He visitado lugares que no pueden verse aún, de Saint-Exupéry me ha dejado pilotear una de sus cuatro naves, juntos hemos cubierto en varias décadas la geografía de un continente sospechoso, los bordes y los confines de mi propia historia. Aquí no hay nada nuevo, las huellas son impares, los rostros lucen rejuvenecidos, hay mamíferos jugando a ser mascotas, tantos como árboles, como marcas de caramelos, parados sobre sus dos patas, cruzando como cometas el cielo, respirando con los labios tras de un cristal, ¿labios o boca? mirando, perforando, buscando oro a fuerza de miau, de croac, de beee, oro que no existe, piedras a las que tengo que inventar. Con sus juegos alcanzo un abismo que transforma mi piel en gelatina. De estas y otras sombras está formado el mapa, lo recorro con un dado en la mano, un dado que marca siempre el mismo número, de manera previsible, nada se pierde retirándose, es posible, tras la sensación del juego, detenerse en medio de aquel tablero y sentir la gravedad inventada, la posibilidad de dar un paso en Roma sin moverse nunca de Roma. Bajo los pies o sobre el avatar, o como anillo en su cintura, exactamente conteniendo la atmósfera de polo a polo, un asterisco de flechas señala todos los caminos, *.
17/8/11
15/8/11
Soy un muñeco ventrílocuo, descanso sobre una rodilla, sé usar una mano, visto de franela, también uso reloj.
Decir todos quizás sea exagerado, quizás lo más apropiado sea decir nosotros. Decir con mayúsculas y sin miedo: Nosotros estamos mal. Recuerdo, sueño, y, esa, la parte dolorosa, complicada por nudos, es, sin que yo me lo proponga la que me despierta, con sus engranajes oxidados, bañando de sudor el pecho, llenando la garganta de flemas, invadiéndome con nombres próximos, familiares, lobotomisándome con imágenes recurrentes, atroces, alcanzado por esquirlas, por vísceras, intestinos que en sueños veo colgar de cuerpos mutilados, cuerpos armados con partes agrícolas: a veces un rastrillo por mano, una mochila de fumigar por estómago, cuerpos remendados, alejados o doblemente cercanos al fuego, blindados, inmunes, cuerpos que se reciclan, que ya no comen sobre mesas, que no miran con dos ojos, ni tampoco olvidan, más bien, presencian el mismo sueño cada día, bajo la luz del sol que suele salir a través de la luna, sueñan estar viviendo despiertos, sueñan sin haber dormido, con la misma ropa de un dibujo animado, con la mirada oblicua, con los ojos y sobre todo las pupilas trasplantadas de una vaca. Amanita muu.
8/8/11
Can on
Entre el escritorio y la puerta, los objetos, cubiertos de arena, sugieren movimiento; antes, sombras ocupando un espacio, entonces un rumor, una caravana, la diapositiva, el contacto de un incendio, de un pulpo, bañado por su propia tinta, estrechando sus tentáculos como manos, ciego, invisible, dividiéndolo todo con su aliento, con sus brazos, con sus alas azules de ángel azul de la gasolina, hinchándose, como una ampolla huérfana hija de la pólvora, bajo los tallarines y los látigos de un estofado crudo, relleno de llamas y de antorchas y de silbadores y de años viejos, cruzando la calle, bajo toneladas de radiación, uniformados, dentro de una volqueta cargada de escombros, del rompecabezas de una estatua, camino a la quebrada, abandonando la neblina del páramo.
4/8/11
Ob seno Don oso
Te veo acercarte, me lo repito: ve, mudito, no cambies, así nos gusta, vivir del intento, ser una probabilidad. Necio, mudito, te digo que lo dejes como está, yo ya estuve, yo te lo cuento, mi memoria está blindada, tiene paredes grises, como la del elefante.
