24/8/13

Pálindrom

Ella pregunta, la lista es interminable, no hay relojes, las cortinas totalmente cerradas, los dedos pegajosos, pero ni por asomo, un reloj, manecillas, ladridos. La cama parece un barco, alrededor arena, montículos, rastros de crustáceos, mis huellas que han ido de un extremo hacia el centro, del centro hacia abajo después de dar saltos, después de caer de una palmera, un orificio del tamaño de mis hombros, abajo ramas, conchas, piedras.

Luego, al regresar, todas preguntan si llevo una linterna conmigo, una mitad de un espejo me sirve y el sol forma una línea larga, invisible como todas las cosas que siguen bajo la arena, el suelo se enciende y dos corren. Luego, la mitad que aguarda me ordena tomar asiento y dejar que el autobus continúe. La mitad a la derecha queda oscurecida por las cortinas pero los perfiles vistos desde mi asiento parecen pegarse con el fondo hecho de montañas. Ya estoy pensando en bajar y no hacer otra cosa, entonces el volumen se vuelve total y son conocidos de todos los días, incluso voces cuyos rostros están en los canales de uhf, hay una ave con nombre de rapsoda y los micrófonos ríen con tanta resignación que uno cree que hay varias vidas, sospechas que siempre amenazan tomar el bus para empujarlo cuesta abajo. Luego la música me recuerda a algo infame, por inolvidable, de varios modos y en el modo de los lunes.

La pelea es terna, empieza con una ventana abierta, con un gato que salta entre la ropa que cuelga y a pesar de querer miro la ventana y miro al gato y miro a la mujer pero me vuelvo piedra, es decir, reto al tiempo, entonces todo se vuelve diminuto, cabe en un bolsillo, entre la carne y las uñas. 

El gato regresa llevando en el hocico una manecilla de oro. Hay óxido o algo ocre que necesita una mano de pulimento. De nuevo una de las naves cruza quemando la cortina azul. El sismo, cuento seis segundos de frenesí, en realidad la casa entera arde por dentro y el exterior parece estar hecho de huesos o parece una palmera, algo tras lo cual el sonido desaparece. 

Toco todos los instrumentos y también evito los consejos de Andrés. Llevamos varias canciones, largas, suenan a danzas africanas o a ceremonias donde siempre hay cuerpos que no desean pero acaban con sus vidas. Uso dos, máximo tres cuerdas, Andrés toca con la cabeza abajo como si grabáramos en momentos y sitios distintos, de varios modos saco sonidos entre los ruidos que poco a poco parecen haber dejado la madera y los micrófonos. Hay un ochenta por ciento de probabilidades de que Andrés se divierta menos que yo, pero eso no es raro o quizás es fatal. Llevamos dos vidas tocando del mismo modo, la primera vida se trata de un filme que aún nos asusta, también puede ser el hombre que vestía de algodón, uno de esos hombres que obsesionan a varias edades. La segunda vida es irreal, tan clara, le he pedido que entienda que no hablo ninguna lengua. Parece que la tercera vida llegará mucho antes,  de fondo otra ceremonia. 

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