o rayando entre comas, rayurayuu ueleando; de un punto hacia un asterisco, columpiándose en unas comillas colmillas, comiendo, masticando y rumiando escupiendo pedazos de hoja, de cartón, la tinta reventando plosh, polshhhh, unas olas inocentes y luego una inundación negra, acaba, vacío vacivus oxígeno, en realidad la pulpa del papel, pulpel, las manos, los pies amarillos levantando una espuma negra y espesa y los números saltando, brincando como especies redondas y monedas flashes de colas, los ojos abiertos, y los de aquel, llenándose, hartos y peceras, de rocas, de sonidos que son el interior del carbón, imárgenes, orificios, huesos o el polvo que luego serán, y el tiempo o algo que parece dar vueltas y que mira hacia todos lados y que en realidad es cualquier objeto, y ya ha sido, se ha pasado y todo es más todo, cualquiera, lo del punto estático, cualquiera de las dos mil vulgares fotografías que se hace durante la mitad de la mañana, una gran bolsa, una gran madera llena de círculos y peras y uvas arrugadas con polvo y pelusas encima y los dedos largos tomándolas y llevándolas de la noche a la mañana a la boca, de la noche durante toda esa espesa y oscura luz y oscura grasa y oscura fotosíntesis hasta cuando los postes caen sobre los platos y empiezan a llenarse de plumas y picos y corazones del porte de una uña to toc tototototo toc y electrónica azul hacia la montaña o de regreso; cualquier cosa que siga sobre la madera y alrededor de los cristales o pintado sobre la tela o marcado como corte o cicatriz  sobre las pieles verdes y rojas y amarillas y arrugadas y cubiertas de pelusa de dulce, y el hedor, y el hedor y la cáscara llenándose de oxígeno marrón y los dedos entre el papel, debajo de las uñas y el papel pegajoso, la mugre pegajosa y oscura y marrón y brillante y arrugada y cargada de hedor hasta ambato, ambato bajo pero antes las gradas sobre unas suelas y sobre un trasero de carnes flojas y planas y llenas de una línea y con dos carnes que aplauden, y el calor, y el calor, y alguien dice que entreguen las birretas y los capoides que solo tienen minutos porque así ha sido escrito, y ha sido escrito desde mañana.

Y ahí estaba, con los dedos dentro de algo, los dedos perdidos y doblados, y algo, un moco, una papa cocida, una cosa en los oídos, en los ojos, alrededor, dentro, era cosa de decir grande, chiquito, grande grande grande, chiquito chiquito chiquito, algo, lo que sea.

Ahí estaba con los dedos, ya todo de un lado hacia otro, ya en cualquier dirección, y si uno poní algo de atención recordaría que respiraba y cada tanto se inflaba o desinflaba, algo llenaba el pecho pero también encogiéndolo, también hacia adentro.

Nada bueno saldría, más bien con lo de ir y amenazar. Detrás de la puerta haciendo y metiendo la mano y sacando llaves, luego adentro pidiendo que las cosas quedaran en el sitio, lo de nos vemos nunca, lo de vaciar sus ojos, lo de llevarse la habitación en el auto y pasear y las ventanas abajo.

Las habitaciones y los pisos pero sobre todo un calendario.

El calendario tenía la fecha de 1987. Un cartón o un látex con los meses y los días pintados de blanco.

Las calles brillantes. Los muros y las calles y el día brillante y quizá el medio día.

Lo de cargar con eso hacia un sitio y esperar que desaparezca y verlo encima y verlo irse y desmoronarse o verlo borrarse.

Tener un orificio en el centro del cráneo y saber que por ahí entran o por ahí se llega a 1987.

Al darme cuenta que me debía mucho tiempo empecé a pagármelo pero ya era bien tarde y eso que el sol seguía saliendo por la ventana, seguía quemando los asientos y el coco de los autos pero sobretodo caí en cuenta de estarme reclamando y puteando y retando pero yo estaba seguro que no podría devolverme nada de lo dado o gastado por mí mismo. Es como querer que uno repita desde este día y hacia atrás todas las horas y todas las cosas que se ha hecho, y por ejemplo si tengo 33 años sería como volver 33 años desde este punto y eso no cabe en el tiempo.

Todo va hacia adelante, sería mis 33 más los treinta y tres de observar, como si fuera un filme que durara todos esos años; al llegar o al final debería añadirse esos 33 años observando dicho gran clip o buscar un punto hacia o desde el cual ya no se avance.

Eso sí, lo mejor es viajar en grupos grandes y si fueran diez de 33 mirar hacia el océano o hacia la izquierda y emprender la vuelta.

28/3/15

Tu wild era tu frontman

Mi wild era tocar bien bajito una singer y un frontman 63, eso de la púa amarilla en los dedos y lo de rictus, rictus, no deje de hacer lo que está haciendo.

La única forma de aprender era repitiéndolo. Al despertar encontraba mis dedos en esa posición y a veces la mano derecha en vez de cepillarme el cabello hacía eso de dos hacia arriba, una hacia abajo, dos hacia arriba, una hacia abajo.

