Miró con el rabo, desde la esquina, media nariz a la izquierda, apretado, dentro de los bolsillos, dando pasos sobre una cuerda con la gravedad de cabeza, uniformado, sentado sobre granadas, y granadillas y un cepillo dental, un enjuague bucal, y un hilo dental, con los dedos en los surcos, dentro de un castillo, en el salón real, hecho ceviche, acompañado del pana pecho e chifle, mitad Kafka, mitad niño terror, dividido, mitad denominador, mitad para armar una mitad, brillante, cubierto de algas, recostado bajo una lámina con la piel pelada, con las manos dentro de guantes, empujado, sin resistencia cada vez hasta una próxima tal vez, de lado, también inclinado, garabato, en curva, firme, cruzado el amarillo, domando el ocaso, bajo candados, a tres mandíbulas de fuerza, disfrazado de sniper, sin aire, automático, con ojos como huevas, parques, pantanosos, a media luz, a mitad de camino entre un nudo de corbata y el último sol de la tarde, sol reventado reloj de las sombras.
29/7/11
11/7/11
Los fotógrafos del valle de los cuchillos.
La ubicación: el pasado. Reescribo fechas, desempolvo, me levanto en un pasado que no termina de volver. Corro la cortina: páramos detrás de otros páramos, Quito tagea, se estira, la ventana queda corta. Enumero visitas; los números se vuelven calles, como en un comercial desfilan la Salesiana, el Hospital militar, los kilómetros de cable hasta la Villaflora, de regreso a la Alameda, las filas de Vingalas en y desde el trébol, el choclo, el aguacate, Salcedo, calle y Salcedo city, Alausí, otros páramos, la costa del atlántico, medio oriente, una señal pay pal de cable, cinemax y Jack Black; todos, reunidos, por obra de un proveedor mientras yo, que hago como fotógrafo, como científico, publico un coment, pienso en el Quixote, un Quixote del tamaño de Gulliver; -escarbar-, me digo, -ser sombra de la sombra, volver, volver, volver-.
Él levanta su cabeza, el feedback cede. El espejo pulcro, las paredes amarillas, ¿amarillo gaceta?. Él lentamente saca las manos, con torpeza empuja su cuerpo, exhala, abre la llave, el espejo lo multiplica, ¿un último baño?, duchazo de pie, buceo vertical, ¿prendas? En el espejo el reflejo, en el espejo la figura de un hombre empapado, en el espejo y en el reflejo, un hombre de pie, sin manos, hecho de huesos, de perfil, con las manos y sin manos, metidas, guardadas, escondidas, un hombre diminuto, un hombre de bolsillo.
En el balcón sol, bajo el sol plantas, sobre una mesa, sobre sus patas un juego de barajas. En el medio un mantel de cuadros rojos y negros y sobras de queso, y un tenedor, y una pirámide de piedra, y migas, y el sol.
En la sala una grabación. Charles Mingus y Thelonius Monk; Mingus y Monk un evento in situ. Tocan Estroboskopik. Ella, que lleva rato oscureciendo una nube, decide que hay dudas que no se las puede permitir, mientras, repite sin dudarlo que es feliz. Piensa en él, algo tiene, algo en su condición de paria, o de junkie, o de lumpen, my sweetlumpen se repite y Mingus y Monk por su cuenta preparan sus solos. En la sala además hay fotos, además de turistas, de shorts, de islas y piernas hay una imagen de una minivan. -Minivan-sobrecarga- dice, mientras el viento, turista de couch, cierra con fuerza algunas puertas. Junto a la foto un teléfono, insiste, exige que lo levanten. Ella toma aire, se comprime, se vuelve un feto. Mensaje nuevo. En la isla no hay señal. En la foto, sobre la pared dentro de la sala, ella ocupa un puesto, ella abandona la isla, la isla sin señal, la isla minivan. Óleo, -Bruce D.- gime Monk, Mingus y Monk y los turistas, rebotan todos, se vuelven paredes. Ella cubre el óleo, abajo queda Bruce D.
