10/11/13

Una vez quise ver una película titulada Flesh pero ahora que lo pienso debe ser una película espectacular porque qué más se puede esperar de un título como ese

Lo divertido de no moverse ni tocar los platos llenos de alimento tibio. La fuerza del tenedor y su peso y su volumen y el plato levantado. La pequeña pantalla, o descomunal, vista de cerca, el hombre en ella tocando el piano y tantas letras, tanta música hablando de los mismos oscuros deseos y usando los mismos agotados términos, de cosas que prefiero desconocer o jamás, ni en un futuro descontrolado y sudoroso vivirlas, quizás contarlas para dormir con la cara embarrada hasta la nuca dentro de la almohada. Esas canciones suenan a tripas y huelen a litros de octano, a cosas tan nobles o menos sinceras y lentas u honestas, suenan a un mundo que parece perdido, entre el vapor y nuestros rostros y nuestras manos y nuestras medias que cuelgan como mocos negros bajo los tobillos; un vapor que tiñe o colora el techo, que lo vuelve escamoso, que lo acerca a la nuca, una vez más. Cada vez y otra vez encuentro hermanos en la calle y en la estación del autobus como todo buen hermano de piña. El orfanato está en la otra dirección digo casi gritando mientras apunto con la mano un sitio que ellos miran como si acabaran de bajar de allí. Cada vez deseo menos salir y poco queda para construir el nuevo y retardado mundo. Eso es la casa con el techo en el suelo y con oxígeno que sale de los grifos y agua en las habitaciones, una nueva manera de respirar. La casa es un sitio, o más bien, es, parece, vista por dentro. Por cualquier evento he tomado un cabo grueso de soga para amarrar la construcción, en realidad la ato a una piedra muy grande que he tirado en el pozo. Luego he abierto con las manos y un topo otro pozo antes de correr hacia otra dirección. Eso dicen los planos, eso dice uno de mis padres, su voz es delgada como un hilo telefónico que parece a punto de tocar otro cable.

Me gusta hablar de eso, ya sabe, esas cosas que uno nunca busca pero parecen conocerme mejor de lo que esperaba o de lo que pudiera entender, vale la pena informarse y andar con un pie adelante, buscarme, hasta tenerme tancerca, hasta girar como un tobogán entre o dentro de las arterias. Ese es el problema, demasiados sitios nuevos con extrema y exagerada importancia. Espero que al terminar la casa, las arterias, al llenarse no de sangre ni de oxígeno se vuelvan algo así como nuevos dedos, dedos que toquen y hagan canciones desde el interior y oídos que sirvan como malditos parlantes, tantos siglos de escuchar me están volviendo sordo. 

No sé, me gusta repetir que todas las cosas parecen destinadas a terminar antes de empezar. Estas ideas tan patéticas y descuidadas no son más que pretextos para creer y fortalecer el desentenderme de la responsabilidad que acarrea llevar tirantes y calcetines y sobre todo de mirar por encima del hombro las pisadas que uno va dejando atras, cosas para ya no ver, y los brazos largos sin láser que cuelgan todos los días, levantándose ellos como en tiempos de naranja para agitar el aire y para intentar ser algo así como un uniformado o como las líneas en la acera de la zona escolar, como para que los niños en el curso descubran que deben mirar hacia el sitio señalado. Parece ser cierto, parece que cada vez las cosas son actos de una fe sólida y apilada en un pasillo, ahora mismo saltaría del balcón solo para probar que tantos años de locura no han sido en vano, la materia que nos confunde, locura entendida como quedarse en el espacio entre balcón y vereda o escuchar por siempre los recuerdos de lo ido, de lo que está acercándose hacia el lado opuesto. Recuerdos como los hombres en la mesa mirando el plato humeante, hombres, hombres, masas, rocas, rocas humeantes sobre una brasa de porcelana roja, esperando o luchando contra el fuego mientras el edificio desaparece, el rumor de la empresa rota y de la iglesia tomada por los árboles. Piedras, temor al árbol y las hojas y las hojas. Algo dicen las hojas sobre esa mesa que debe por obligación arder y a la vez piden ser derribadas, cortar al gran y denso árbol. Espeso, luego las ramas, oscuras y pesadas bajando, quebrando la mesa y el suelo.

13/10/13

La parte que aparece mientras observa detrás de la puerta

El viaje de pie ha sido uno de mis favoritos. -Hablas solo- me dije. Luego cerré los ojos. Cada ciertos lapsos nos deteníamos y ellos subían con maletas grises o con bolsas vivas hechas de yute. Dentro, algo intentaba cortar el yute, la mujer parecía dormir, sus manos apretaban un monedero. Su cabeza estaba echada hacia atrás. Tenía el cuerpo girado hacia el pasillo, luego, con cuidado me recosté sobre su pecho.  Pasamos por aquella colina en cuya falda hay dos otres relojes empotrados, se puede ver la hora a varios kilómetros, eran menos de las seis y el sol brillaba de escándalo. Su cabello parecía tabaco o chocolate o el bronce de alguna paila ardiente y al fondo, detrás de los cristales, la vía se doblaba en otras dos direcciones. Tras salir, ya del otro lado, dejé que los ruidos llenaran mi cabeza, sonaban los compresores que abrían y cerraban compuertas, monedas rodaban, quizás una sola que caería luego otras dos veces. No quería reir así que apreté los labios. Varios niños orgullosos de sus bolsas blancas y del ruido inolvidable del plástico inflado usado como sombrero, escuchaban a otros dos que hablaban de manera familiar, algo, que al mismo tiempo los asombraba o a lo que deseaban entender. Me recordaba a mí, hablando de discos o de las últimas creaciones para producir ruidos. -Ahora al ruido ya lo habían hecho- dije o pensé o quizás lo escuché.

La imagen data de hace mucho tiempo atrás. El galpón debía medir una altura similar a diez hombres, uno de pie sobre los hombros de otro. Tomado del pasamanos de acero podía observar sus brazos girar como si impulsaran el cuerpo. Es decir, desde aquell muelle, todos remaban hacia sus propios mares. Creo que todos amábamos el suelo, aquella oscura, plana y brillante roca, la idea de caer, de volar durante cortos segundos antes de tocar el suelo con la cabeza era posible. Yo apretaba con fuerza el pasamanos pero al mismo tiempo estaba seguro de lo inútil, y del valor de la roca. Algo tan brillante y liso solo podía venir del fondo de un río, del fondo de un mar o de un sitio donde todo era oscuro y húmedo, incluso podía ser parte de la pista sobre la que descansaban algunas ballenas. Luego al saltar el viento, una ráfaga llevó el cuerpo, me elevó hacia el techo y ahí estuve agarrado a una lámpara de diez mil lumens. Para no quemarme sostuve con mis manos el cable. Luego llegó Jimmy con el montacargas y luego pasé por el escritorio y luego cerraron las puertas.

Poner algo, cualquier cosa ruidosa, cerrar las ventanas, mover las cosas en la habitación, ser dirigido hacia una de las incontables esquinas hasta quedar pegado al esqueleto de un insecto con los ojos abiertos, preguntar y sonreir y dejar la carcajada, exagerar. De lado derecho las las y e cuerpo casi plástico, del lado izquierdo el muro y el color y más que nada la materia que no dice mucho. En el medio el ruido intentando descolgarse, cómo es el ruido? parece una tira para cerrar cortinas recogida en una especie de loop, es como un clavo de acero, es como cualquier cosa que parece no ser parte del muro, aquello que sobresale, las cintas adhesivas, los cuadros dimimutos con peces fuera del agua pintados en acuarela, una estría del muro que empieza en un sitio y no parece tener fin. Pon ruido, luego el ruido deseando desvanecerse o descolgarse, luego de tres días, cada año, luego la metástasis en la ropa, en las camisas, en el auto, en la forma de pedir una gaseosa en la tienda de la esquina y en las monedas, sobre todo. Luego la llamada, luego una canción que empieza con un piano eléctrico y la tarde completa y perdida y al mismo tiempo efímera, porque ya es hora, tardes de esquina, de luces altas y de olor a combustible y un pedal y el ruido, la tijera, imposible, loop again, mejor no hacer ruido.

