-Pero de todas formas lo toma con buen humor.
Su casa había desaparecido. Al dar unas vueltas encontró una alfombra, al tocar el timbre recordó como si lo escuchara desde su sala con sus dos días a la mano, y la electrónica desapareciendo entre los pisos y haciendo esas líneas y relámpagos como hilos de acero y campana y uno de los espejos de filos rotos como el marco del que ocupaba u ocupa otro de los muros; incluso las sillas rechinando como en la cocina, como en la bodega, como en la habitación con las cortinas y las cosas cubiertas para que duren y hasta que alguien llegue o caiga parte del asbesto; habrá pensado pero tendría que sentarse -sentar-, sacar uno de esos textos llenos con dibujos, buscar o reconocer en o algo similar a un landlandlandscape; ya la perspectiva retorcida y feroz y babeante, entrar, caminar en los dibujos, ser una bomba y tres palitos, jugar hacer sombras, esconderse en las partes más agudas, esconderse o ser una puerta o una bisagra sin tornillo, en las parábolas y en mitad de esa parábola hinchada, debajo de las líneas de diálogo, de los paratextos, llenando nubes o cuadros de diálogo; y el comercio desde 1903 diario pobre pero honrado, saltando o rayando entre comas, rayurayuu ueleando; de un punto hacia un asterisco, columpiándose en unas comillas colmillas, comiendo, masticando y rumiando escupiendo pedazos de hoja, de cartón, la tinta reventando plosh, polshhhh, unas olas inocentes y luego una inundación negra, acaba, vacío vacivus oxígeno, en realidad la pulpa del papel, pulpel, las manos, los pies amarillos levantando una espuma negra y espesa y los números saltando, brincando como especies redondas y monedas flashes de colas, los ojos abiertos, y los de aquel, llenándose, hartos y peceras, de rocas, de sonidos que son el interior del carbón, imárgenes, orificios, huesos o el polvo que luego serán, y el tiempo o algo que parece dar vueltas y que mira hacia todos lados y que en realidad es cualquier objeto, y ya ha sido, se ha pasado y todo es más todo, cualquiera, lo del punto estático, cualquiera de las dos mil vulgares fotografías que se hace durante la mitad de la mañana, una gran bolsa, una gran madera llena de círculos y peras y uvas arrugadas con polvo y pelusas encima y los dedos largos tomándolas y llevándolas de la noche a la mañana a la boca, de la noche durante toda esa espesa y oscura luz y oscura grasa y oscura fotosíntesis hasta cuando los postes caen sobre los platos y empiezan a llenarse de plumas y picos y corazones del porte de una uña to toc tototototo toc y electrónica azul hacia la montaña o de regreso; cualquier cosa que siga sobre la madera y alrededor de los cristales o pintado sobre la tela o marcado como corte o cicatriz sobre las pieles verdes y rojas y amarillas y arrugadas y cubiertas de pelusa de dulce, y el hedor, y el hedor y la cáscara llenándose de oxígeno marrón y los dedos entre el papel, debajo de las uñas y el papel pegajoso, la mugre pegajosa y oscura y marrón y brillante y arrugada y cargada de hedor hasta ambato, ambato bajo pero antes las gradas sobre unas suelas y sobre un trasero de carnes flojas y planas y llenas de una línea y con dos carnes que aplauden, y el calor, y el calor, y alguien dice que entreguen las birretas y los capoides que solo tienen minutos porque así ha sido escrito, y ha sido escrito desde mañana.
Y ahí estaba, con los dedos dentro de algo, los dedos perdidos y doblados, y algo, un moco, una papa cocida, una cosa en los oídos, en los ojos, alrededor, dentro, era cosa de decir grande, chiquito, grande grande grande, chiquito chiquito chiquito, algo, lo que sea.
Ahí estaba con los dedos, ya todo de un lado hacia otro, ya en cualquier dirección, y si uno poní algo de atención recordaría que respiraba y cada tanto se inflaba o desinflaba, algo llenaba el pecho pero también encogiéndolo, también hacia adentro.