Él, mientras se desviste, piensa que debe salir al balcón.
Ella, al esconderse, espera sorprenderlo detrás de los helechos.
Él levanta su cabeza, el feedback cede. El espejo pulcro, las paredes amarillas, ¿amarillo gaceta?. Él lentamente saca las manos, con torpeza empuja su cuerpo, exhala, abre la llave, el espejo lo multiplica, ¿un último baño?, duchazo de pie, buceo vertical, ¿prendas? En el espejo el reflejo, en el espejo la figura de un hombre empapado, en el espejo y en el reflejo, un hombre de pie, sin manos, hecho de huesos, de perfil, con las manos y sin manos, metidas, guardadas, escondidas, un hombre diminuto, un hombre de bolsillo.
En el balcón sol, bajo el sol plantas, sobre una mesa, sobre sus patas un juego de barajas. En el medio un mantel de cuadros rojos y negros y sobras de queso, y un tenedor, y una pirámide de piedra, y migas, y el sol.
En la sala una grabación. Charles Mingus y Thelonius Monk; Mingus y Monk un evento in situ. Tocan Estroboskopik. Ella, que lleva rato oscureciendo una nube, decide que hay dudas que no se las puede permitir, mientras, repite sin dudarlo que es feliz. Piensa en él, algo tiene, algo en su condición de paria, o de junkie, o de lumpen, my sweetlumpen se repite y Mingus y Monk por su cuenta preparan sus solos. En la sala además hay fotos, además de turistas, de shorts, de islas y piernas hay una imagen de una minivan. -Minivan-sobrecarga- dice, mientras el viento, turista de couch, cierra con fuerza algunas puertas. Junto a la foto un teléfono, insiste, exige que lo levanten. Ella toma aire, se comprime, se vuelve un feto. Mensaje nuevo. En la isla no hay señal. En la foto, sobre la pared dentro de la sala, ella ocupa un puesto, ella abandona la isla, la isla sin señal, la isla minivan. Óleo, -Bruce D.- gime Monk, Mingus y Monk y los turistas, rebotan todos, se vuelven paredes. Ella cubre el óleo, abajo queda Bruce D.
Él, mientras se desviste, piensa que debe salir al balcón.
Ella, al esconderse, espera sorprenderlo detrás de los helechos.
4/7/11
Orgien
Enciendo la luz en aquella habitación. Nadie me lo ha advertido. La luz blanca, como multiplicada, produce segundos intermitentes de ceguera; desenfoca, cubre, oculta como un páramo dentro de una habitación. Busco una silla, al igual que el escritorio, tengo los pies clavados en el suelo. Caigo hacia adelante, obviamente perderé los sentidos, me he quedado sin peso, de no ser por estos clavos mi cuerpo, -su envase- flotaría, chocaría con las paredes blancas, casi infantiles de la construcción. Entonces cierro la puerta, una última burbuja de oxígeno revienta, infla el espacio, busca un lugar, una parte como si adentro no fuéramos suficientes la mesa, la silla, mi cuerpo. Mi cuerpo se endereza, recibe por la espalda una patada, tan lenta es la fuerza que en cámara lenta, -lo que dilata el recuerdo-, arranca mis pies del suelo. El cuerpo, como un sorbete de goma se estira, se prolonga rebotando en esas paredes de búnker, toma la forma de las esquinas, de los bordes, como una plastilina, débil, amelcochada, deforme, cruda, exhalando paladares, rebotando lentamente, perdiendo el rostro, multiplicando gestos que primero fueron muecas, sonrisas largas y derretidas con ojos en vez de dientes, dientes que no parpadean, redondos como anos, húmedos, viscosos, pálidos. Ella abre la puerta, entra su rostro, cree que algo así no puede ser cierto, hasta decidirse a pasar le toma segundos convertirse también en plastilina, sus partículas flotan en todas las direcciones, se disparan como un fuego pirotécnico, un fuego que hace paff!, menos como un festejo más como un pedo, un paff! sonoro, gordo como chorizo, grave, negado a los ecos, destinado al colon, a reventar dentro de los intestinos; entonces ella, más bien lo que era ella, cubre las paredes antes pulcras, antes de estudio, ella, y la pared empiezan una nueva existencia, ella como pirotecnia, la otra como escenario, ambas una función, una fecha, lo que se ha dado en llamar un aniversario.