Recuerdo algo con bastante claridad, como si acabara de suceder. No lo escribo, no termino de buscarlo, más bien lo empujo, sea un él, sea una palabra, espero que implosione, espero que desaparezca. Luego dejo que todas las cosas que suceden fuera vayan adquiriendo sus respectivas posiciones, algo que no debe tomar más de dos minutos, algo que si espero sea intenso, y lo es, esa gravedad es apropiada, me desmaya. De ese modo la noche parece despoblarse o hacerse plana, luce como un tablero lleno de pequeñas luces y pequeños semáforos y personas diminutas cantando acompañadas por motores y por el ruido inquieto y desafiante de varios animales, en su mayoría lo que parecen ser perros extraviados, jugando, reptando dentro de las mantas empiezan a producirse ciertos milagros, cajas que parecen contener objetos perdidos e inesperados. También a medianoche sucede el día, un sol más largo, unos ojos perdidos o escondidos bajo la palma y varias puertas que se abren detrás de otras puertas hacia habitaciones que están dentro de otras habitaciones. Luego un balcón, un acero con formas orgánicas y el eterno viento, el eterno aliento los brazos y las ramas y los cables oscuros y aves, pequeños globos emplumados. Azul es el cielo.

Una cosa pequeña puede contaminar el lago más puro hasta volverlo una cosa imposible de reconocer. Un orificio en el muro puede no ser suficiente pero cien orificios en el mismo muro pueden llevarlo abajo. Dos horas dedicadas a usar el clavo y el martillo, dos horas de levantar los brazos con la técnica de una persona ocupada en tallar una piedra hasta derribarla o volverla ruinas. El mismo hecho repetido en lugares equidistantes, procurando siempre esconder lo mejor posible los rasgos identificables tras un gorro de lana, unos lentes de acero dorado y un pañuelo atado desde el cuello a la base de los ojos. Luego el empujón, el mazo dando el puntapié. Hacia adelante o hacia atras, eso queda para la dirección del viento, es decir, eso es parte del deseo de quien observa, del público. Sería curioso ver a tres uniformados entrar por el lado izquierdo del muro con sus largas y brillantes armas en alto cascando sobre el cráneo de aquel o aquella, reduciéndolo como en uno de esos filmes iraquíes o como en los noticieros del canal del caribe. Luego los pasos torpes pero breves del camarógrafo acercándose hacia el evento, mostrando cascos, cristales embarrados de fango y el cuerpo y los brazos protegiendo el rostro. Luego por la torpeza una nube de polvo y arena tras un ruido grave. Atrás el cielo como tela, sin un solo rasguño.

30/8/13



Sonaba uno de esos viejos temas cargados de guitarras y distorsiones y por supuesto un solo de batería y todas esas maromas clásicas que no se escuchan más. La baja fidelidad de la grabación me hacía sentir como un hombre importante o como alguien que se ha quedado dentro de un frasco y enterrado en la mitad de un patio rodeado de árboles gigantescos y de raíces gruesas como tentáculos. Mis palabras eran fuertes y a pesar de no hablarle a nadie familiar pensaba que sobre el sillón estaban algunos de los tripulantes y otros patanes que rodeaban las mesas en el negocio de Camilia a las ocho de la noche. Mi plan era convocarlos hasta que uno a uno vayamos cayendo pesados sobre las mesas mojadas con nuestras corbatas o con nuestros sacos ebrios y salpicados de ceniza o de la mayonesa de los snacks de la noche. Ya me observaba, con el rostro en la mitad de un sillón y con las manos sobre la espalda como si estuviera atado, jugando a llévenme a cualquier lado pero antes pateando cualquier cosa que encontrara, ya miraba desde la silla la porcelana rota, los ceniceros vueltos granadas y sobre todo al bulto en el suelo que pareciera no respirar y mis patadas y mis rodillas y mi peso y mi incapacidad o capacidad para patear sin caer y con las manos atadas a la espalda mientras dos o tres tipos de un negocio cercano lanzaran un grito ninja o una maldición gitana como si yo fuera capaz de escuchar algo y entonces el suelo y entonces el cuello alto casi colgado por unas correas invisibles. Luego el tema termina y yo miro donde estoy y pienso que será en unas horas y bebo agua con limón y abro las piernas y dejo que todo respire, dejo que todo se estire como una vieja tela.

Luego pienso que no vale la pena hacerle eso a Camilia, digo, llamar al proveedor, programar un día en el que las cosas se vuelven transparentes, eternas como si de ellas fuera el tiempo y dejar que todo gire como si fuera una de esas máquinas llenas de luces que funcionan tras insertar varias monedas. Luego las luces, los reflejos de los neones cercanos, el brillo frío y metálico rebotando sobre las vitrinas, sobre los pliegues de plástico, un color extraño en la mitad del negocio, justo encima de las heladeras y de las botellas verdes, agua, escarcha, en todo caso el proveedor llenando las perchas y dejando todo en orden mientras el resto de empleados miran atónitos aquella escena irreal. 

Para la tarde ya nada es posible pues ya las cosas han sido vendidas y ella mira con asco y asombro como algo que no conoce puede hacer cosas que nadie intenta entender. De todos modos el día se vuelve una marca o un montón de billetes y ella guarda en una caja todo lo que le resulta oscuro, la caja toma luego un nombre que ella lo coloca con cinta adhesiva, el día que habrán muchas preguntas dice ella y los cajones y las habitaciones se vuelven islas y dunas y cientos de pasos y números y lugares como planos imposibles de descifrar. Cada semana, así, durante unos años hasta cuando algo o alguien destruye los vidrios y la casa de os gatos que vivían hasta la medianoche junto a las perchas de los cigarros, en el suelo hay tabaco mezclado con lodo y varios hombres que arrastran a otro mientras todos parecen golpearse entre sí.

La mañana entra con todo el poder, es decir, de nada sirven los muros ni las cortinas, en segundos tengo los ojos doblados hacia el centro y al abrir la puerta miro el cuerpo arrastrado sobre la madera, un cuerpo que en realidad es un bulto o un gusano doblado sobre sí mismo y sobre una manta. El desayuno parece eterno pero al mismo tiempo parece que la habitación, la cocina deseara que yo ya esté fuera, dentro de un auto o de viaje haciendo las cosas del trabajo. Sin embargo enciendo el televisor y espero a que las cosas se calienten. El café parece delirar entre estar tibio o caer hacia uno de los otros lados, sin embargo lo bebo como si fuera agua, como si en la noche hubiera caminado, eso sería irreal, un sonámbulo en la mitad de los parques, sentado como quien prueba la calidad de las bancas los acabados de la madera, la humedad de la tierra, de las jardineras y el verdor, la salud de las flores. Supongo que eso haría en ese caso, con los ojos cerrados y hablándole a los bicho, quizás a un calcetín viejo, tirado debajo de un arbusto, sugiriendo que todos estamos perdidos en un vaso tan alto, en un cilindro lleno sólo de aire. Luego apago la estufa, la llama se vuelve naranja y luego el metal de oscurece. Luego mastico el dulce, espero que el relleno estalle en mis dientes y mi lengua, luego miro sin ánimos los noticieros y espero a la periodista, o al par de comentaristas que siempre parecen incómodos o con ganas de pasarse a otro canal. Eso parece, pero luego pienso que debo estar ya en la terminal.

Pongo los pies en el suelo pero en realidad tengo otros planes, quisiera recostarme como si fuera un animal esperando ser faenado, con los brazos estirados y las piernas sobre los sillones junto al pasillo, como si fuera dueño de ese sitio y bajo la mirada réproba de las personas que acaban de subir con sus maletas grandes y con sus hijos más altos que ellos buscando dos sitios continuos o esperando a que baje y les permita continuar. En realidad viajo con el rostro pegado a la ventanilla, no muy cerca, las sacudidas son frecuentes y deseo llegar con el rostro completo, a pesar de tener el espacio vacío el viaje se vuelve individual, de todos modos las cosas parecen sacudirse cuando la azafata nos revisa los boletos y los destinos y mira sin mirar nuestros bolsos y nuestras chaquetas y todos un poco dejamos que ella nos acepte y nos vuelva parte de su negocio, o del de la compañía, lo cierto es que ella parece moverse sobre nuestros cuellos pues intenta ser amable y breve y cuando yo quiero preguntar algo ella ya está con otro viajante, qué preguntar? nada serio, alguna cosa como si ella cree que deba dormir durante la hora que tenemos delante o si acaso ella podría pedir que no suban demasiado el volumen de la unidad. De todos modos el rumor de la unidad que viaja llena de personas parece ser algo más fuerte y poderoso, es decir, cierro los ojos y los sueños se vuelven o son puestos por otras voluntades y no sé si ese momento duermo o acaso estoy desmayado. El rumor parece tan alto como una buena ola o como una ráfaga de viento a mitad de la tarde en una montaña alta y deshabitada, un golpe que rodea todo el cuerpo, que lo hace girar y al mismo tiempo lo aleja del suelo, de algún modo me sostengo de un hilo invisible esperando caer despacio, como si careciera de peso.

