Me coloco detrás de una puerta en busca del silencio. El silencio no es una persona, una mascota o el nombre de una banda de rock o de stoner, el silencio, pienso, es algo que debe estar dentro de una roca. Estoy dentro de una roca, una con puertas, con ventanas, con mesas e instalaciones que permiten el uso y la llegada del agua y la electricidad. Lo que hago tras separarme de la puerta es observar los sitios, dentro de los muros por donde supongo, deben estar pasando todas aquellas conexiones.
Tomo un martillo del cajón de uno de los muebles de aquel sitio. Es un martillo más bien pequeño, pero con su cabeza de acero. El martillo hace las veces de dedo, es decir, lo coloco sobre el muro como si con éste tuviera oportunidad de encontrar o de sentir las vibraciones y los fluidos internos. En realidad, coloco también mi oreja sobre la superficie, lo que escucho es el sonido semi hueco, una especie de golpe que se pierde o que no llega a separarse del todo del muro. Este intento se lleva a cabo en todo el muro, un muro de unos tres metros de largo, como sucede siempre, el sonido parece ser más intenso o más seco en los bordes cerca del piso y del techo.
Pienso que aquella habitación no sirve para el propósito final, aquel de hallar el silencio. Sin embargo, tomo una silla y la coloco en lo que parece ser el centro exacto del sitio. No muevo nada, dejo los estantes, la mesa, incluso la alfombra se mantienen sin sin desplazados. Lo que sí dirijo es la dirección de la silla, de frente a la ventana por la que entran con fuerza los rebotes o las luces indirectas de un sol maligno, uno de esos soles en la mitad de una tela azul. Se escuchan los ruidos de la piedra de lavar, las manos debajo del grifo de agua, además los golpes que produce una persona al lavar o fregar un pedazo de tela o quizás un pantalón jean. No hay palabras o diálogos, hay si ruidos de objetos, ruidos acuáticos imposibles de confundir, luego la fuerza de las cerdas de uno de esos cepillos de mango rojo que arrastran los tejidos hacia la corriente que se desliza hacia un sifón. También se escuchan con claridad los extremos de la tela que dejar caer cantidades grandes, gotas pesadas de líquido. Por supuesto también el jabón, la espuma.
Del silencio ni pizca, ni la sombra. La pantalla de un aparato reproductor indica tres lineas rectas azuladas sobre un fondo marrón oscuro. Varias pisadas, es decir, se escucha el paso de una persona quizás corpulenta que arrastra sus sandalias al caminar. Las sandalias parecen llevar varias rocas diminutas debajo, rocas que encienden el suelo, un suelo hecho del mismo material pero pegado y compactado, concreto sobre concreto. Adentro, en el sitio la madera absorbe esos ruidos aunque al arrastrar el pie sucede un avión o un aeroplano sobrevuela cerca. Observo las irregularidades, el desgaste, los sitios donde la madera parece haber sido calada o donde los tablones han sido despegados, levantados. Abajo, en el suelo parecen descansar todas las indicaciones para elaborar un mapa, son los planos de los músculos que no podemos observar, son las paredes internas del cuello, los alrededores y el interior de las paredes del estómago, son también las suelas de todos los pares de tacos o zapatos de taco que han sido vendidos en lonas, por peso, aquellos que llenan las bodegas húmedas en los barrios más antiguos de la ciudad. Una mujer pide o aconseja a la persona del lavadero, al hacerlo, tras terminar cierra su ventana, una ventana que parece descuadrada pues vibra, raspa al ser cerrada.
Dentro del baño los ruidos parecen venir de un campo cercano. La habitación parecería no tener paredes y estar en la mitad de un campo o sobre una colina, un sitio al que llegan los ruidos de ramas, el sonido del viento que sopla de un lado, incluso el vuelo de un ave, pero sobre todo parece que el sonido está por encima de todas las cosas. Físicamente la realidad es otra, la habitación está construida a desnivel, en la mitad de una inclinación o cuesta y debajo de tres pisos, tres departamentos. Aquel desnivel en el piso externo, en la parte externa, quizás sirve como embudo a donde van a parar los vientos que bajan de la montaña cercana. Quizás por ello y por la cercanía de la estación del verano sucede ese fenómeno sonoro. Para escucharlo mejor, me coloco junto a los cristales de la ventana. Una claraboya está abierta, se observa un cielo absolutamente celeste. También se escuchan los gritos de dos niños que juegan con una pelota, juegan en la cuesta, la pelota rebota hasta que rueda cuesta abajo. Tras las voces de los niños se puede percibir el movimiento lejano de la ciudad. La parte central y comercial está a varios kilómetros, y su rumor parece el ruido que hace un motor encendido, un motor que gira a una velocidad constante dentro de una caja o de un gran hangar de cemento. Un ruido lejano y grave, también lento.
Dentro del baño los ruidos parecen venir de un campo cercano. La habitación parecería no tener paredes y estar en la mitad de un campo o sobre una colina, un sitio al que llegan los ruidos de ramas, el sonido del viento que sopla de un lado, incluso el vuelo de un ave, pero sobre todo parece que el sonido está por encima de todas las cosas. Físicamente la realidad es otra, la habitación está construida a desnivel, en la mitad de una inclinación o cuesta y debajo de tres pisos, tres departamentos. Aquel desnivel en el piso externo, en la parte externa, quizás sirve como embudo a donde van a parar los vientos que bajan de la montaña cercana. Quizás por ello y por la cercanía de la estación del verano sucede ese fenómeno sonoro. Para escucharlo mejor, me coloco junto a los cristales de la ventana. Una claraboya está abierta, se observa un cielo absolutamente celeste. También se escuchan los gritos de dos niños que juegan con una pelota, juegan en la cuesta, la pelota rebota hasta que rueda cuesta abajo. Tras las voces de los niños se puede percibir el movimiento lejano de la ciudad. La parte central y comercial está a varios kilómetros, y su rumor parece el ruido que hace un motor encendido, un motor que gira a una velocidad constante dentro de una caja o de un gran hangar de cemento. Un ruido lejano y grave, también lento.
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