Me pregunto lo mismo todos los días. También me pregunto por qué no estoy agotado. Sigo de espaldas a la ventana, es inútil pensar que la luz se mantendrá del otro lado, que no logrará pasar, ese momento, sinceramente creo que mi cuerpo la detiene. Arriba están los ruidos de todos los días, reconozco que mis pasos y mis amanecidas deben ser igual de molestos, ruidos, como los que ahora no me dejan dormir unas horas más, es o parece una reunión, un desayuno con una familia que ha llegado de visita, también parecen estar entre rostros familiares. Anoche sucedió, hoy tengo platos rotos, la tina de la bañera que parece cubierta por una tela de araña, una tela por donde se ha filtrado el agua que la llenaba, mirar estas cosas le producen a uno solo dos cosas, cerrar los ojos y dormir o salir a caminar sin un rumbo y con los lentes cubriendo la mitad del rostro.
Pregunto el precio y, Cáspita responde que si ya he desayunado, al escuchar las ruedas de un coche con un bebé dentro y con su gorro de estibador me doy cuenta que he salido con las manos vacías y al intentar cruzar la calle un auto que lleva solo al conductor se estaciona sobre la vereda. La mayoría de jóvenes vienen hacia mí en sentido contrario y parecen llevar mucha prisa pues, es la hora en que inician sus clases al otro lado en el instituto, yo voy de bajada mirando los negocios que han abierto y solo encuentro pequeñas tiendas cubiertas de anuncios de gelatina y de licores con grandes frases y con textos girados como si se trataran de flores o ramas u hojas, imitaciones o porciones de un jardín o de la parte trasera de un edificio d desocupado. Cuatro cuadras abajo creo al fin haberme desprendido de casa y sobre todo pienso que ya nadie me piensa debajo, en el piso uno, supongo habrán encendido la licuadora y, quizás cantan porque su costumbre elemental es dar pie con una canción y continuarla mientras colocan la mesa y los cubiertos y quizás servilletas de papel porque eso haría en casa de elegir entre papel y algodón.
Pregunto el precio y, Cáspita responde que si ya he desayunado, al escuchar las ruedas de un coche con un bebé dentro y con su gorro de estibador me doy cuenta que he salido con las manos vacías y al intentar cruzar la calle un auto que lleva solo al conductor se estaciona sobre la vereda. La mayoría de jóvenes vienen hacia mí en sentido contrario y parecen llevar mucha prisa pues, es la hora en que inician sus clases al otro lado en el instituto, yo voy de bajada mirando los negocios que han abierto y solo encuentro pequeñas tiendas cubiertas de anuncios de gelatina y de licores con grandes frases y con textos girados como si se trataran de flores o ramas u hojas, imitaciones o porciones de un jardín o de la parte trasera de un edificio d desocupado. Cuatro cuadras abajo creo al fin haberme desprendido de casa y sobre todo pienso que ya nadie me piensa debajo, en el piso uno, supongo habrán encendido la licuadora y, quizás cantan porque su costumbre elemental es dar pie con una canción y continuarla mientras colocan la mesa y los cubiertos y quizás servilletas de papel porque eso haría en casa de elegir entre papel y algodón.
Luego entro en calles de un sentido por donde bajan autos a velocidades menores como si no llevaran prisa, y eso es raro, ni siquiera la gran caja azul que viene detrás parece desear que el día empiece con sus letras mayúsculas, letras que indican a donde se puede ir con veinte y cinco centavos, esto es, como si algunos siguiéramos con la mitad del estómago en la cama y arrastrando un día muerto, arrastrando a un hombre dormido, la noche que no termina de desprenderse, el humo es lento, menos gris, el sol no termina de salir y las veredas, que están en el mismo sitio parecen incompletas, yo supongo que devolverán el piso, (la calzada sigue ahí), hasta el medio día.
Las siluetas resultan ser hombres con gorros y overoles recogiendo las hojas junto a las palmeras.
Hay sitio para sentarse a cerrar los ojos o para leer no de los diarios que pueden haber sido titulados con las finales deportivas del día anterior, sino, con los titulares verosímiles. Los domingos no son distintos solo que acá no se habla del deporte por deporte, eso parece trabajo de especialistas, intento sentarme con el diario imaginario pues no veo un puesto y menos un periodiquero, quizás, debería solicitar la venta de diarios, eso, plan para el pan, digo, y luego una vuelta por el instituto, me digo.
Las siluetas resultan ser hombres con gorros y overoles recogiendo las hojas junto a las palmeras.
Hay sitio para sentarse a cerrar los ojos o para leer no de los diarios que pueden haber sido titulados con las finales deportivas del día anterior, sino, con los titulares verosímiles. Los domingos no son distintos solo que acá no se habla del deporte por deporte, eso parece trabajo de especialistas, intento sentarme con el diario imaginario pues no veo un puesto y menos un periodiquero, quizás, debería solicitar la venta de diarios, eso, plan para el pan, digo, y luego una vuelta por el instituto, me digo.
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