3/7/11
Domingo, Domingo, domingo
Podía ser posible. La idea rodaba dentro de su cabeza, conectaba un cableado kilométrico de luces fluorescentes, de lámparas de petróleo, de intermitentes luces navideñas, microscópicas, nerviosas, dotadas de puntas eléctricas. Esa idea que recorría las autopistas a una velocidad incápaz de ser medida, incápaz de ser vista, invisible como un disparo, sería el comiezo de su aniquilación, en ese instante, parecido a la caída de un trueno, las ideas, o las palabras, o las emociones se sucederían a través del filtro lógico instintivo, como en un derrumbe, bajo la orden o como respuesta de una fila de hombres afeitados, vestidos con mandiles, en un orden donde es imposible distinguir edades,
él no llamó, él dijo que lo haría a las ocho y media, él, antes, durante la primera charla había hablado con preocupación de la puntualidad. Lo dijo, en tres palabras, qué tal eres con la puntualidad, y ahora, ocho y treinta y cinco minutos, cuando ya la puntualidad estaba derrotada, cuando él debía ser consistente con sus palabras, cuando la palabra de un hombre estaba en guerra, yo, manejaba, detrás de una fila de taxis y patrullas a esta hora los autobuses estarán cargando sus tanques para los recorridos del día siguiente, en fila, con una mano en el volante, Anna no está, Anna aparecerá en el relato recién al final de la calle, cuando haya disminuído esta afluencia de motores, de radioestaciones, de Santanas y narcotangos y sets electrónicos bajo las luces románticas y agresivas de los semáforos, entonces ya no tendré que sostener el volante, no haré maniobras, seré un dandy, mitad Wilde, mitad panzón de unidad, frenaré con los pies, mientras, Anna, con olor a cerveza, por qué no! casi arrimada sobre mis muslos, resuelta a gritarle al primero que se le interponga, Anna bajo mis dominios usando sus manos para ordenar mi vida una vez más, sostiene el volante y yo con las manos libres, con la vista en la fila de taxis y coupés y citroens y cheyennes, tomo la tarjeta de él, uso los postes, a Quito, a su luz, distingo los números anotados, los nombres impresos, repito, como mantra, con énfasis, mirando a la cheyene, sintiendo el acelerador bajo el pie, como si de repente las extremidades fueran de palo, como zancos, antes de haber anotado el número, de haberlo marcado, repitiendo 293 293, con la teoría, la hipótesis del fracaso, fiel, testiga de cada amanecer, una verdadera todoterreno, abierta de brazos y de estómago, cubriendo de vísceras la señal, borroneándola, deformando el sonido dentro del auricular, como hace veinte años, como al hablar con la familia en el extranjero, como si la comunicación estuviera construída sobre ecos.
