Entre el escritorio y la puerta, los objetos, cubiertos de arena, sugieren movimiento; antes, sombras ocupando un espacio, entonces un rumor, una caravana, la diapositiva, el contacto de un incendio, de un pulpo, bañado por su propia tinta, estrechando sus tentáculos como manos, ciego, invisible, dividiéndolo todo con su aliento, con sus brazos, con sus alas azules de ángel azul de la gasolina, hinchándose, como una ampolla huérfana hija de la pólvora, bajo los tallarines y los látigos de un estofado crudo, relleno de llamas y de antorchas y de silbadores y de años viejos, cruzando la calle, bajo toneladas de radiación, uniformados, dentro de una volqueta cargada de escombros, del rompecabezas de una estatua, camino a la quebrada, abandonando la neblina del páramo.