Caminar que el mundo se va a acabar. Paso de incógnito o por lo menos eso espero, en realidad parezco haber aprobado durante varios años algún tipo de taller o de curso para realizar investigaciones como las que hacen los detectives, de modo que, con rápidos y cortos pasos me ubico detrás de otros peatones, es decir, puedo percibir las marcas de colonias, la edad de sus vestidos, incluso si la calle es silenciosa, como algunas de un solo sentido, escuchar el latido de sus corazones. No es raro, alguna vez alguien me dijo que yo tenía un serio problema cardiaco, que parecía que mi músculo andaba golpeándose contra el tórax de lado a lado, como quien quiere escapara o echar abajo unos muros. No es raro, esa cosa del tamaño de un puño hace un ruido enorme, al manejar o al ir dentro de un taxi el conductor para varias veces para escuchar su máquina, yo lo miro con una sonrisa en la boca pues el hombre levanta la capota y encuentra todo en orden pero no sabe de donde vienen los golpes. Así pasa en la calle, en los almacenes, en las filas para dejar los documentos a fin de pedir dinero prestado, decenas de puños golpeando los huesos, una pequeña suite con redobles y pasos marciales. He llegado a sitios tan íntimos tras no se qué cursos, tras no se qué materias o qué maestros, quizás vivir dentro de otros o casi siendo la piel de otros es más un destino, una obligación, o una clase de patología. Apenas la mitad de la mañana y parecemos viejos y olvidados conocidos.

Luego tomo con cuidado las plumas y las escuadras, esto lo hago delante del burócrata. Sucede que llevo la documentación para mi futuro préstamo y aún debo subrayar con cuidado ciertos pasajes que demuestran que no debo nada al banco y que gano lo suficiente y que no los voy a quedar mal, esto es, fallar en las cuotas. De modo que trazo unas líneas largas que señalan el día en que nací para las tablas y el sistema nacional de activos. La fecha parece lejana pero tampoco algo que me quite el sueño, o por el contrario ya el sueño ha terminado, vivo dentro de los números. El hombre toma sus lentes más gruesos y hace una serie infinita de cálculos apoyado en tablas que van saliendo impresas una por una de una impresora que tiene la forma de una caja de seguridad. El hombre murmura pequeñas palabras moviendo sus pequeños labios, algo raro en una cara tan grande y yo espero sólo no tener que volver a este sitio, es decir, a madrugar, a reunir tantos documentos, a solicitar cartas de recomendación, una cosa de volver sobre una vida que parecía ya superada. De todos modos siento entre esas enormes paredes y dando las espaldas a varias personas que parecen planificar una estrategia antes de hablar con el hombre de la boca pequeña que las cosas marchan a un paso descontrolado pero enérgico, es decir, todo parece temblar o doblarse como una barra de hierro fundido. Este hombre me hace recordar los días de escuela pero sobre todo el gimnasio, aquellas máquinas abstractas para desarrollar sólo ciertos músculos. Al verlo supongo que desarrollo la vista pues sus movimientos no sólo parecen precisos sino también los de un veloz insecto. Algo que en todo caso sucede a menudo, ocurre una vez más sobre esa silla y frente al escritorio, tras mirar a los lados pienso que estaba a punto de ser hipnotizado.

Ya en la mesa nadie espera jarras, ni panes, ni rodajas blancas, es decir, solo deseaba que la sombra que cruzaba desde la ventana alcanzara mis pies y las patas y la madera roja. Quería que todo se volviera difícil de percibir, que incluso la habitación luciera como un sitio vacío. Sin embargo aún todo brillaba, de metal, de plástico, sobre las cosas hechas de materiales transparentes, por ejemplo unas tiras largas que servían para envolver las cortinas a la manera de un cinturón, también unos cubos de juguete que funcionaron como cajas de transporte para cubos de colores, cajas con tapas opacas ahora llena de tornillos y rulimanes, pero en realidad la habitación era propiedad de cientos quizás innumerables objetos pequeños, diminutos pero intensos, duros y firmes como guardias, como garitas con órdenes de disparar a quien decidiera guardarlos. Yo también me volvía objeto, ya tenía varios órganos plásticos sentado tras la madera, con la sombra acercándose. A fuerza de no moverme podría cargar una bayoneta.

Ahora pasaba mucho tiempo dentro de la sombra. Miraba una mancha en el techo, es decir, otra sombra, también recordaba los rostros de los habitantes breves de la mañana, hombres con cigarrillos y cristales en las manos, mujeres con piernas tan largas como un puente y varios litros de oxígeno, años de luz guardada entre los pliegues y las esquinas de aquella sala. Los rostros eran familiares, aunque, todos parecían salidos de un álbum muy antiguo o lejano, es decir, de una familia de ciudades más allá de los páramos o quizás de edificios similares. Qué era lo que recordaba, sobre todos los labios abiertos, la forma de los dientes, en casi todos los rostros se dibujaba una sonrisa enorme, como de puesto de revistas, como de negocio callejero. Yo miraba, sosteniendo una lente en las manos y casi tocaba sus pómulos, acercaba el cristal, hacía un clic con los ojos y luego con la lente. Todos jugábamos a dispararnos y a matarnos por segundos, nuestra guerra era externa, sin voces, al ritmo y bajo el peso de los gestos, nuestra mañana muda. La reunión continuó en el salón República, el salón Sábados de trueno era un nombre apropiado, pero se llamaba Héroes del Dorado y albergaba a un grupo de petroleros o aspirantes a comerciantes con acento islámico.

Sucede la cosa más extraordinaria, Camilia dormida en uno de mis sueños. Ambos viajamos dentro de un pequeño auto que se sacude en cada curva como si fuera a perder el sistema hidráulico o como si las ruedas desearan salir hacia los lados. Alrededor hay montañas aunque al mismo tiempo las ventanillas están llenas de paisajes planos, amarillos, con cielos azules pero también con nubes, nubes que rellenan el horizonte. También en el sueño observo al auto dirigirse hacia algún sitio, cuando sucede pienso en que Camilia no sabe hacia dónde nos dirigimos, al igual que yo, entonces el auto vibra como si cruzara por encima de algunas rocas pero ella sigue dormida en el asiento de conductor y yo hablo en voz alta, en el sueño la voz me sale con algo de rudeza, como exigiendo algo y entonces de repente el auto se dirige hacia una pared gigantesca, es decir, hacia la montaña misma, una montaña de paredes rectas y rojas, un rojo bordó, que llena el parabrisas y la ventanilla de Camilia. Quizás, no es que ella está dormida, más bien, ambos hemos sido dopados. Luego no hay choque, el sueño se llena de una pantalla negra.

Licúo todo y a eso le añado leche, leche fría, recién abierta y, sobre todo, azúcar y vainilla. El ruido cubre a la tv, suenan los martillos de la mecánica que empieza su trabajo más temprano que el resto del barrio. El ruido es monstruoso, la habitación parece poblada de aquel motor tan diminuto como un corazón en un hombre de ciento cincuenta kilos. Un hombre vestido con chaquetas de hombros anchos. En la pantalla dos mujeres hablan o instigan a un hombre de gafas oscuras que de pie parece un armario. El hombre lleva una corbata sobre una camiseta o remera o polo oscuro. Las mujeres parecen ligeramente distraídas, como si escucharan a otra persona que les habla desde un punto muerto o desde un sitio que no aparece dentro del rectángulo. Yo dejo que la fruta se pique bien y se destruya hasta volverse líquido, la noche me está bebiendo me digo, parece -me digo de nuevo- que tengo uno de esos problemas de aquellas pobres gentes a las que se les ha doblado el espíritu, eso de caminar dormido y sin hacer ruido, no sé de que otra forma explicar la inesperada necesidad de líquidos durante los últimos tres días. De ser así siento que llevo un radar que me hace confiar el doble en mi pulso inconsciente pues amanezco sin rasguños, sin huellas visibles, intacto, (tras pensar esto recorro mi cuello con la mano buscando cortes). Apago el motor, el líquido marrón es pastoso y dulce y alcanza para repetir mientras cambio de canal sabiendo que volveré tras una vuelta de cinco a cinco.

La mañana bajaba acompañada de varias bandas de cabellos necios y brillantes y enredados así como por cables y por operadores de cámara que corrían al suelo cada vez que el músico giraba con el cuerpo y la guitarra como si estuviera dentro de un reloj, cuerpo, brazos, el suelo y el camarógrafo girando y tomando la velocidad de los dedos y las sacudidas como si de eso modo el coliseo pudiera ser derribado. Sin embargo la respuesta era multitudinaria, varios jóvenes saltaban los dos metros que los separaba y sobre el escenario hacían carreras que empezaban con ímpetu y tras dos o tres metros se volvían una habitación o una pared oscura. Entonces el salto era gigante, la misma carrera del comienzo y el giro para caer de espaldas sobre los rostros y sobre los brazos levantados de quienes seguían con atención al cuerpo que se sacudía sobre el suelo y a los camarógrafos que no perdían nada, ni siquiera los tramos necesarios para tomar aire, todo, incluso el sudor que resbalaba era parte del documental. Todo era hermoso, verano, los últimos días de la rubia,  una cabeza amarilla sobre un fondo gris, a veces azul y a veces como si detrás de la banda hubiera un mar negro y profundo, un agujero en todo caso, lleno de miles de brazos girando sin orden que eran el reflejo del público y otros, los cuerpos como cohetes volando sobre ellos. De esa manera la mañana parecía haber empezado en un año guardado dentro de una botella, una especie de joya de hora y media de duración.