él no llamó, él dijo que lo haría a las ocho y media, él, antes, durante la primera charla había hablado con preocupación de la puntualidad. Lo dijo, en tres palabras, qué tal eres con la puntualidad, y ahora, ocho y treinta y cinco minutos, cuando ya la puntualidad estaba derrotada, cuando él debía ser consistente con sus palabras, cuando la palabra de un hombre estaba en guerra, yo, manejaba, detrás de una fila de taxis y patrullas a esta hora los autobuses estarán cargando sus tanques para los recorridos del día siguiente, en fila, con una mano en el volante, Anna no está, Anna aparecerá en el relato recién al final de la calle, cuando haya disminuído esta afluencia de motores, de radioestaciones, de Santanas y narcotangos y sets electrónicos bajo las luces románticas y agresivas de los semáforos, entonces ya no tendré que sostener el volante, no haré maniobras, seré un dandy, mitad Wilde, mitad panzón de unidad, frenaré con los pies, mientras, Anna, con olor a cerveza, por qué no! casi arrimada sobre mis muslos, resuelta a gritarle al primero que se le interponga, Anna bajo mis dominios usando sus manos para ordenar mi vida una vez más, sostiene el volante y yo con las manos libres, con la vista en la fila de taxis y coupés y citroens y cheyennes, tomo la tarjeta de él, uso los postes, a Quito, a su luz, distingo los números anotados, los nombres impresos, repito, como mantra, con énfasis, mirando a la cheyene, sintiendo el acelerador bajo el pie, como si de repente las extremidades fueran de palo, como zancos, antes de haber anotado el número, de haberlo marcado, repitiendo 293 293, con la teoría, la hipótesis del fracaso, fiel, testiga de cada amanecer, una verdadera todoterreno, abierta de brazos y de estómago, cubriendo de vísceras la señal, borroneándola, deformando el sonido dentro del auricular, como hace veinte años, como al hablar con la familia en el extranjero, como si la comunicación estuviera construída sobre ecos.
27/6/11
Él no tiene nombre, mejor dicho lo tuvo, mejor hay que pensar que lo sostiene en las manos, lo tira por una ventana, lo observa caer sobre algas, entonces digamos que tuvo un nombre, pero parece más claro decir también que lo perdió. Ya sin un nombre, que también es como decir ya sin memoria, detiene su mirada en el paisaje que se le presenta a través de la ventana. El hombre, antes llamado de alguna manera, viaja a través de un país lleno de montañas. La autopista por la que transita el autobus en el que el hombre hace su viaje, atraviesa el aire, la lluvia, la arena, sus llantas firman como en papel una rubrica a través de páramos, de haciendas viejas, de ciénagas, como un gusano es el autobus y como parásitos son quienes dentro de él van sentados: una niña gorda y rosada con diademas en la cabeza, su padre, o un hombre peinado a la perfección como con brocha, que además lleva un bigote negro y pesado y varias revistas deportivas en su mano. Junto a él un niño feo, de cabello en puntas, con los ojos negros y una camiseta de los power rangers. El niño, que sonríe, que salta sobre las piernas de su madre, toma fotografías con una máquina de juguete, fotografías imaginarias del lago, de los árboles, de los fondos imprecisos donde pareciera que él estuviera visitando. La madre, una mujer de espaldas anchas como un armario intenta sin éxitos cerrar la ventana.
16/6/11
Él pasó la tarde dentro de casa. La sala estaba adornada, un automóvilde las paredes colgaban cuadros con motivos similares, una lata de aluminio comprimida, una botella de cristal verde sin etiqueta, un cenicero lleno de chicles masticados, un cuarto cuadro había sido cubierto por una tela de color arena. Él, sentado como si esperara que un camarero lo atendiera, levantó la mano, tomó el teléfono, marcó un número, lo pronunció, lo hizo estando a siglos de distancia, lo hizo desde el pasado, marcó un número en una época donde aún no existía, donde él sería un gruñido, donde
15/6/11
Lan lan
La mente recrea ideas, las filtra, las descompone con un cedaso hecho de troncos, atado a huesos, cubierto por asfalto, delgado, transparente como membrana. Esas palabras, que en su forma sugieren un testamento, en la realidad saben a balas, a soga, a una química necesaria e inesperada, el segundo extra, el infarto que derrumba, el segundo que fulmina. Un corazón dotado de horas de gimnasio, gordo, como un puño adulto cerrado, recibe esos impactos tras una coraza, en sus venas rebotan las frases, languidecen, caen húmedas como un periódico mojado.
La mente, sótano asegurado bajo siete candados, carga de nuevo munición, recrea una guerra, mientras él, hecho tierra, descompone los cuerpos, habla o imagina que dialoga con esqueletos.
La mente, sótano asegurado bajo siete candados, carga de nuevo munición, recrea una guerra, mientras él, hecho tierra, descompone los cuerpos, habla o imagina que dialoga con esqueletos.
