2/4/16

El sonido y morder la mano

El mendigo es mi amigo. Mi amigo se llena, al mirar me he quedado sin hígado.

El mendigo tiene tiempo que puede usar como repuestos, con aquello construye y todo es una flor de otras posibilidades.

El amigo mira un tren y son doce vagones dentro, en el borde de sus ojos. Al pasar, una línea muy precisa sigue y se mantiene delante, la estela se toma su propio tiempo antes de empezar a desaparecer. El amigo avanza de costado, se desplaza apenas y sus rodillas avanzan rectas.

El amigo escucha y el mendigo habla del amigo. Las palabras graves y huecas golpean el primer objeto cercano. El objeto a veces no soporta la hinchazón, hay objetos o volúmenes tirados en el suelo.

Al estar uno dentro de otro nada es real, y nada tienen que decir el uno sobre el otro, sucede que ambos intentan levantar los brazos, abrir o cerrar las manos, quieren encender una bombilla y les cuesta tanto ponerse de acuerdo. 

Turnos    

El mendigo escucha como un amigo, el amigo está dentro del mendigo, suena fuerte y son palabras que ocupan, son los restos del amigo.

El amigo es un sonido y el sonido se repite, cada vez con fuerzas distintas y cada vez con duraciones nuevas, que parecen no tener un inicio.

El amigo, el mendigo, no estoy seguro si giro a un lado o quizá debo seguir sobre la línea suave y entrecortada, nada de doblar, todo en esa dirección.

Es todo, es un sitio y un sitio lleno de puertas y ventanas.

Cristal.    

Escucho a Fugazi. El mendigo es mi amigo; guardo todo el tiempo y estoy seguro, estoy bastante seguro y a salvo y escucho a Fugazi.

Estoy seguro y escucho que debo guardar el tiempo; mi amigo toma un tren camino a casa y eso exige poco, más bien lo escucho acercarse, sí, estoy seguro, lo escucho y hace el ruido de quien está en camino.

Sí, estoy seguro de que escucho al mendigo conducir el tren. El tren hace sólo unas cinco o seis paradas y acaso hoy es lunes. Hoy es lunes y escucho que el tren se acerca, y mi amigo espera de pie.

Mi amigo es el mendigo que conduce el tren que escucho cada lunes. El tren me advierte, el tren está a sólo doce paradas y ya lo escucho advertirnos que hoy es lunes. Mi amigo me observa pero yo estoy en casa y en casa hay una sala y una cocina y dos baños pero no veo el tren ni a mi amigo ni al tren que conduce mi amigo o un mendigo.

No estoy seguro pero ¿el tren es mi amigo?

Espero debajo de una gran sombrilla y cada tanto la coloco sobre mis colegas y camaradas y el sol brillante sigue del otro lado. Cada tanto los empujo y ellos siguen junto porque estamos esperando nos recojan. Mis colegas conocen sus nombres y a veces me llaman del modo en que ellos una vez se llamaron.

Que una vez fueron Marco, que otra vez los llamaron Aníbal; Gloria, Mario, Mariobergolio, Marco, Bronce. Escucho que ellos discuten y me siento a salvo, me pongo incluso rosado y ellos se animan a recordar otras cosas.

Los mendigos rodean a Marco y a Bronce y los hacen dar brincos sobre sí, como tardan en darlos, los mendigos dan saltos para que ellos los repitan. Espero debajo de una gran sombrilla y pasan varios autos sin detenerse y sin usar los frenos.

Estoy seguro pero es un tractor, y el tractor arranca un gran fragmento, la tierra cae negra y rota y mis colegas señalan la poca sorpresa que eso les causa.

La tierra negra y húmeda cuelga de nuestras raíces y el conductor del tren nos la señala con el dedo, su dedo es largo y pesado y nos oprime contra los respaldares. Una cría nos quita las monedas tras advertirnos que así será durante el siguiente año.

Escucho el tremor tras el paso de la pala mecánica y cada ventana parece desnivelarse; el mendigo mira e interior del pasillo y nadie conduce el tren. Estoy seguro de que algo extraño e inexplicable y quizá religioso debe ocurrir.

Estoy seguro de cosas que no puedo ver.
Estoy seguro del porvenir y de días o rumores que deberé pronunciar o tolerar.

Escucho fugazi y el mendigo canta algo sobre la medicina roja dentro las cajas rojas de medicina.  

Mi amigo me lleva a un lugar a un lado de las vías. Mi amigo no ha cambiado, lleva la misma camisa y sus dedos se aferran a los hombros, siento algo similar a una fuerza o culpa. Al llegar buscamos cómo sentarnos y sin decir nada dejamos que los vagones avancen. Misteriosamente suena una campana y todo indica hacia las 17 horas.