Luego hubo televisión. Tras caminar durante dos horas la mesa sirvió de camilla y el cuerpo parecía un animal al que se lo acaba de dormir. Uno de esos animales al que tras alimentar lo cubren y lo guardan en un espacio tibio y con pajas secas o incluso con algunas mantas. Mantas ligeras pero que cubren todo su cuerpo. Digamos que algún mimo, alguna atención parecía que me estaba dando al dejarme ir sobre la madera y con los pies en el suelo y con el cuerpo doblado sobre la silla. Quizás era la manera de prepararme para entrar al horno a fin de servir como centro de mesa, una mesa vacía pues nadie esperaba, y tampoco recibiría visitas o a amigos o primos inesperados y de profesiones inverosímiles. Luego la mano tocó el suelo, casi que rebotó al saberlo sobre sí, y, supe que la siesta había terminado. Tenía tanta energía como para dormir varias veces más, como para escuchar los árboles y el ruido del martillo de la vecindad, era mejor dejar de respirar o creer que en cada aliento me iba de a poco, como si pegarme a las paredes fuera la mejor idea, quizás la única tras caminar dos horas, tras soltar los huesos hasta creer que era una luz, hasta verme dentro de un grano de arroz, como si caminar sirviera para aliñearse, como un nombre o como el polvo que cubría las tapas de algunos tarros rojos en el centro del comedor. Faltaba beber, faltaba el cálido escozor del fuego y del líquido marrón, los giros y las gotas salpicando los dedos y las palmas de las manos que pronto se hacían de manchas y círculos rojos, todos luego de un grito de una rabieta y de tirar la futura ensalada al vidrio. Eso era, buscaba en el libro fotos de guarniciones, yo mismo servido sobre la porcelana y sobre la mesa hasta las seis de la tarde.

Las tardes parecían pegadas con pelos y hojas de maíz. Sonaba dentro del cerebro una música continua. Por un momento pensé con una sonrisa de felicidad y asombro que mientras esa música sonara podía ser feliz pues sería como respirar acompañado por siempre. Bueno, aquello de respirar sí me preocupaba, ya eran varios los momentos en que me descubría a mí mismo con la respiración casi detenida y con la garganta inflada como si el aire se hubiera quedado en ella, como si ya no entrara ni saliera. Esos largos lapsos pues al darme cuenta debía llevar ya minutos de inmovilidad, sucedían tras mirar largos pasos o las infinitas uniones entre las paredes, pasos como los que pensaba había dado para llegar al sitio en el que descansaba, es decir, el camino de ida y regreso si es que había salido de casa o los vértices que llenaban la casa con sus irregularidades y los ángulos rectos. Eso era estar sobre el sillón, ya ni las revistas, ni los dedos, todo detenido, largo, fino como una lana que cuelga entre los dientes.

24/8/13

Pálindrom

Ella pregunta, la lista es interminable, no hay relojes, las cortinas totalmente cerradas, los dedos pegajosos, pero ni por asomo, un reloj, manecillas, ladridos. La cama parece un barco, alrededor arena, montículos, rastros de crustáceos, mis huellas que han ido de un extremo hacia el centro, del centro hacia abajo después de dar saltos, después de caer de una palmera, un orificio del tamaño de mis hombros, abajo ramas, conchas, piedras.

Luego, al regresar, todas preguntan si llevo una linterna conmigo, una mitad de un espejo me sirve y el sol forma una línea larga, invisible como todas las cosas que siguen bajo la arena, el suelo se enciende y dos corren. Luego, la mitad que aguarda me ordena tomar asiento y dejar que el autobus continúe. La mitad a la derecha queda oscurecida por las cortinas pero los perfiles vistos desde mi asiento parecen pegarse con el fondo hecho de montañas. Ya estoy pensando en bajar y no hacer otra cosa, entonces el volumen se vuelve total y son conocidos de todos los días, incluso voces cuyos rostros están en los canales de uhf, hay una ave con nombre de rapsoda y los micrófonos ríen con tanta resignación que uno cree que hay varias vidas, sospechas que siempre amenazan tomar el bus para empujarlo cuesta abajo. Luego la música me recuerda a algo infame, por inolvidable, de varios modos y en el modo de los lunes.

La pelea es terna, empieza con una ventana abierta, con un gato que salta entre la ropa que cuelga y a pesar de querer miro la ventana y miro al gato y miro a la mujer pero me vuelvo piedra, es decir, reto al tiempo, entonces todo se vuelve diminuto, cabe en un bolsillo, entre la carne y las uñas. 

El gato regresa llevando en el hocico una manecilla de oro. Hay óxido o algo ocre que necesita una mano de pulimento. De nuevo una de las naves cruza quemando la cortina azul. El sismo, cuento seis segundos de frenesí, en realidad la casa entera arde por dentro y el exterior parece estar hecho de huesos o parece una palmera, algo tras lo cual el sonido desaparece. 

Toco todos los instrumentos y también evito los consejos de Andrés. Llevamos varias canciones, largas, suenan a danzas africanas o a ceremonias donde siempre hay cuerpos que no desean pero acaban con sus vidas. Uso dos, máximo tres cuerdas, Andrés toca con la cabeza abajo como si grabáramos en momentos y sitios distintos, de varios modos saco sonidos entre los ruidos que poco a poco parecen haber dejado la madera y los micrófonos. Hay un ochenta por ciento de probabilidades de que Andrés se divierta menos que yo, pero eso no es raro o quizás es fatal. Llevamos dos vidas tocando del mismo modo, la primera vida se trata de un filme que aún nos asusta, también puede ser el hombre que vestía de algodón, uno de esos hombres que obsesionan a varias edades. La segunda vida es irreal, tan clara, le he pedido que entienda que no hablo ninguna lengua. Parece que la tercera vida llegará mucho antes,  de fondo otra ceremonia. 

18/8/13

Mersio

Me pregunto lo mismo todos los días. También me pregunto por qué no estoy agotado. Sigo de espaldas a la ventana, es inútil pensar que la luz se mantendrá del otro lado, que no logrará pasar, ese momento, sinceramente creo que mi cuerpo la detiene. Arriba están los ruidos de todos los días, reconozco que mis pasos y mis amanecidas deben ser igual de molestos, ruidos, como los que ahora no me dejan dormir unas horas más, es o parece una reunión, un desayuno con una familia que ha llegado de visita, también parecen estar entre rostros familiares. Anoche sucedió, hoy tengo platos rotos, la tina de la bañera que parece cubierta por una tela de araña, una tela por donde se ha filtrado el agua que la llenaba, mirar estas cosas le producen a uno solo dos cosas, cerrar los ojos y dormir o salir a caminar sin un rumbo y con los lentes cubriendo la mitad del rostro.

Pregunto el precio y, Cáspita responde que si ya he desayunado, al escuchar las ruedas de un coche con un bebé dentro y con su gorro de estibador me doy cuenta que he salido con las manos vacías y al intentar cruzar la calle un auto que lleva solo al conductor se estaciona sobre la vereda. La mayoría de jóvenes vienen hacia mí en sentido contrario y parecen llevar mucha prisa pues, es la hora en que inician sus clases al otro lado en el instituto, yo voy de bajada mirando los negocios que han abierto y solo encuentro pequeñas tiendas cubiertas de anuncios de gelatina y de licores con grandes frases y con textos girados como si se trataran de flores o ramas u hojas, imitaciones o porciones de un jardín o de la parte trasera de un edificio d desocupado. Cuatro cuadras abajo creo al fin haberme desprendido de casa y sobre todo pienso que ya nadie me piensa debajo, en el piso uno, supongo habrán encendido la licuadora y, quizás cantan porque su costumbre elemental es dar pie con una canción y continuarla mientras colocan la mesa y los cubiertos y quizás servilletas de papel porque eso haría en casa de elegir entre papel y algodón.

Luego entro en calles de un sentido por donde bajan autos a velocidades menores como si no llevaran prisa, y eso es raro, ni siquiera la gran caja azul que viene detrás parece desear que el día empiece con sus letras mayúsculas, letras que indican a donde se puede ir con veinte y cinco centavos, esto es, como si algunos siguiéramos con la mitad del estómago en la cama y arrastrando un día muerto, arrastrando a un hombre dormido, la noche que no termina de desprenderse, el humo es lento, menos gris, el sol no termina de salir y las veredas, que están en el mismo sitio parecen incompletas, yo supongo que devolverán el piso, (la calzada sigue ahí), hasta el medio día.

