He visitado lugares que no pueden verse aún, de Saint-Exupéry me ha dejado pilotear una de sus cuatro naves, juntos hemos cubierto en varias décadas la geografía de un continente sospechoso, los bordes y los confines de mi propia historia. Aquí no hay nada nuevo, las huellas son impares, los rostros lucen rejuvenecidos, hay mamíferos jugando a ser mascotas, tantos como árboles, como marcas de caramelos, parados sobre sus dos patas, cruzando como cometas el cielo, respirando con los labios tras de un cristal, ¿labios o boca? mirando, perforando, buscando oro a fuerza de miau, de croac, de beee, oro que no existe, piedras a las que tengo que inventar. Con sus juegos alcanzo un abismo que transforma mi piel en gelatina. De estas y otras sombras está formado el mapa, lo recorro con un dado en la mano, un dado que marca siempre el mismo número, de manera previsible, nada se pierde retirándose, es posible, tras la sensación del juego, detenerse en medio de aquel tablero y sentir la gravedad inventada, la posibilidad de dar un paso en Roma sin moverse nunca de Roma. Bajo los pies o sobre el avatar, o como anillo en su cintura, exactamente conteniendo la atmósfera de polo a polo, un asterisco de flechas señala todos los caminos, *.
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