Nada bueno saldría, más bien con lo de ir y amenazar. Detrás de la puerta haciendo y metiendo la mano y sacando llaves, luego adentro pidiendo que las cosas quedaran en el sitio, lo de nos vemos nunca, lo de vaciar sus ojos, lo de llevarse la habitación en el auto y pasear y las ventanas abajo.
Las habitaciones y los pisos pero sobre todo un calendario.
El calendario tenía la fecha de 1987. Un cartón o un látex con los meses y los días pintados de blanco.
Las calles brillantes. Los muros y las calles y el día brillante y quizá el medio día.
Lo de cargar con eso hacia un sitio y esperar que desaparezca y verlo encima y verlo irse y desmoronarse o verlo borrarse.
Tener un orificio en el centro del cráneo y saber que por ahí entran o por ahí se llega a 1987.
Al darme cuenta que me debía mucho tiempo empecé a pagármelo pero ya era bien tarde y eso que el sol seguía saliendo por la ventana, seguía quemando los asientos y el coco de los autos pero sobretodo caí en cuenta de estarme reclamando y puteando y retando pero yo estaba seguro que no podría devolverme nada de lo dado o gastado por mí mismo. Es como querer que uno repita desde este día y hacia atrás todas las horas y todas las cosas que se ha hecho, y por ejemplo si tengo 33 años sería como volver 33 años desde este punto y eso no cabe en el tiempo.
Todo va hacia adelante, sería mis 33 más los treinta y tres de observar, como si fuera un filme que durara todos esos años; al llegar o al final debería añadirse esos 33 años observando dicho gran clip o buscar un punto hacia o desde el cual ya no se avance.
Eso sí, lo mejor es viajar en grupos grandes y si fueran diez de 33 mirar hacia el océano o hacia la izquierda y emprender la vuelta.
Y ahí estaba, con los dedos dentro de algo, los dedos perdidos y doblados, y algo, un moco, una papa cocida, una cosa en los oídos, en los ojos, alrededor, dentro, era cosa de decir grande, chiquito, grande grande grande, chiquito chiquito chiquito, algo, lo que sea.
Ahí estaba con los dedos, ya todo de un lado hacia otro, ya en cualquier dirección, y si uno poní algo de atención recordaría que respiraba y cada tanto se inflaba o desinflaba, algo llenaba el pecho pero también encogiéndolo, también hacia adentro.
Nada bueno saldría, más bien con lo de ir y amenazar. Detrás de la puerta haciendo y metiendo la mano y sacando llaves, luego adentro pidiendo que las cosas quedaran en el sitio, lo de nos vemos nunca, lo de vaciar sus ojos, lo de llevarse la habitación en el auto y pasear y las ventanas abajo.
Las habitaciones y los pisos pero sobre todo un calendario.
El calendario tenía la fecha de 1987. Un cartón o un látex con los meses y los días pintados de blanco.
Las calles brillantes. Los muros y las calles y el día brillante y quizá el medio día.
Lo de cargar con eso hacia un sitio y esperar que desaparezca y verlo encima y verlo irse y desmoronarse o verlo borrarse.
Tener un orificio en el centro del cráneo y saber que por ahí entran o por ahí se llega a 1987.
Al darme cuenta que me debía mucho tiempo empecé a pagármelo pero ya era bien tarde y eso que el sol seguía saliendo por la ventana, seguía quemando los asientos y el coco de los autos pero sobretodo caí en cuenta de estarme reclamando y puteando y retando pero yo estaba seguro que no podría devolverme nada de lo dado o gastado por mí mismo. Es como querer que uno repita desde este día y hacia atrás todas las horas y todas las cosas que se ha hecho, y por ejemplo si tengo 33 años sería como volver 33 años desde este punto y eso no cabe en el tiempo.
Todo va hacia adelante, sería mis 33 más los treinta y tres de observar, como si fuera un filme que durara todos esos años; al llegar o al final debería añadirse esos 33 años observando dicho gran clip o buscar un punto hacia o desde el cual ya no se avance.
Eso sí, lo mejor es viajar en grupos grandes y si fueran diez de 33 mirar hacia el océano o hacia la izquierda y emprender la vuelta.
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