Las siluetas resultan ser hombres con gorros y overoles recogiendo las hojas junto a las palmeras.

Hay sitio para sentarse a cerrar los ojos o para leer no de los diarios que pueden haber sido titulados con las finales deportivas del día anterior, sino, con los titulares verosímiles. Los domingos no son distintos solo que acá no se habla del deporte por deporte, eso parece trabajo de especialistas, intento sentarme con el diario imaginario pues no veo un puesto y menos un periodiquero, quizás, debería solicitar la venta de diarios, eso, plan para el pan, digo, y luego una vuelta por el instituto, me digo.

30/7/13

¿Qué ocurre tras el viaje en el tiempo?

La flor que cuelga de su mano tiene la piel rota, el agua ha cristalizado. Detrás del hombre hay una puerta de vidrio cerrada, la luz externa recorta la silueta, el hombre se mantiene de pie, esa escena parece un fotograma fijo. Inmediatamente no hay memoria del viaje, mucho menos de las calles observadas, hay un breve nacimiento y la sensación se llevar un motor, algo que acaba de ser encendido. Para que la historia adquiera un tinte o un sesgo, el hombre debería caer sobre sus rodillas y en suelo sus manos deberían tomar el cráneo como si este necesitara dejar a un lado el cuerpo. Luego el hombre debería dejar la cabeza sobre el suelo, en una posición extraña y rota, con el culo levantado, formado todo él un ángulo.
Tras recobrar algún sentido el cuerpo decide regresar a la posición de siempre. Luego el peligro fuera, tapiar puertas, cubrir ventanas, desconectar cada artefacto, mirar con intensidad un refrigerador, es decir, meterse entre sus cables, entre sus parrillas, entre sus motores capaces de fabricar hielo antes de cortar su alimentación, antes de apagarlo. El ruido, aquella vibración llenando la habitación, golpeándose en las esquinas, cubriendo los lugares llenos de grasa, formando nuevas capas, volviéndose algo parecido al polvo.


La luz del baño encendida, él entrando y saliendo de la habitación, la primera vez con una toalla en la cabeza, luego la toalla colgada, luego el entrando una vez más llevando otra toalla en los hombros, luego la cortina, luego los vértices de la tina, él ocupándose en descubrir qué o quién ha estado sobre ese sitio. Ojos mirando en todas las direcciones. Hay un espejo, hay varias manchas o algo que simula ser una parte del cristal reflectivo que parece haberse roto. Hay un foco que sigue encendido, está el perímetro de aquella habitación , del otro lado los pasos de alguien, él intenta recordar quién está del otro lado pero antes sube a un lugar más alto y coloca su sentido cerca. Hay sonidos externos, parece que cerca hay una radio encendida. También el ruido de aves o algo que parece ser un jardín, afuera, por la ventana se observa el cielo claro y sin manchas, un ruido agradable.

La pregunta tiene que ver con la perfección de los dioses. Él enciende y apaga la bombilla que cuelga en el centro de la habitación. Él toma una revista y unas tijeras. Luego el recorte, una cara, la cara de un hombre que lleva camisa y corbata, quizás un hombre que trabaja para el gobierno. Tras cortar un poco de cinta adhesiva él coloca al hombre recortado sobre la bombilla. Al encender de nuevo, la bombilla ilumina la cara, el recorte. Él, enciende y apaga varias veces la bombilla, el hombre se ilumina y luego se oscurece, se ilumina y luego se oscurece. Él toma las tijeras y la revista, luego abre y cierra la revista buscando algo, luego encuentra otros rostros de tamaño parecido y también los recorta. Sobre la bombilla él ha pegado una pistola, una mujer rubia, el hombre anterior. Luego él enciende y apga la bombilla, Los tres recortes se iluminan desde atrás. Luego los recortes ya no cubren la bombilla, los recortes miran hacia el otro lado, a excepción de la pistola, los tres están pegados junto a la bombilla. Él baja de un banco, luego se acerca a la pared para encender y apagar la bombilla. Los rostros miran hacia un lado. 

Él se levanta para colocar algo en la pared que tiene delante, lleva en sus manos una hoja blanca. Luego regresa a la silla, toma otra hoja, le coloca cinta en los bordes, dos tiras de cinta, se levanta de la silla, se carca al muro que tiene delante y vuelve a sentarse. Sentado, toma otra hoja, le coloca en la parte de atrás tiras de cinta adhesiva, se levanta hacia el muro, coloca la hoja en el muro, regresa, se sienta sobre la silla. Sentado toma otra hoja del escritorio, toma algo de cinta, corta la cinta en dos tiras, la coloca detrás de la hoja, se levanta, coloca la hoja en el muro, regresa tras dar dos pasos, mira el muro, lo vuelve a ver, luego regresa a la silla, al sentarse vuelve a mirar el muro, luego toma otra hoja del escritorio, toma la cinta, corta dos tiras de cinta adhesiva, las dobla antes de pegarlas en la hoja, luego de pegar la cinta se levanta de la silla, se acerca al muro, parece pensar un poco, luego coloca la hoja en el muro, luego retrocede para volver a tomar asiento, luego toma todas las hojas, luego las coloca sobre sus muslos, luego recorta cinta, coloca en dos sitios de la hoja, luego la deja sobre el escritorio, luego toma otra hoja, corta cinta, la pega en la parte posterior de la hoja, luego deja la hoja sobre el escritorio, entonces toma una tercera hoja, recorta cinta adhesiva, la coloca en la parte posterior de la hoja, coloca la hoja en el escritorio alejada de las dos anteriores, luego toma el montón de hojas de sus piernas, las coloca en el otro extremo del escritorio, luego mira el muro, parece no estar muy de acuerdo con lo que está haciendo.

Luego el hombre se queda sentado sobre el retrete. Solo sentado, pensando en uno de esos empresarios dedicados al auspicio de enemas para rumiantes. Con el tiempo bien podía pensar que lo único para lo que necesitaba estar en la habitación era para saberse capaz de seguir allí, a pesar de tener otro sitio dentro de la casa donde sentarse, podía ser que aquellas paredes le convencieran de que su sitio era ese, seguir sentado en la mitad de esas paredes junto a la tina y la ducha eléctrica con una revista en las manos y la ventana abierta, todo eso visto desde fuera, la puerta cerrada, apenas los pies arrastrándose mínimamente sobre el suelo, luego el sonido del grifo y el agua cayendo, luego las manos húmedas limpiando o intentando quitar las manchas del espejo, manchas blancas y otras salpicaduras que también parecerían sostener las ideas de las paredes y sobre subrayar la importancia de aquel sitio, luego la mano subiría y bajaría hacia el agua tomándola e intentando quitar la mugre. Luego algo de papel, uno o dos cuadros el mismo ejercicio pero esta vez con la ayuda de aquel improvisado trapo. Luego la bola de papel, los dedos y el basurero, casi todas, o una buena parte de las manchas y casi todo el espejo pulcro, espejo que en los bordes tiene manchas de óxido. 

25/7/13

Juquebox

Tocamos hasta bien entrada la noche. Luego una cortina gris y los techos metálicos, antes el ruido debajo de los cristales impedía que escucháramos, primero fue la explosión de una goma, luego, temo, algo similar al estómago de un animal. La sala rebasaba los muros, varias cabezas, pares de brazos, aquella hora parecía no tener un fin, todos seguíamos de pie, o atornillados o sembrados, parecíamos una gran familia.