14/6/11
Pozo
Para él eran cuatrocientos años, los contaba con la mano, los repetía en los dedos de los pies, con cada pestaña, llegaba a contar hasta setenta, respiraba, imaginaba una cifra entera, un número natural, un cifra tántrica, entonces operaba, resolvía cada siglo de historia, contaba guerras no a través de la pólvora, inventaba nombres, familias, espadas, encargaba, como se encarga al servicio de correo, un calendario de eventos, una bitácora, la radiografía que él intuía, la radiografía de un tiempo desconocido, empolvado, la historia que retenía, como a una moneda, los hechos, los actores que borrados, o convertidos en polvo, habían escapado a la pluma de los hombres, al martillo, al fuego, a la cuerda, imaginaba para sí mismo, y para la futura generación un bosque, una extensión cubierta de árboles, bañada por lagos, un páramo que sacaba de los bolsillos, que se escurría por la nariz, como sudor, un ave de tierra, un dialecto desconocido, un cuchillo, una mirada incómoda, una cruz de madera, fe, infamia, vísceras.
13/6/11
Lunes 13
La noche era oscura. Las puertas habían sido aseguradas desde adentro. Los pisos lucían pulcros. Al encender una luz, parecía que la casa hubiera sido construida sobre un estadio, o iluminada desde el interior de cada pared.
Ella y él se presentaron oficialmente, ambos se dieron las manos, ambos recordaron sus nombres, para que el otro supiera de inmediato con quien estaba tratando, para que se familiaricen, para que lo que quedaba del día quedara entre ellos, fuera para ellos, pero sobre todo fuera, como quien dice, para que valiera la pena. Ambos llegaron a un acuerdo, antes incluso de recordar cuales eran sus nombres, acordaron, para que el resto de la noche, ambos pudieran descansar sin molestias, sin rabietas. Él, encendió un televisor con un control remoto, hizo varias veces zapping, surfeó a su modo por entre telenovelas en italiano, miró a Mastroniani encender todo tipo de cigarrillos, mientras, en la habitación del frente, ella, según él, estaría haciendo alguna rutina de ejercicios, estirada sobre la alfombra con las piernas recogidas, ancladas entre los brazos, con el cuello estirado, la cabeza de cabeza, los techos en los pisos y los pies pataleando, los pies como almohada, como pedales y como remos, de una barca de porcelana, sobre un mar de cabellos negros, de olas oscuras, como brazos de pulpo, o de pulpos, o de pelusas, o de alfombras con formas de pulpos, o de mujeres convertidas en espuma, en nubes, en lluvia, en relámpagos.
Al cambiar de canal él encuentra un documental que trata el tema de la electricidad, el filme muestra casas construidas con paneles transparentes donde cada habitación es estampada sobre la siguiente y donde es imposible diferenciar un fondo, como si se tratara de varias peceras dentro de otras peceras. Los peces o los en teoría dueños del espacio decoran los fondos, le agregan rostros, lo convierten, lo maquillan, lo transforman en maniquí. Cuando la dueña de casa entra a una de las duchas el documental adquiere otro tono, abre paso a los testimonios, el diálogo se vuelve elemental, de repente todos tienen algo que decir. Se extraña, se imagina, se desean las imágenes de la ducha, el vello púbico de la entrepierna, se produce una ligera erección, se recuerda, se pronuncian malas palabras, palabras ideales para herir con permiso, palabras firmes y útiles como dildos.
22/5/11
Ella apresura su salida. Marlena mueve la cabeza, ella la mira a los ojos, la anciana empuja la bolsa del pan, ella abandona la caja.
El sol nos calienta
Parque
La negativa es rotunda, no deja espacios, ladra como un pastor alemán desde una vereda, es firme, pesada, está blindada.