Tus manos giran el dial: tupá. Mudito, mu u di i ii to a mi no me tienes que impresionar, almacenesrikylosalmacenesconcorazón, meconozco de e e memoria nuestra voz. La radio no reemplaza tu voz. Hablacontodostusamigosalasteriscocientoveinte. La voz sale de entre tus dedos, mis dedos, te enseño a hablar con estos dedos, tupá, tupá, mudito, grites, mee escucho gritando, mu uudito, no grites, déjame contarnos a los dos
1/8/11
Un día El Evangelio. Una mesa, cuatro sillas, un mantel. Templo, hogar, nube, de rodillas y con la oreja plana, la cabeza, la plegaria, el permiso. Entonces, de rodillas, plano, con los ojos en la nuca, entre el techo, entre el fuego, entre el piso y el templo, líquido, dentro de cada nariz, dentro de cada imagen, elevado, ruidoso, fuera de las trompetas, cerca de las aves y del hielo, abierto como océano, como mandíbula, tragando, succionando,
29/7/11
Hiato
Miró con el rabo, desde la esquina, media nariz a la izquierda, apretado, dentro de los bolsillos, dando pasos sobre una cuerda con la gravedad de cabeza, uniformado, sentado sobre granadas, y granadillas y un cepillo dental, un enjuague bucal, y un hilo dental, con los dedos en los surcos, dentro de un castillo, en el salón real, hecho ceviche, acompañado del pana pecho e chifle, mitad Kafka, mitad niño terror, dividido, mitad denominador, mitad para armar una mitad, brillante, cubierto de algas, recostado bajo una lámina con la piel pelada, con las manos dentro de guantes, empujado, sin resistencia cada vez hasta una próxima tal vez, de lado, también inclinado, garabato, en curva, firme, cruzado el amarillo, domando el ocaso, bajo candados, a tres mandíbulas de fuerza, disfrazado de sniper, sin aire, automático, con ojos como huevas, parques, pantanosos, a media luz, a mitad de camino entre un nudo de corbata y el último sol de la tarde, sol reventado reloj de las sombras.
11/7/11
Los fotógrafos del valle de los cuchillos.
La ubicación: el pasado. Reescribo fechas, desempolvo, me levanto en un pasado que no termina de volver. Corro la cortina: páramos detrás de otros páramos, Quito tagea, se estira, la ventana queda corta. Enumero visitas; los números se vuelven calles, como en un comercial desfilan la Salesiana, el Hospital militar, los kilómetros de cable hasta la Villaflora, de regreso a la Alameda, las filas de Vingalas en y desde el trébol, el choclo, el aguacate, Salcedo, calle y Salcedo city, Alausí, otros páramos, la costa del atlántico, medio oriente, una señal pay pal de cable, cinemax y Jack Black; todos, reunidos, por obra de un proveedor mientras yo, que hago como fotógrafo, como científico, publico un coment, pienso en el Quixote, un Quixote del tamaño de Gulliver; -escarbar-, me digo, -ser sombra de la sombra, volver, volver, volver-.
Él levanta su cabeza, el feedback cede. El espejo pulcro, las paredes amarillas, ¿amarillo gaceta?. Él lentamente saca las manos, con torpeza empuja su cuerpo, exhala, abre la llave, el espejo lo multiplica, ¿un último baño?, duchazo de pie, buceo vertical, ¿prendas? En el espejo el reflejo, en el espejo la figura de un hombre empapado, en el espejo y en el reflejo, un hombre de pie, sin manos, hecho de huesos, de perfil, con las manos y sin manos, metidas, guardadas, escondidas, un hombre diminuto, un hombre de bolsillo.
En el balcón sol, bajo el sol plantas, sobre una mesa, sobre sus patas un juego de barajas. En el medio un mantel de cuadros rojos y negros y sobras de queso, y un tenedor, y una pirámide de piedra, y migas, y el sol.
En la sala una grabación. Charles Mingus y Thelonius Monk; Mingus y Monk un evento in situ. Tocan Estroboskopik. Ella, que lleva rato oscureciendo una nube, decide que hay dudas que no se las puede permitir, mientras, repite sin dudarlo que es feliz. Piensa en él, algo tiene, algo en su condición de paria, o de junkie, o de lumpen, my sweetlumpen se repite y Mingus y Monk por su cuenta preparan sus solos. En la sala además hay fotos, además de turistas, de shorts, de islas y piernas hay una imagen de una minivan. -Minivan-sobrecarga- dice, mientras el viento, turista de couch, cierra con fuerza algunas puertas. Junto a la foto un teléfono, insiste, exige que lo levanten. Ella toma aire, se comprime, se vuelve un feto. Mensaje nuevo. En la isla no hay señal. En la foto, sobre la pared dentro de la sala, ella ocupa un puesto, ella abandona la isla, la isla sin señal, la isla minivan. Óleo, -Bruce D.- gime Monk, Mingus y Monk y los turistas, rebotan todos, se vuelven paredes. Ella cubre el óleo, abajo queda Bruce D.
Él, mientras se desviste, piensa que debe salir al balcón.
Ella, al esconderse, espera sorprenderlo detrás de los helechos.
Él levanta su cabeza, el feedback cede. El espejo pulcro, las paredes amarillas, ¿amarillo gaceta?. Él lentamente saca las manos, con torpeza empuja su cuerpo, exhala, abre la llave, el espejo lo multiplica, ¿un último baño?, duchazo de pie, buceo vertical, ¿prendas? En el espejo el reflejo, en el espejo la figura de un hombre empapado, en el espejo y en el reflejo, un hombre de pie, sin manos, hecho de huesos, de perfil, con las manos y sin manos, metidas, guardadas, escondidas, un hombre diminuto, un hombre de bolsillo.