Sobre el colchón la casa parece respirar, hay cortos lapsos de quietud, por ejemplo hoy la habitaciòn parecìa detenerse tras volver de un lugar lejano, en todo caso, pensé, venía de otra casa. El hueso principal sobre la nariz era ya un cuerno, pero no quiero imaginar mi aspecto, sé que puedo hacer cualquier cosa, incluso lograr que regrese a su sitio. Los dedos parecen estar llenos de cemento, o algo igual de sólido como varias barras de acero, apenas intento tomar las cosas que han caído. Dar media vuelta sobre el mueble podría ser una pésima elección, sin embargo al rodar encuentro varias bolas de pelusa y también cabellos más largos, que han caído hace mucho tiempo. Luego estoy frente al tarro con la pelusa y con ganas de no tener de levantar nada, ni siquiera las tapas plásticas. Al volver todo sigue en el mismo lugar. Sin encender la luz tomo un par de pantalones. Hay sobres esperando ser abiertos, como si la visita aún siguiera sentada con las piernas largas y los ojos cubiertos por los dedos. ¿Cuántos días han sido? para no tener que voltear pienso en un número y tras escoger tomo otra decisión. Punto. Algo de colonia, la ropa que cuelga en la terraza tiene un olor parecido a un sabor de helado, al salir mis manos van frotando las paredes como si esperaran de los dedos una llama. El estacionamiento está vacío. Dos mangueras recorren los extremos, su piel es nueva, hay varias tablas despegada, debajo hay un centímetro de arena. ¿De dónde? ¿Cómo llegó hasta medir más que el mismo suelo? Para no tener aún que ir doy varias vueltas, en cada habitación encuentro una o dos tablas con la goma seca pero brillante aún. Es cuestión de humedad, la humedad la pega pero tras varios años el oxígeno se solidifica. La arena que tengo entre los dedos es tan fina, casi parece pimienta. El color es idéntico, pero necesita ser colada. Ahí estoy yo con la oreja pegada al suelo, sobre tablones rojos y sobre pegamento que desaparece o se vuelve microscópico. Pienso que no hay muchas personas que entren en las habitaciones, quizás, un día haciendo una prueba, la regla de calzar zapatos que no sean de goma, y puntos extra a quienes lleven un bastón de arce, sin goma obviamente. Eso pienso para empezar con el futuro. algo así mantendría a varias personas lejos de sus autos y sus familias o de la televisión por cable, digamos por semanas, el cambio y las remodelaciones suelen ser eslabones, el cemento que impide que un ladrillo rompa el piso.

Mirando con detalle encuentro que las habitaciones abandonan la casa por las noches. Sólo eso explica los ruidos que despiertan a los gatos en la madrugada, Ruidos de muros que se juntan a otros formando ángulos rectos o cristales que transpiran arena, arena que cae entre las comisuras y las grietas del suelo. Un día tomo una de las cámaras de Loretta, quizás la TG1, sería fabuloso tener registro, eso sucederá tras hacer una llamada, es lo que siempre pensamos.

Lo que queda del día vale la pena mirarlo pasar. Al correr la cortina puedo ver un cielo totalmente azul. De tan azul dan ganas de volverse azúcar, dan ganas de llenar un vaso de plástico, uno de esos que parecen ser transparentes y recorrer el filo de una pileta, amplia, de forma rectangular sobre una bandeja de acero o de plata, la una pesa más que la otra nada más. También escogería que suceda un accidente, algo así como que quien nos lleva sobre su mano con una servilleta de papel en la otra, sufriera un tropezón, que sin previo aviso todos nosotros, bebidas azules voláramos, que teniendo como fondo el cielo y tras una breve pausa, cayéramos dentro de la pileta. Quizás las bebidas rosas, y también los hielos que pronto tocarían el fondo también tardarían más en desaparecer. En mi caso y al ser una bebida similar al agua sería totalmente predecible. La imagen que continua apareciendo de manera frecuente tiene como fondo ese cielo azul, plano, infinito, pulcro. El resto es una masa, un volumen, y dos o tres segundos durante los cuales la gravedad, aquella que tira las cosas hacia su sitio parece desconectada. Una imagen de episodio de simulación en todo caso.

Para no bajar de aquella línea, otra vez vale la pena simular que uno tiene varios hilos a los cuales tira, del otro lado hay pequeños insectos, varias herramientas metálicas como llaves o tuercas aceitadas. En realidad nada de eso hay, sobre una mesa están amontonados, o sea, sin orden particular varias prendas de vestir, trajes, jeans, correas con hebilla de oro falso. A pesar de recargarme, a pesar de desear realmente un orden, nada ocurre. De hecho, hasta la ropa del tendedero ha dejado de moverse. Quizás tanto deseo eliminó el viento. Así son los poderes de la teletrónica uno sólo debe proyectar un futuro objeto. Por curiosidad tomo un cordón gris de algún zapato que ya no existe para exponerlo al elemento. Afuera de la habitación hay sonidos de autos que parecen estar siendo precalentados, más bien de motores. El cordón es tan largo que temo que debió pertenecer a un botín, para homenajearlo, de algún modo, calzo en mi pie derecho una pesada bota amarilla, aquella que usé cuando trabajaba cambiando lámparas en las calles, cuando también llevaba un traje azul y un casco, eso era agradable, a pesar del tamaño uno siempre se sentía fresco, y a pesar del calor uno terminaba el día con la televisión encendida, al apagarla a pesar de la oscuridad ya era jueves. El cordón forma un ángulo recto y el cable telefónico parece no apercibirse. Empujo logrando un corto péndulo pero del viento nada, alrededor hay concreto y una escalera en forma de caracol que lleva hacia una terraza. Quizás, aunque ese sitio está prohibido.

Lo ideal sería trepar la escalera, e ir dejando caer algo tras alcanzar otros escalones. Esta idea no sirve, es parte de algo a lo que debería llamar piedra. Piedras. Doy una vuelta mirando y recogiendo rocas o pedazos de pared, cualquier cosa pesada y sin forma definida, he atado una chuspa a mi cintura, debo lucir como un buzo, mejor creer que ando recogiendo estrellas de mar o pepinillos de mar o trozos de coral oscuro, de hecho siento la obligación de moverme con mucho cuidado y con esa rigidez que produce la vida bajo el agua, es decir la presión. Si la escalera sube por lo menos tres pisos, debo creer que llevo 30 metros de océano encima. A pesar del sol me equipo con una pequeña linterna, pero al tocar la costa pienso que más vale llevar bengalas. El trabajo es largo, encuentro un campo cubierto de excrementos, cómo lo hicieron, al tocarlos desaparecen en una nube parda, luego bajan hasta volverse parte del suelo. La chuspa arroja un camión amarillo y sin ruedas, camión de juguete, un pedazo de pared, trozo de cemento, una llave oxidada y con la marca borroneada, la mitad de una pinza plástica para colgar la ropa, la mitad ha conservado el resorte de acero, dos rocas pequeñas y bastante lisas, rocas de río, quizás. Hay varios maderos que podrían servir para atrancar puertas.

La cosa fue simple: mira hacia fuera, espera hasta que hagamos una foto de perfil, intenta mirar sin anteojos, delante hay sombras y manchas y figuras desenfocadas y un sombra amarilla que va de un lado hacia otro, que baila o se enrosca sobre el piso. Los ruidos servían para determinar o para segmentar uno de los tramos producidos, cada vez que un ruido inesperado entraba en los largos tramos que llevábamos trabajando decidíamos que era señal para más o menos saber cuánto quedaba por hacer. Generalmente el motor de un auto o el paso violento de un auto por mitad de la calle significaba que llevábamos ya la mitad del rollo. La idea y premisa era no desconcentrarse, hacer como si no lo escucháramos. Mentalmente rogaba porque alguien tocara la puerta de hierro con verdadera furia, es decir, quería que alguien llevara varios minutos detrás de aquella puerta grande y vieja laminada en hierro literalmente tirándola, como cuando las personas que van de casa en casa recogiendo las lecturas del medidor se impacientan tras una puerta cerrada. Ocurrió, entre uno o dos rollos el ruido de uno de esos martillos usados en construcción, un combo, que tiraba una pared o quizás pulverizaba una de las viejas veredas que rodean el barrio. En todo caso se escuchaba el golpear del acero sobre el concreto, pero no al hombre, o a su respiración o las gotas de sudor empapando el pañuelo. Sin embargo, al decir del equipo, el hermano de Loretta bien podía ser todos los hombres que estaban fuera, los que desconocíamos. Luego lo tomamos mirando la ventana, es decir, hicimos tomas de su espalda, él tenía un jarro de porcelana, simulaba que bebía café. Yo hubiera querido mirar como el café bajaba a través de la garganta, para el final imaginé una pared pintada con un motivo, no sé, ecológico, con ramas y raíces cruzándose y entre ellas algunas con la clorofila fluyendo. Pero no había café, también me hubiera gustado que beba algo fluorescente.

Pedimos que colocara cinta aislante alrededor de la puerta principal. El propósito era aislar el ruido externo, también esperábamos que el viento que corría quedase o no pasara del patio. En el patio hay varios cables, cables de líneas telefónicas que han sido cruzados de un extremo a otro, de un edificio a otro. Detrás de la puerta está él, colocando la cinta, largas tiras bajan hasta la mitad de la puerta. La ventana sigue abierta, además la luz es fuerte, las cortinas no dejan observar mucho del aspecto interior, uno se hace la idea general de que es un sitio que pasa la mayor parte del tiempo desocupado, aunque en realidad sucede que hay muchas personas, no exactamente dentro pero si cerca, varias personas que se mantienen en silencio o que duermen hasta cuando el día ha corrido largo. Por momentos se puede escuchar madera crujiendo, parecen los pasos de una persona pesada o de alguien que se mueve con cautela, quizás esquivando muebles u objetos tirados en el suelo, es decir, tras los muros los sillones están llenos de polvo y quizás haya alguien recostado en el suelo. Ayuda una mancha, es decir, el liquen que ha crecido debajo de las tablas junto a la lavandería, una mancha del tamaño de un niño recostado de lado. O un tapete, o la huella de una toalla húmeda, da lo mismo.




