28/3/15

Tu wild era tu frontman

Mi wild era tocar bien bajito una singer y un frontman 63, eso de la púa amarilla en los dedos y lo de rictus, rictus, no deje de hacer lo que está haciendo.

La única forma de aprender era repitiéndolo. Al despertar encontraba mis dedos en esa posición y a veces la mano derecha en vez de cepillarme el cabello hacía eso de dos hacia arriba, una hacia abajo, dos hacia arriba, una hacia abajo.

Un frontman 63 suena contundente pero nada de tocar los plugs o las perillas pues hacen una interferencia exagerada; y eso que es un frontman 63 armado en 2009. 

Para dejar de pensar tuve que escuchar alguno de esos discos. Algo sobre tomar, honey, un paseo por el wild side. Mi wild side era salir, hablar con el hombre del periódico, ir por pan, hablar y tocar a la mujer que vende el pan, luego esperar en la esquina a que los autos dejaran de pasar, y que dejaran espacio para los peatones pero en realidad no había tal tráfico, pero igual ahí estaba un par de minutos, de pie, como un poste y como un semáforo, con la bolsa y los panes en las manos y mirando primero a un lado, luego al otro, luego hacia las puertas aún cerradas del restorante de los chinos, muchos giros, muchos puntos de vista pero casi sin mover, sin girar el rostro y más como si apenas usara por primera vez la vista, y con los ojos como ruedas y canicas dando giros, rotando en todas las direcciones.

Luego caminé hacia el parter, luego una camioneta ford pasó junto a mí, luego un camión como los que cortan la mitad del estadio cada vez que hay un encuentro importante o con transmisión internacional, y al bajar casi fui tocado por otra camioneta que llevaba la prisa de los sábados y seguro iba hacia el mercado naciones que está en la salida hacia velasco y hacia portones. Bajé con cuidado y casi que me sentía un abuelo y aproveché para caminar moviendo los brazos como remos y seguro lucía muy muy cómico. La idea era llamar la atención pero sobre todo que notaran que la calle y las veredas eran sitio para moverse de cualquier forma.

Moverse o quedarse de pie o sentarse y arrastrarse hacia el domicilio con la bolsa y el pan como una cola.

En la agencia dijeron que debía volver el martes. Tengo ganas de dormir las doce horas de viaje y para ello pediré por lo menos dos o tres jarras bien grandes de cocoa. Nada de pan, nada de manteca, solo cocoa. Seguró luciré como una persona muy muy feliz, con unas décadas más por delante y con nada de peso, apenas con un maleta de mano muy muy chica. Creo que en casa hay suficientes muebles como para no tener que llevar algo que luego será olvidado. De ser así deberé limpiar mejor las pastas, las cajas y los folletos que a veces parecen cambiar de color. Guardaré mejor todos los cables y los enchufes rca, hay un cajón con álbumes y las fotos son de un grupo de estudiantes de algún liceo o de alguna de esas escuelas jesuítas, hay niños que parece haber llorado y también fotos con los mismos niños llevando chaquetas o bufandas quizá pedidas a sus padres. Seguro uno de esos cajones servirá para guardar los auriculares por atornillar y las bombillas que aún funcionan.

Tomo un jarro de café e intuyo que me quedaré dormido con los mapas de Barcelona en la cara; soñando que ya estoy bien lejos y que cada tanto alguien dice regresa, regresa, no te alejes demasiado. Antes procuro hacerme un par de imágenes y con el poco (en realidad suficiente) cielo que cubre mi cuerpo que supongo ya frente a una catedral, imagino calles otras iglesias, el agua más calma y más azul que exista en el mundo, un viento de verano o un sol azul y verde de otoño y trato de perderme de todos pero menos de mí mismo, camino entre desconocidos, escucho rumores y el clima o la dinámica de esa ciudad en un día jueves pero jamás me alejo demasiado, solo hasta creerme lo que deberé soñar.
Es gracioso porque el sueño y su clima es idéntico, similar al que está por llegar.

En un nivel muy primitivo ya voy o acerco el futuro y las horas que faltan hacia la almohada.

Llamo por teléfono, dejo un mensaje. Espero, llega el lunes, doy varios talleres, pero en realidad repito lo mismo durantes dos o tres días. Reviso la fecha, el lunes fue mi último mensaje y eso fue hace un par de días y ese día tuve la idea divertida, pero hoy ya no lo es. Antes de cepillarme los dientes observo un forúnculo y trato de reventarlo pero su textura y singular; más bien me tomo cariño porque si algo tan desagradable me resulta familar y hasta dulce solo indica que sigo cuesta abajo.

Me felicito por tener esa edad y por gustar de cosas que no tienen importancia como la textura y volumen de mi forúnculo.

Pasan varios días; todos los días están hechos de horas y segundos y el cronómetro llega a veinte y cuatro y luego también llega a ponerse en cero. En las manos sostengo un objeto circular y pesado, pero nada de hacer las cosas que en verdad me asaltan, nada de lanzar el cronómetro sobre una cabeza y nada de lanzarlo hacia el reloj en el parque filántropos, ya son más de dos semanas y serán dos más me asegura una mujer que acaba de pedirme le deje pagar las dos cosas que lleva en las manos. Como no se me ocurre nada amable digo que me guarde una pierna o que por favor tenga listo el almuerzo que yo ya voy para allá.



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