15/8/15

de dónde se comunica? sospecha parroquia La Calera Grande

Estuve dándole muy largo y fue media mañana de revista y así pasaron duros minutos. Que qué vi? Estuve dándole mucho tiempo a eso de mirar y comprobar los datos, lo del pronóstico de curvas, luego varios días como si fuera de nuevo capaz de mirar hacia atrás y empujando además para que ya llegara y de nuevo mirara hacia atrás, como se mira al día que está aún en camino. Una nube recorría desde la última ventanilla y quien ocupaba el último asiento viajaba también en el asiento libre. Al bajar el cristal sentí varias moléculas pues todos regresaban o quizá se iban desprendiendo de los otros autos.

Pasé mi dedo entre diminutas frases y cada tanto diminutos nombres de dos sílabas parecían indicar que habían pasado doce horas desde la última vez que escribí en la agenda. Un rostro llenaba la mitad de la pantalla y me emocionó muchísimo el hincharlo o encogerlo con solo mover mi pulgar. Me dolían ciertas falanges y cada vez el cristal se llenaba de mis huellas redondas. Una gran mancha redonda y porosa brillaba dentro de un marco opaco, del mismo modo del otro lado pero más bien coloqué el cristal sobre mi muslo hasta que todo fue de nuevo opaco pero atravesado de ciertas líneas sin ningún orden preciso, como el melgacho en una caja de cerillas. 

Tomamos por la ruta hacia Cobas. En Cobas debimos dejar que la fila fuera ordenándose sola. Sucede que la tarde anterior los incidentes de las doce dejaron tramos descubiertos, por ejemplo a la entrada de Pares. En el auto pusimos algunas cintas y cada tanto se escuchaba cuando uno de los lados llegaba al indicador rojo y entonces una tira de cinta blanca raspaba la cabeza de cobre. No recuerdo pero tras la ventanilla pude ver algo similar a una nube, una mancha muy grande que recortaba sobre el perfil de montañas. 

La tarde aún tenía para continuar unas horas aunque cada vez nos dirigíamos con menos intensidad; incluso los tramos más amplios estaban poblados de GMC; a un lado los breves puestos ofertando algo de fruta recién cortada, la línea blanca casi desapareciendo debajo de una película muy fina, varios camiones como si por primera vez avanzaran a un ritmo menos explosivo. Tan solo dos o tres camiones hicieron aquello de pasarnos echándonos encima todo el material y el lodo de la cota, todos iban como al mismo sitio, como si quedara nada mas que una población, y como disponiendo de la misma cantidad de tiempo. Dejé que el viento entrara y mi rostro se sintió bastante tibio, y las moléculas iban quemándolo y la nube sobre el perfil de la montaña más bien era como algo ligero o gaseoso, uno no sabía si pronto habría una gran tormenta de gotas muy delgadas o acaso se quedaría siempre de ese modo. Avanzábamos como si aún quedaran cosas por hacer pero como si no sucediera nada si se las dejara para otro momento.

Luego quise exigir a la tía de la pequeña cabina que nos dejara pasar y que ya levantara el brazo mecánico. La tía llevaba una fuerte mascarilla sobre su pequeño rostro, sus mejillas casi desapareciendo detrás de redondos y pesados filtros, sus ojos como dos ranuras detrás de unas gafas rectangulares no dejaban de observar su unidad azul. Quise hacerlo pero H ya había extendido la magnética y fue cosa de cambiar de naranja a verde. La tía devolvió la magnética y el auto hizo algo como un carraspeo. Adelante y en mitad de los descansos dos camionetas negras estaban siendo aseguradas con largos cables y eslingas, cargaban con veladores o cofres de palosanto, cajas térmicas ensunchadas y esponjas anarajandas de dos por doce. El asfalto era más bien como una larga lengua que no había sido cepillada por días. Una lengua con manchas breves y con orificios que dejaban ver su verdadera naturaleza.

Quise pararme a tomar un par de fotografías pero ese más bien ya era el centro del horror. Cada tanto una serie de pequeñas casas y pequeños cerramientos hechos por cable y entalonados sobre medianas vigas. Dentro de estos los animales parecían hacer las cosas de todos los días, mordían el pasto y también tenían su atención sobre lo que llevaban a sus hocicos; las vacas de piel oscura más bien se veían grises o como si envejecieran. A uno de le entraba ganas de bajarse con esponja y una gran manguera para quitar todo ese envejecimiento. Un auto rojo hizo una ese frente a nosotros y luego pasó como un pez junto a un camión de Froztec.

De la mitad hacia el sur ya se respiraba con poco trabajo. La mitad hacia el norte aún merecía un trabajo no planificado. Ambas partes lucían una luz única; ambos lados debajo de un manto, pero además como si no hubiera un límete muy preciso, como si cada porción creciera hasta donde la vista alcanzaba. Aún dudo de aquel mar que nos cubrirá, J dice que soy el mismo inocente y que se acaso no escucho los noticieros. Me pongo rojo y los pómulos de repente son corazones que laten hacia cada lado o como puños que quieren tirar a J al suelo y eso sucede desde hace casi cinco años, solo que ahora que nos vemos poco sucede con mayor intensidad o como si de verdad mis pómulos sin que nadie se los ordene lo fueran a hacer. Luego de dos segundos de pensarlo digo que la cosa está de tal modo y J escucha. Luego continúan las preguntas y más bien hablamos de las cosas que hicimos en ese momento del día, todos estamos sentados en grandes sillones y es como si no tuviéramos opción, y respiramos pesado pero cada cual da su versión de las cosas. No encuentro demasiadas cosas mías en los otros y quizá si me identifico con la incomodidad de manejar un auto para luego traerlo de regreso al mismo sitio sin un descanso intermedio. Tomaría una ducha pero J dice que no desea refrescarse. Luego me alegro pues siento como si dejara de respirar.

Tuve que sentarme bien quieto en mitad del asiento. Una tía trajo tres pequeños bols y luego los llené de picante y la salsa anaranjada brillaba como un globo. Estuve con bastantes ánimos y más bien pedí un bebida de malta y el cristal estaba todo escarchado, el fondo oscuro de la botella provocaba quedarse debajo de un árbol o por lo menos con las piernas largas y sin calzado. H bajó su malta de un bocado y un grupo en las otras mesas no dejaba de admirarnos. Supongo que ocupábamos más espacio y también hacíamos más ruido. Bebí y al fin dejé de carraspear. G fue hacia la trastienda y no la vi por un buen momento. H ahora charlaba con una tía bastante anciana, y la tía parecía acostumbrada a charlar y sobretodo a dejar en claro cosas que quizá ella mismo oscurecía. Una bandera roja o verde roja flameaba y cada tanto caía al suelo. La anciana volvía a sostenerla entre sus manos y no tenía apuro en dejarla junto a la columna. En la columna había además un cable como anillo que seguro servía para avisar que el sitio estaría abierto. La anciana se dirigía a otro tío y yo puse mi mano en su hombro para decirle que todo estaba bien. Fui hacia las mesas y también regresé al auto. La autopista era una lengua con breves espacios grises y una nube recortaba toda la montaña. Era medio día pero podían ser también las seis.

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