22/7/13

BE VA

He decidido escribir una carta. Tomo un pedazo largo de papel que cubre la pared. El yeso se vuelve una nube, los niños de la pareja que vive en el piso de abajo arrastran un pequeño coche que parece no tener ruedas. La carta sobre el tapiz empieza de este modo: Loretta Querida, espero que las cosas salgan como tú lo has pedido, no olvides que antes de volver debes hallarlo todo, debes regresar siendo capaz de sonreír. Luego una fecha, una huella dactilar de mi dedo meñique, luego tres pendejos largos y oscuros con la membrana blanca tras haber sido arrancados. Luego goma blanca, luego un sobre amarillo y tras eso la cama y el sueño.

A la mañana el reloj marca las once. Coloco un pedazo ancho de pan dentro del chocolate y luego cierro la puerta sin regresar a mirar atrás. Sobre el piso hay todo tipo de publicidades que han volado desde el buzón. Al salir las piso e incluso me quedo de pie sobre ellas un par de segundos, los suficientes para mirar el sol, hacer como que calculo la hora, hacer como si los músculos necesitaran relajarse y como si fuera capaz de sonarme los huesos con un movimiento rápido. Al dar un paso escucho algo que cruje, quizás un cartón, las bisagras parecen aceitadas, en la vereda hay un par de perros correteándose.

Leo con atención su artículo. Cuando algo va de poca historia lo mando a repetir, pero el artículo, hay tips para mantenerse de pie durante la noche, hay una breve descripción de la infamia adolescente de ser más alto que el resto, hay una pelea dentro de un almacén de antiguos discos compactos donde tres parejas se tiran hotdogs y mostaza a la cara, hay claro, una chaqueta blanca de algodón recién comprada saturada por colores que jamás saldrán y un hombre desmayado, en realidad no se sabe si alguien lo golpeó quitándole la conciencia. Eso hay por la mañana y eso debe salir máximo hasta las doce, ya es la una menos cuarto. Hago una llamada, ella anda cubriendo un evento público, ha llevado al mejor fotógrafo, supongo que puede salir en quince días.

El artículo anterior, aquel del hombre milenario fue leído con bastante interés. Aun creo ver mi nariz dentro de aquellos vasos de cartón, llenos de crema y combustible, vasos que en el artículo se describían como si fueran tratamientos para abrir los poros. El correo tenía como sujeto: Dos días antes de la liquidación. Cada vez que intento recordar cómo son sus dedos, si son largos, si son limpios, recuerdo sólo los anillos de fantasía de tonos esmeralda que llevaba, y unos dedos dentro de esas piedras. Detrás del escritorio hay un gran parlante empotrado a la pared. Cuando me pongo de pie mi cabeza, más bien, aquel parlante produce un marco natural que me resalta como si fuera un busto. Hay suficiente luz, aunque aún así corro las cortinas y el cielo parece no tener fin, ni la ciudad, una construcción plana, absoluta, como una sábana. Eso es lo que recordaba, el milenario aquel que dormía sobre una mujer mientras la camilla bajaba por un ascensor.

Y me quedo dormido, y suena una llamada pero no la contesto y tras recordar dónde estoy los ruidos se suceden inmediatos: una puerta que se cierra, una persona con pasos muy pesados empujando o abriendo una puerta igual de pesada, como las puertas de las iglesias, un programa en una tv encendida. Yo cierro los ojos esperando encerrar esas imágenes y parece que la frente tuviera algún pesado elemento dentro. Creo que al otro lado no hay temperaturas, es decir, el clima parece salir de una caja de cartón, por un momento estoy seguro de dormir dentro de una caja, dentro de una atmósfera suave, como si flotara. De ese modo pasan dos días, no los cuento pero hay varios mensajes de entregas por hacerse y de fotógrafos que quieren cobrar sus cheques. Yo pienso, pero si sus fotos son una chalada, en realidad me invento todo tipo de cosas para darles más largas, de modo que incluso dentro del vagón voy pensando en algún reto, algo con tal de ponerlos en contra mía. Sobre el escritorio encuentro una cinta de vídeo, membretada con el nombre de A. Plaza.

Al llegar al sitio pido correo normal. mi nombre está en los archivos y no tardan en imprimir dos documentos. La mujer del pantalón rojo tiene una mirada muy intensa que me obliga a mirar a un sitio que no sean sus ojos. Por un momento tengo ganas de hablarle, así que tomo un volante que explica la historia de las venus de manta y la levanto como si estudiara una radiografía. Luego, con la venus en alto me doy vuelta hacia la mujer de rojo. Con el dedo índice señalo la pelvis de aquella figura de barro y con los ojos intento convencer a la mujer de que ella, también, debe estar llena de barro. Luego miro hacia el suelo y me acerco como si fuera un oficial o un guardia hacia ella. La mujer al salir lleva el volante en el bolsillo de su cartera, una bolsa hecha con caucho o un material oscuro y reciclado. También le he entregado una hoja que he arrancado de mi agenda. Por favor, Bafomet, recuerda que vengo de tus estómagos le he dicho.


1/7/13

A propósito de The Quest

Normalmente yo intentaría meter mis dedos en tus ojos. Eso de aplastar, de empujar me ha vuelto loco, me ha dejado con ganas de mirar tus órbitas vacías, de llenarlas con una mancha negra.
Yo pienso que tus opiniones y deseos son inútiles. Lo pienso pero no lo digo, pero intento que me entiendas. A veces debo ser tus ojos, cómo es eso de ser los ojos de otro?, es un trabajo torpe, además de mal pagado. Además de mirar los respaldares dentro de aquel autobus, mis ojos, tus ojos, miran también los rostros de quienes viajan, tú y yo viajamos en la parte de atrás, tú miras a la ventana, yo te miro mirar por la ventana mientras yo miro adelante, me miro mirando. Entonces, si se te ocurre aplastar mis ojos hasta que caigan hacia el otro lado, en realidad vas a empujarte a ti. Entonces ya no podrás ver la ventana.

Del otro lado hay rocas, las rocas no se mueven, quien se mueve es dios. Quién es ese del que tanto hablamos?, quizás un bromista, quizás un mal ejemplo de lo que necesita una historia antes de volverse desierto, como cuando el pesado del Java el Hut aparece llenando hasta los bordes, hasta derramarse. Es curioso, afuera todo parece estar guardado entre los bordes de acero, y además protegido por un cristal. Qué harías? Qué quieres escuchar? por mí que las cosas tengan la cortina, incluso me bajaría en la mitad de aquel páramo hasta que la niebla nos cubra y entonces el gran salto, varios lo han hecho, puedes repetir la primera versión moderna del hombre murciélago para verlo desaparecer, aunque en realidad lo verías ascender, sí, una mano en la cintura y la otra sosteniendo el cable. Pero, en medio del páramo, dentro de una cortina de agua, hacia dónde ir? Es decir, un cuerpo tan grande quieto, un siglo de niebla...

Sobre la mesa hay sopa. A mí me gusta la sopa. Cómo es la sopa? Tú y yo vivimos dentro de la sopa, a veces peleamos por la cuchara, un día dentro de aquel plato yo intenté beberme la sopa usando un tenedor. Los tenedores a veces tienen un mango de madera que los vuelve más sencillos a la hora de limpiar. Tú estabas en el fondo, abrazado a un garbanzo verde, en realidad antes que flotar parecías bucear, siempre te ha gustado mirar dentro del agua, en este caso la sopa, con los ojos abiertos, Qué tanto miras dentro? Acaso las cosas son mejores por verse distintas? Acaso el que una cabeza parezca un pie es suficiente motivo? Luego el plato quedaba pegajoso, mi costumbre era tomar una servilleta de papel para quitar las sobras, antes de colocarlo dentro del lavadero. La servilleta tiene varias manchas verdes, bueno, un verde amarillento, dentro la cuchara y el tenedor forman una cruz. Tú no crees, tú solo esperas que un día al salir o al soltar el garbanzo las cosas luzcan de ese modo. La sopa, sabes, te daré una sorpresa, conozco un tipo que vende piscinas, no es lo mismo, no es permanente pero no puedes vivir hambriento todo el tiempo.