En el balcón sol, bajo el sol plantas, sobre una mesa, sobre sus patas un juego de barajas. En el medio un mantel de cuadros rojos y negros y sobras de queso, y un tenedor, y una pirámide de piedra, y migas, y el sol.
En la sala una grabación. Charles Mingus y Thelonius Monk; Mingus y Monk un evento in situ. Tocan Estroboskopik. Ella, que lleva rato oscureciendo una nube, decide que hay dudas que no se las puede permitir, mientras, repite sin dudarlo que es feliz. Piensa en él, algo tiene, algo en su condición de paria, o de junkie, o de lumpen, my sweetlumpen se repite y Mingus y Monk por su cuenta preparan sus solos. En la sala además hay fotos, además de turistas, de shorts, de islas y piernas hay una imagen de una minivan. -Minivan-sobrecarga- dice, mientras el viento, turista de couch, cierra con fuerza algunas puertas. Junto a la foto un teléfono, insiste, exige que lo levanten. Ella toma aire, se comprime, se vuelve un feto. Mensaje nuevo. En la isla no hay señal. En la foto, sobre la pared dentro de la sala, ella ocupa un puesto, ella abandona la isla, la isla sin señal, la isla minivan. Óleo, -Bruce D.- gime Monk, Mingus y Monk y los turistas, rebotan todos, se vuelven paredes. Ella cubre el óleo, abajo queda Bruce D.
Él, mientras se desviste, piensa que debe salir al balcón.
Ella, al esconderse, espera sorprenderlo detrás de los helechos.
4/7/11
Orgien
Enciendo la luz en aquella habitación. Nadie me lo ha advertido. La luz blanca, como multiplicada, produce segundos intermitentes de ceguera; desenfoca, cubre, oculta como un páramo dentro de una habitación. Busco una silla, al igual que el escritorio, tengo los pies clavados en el suelo. Caigo hacia adelante, obviamente perderé los sentidos, me he quedado sin peso, de no ser por estos clavos mi cuerpo, -su envase- flotaría, chocaría con las paredes blancas, casi infantiles de la construcción. Entonces cierro la puerta, una última burbuja de oxígeno revienta, infla el espacio, busca un lugar, una parte como si adentro no fuéramos suficientes la mesa, la silla, mi cuerpo. Mi cuerpo se endereza, recibe por la espalda una patada, tan lenta es la fuerza que en cámara lenta, -lo que dilata el recuerdo-, arranca mis pies del suelo. El cuerpo, como un sorbete de goma se estira, se prolonga rebotando en esas paredes de búnker, toma la forma de las esquinas, de los bordes, como una plastilina, débil, amelcochada, deforme, cruda, exhalando paladares, rebotando lentamente, perdiendo el rostro, multiplicando gestos que primero fueron muecas, sonrisas largas y derretidas con ojos en vez de dientes, dientes que no parpadean, redondos como anos, húmedos, viscosos, pálidos. Ella abre la puerta, entra su rostro, cree que algo así no puede ser cierto, hasta decidirse a pasar le toma segundos convertirse también en plastilina, sus partículas flotan en todas las direcciones, se disparan como un fuego pirotécnico, un fuego que hace paff!, menos como un festejo más como un pedo, un paff! sonoro, gordo como chorizo, grave, negado a los ecos, destinado al colon, a reventar dentro de los intestinos; entonces ella, más bien lo que era ella, cubre las paredes antes pulcras, antes de estudio, ella, y la pared empiezan una nueva existencia, ella como pirotecnia, la otra como escenario, ambas una función, una fecha, lo que se ha dado en llamar un aniversario.
