25/7/13

Juquebox

Tocamos hasta bien entrada la noche. Luego una cortina gris y los techos metálicos, antes el ruido debajo de los cristales impedía que escucháramos, primero fue la explosión de una goma, luego, temo, algo similar al estómago de un animal. La sala rebasaba los muros, varias cabezas, pares de brazos, aquella hora parecía no tener un fin, todos seguíamos de pie, o atornillados o sembrados, parecíamos una gran familia.

Sobre el colchón la casa parece respirar, hay cortos lapsos de quietud, por ejemplo hoy la habitaciòn parecìa detenerse tras volver de un lugar lejano, en todo caso, pensé, venía de otra casa. El hueso principal sobre la nariz era ya un cuerno, pero no quiero imaginar mi aspecto, sé que puedo hacer cualquier cosa, incluso lograr que regrese a su sitio. Los dedos parecen estar llenos de cemento, o algo igual de sólido como varias barras de acero, apenas intento tomar las cosas que han caído. Dar media vuelta sobre el mueble podría ser una pésima elección, sin embargo al rodar encuentro varias bolas de pelusa y también cabellos más largos, que han caído hace mucho tiempo. Luego estoy frente al tarro con la pelusa y con ganas de no tener de levantar nada, ni siquiera las tapas plásticas. Al volver todo sigue en el mismo lugar. Sin encender la luz tomo un par de pantalones. Hay sobres esperando ser abiertos, como si la visita aún siguiera sentada con las piernas largas y los ojos cubiertos por los dedos. ¿Cuántos días han sido? para no tener que voltear pienso en un número y tras escoger tomo otra decisión. Punto. Algo de colonia, la ropa que cuelga en la terraza tiene un olor parecido a un sabor de helado, al salir mis manos van frotando las paredes como si esperaran de los dedos una llama. El estacionamiento está vacío. Dos mangueras recorren los extremos, su piel es nueva, hay varias tablas despegada, debajo hay un centímetro de arena. ¿De dónde? ¿Cómo llegó hasta medir más que el mismo suelo? Para no tener aún que ir doy varias vueltas, en cada habitación encuentro una o dos tablas con la goma seca pero brillante aún. Es cuestión de humedad, la humedad la pega pero tras varios años el oxígeno se solidifica. La arena que tengo entre los dedos es tan fina, casi parece pimienta. El color es idéntico, pero necesita ser colada. Ahí estoy yo con la oreja pegada al suelo, sobre tablones rojos y sobre pegamento que desaparece o se vuelve microscópico. Pienso que no hay muchas personas que entren en las habitaciones, quizás, un día haciendo una prueba, la regla de calzar zapatos que no sean de goma, y puntos extra a quienes lleven un bastón de arce, sin goma obviamente. Eso pienso para empezar con el futuro. algo así mantendría a varias personas lejos de sus autos y sus familias o de la televisión por cable, digamos por semanas, el cambio y las remodelaciones suelen ser eslabones, el cemento que impide que un ladrillo rompa el piso.

Mirando con detalle encuentro que las habitaciones abandonan la casa por las noches. Sólo eso explica los ruidos que despiertan a los gatos en la madrugada, Ruidos de muros que se juntan a otros formando ángulos rectos o cristales que transpiran arena, arena que cae entre las comisuras y las grietas del suelo. Un día tomo una de las cámaras de Loretta, quizás la TG1, sería fabuloso tener registro, eso sucederá tras hacer una llamada, es lo que siempre pensamos.

Lo que queda del día vale la pena mirarlo pasar. Al correr la cortina puedo ver un cielo totalmente azul. De tan azul dan ganas de volverse azúcar, dan ganas de llenar un vaso de plástico, uno de esos que parecen ser transparentes y recorrer el filo de una pileta, amplia, de forma rectangular sobre una bandeja de acero o de plata, la una pesa más que la otra nada más. También escogería que suceda un accidente, algo así como que quien nos lleva sobre su mano con una servilleta de papel en la otra, sufriera un tropezón, que sin previo aviso todos nosotros, bebidas azules voláramos, que teniendo como fondo el cielo y tras una breve pausa, cayéramos dentro de la pileta. Quizás las bebidas rosas, y también los hielos que pronto tocarían el fondo también tardarían más en desaparecer. En mi caso y al ser una bebida similar al agua sería totalmente predecible. La imagen que continua apareciendo de manera frecuente tiene como fondo ese cielo azul, plano, infinito, pulcro. El resto es una masa, un volumen, y dos o tres segundos durante los cuales la gravedad, aquella que tira las cosas hacia su sitio parece desconectada. Una imagen de episodio de simulación en todo caso.