Me parece que pasan cosas que intentamos evitar. Mira, la teve está encendida, él ha sido elegido por aquel grupo como evidencia de un siglo para demostrar que todo está por volver. Yo deseo que todo se vaya aunque luego alguien se acerque con su tono educado y sus nombres que suenan a nombres de océanos para decir cosas que yo desconozco. Tú deberías ser quien pregunte esas cosas para así sugerir que pronto nos alcanzará la subida del mar. La culpa la tienen estas fechas que nunca dejan de volver, y tan rápido! Apenas si han pasado unas semanas, unos meses, apenas, he abierto la ventana, he cambiado de canal para ver las horas en la esquina de la pantalla y ya su rostro parece detenerse, incluso temo que pueda encontrarlo en una esquina, o dentro de los almacenes que a veces disfrutas visitar. Tú, él, yo, además del tipo con el nombre que parece ser el de un océano, ¿Pacífico Montes? No lo sé, cada uno lleva a otro alado, y así hasta que de los cuatro primeros resultamos una potencia, uno encima del otro. Quizás seríamos una moneda de ser atrapados o de nadar directo hacia una red. Yo siempre me he movido como un pez, es decir, saltando sobre la cola y con la boca apuntando al cielo. Supongo por la noche unos cuantos dormirán muy tarde. Otros contarán el tiempo y los lapsos entre inhalación y exhalación.

He tratado, he visto tus pasos. No deberías recordarme-lo, cada cosa tiene su sitio, el nuestro está en todos lados. Al girar delante de aquella ventana los puntos parecen sumar otras cifras y cada pared parece mostrar cantidades representadas por grafías más antiguas, casi manchas, casi las siluetas y los murmullos.

Si una persona pierde algo de su pequeño suelo, necesariamente se vuelve material empujado, es la continua marea la que se estira con los dedos pegados, clavados en su material, en su pliegue. No tiene nada que ver con lo que dice de sí misma la literatura y sobre todo la tabla sagrada. Es decir, mientras el hombre parece ser arrancado, la tabla que descansa sobre una mesa de madera no lo está mirando y menos abriéndole una puerta. La tabla ha sido dejada en ese lugar por uno de los pioneros. Con el tiempo y tras muchas luchas y dedos perdidos el hombre arrancado descubre al fin un pionero dentro de sí mismo. Pero la primera versión de sí, persiste sin él, lo contiene.

La trama es sobre la circunstancia o sobre el hombre? La primera mostraría de forma documentada los pasos que ha dado la ciencia y la tecnología. La segunda mostraría una lucha y continuo hacer y deshacer, una moneda lanzada cada cinco minutos, Qué propone lo uno? qué propone el otro? Cómo y porqué se juntan ambos? qué sucede tras ese encuentro? hay muerte?, hay una expansión hacia el infinito? Existe el conocimiento absoluto? Regresamos a un estado larval?

Cómo mostrar el estado de las cosas y su química apariencia? Un tratamiento basado en el ahorro, basado en los muebles llenos con cereales y en los rastros antes que en los pies? Debe, es necesario el desarrollo fiel, y narrado por un dibujo animado?

Aún se espera recorrer el fondo y descubrir el contenido de la materia negra y también la familiaridad con la que olvidamos las imágenes y las palabras de los sueños. Es una obligación vender y transcribir la memoria afectada terrestre, esto es, no guardar nada. Con ese criterio una lectora puede dar vida a materiales desarmados, pero quizás convenga traer a alguien de la otra vida, hacerlo caminar y hacerlo ¿dirigir? Esa influencia capaz de acabar con las tablas tras enderezar los clavos? y si acaso vivimos la ley de un hombre muerto, viviendo el panteón?

La ley Claudio

Los hombres que buscan el travestismo son pioneros y parte de Kubla Khan. El problema está en creer que uno es tan grande siendo apenas una piedra oscura en una bolsa gigante a mitad de la noche, Noche en el páramo. Lo que está hecho nos contiene. Pony retornable, eso es bueno,            y ese no es el                        problema, sucede que ahora parecen baterías incapaces de descargarse, sons of pop, sons of kyuss, sons of godie.

21/6/13

Tubi dubi dubi dubi du

Me coloco detrás de una puerta en busca del silencio. El silencio no es una persona, una mascota o el nombre de una banda de rock o de stoner, el silencio, pienso, es algo que debe estar dentro de una roca. Estoy dentro de una roca, una con puertas, con ventanas, con mesas e instalaciones que permiten el uso y la llegada del agua y la electricidad. Lo que hago tras separarme de la puerta es observar los sitios, dentro de los muros por donde supongo, deben estar pasando todas aquellas conexiones.

Tomo un martillo del cajón de uno de los muebles de aquel sitio. Es un martillo más bien pequeño, pero con su cabeza de acero. El martillo hace las veces de dedo, es decir, lo coloco sobre el muro como si con éste tuviera oportunidad de encontrar o de sentir las vibraciones y los fluidos internos. En realidad, coloco también mi oreja sobre la superficie, lo que escucho es el sonido semi hueco, una especie de golpe que se pierde o que no llega a separarse del todo del muro. Este intento se lleva a cabo en todo el muro, un muro de unos tres metros de largo, como sucede siempre, el sonido parece ser más intenso o más seco en los bordes cerca del piso y del techo.

Pienso que aquella habitación no sirve para el propósito final, aquel de hallar el silencio. Sin embargo, tomo una silla y la coloco en lo que parece ser  el centro exacto del sitio. No muevo nada, dejo los estantes, la mesa, incluso la alfombra se mantienen sin sin desplazados. Lo que sí dirijo es la dirección de la silla, de frente a la ventana por la que entran con fuerza los rebotes o las luces indirectas de un sol maligno, uno de esos soles en la mitad de una tela azul. Se escuchan los ruidos de la piedra de lavar, las manos debajo del grifo de agua, además los golpes que produce una persona al lavar o fregar un pedazo de tela o quizás un pantalón jean. No hay palabras o diálogos, hay si ruidos de objetos, ruidos acuáticos imposibles de confundir, luego la fuerza de las cerdas de uno de esos cepillos de mango rojo que arrastran los tejidos hacia la corriente que se desliza hacia un sifón. También se escuchan con claridad los extremos de la tela que dejar caer cantidades grandes, gotas pesadas de líquido. Por supuesto también el jabón, la espuma.

Del silencio ni pizca, ni la sombra. La pantalla de un aparato reproductor indica tres lineas rectas azuladas sobre un fondo marrón oscuro. Varias pisadas, es decir, se escucha el paso de una persona quizás corpulenta que arrastra sus sandalias al caminar. Las sandalias parecen llevar varias rocas diminutas debajo, rocas que encienden el suelo, un suelo hecho del mismo material pero pegado y compactado, concreto sobre concreto. Adentro, en el sitio la madera absorbe esos ruidos aunque al arrastrar el pie sucede un avión o un aeroplano sobrevuela cerca. Observo las irregularidades, el desgaste, los sitios donde la madera parece haber sido calada o donde los tablones han sido despegados, levantados. Abajo, en el suelo parecen descansar todas las indicaciones para elaborar un mapa, son los planos de los músculos que no podemos observar, son las paredes internas del cuello, los alrededores y el interior de las paredes del estómago, son también las suelas de todos los pares de tacos o zapatos de taco que han sido vendidos en lonas, por peso, aquellos que llenan las bodegas húmedas en los barrios más antiguos de la ciudad. Una mujer pide o aconseja a la persona del lavadero, al hacerlo, tras terminar cierra su ventana, una ventana que parece descuadrada pues vibra, raspa al ser cerrada.

Dentro del baño los ruidos parecen venir de un campo cercano. La habitación parecería no tener paredes y estar en la mitad de un campo o sobre una colina, un sitio al que llegan los ruidos de ramas, el sonido del viento que sopla de un lado, incluso el vuelo de un ave, pero sobre todo parece que el sonido está por encima de todas las cosas. Físicamente la realidad es otra, la habitación está construida a desnivel, en la mitad de una inclinación o cuesta y debajo de tres pisos, tres departamentos. Aquel desnivel en el piso externo, en la parte externa, quizás sirve como embudo a donde van a parar los vientos que bajan de la montaña cercana. Quizás por ello y por la cercanía de la estación del verano sucede ese fenómeno sonoro. Para escucharlo mejor, me coloco junto a los cristales de la ventana. Una claraboya está abierta, se observa un cielo absolutamente celeste. También se escuchan los gritos de dos niños que juegan con una pelota, juegan en la cuesta, la pelota rebota hasta que rueda cuesta abajo. Tras las voces de los niños se puede percibir el movimiento lejano de la ciudad. La parte central y comercial está a varios kilómetros, y su rumor parece el ruido que hace un motor encendido, un motor que gira a una velocidad constante dentro de una caja o de un gran hangar de cemento. Un ruido lejano y grave, también lento.