Tengo ganas de conducir algo que pueda caer o rodar en un barranco. Del otro lado del muro hay una fila de árboles que desaparecen sobre la colina. Es una fila perfecta y recta y cada árbol sembrado a la misma distancia. Del otro lado las vías del tren se internan en la ciudad. Son las 17 horas.

Tengo ganas de conducir y de otro par de cosas pero nada es claro. Han pasado mil años y pasarán decenas y grupos o conjuntos y quizá perderé la piel y crujirá la mandíbula cuando mastique. Han pasado tantos días que ahora debo buscar una nueva agenda. 

Cada vez que inhalo siento la garganta cubierta de mercurio. La saliva es tibia pero tiene formas o esquinas, el paladar está abierto en varios tramos.

Supongo que estoy cerca de perder la luz o iluminación y será como si terminara la tarde en un pestañeo. Mi cabeza caerá dejando una gran línea de caracteres repetidos, los caracteres se repetiran hasta que el documento se extienda durante cinco mil hojas.

Es una posibilidad y pronto recibo un correo. Dejo que pasen varios días y con una ansiedad desconocida me encuentro debajo de un gran árbol y a la sombra de los ruidos; son autobuses y son carpinteros quemando madera y dando pulso a los objetos que giran. Al tomar asiento dejo que los dedos se escapen y casi que trepan por los sillones y uno sólo puede hacer un gran puño y golpear a la primera pelusa que corre sobre la superficie. Se escucha un paff! y las pequeñas patas se retuercen y quizá un breve aroma se cola desde el frío y gris jardín. 

Aquello de tirar la puerta se ha vuelto una costumbre. Una cosa es empujar y otra es dejar que algo lleno de cristales vibre y se sacuda contra el marco. Para tirar la puerta uno apenas debe levantarse y apenas son breves metros y el clima se cola y el día está fuera, en el jardín, en las aceras y debajo de los neumáticos y debe quedarse allí. Son breves metros y uno deja las cosas y el día fuera y la puerta de cristal hace brum! agitándose contra su propio y rectangular marco.

Uno de estos días espero ver su rostro pero su rostro rosado y un tanto aceitoso y quiero apretar los forúnculos que tras doce años siguen redondos y llenando las mejillas. Oprimiría como si de un panel se tratara y al mismo tiempo y sin dejar de entrar por sus negros ojos diría, soltaría una de esa frases que tan bien le hacen a esos momentos, que tan bien llenas los agujeros de nuestros, de los días de los hombres. Su rostro sigue siendo el de una víctima de una esas historias que pasaban por el cine y la tevé, una suerte de mueca detenida para siempre, uan suerte de pregunta hecha que sigue en la espera de respuesta.

Su rostro estuvo entre mis manos y pegada a mis redondas mandíbulas un par de veces y recuerdo que solía agradecérmelo y solía decir que fue lo mejor, más bien, lo unico que no podía no hacer. Debí, estoy seguro de haber dado, de haber sido tan poco, casi como si de respirar, casi como ir hacia el kiosko y pedir que me vendieran cualquier cosa; días de niños llenos de dulce en los bolsillos y días de no saber hacia dónde ir, en las habitaciones de quién terminar; recuerdo sus ojos dentro de esos huesos y bajo la frente amplia y rosada mirando hacia todas las direcciones, pidiendo, exigiendo, taladrando un sitio porque su radio pedía, su magnetismo era múltiple. Un día junto, una hora de un lado, semanas de ausencia, horas de horror o quizá sólo, más bien su autosecuestro.

Si era su captor, debió ser su libertad.

Una vida rosa dentro de un cuerpo rosa respirando oxígeno rosa y oxidando, dejando que las costras y la caída fuese la pérdida, un globo sin aliento.

Aliento rosa que chupa, que toma por dentro.

Las cosas están hechas de un ruido y ese es el pulso, de lejos llegan los pies de un hombre arrastrándose, es la carne que se niega a continuar. La ignición deja y hace visibles los nombres de las cosas y uno no quiere ser nada ni quiere saber, cosas, exlamación !qué cosas! Cientos de breves lujos, brillantes o redondas perlas masticándose, vuelan astillas como si de una carpintería se tratara y vuelan los cristales que caen sobre el parabrisas; deben ser las 17 horas y ese es el punto final de una jornada llena de sudor. Al llegar a casa tomarán la cesta del pan y colocarán bollos dentro de un jarro pesado con café. Para iniciar el giro y la combustión el motor necesita que la llave se dirija hacia la derecha.

  


       

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