Para no bajar de aquella línea, otra vez vale la pena simular que uno tiene varios hilos a los cuales tira, del otro lado hay pequeños insectos, varias herramientas metálicas como llaves o tuercas aceitadas. En realidad nada de eso hay, sobre una mesa están amontonados, o sea, sin orden particular varias prendas de vestir, trajes, jeans, correas con hebilla de oro falso. A pesar de recargarme, a pesar de desear realmente un orden, nada ocurre. De hecho, hasta la ropa del tendedero ha dejado de moverse. Quizás tanto deseo eliminó el viento. Así son los poderes de la teletrónica uno sólo debe proyectar un futuro objeto. Por curiosidad tomo un cordón gris de algún zapato que ya no existe para exponerlo al elemento. Afuera de la habitación hay sonidos de autos que parecen estar siendo precalentados, más bien de motores. El cordón es tan largo que temo que debió pertenecer a un botín, para homenajearlo, de algún modo, calzo en mi pie derecho una pesada bota amarilla, aquella que usé cuando trabajaba cambiando lámparas en las calles, cuando también llevaba un traje azul y un casco, eso era agradable, a pesar del tamaño uno siempre se sentía fresco, y a pesar del calor uno terminaba el día con la televisión encendida, al apagarla a pesar de la oscuridad ya era jueves. El cordón forma un ángulo recto y el cable telefónico parece no apercibirse. Empujo logrando un corto péndulo pero del viento nada, alrededor hay concreto y una escalera en forma de caracol que lleva hacia una terraza. Quizás, aunque ese sitio está prohibido.

Lo ideal sería trepar la escalera, e ir dejando caer algo tras alcanzar otros escalones. Esta idea no sirve, es parte de algo a lo que debería llamar piedra. Piedras. Doy una vuelta mirando y recogiendo rocas o pedazos de pared, cualquier cosa pesada y sin forma definida, he atado una chuspa a mi cintura, debo lucir como un buzo, mejor creer que ando recogiendo estrellas de mar o pepinillos de mar o trozos de coral oscuro, de hecho siento la obligación de moverme con mucho cuidado y con esa rigidez que produce la vida bajo el agua, es decir la presión. Si la escalera sube por lo menos tres pisos, debo creer que llevo 30 metros de océano encima. A pesar del sol me equipo con una pequeña linterna, pero al tocar la costa pienso que más vale llevar bengalas. El trabajo es largo, encuentro un campo cubierto de excrementos, cómo lo hicieron, al tocarlos desaparecen en una nube parda, luego bajan hasta volverse parte del suelo. La chuspa arroja un camión amarillo y sin ruedas, camión de juguete, un pedazo de pared, trozo de cemento, una llave oxidada y con la marca borroneada, la mitad de una pinza plástica para colgar la ropa, la mitad ha conservado el resorte de acero, dos rocas pequeñas y bastante lisas, rocas de río, quizás. Hay varios maderos que podrían servir para atrancar puertas.

La cosa fue simple: mira hacia fuera, espera hasta que hagamos una foto de perfil, intenta mirar sin anteojos, delante hay sombras y manchas y figuras desenfocadas y un sombra amarilla que va de un lado hacia otro, que baila o se enrosca sobre el piso. Los ruidos servían para determinar o para segmentar uno de los tramos producidos, cada vez que un ruido inesperado entraba en los largos tramos que llevábamos trabajando decidíamos que era señal para más o menos saber cuánto quedaba por hacer. Generalmente el motor de un auto o el paso violento de un auto por mitad de la calle significaba que llevábamos ya la mitad del rollo. La idea y premisa era no desconcentrarse, hacer como si no lo escucháramos. Mentalmente rogaba porque alguien tocara la puerta de hierro con verdadera furia, es decir, quería que alguien llevara varios minutos detrás de aquella puerta grande y vieja laminada en hierro literalmente tirándola, como cuando las personas que van de casa en casa recogiendo las lecturas del medidor se impacientan tras una puerta cerrada. Ocurrió, entre uno o dos rollos el ruido de uno de esos martillos usados en construcción, un combo, que tiraba una pared o quizás pulverizaba una de las viejas veredas que rodean el barrio. En todo caso se escuchaba el golpear del acero sobre el concreto, pero no al hombre, o a su respiración o las gotas de sudor empapando el pañuelo. Sin embargo, al decir del equipo, el hermano de Loretta bien podía ser todos los hombres que estaban fuera, los que desconocíamos. Luego lo tomamos mirando la ventana, es decir, hicimos tomas de su espalda, él tenía un jarro de porcelana, simulaba que bebía café. Yo hubiera querido mirar como el café bajaba a través de la garganta, para el final imaginé una pared pintada con un motivo, no sé, ecológico, con ramas y raíces cruzándose y entre ellas algunas con la clorofila fluyendo. Pero no había café, también me hubiera gustado que beba algo fluorescente.

Pedimos que colocara cinta aislante alrededor de la puerta principal. El propósito era aislar el ruido externo, también esperábamos que el viento que corría quedase o no pasara del patio. En el patio hay varios cables, cables de líneas telefónicas que han sido cruzados de un extremo a otro, de un edificio a otro. Detrás de la puerta está él, colocando la cinta, largas tiras bajan hasta la mitad de la puerta. La ventana sigue abierta, además la luz es fuerte, las cortinas no dejan observar mucho del aspecto interior, uno se hace la idea general de que es un sitio que pasa la mayor parte del tiempo desocupado, aunque en realidad sucede que hay muchas personas, no exactamente dentro pero si cerca, varias personas que se mantienen en silencio o que duermen hasta cuando el día ha corrido largo. Por momentos se puede escuchar madera crujiendo, parecen los pasos de una persona pesada o de alguien que se mueve con cautela, quizás esquivando muebles u objetos tirados en el suelo, es decir, tras los muros los sillones están llenos de polvo y quizás haya alguien recostado en el suelo. Ayuda una mancha, es decir, el liquen que ha crecido debajo de las tablas junto a la lavandería, una mancha del tamaño de un niño recostado de lado. O un tapete, o la huella de una toalla húmeda, da lo mismo.




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