3/7/11
Domingo, Domingo, domingo
Podía ser posible. La idea rodaba dentro de su cabeza, conectaba un cableado kilométrico de luces fluorescentes, de lámparas de petróleo, de intermitentes luces navideñas, microscópicas, nerviosas, dotadas de puntas eléctricas. Esa idea que recorría las autopistas a una velocidad incápaz de ser medida, incápaz de ser vista, invisible como un disparo, sería el comiezo de su aniquilación, en ese instante, parecido a la caída de un trueno, las ideas, o las palabras, o las emociones se sucederían a través del filtro lógico instintivo, como en un derrumbe, bajo la orden o como respuesta de una fila de hombres afeitados, vestidos con mandiles, en un orden donde es imposible distinguir edades,
él no llamó, él dijo que lo haría a las ocho y media, él, antes, durante la primera charla había hablado con preocupación de la puntualidad. Lo dijo, en tres palabras, qué tal eres con la puntualidad, y ahora, ocho y treinta y cinco minutos, cuando ya la puntualidad estaba derrotada, cuando él debía ser consistente con sus palabras, cuando la palabra de un hombre estaba en guerra, yo, manejaba, detrás de una fila de taxis y patrullas a esta hora los autobuses estarán cargando sus tanques para los recorridos del día siguiente, en fila, con una mano en el volante, Anna no está, Anna aparecerá en el relato recién al final de la calle, cuando haya disminuído esta afluencia de motores, de radioestaciones, de Santanas y narcotangos y sets electrónicos bajo las luces románticas y agresivas de los semáforos, entonces ya no tendré que sostener el volante, no haré maniobras, seré un dandy, mitad Wilde, mitad panzón de unidad, frenaré con los pies, mientras, Anna, con olor a cerveza, por qué no! casi arrimada sobre mis muslos, resuelta a gritarle al primero que se le interponga, Anna bajo mis dominios usando sus manos para ordenar mi vida una vez más, sostiene el volante y yo con las manos libres, con la vista en la fila de taxis y coupés y citroens y cheyennes, tomo la tarjeta de él, uso los postes, a Quito, a su luz, distingo los números anotados, los nombres impresos, repito, como mantra, con énfasis, mirando a la cheyene, sintiendo el acelerador bajo el pie, como si de repente las extremidades fueran de palo, como zancos, antes de haber anotado el número, de haberlo marcado, repitiendo 293 293, con la teoría, la hipótesis del fracaso, fiel, testiga de cada amanecer, una verdadera todoterreno, abierta de brazos y de estómago, cubriendo de vísceras la señal, borroneándola, deformando el sonido dentro del auricular, como hace veinte años, como al hablar con la familia en el extranjero, como si la comunicación estuviera construída sobre ecos.
él no llamó, él dijo que lo haría a las ocho y media, él, antes, durante la primera charla había hablado con preocupación de la puntualidad. Lo dijo, en tres palabras, qué tal eres con la puntualidad, y ahora, ocho y treinta y cinco minutos, cuando ya la puntualidad estaba derrotada, cuando él debía ser consistente con sus palabras, cuando la palabra de un hombre estaba en guerra, yo, manejaba, detrás de una fila de taxis y patrullas a esta hora los autobuses estarán cargando sus tanques para los recorridos del día siguiente, en fila, con una mano en el volante, Anna no está, Anna aparecerá en el relato recién al final de la calle, cuando haya disminuído esta afluencia de motores, de radioestaciones, de Santanas y narcotangos y sets electrónicos bajo las luces románticas y agresivas de los semáforos, entonces ya no tendré que sostener el volante, no haré maniobras, seré un dandy, mitad Wilde, mitad panzón de unidad, frenaré con los pies, mientras, Anna, con olor a cerveza, por qué no! casi arrimada sobre mis muslos, resuelta a gritarle al primero que se le interponga, Anna bajo mis dominios usando sus manos para ordenar mi vida una vez más, sostiene el volante y yo con las manos libres, con la vista en la fila de taxis y coupés y citroens y cheyennes, tomo la tarjeta de él, uso los postes, a Quito, a su luz, distingo los números anotados, los nombres impresos, repito, como mantra, con énfasis, mirando a la cheyene, sintiendo el acelerador bajo el pie, como si de repente las extremidades fueran de palo, como zancos, antes de haber anotado el número, de haberlo marcado, repitiendo 293 293, con la teoría, la hipótesis del fracaso, fiel, testiga de cada amanecer, una verdadera todoterreno, abierta de brazos y de estómago, cubriendo de vísceras la señal, borroneándola, deformando el sonido dentro del auricular, como hace veinte años, como al hablar con la familia en el extranjero, como si la comunicación estuviera construída sobre ecos.
27/6/11
Él no tiene nombre, mejor dicho lo tuvo, mejor hay que pensar que lo sostiene en las manos, lo tira por una ventana, lo observa caer sobre algas, entonces digamos que tuvo un nombre, pero parece más claro decir también que lo perdió. Ya sin un nombre, que también es como decir ya sin memoria, detiene su mirada en el paisaje que se le presenta a través de la ventana. El hombre, antes llamado de alguna manera, viaja a través de un país lleno de montañas. La autopista por la que transita el autobus en el que el hombre hace su viaje, atraviesa el aire, la lluvia, la arena, sus llantas firman como en papel una rubrica a través de páramos, de haciendas viejas, de ciénagas, como un gusano es el autobus y como parásitos son quienes dentro de él van sentados: una niña gorda y rosada con diademas en la cabeza, su padre, o un hombre peinado a la perfección como con brocha, que además lleva un bigote negro y pesado y varias revistas deportivas en su mano. Junto a él un niño feo, de cabello en puntas, con los ojos negros y una camiseta de los power rangers. El niño, que sonríe, que salta sobre las piernas de su madre, toma fotografías con una máquina de juguete, fotografías imaginarias del lago, de los árboles, de los fondos imprecisos donde pareciera que él estuviera visitando. La madre, una mujer de espaldas anchas como un armario intenta sin éxitos cerrar la ventana.
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