Un frontman 63 suena contundente pero nada de tocar los plugs o las perillas pues hacen una interferencia exagerada; y eso que es un frontman 63 armado en 2009. 

Para dejar de pensar tuve que escuchar alguno de esos discos. Algo sobre tomar, honey, un paseo por el wild side. Mi wild side era salir, hablar con el hombre del periódico, ir por pan, hablar y tocar a la mujer que vende el pan, luego esperar en la esquina a que los autos dejaran de pasar, y que dejaran espacio para los peatones pero en realidad no había tal tráfico, pero igual ahí estaba un par de minutos, de pie, como un poste y como un semáforo, con la bolsa y los panes en las manos y mirando primero a un lado, luego al otro, luego hacia las puertas aún cerradas del restorante de los chinos, muchos giros, muchos puntos de vista pero casi sin mover, sin girar el rostro y más como si apenas usara por primera vez la vista, y con los ojos como ruedas y canicas dando giros, rotando en todas las direcciones.

Luego caminé hacia el parter, luego una camioneta ford pasó junto a mí, luego un camión como los que cortan la mitad del estadio cada vez que hay un encuentro importante o con transmisión internacional, y al bajar casi fui tocado por otra camioneta que llevaba la prisa de los sábados y seguro iba hacia el mercado naciones que está en la salida hacia velasco y hacia portones. Bajé con cuidado y casi que me sentía un abuelo y aproveché para caminar moviendo los brazos como remos y seguro lucía muy muy cómico. La idea era llamar la atención pero sobre todo que notaran que la calle y las veredas eran sitio para moverse de cualquier forma.

Moverse o quedarse de pie o sentarse y arrastrarse hacia el domicilio con la bolsa y el pan como una cola.

En la agencia dijeron que debía volver el martes. Tengo ganas de dormir las doce horas de viaje y para ello pediré por lo menos dos o tres jarras bien grandes de cocoa. Nada de pan, nada de manteca, solo cocoa. Seguró luciré como una persona muy muy feliz, con unas décadas más por delante y con nada de peso, apenas con un maleta de mano muy muy chica. Creo que en casa hay suficientes muebles como para no tener que llevar algo que luego será olvidado. De ser así deberé limpiar mejor las pastas, las cajas y los folletos que a veces parecen cambiar de color. Guardaré mejor todos los cables y los enchufes rca, hay un cajón con álbumes y las fotos son de un grupo de estudiantes de algún liceo o de alguna de esas escuelas jesuítas, hay niños que parece haber llorado y también fotos con los mismos niños llevando chaquetas o bufandas quizá pedidas a sus padres. Seguro uno de esos cajones servirá para guardar los auriculares por atornillar y las bombillas que aún funcionan.

Tomo un jarro de café e intuyo que me quedaré dormido con los mapas de Barcelona en la cara; soñando que ya estoy bien lejos y que cada tanto alguien dice regresa, regresa, no te alejes demasiado. Antes procuro hacerme un par de imágenes y con el poco (en realidad suficiente) cielo que cubre mi cuerpo que supongo ya frente a una catedral, imagino calles otras iglesias, el agua más calma y más azul que exista en el mundo, un viento de verano o un sol azul y verde de otoño y trato de perderme de todos pero menos de mí mismo, camino entre desconocidos, escucho rumores y el clima o la dinámica de esa ciudad en un día jueves pero jamás me alejo demasiado, solo hasta creerme lo que deberé soñar.
Es gracioso porque el sueño y su clima es idéntico, similar al que está por llegar.

En un nivel muy primitivo ya voy o acerco el futuro y las horas que faltan hacia la almohada.

Llamo por teléfono, dejo un mensaje. Espero, llega el lunes, doy varios talleres, pero en realidad repito lo mismo durantes dos o tres días. Reviso la fecha, el lunes fue mi último mensaje y eso fue hace un par de días y ese día tuve la idea divertida, pero hoy ya no lo es. Antes de cepillarme los dientes observo un forúnculo y trato de reventarlo pero su textura y singular; más bien me tomo cariño porque si algo tan desagradable me resulta familar y hasta dulce solo indica que sigo cuesta abajo.

Me felicito por tener esa edad y por gustar de cosas que no tienen importancia como la textura y volumen de mi forúnculo.

Pasan varios días; todos los días están hechos de horas y segundos y el cronómetro llega a veinte y cuatro y luego también llega a ponerse en cero. En las manos sostengo un objeto circular y pesado, pero nada de hacer las cosas que en verdad me asaltan, nada de lanzar el cronómetro sobre una cabeza y nada de lanzarlo hacia el reloj en el parque filántropos, ya son más de dos semanas y serán dos más me asegura una mujer que acaba de pedirme le deje pagar las dos cosas que lleva en las manos. Como no se me ocurre nada amable digo que me guarde una pierna o que por favor tenga listo el almuerzo que yo ya voy para allá.