Él toma uno de sus frascos con drogas. Drogas naturales, drogas manipuladas por la mano del hombre, drogas sembradas, cosechadas, procesadas por él, drogas como parte de un regalo, de un presente, drogas, regalo de Andrés. El frasco, un recipiente negro sin el rollo fotográfico lleno de mezcalina en polvo, un polvo fino, con una pequeña capa de hongos sobre la superficie. La poción, amarga e inolora, la mezcla bebida de un solo trago, sin miel, sin endulzantes,
Él destapa el vino. Cada copa conserva una etiqueta dorada. El clima es agrabable, hay sombras; el sol también perfora esos cuerpos, orificios de luz, sombras llenas de pecas, pecas sobre aquellas sombras. Ella se sienta sobre sus piernas, estira la espalda, su posición es sana, deportiva, castigada; orgullosa como su frente. Su espalda y su frente parecen haber aprobado los mismos cursos de posición corporal, levantadas, rectas, firmes, exageradas como un maniquí, estiradas como un globo, sin arrugas, aparentemente sin esfuerzo. Ella toma una de las copas, ella mira la etiqueta, la mira como atravezada por años, estudiándola, una etiqueta dorada, redonda, pegagosa, borroneada, sobreviviente, un malestar, un olvido, un destino comparado al horror, un destino hecho de defectos, una broma, una broma redonda y dorada, sin valor, sin astucia, desnuda, un chiste pequeño, una mueca, una pirotecnia. Ella mira la etiqueta, ella hace una mueca, ella mismo es una mueca, una mueca hecha de otras muecas, ella misma se crea un destino, grita, un aullido sordo, enorme como el campo, como el Chimborazo, como la nieve, enceguecida, poblada de virtudes insignificantes, convertida en pájaro, llena de plumas, clava, como un halcón con garras, aprieta, hunde, pero no ahoga. La etiqueta desaparece, hace un vuelo, brilla, como una moneda aplastada, ella sonríe, él sonríe, él vierte el vino, él, el dueño de las copas, para ella, para el ave, sangre, sangre embotellada, sangre para evitar el sacrificio.
El sol nos calienta
Parque
La negativa es rotunda, no deja espacios, ladra como un pastor alemán desde una vereda, es firme, pesada, está blindada.
Él toma uno de sus frascos con drogas. Drogas naturales, drogas manipuladas por la mano del hombre, drogas sembradas, cosechadas, procesadas por él, drogas como parte de un regalo, de un presente, drogas, regalo de Andrés. El frasco, un recipiente negro sin el rollo fotográfico lleno de mezcalina en polvo, un polvo fino, con una pequeña capa de hongos sobre la superficie. La poción, amarga e inolora, la mezcla bebida de un solo trago, sin miel, sin endulzantes,
Él destapa el vino. Cada copa conserva una etiqueta dorada. El clima es agrabable, hay sombras; el sol también perfora esos cuerpos, orificios de luz, sombras llenas de pecas, pecas sobre aquellas sombras. Ella se sienta sobre sus piernas, estira la espalda, su posición es sana, deportiva, castigada; orgullosa como su frente. Su espalda y su frente parecen haber aprobado los mismos cursos de posición corporal, levantadas, rectas, firmes, exageradas como un maniquí, estiradas como un globo, sin arrugas, aparentemente sin esfuerzo. Ella toma una de las copas, ella mira la etiqueta, la mira como atravezada por años, estudiándola, una etiqueta dorada, redonda, pegagosa, borroneada, sobreviviente, un malestar, un olvido, un destino comparado al horror, un destino hecho de defectos, una broma, una broma redonda y dorada, sin valor, sin astucia, desnuda, un chiste pequeño, una mueca, una pirotecnia. Ella mira la etiqueta, ella hace una mueca, ella mismo es una mueca, una mueca hecha de otras muecas, ella misma se crea un destino, grita, un aullido sordo, enorme como el campo, como el Chimborazo, como la nieve, enceguecida, poblada de virtudes insignificantes, convertida en pájaro, llena de plumas, clava, como un halcón con garras, aprieta, hunde, pero no ahoga. La etiqueta desaparece, hace un vuelo, brilla, como una moneda aplastada, ella sonríe, él sonríe, él vierte el vino, él, el dueño de las copas, para ella, para el ave, sangre, sangre embotellada, sangre para evitar el sacrificio.
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