16/8/10

Tú mi junkie

Ella mira de costado. 45 grados después ella mira de frente. Mira en un espejo redondo, mira en espejo de mano, mientras mira ella estudia, en su reflejo encuentra que su rostro aún continúa desordenado. Entonces, ella toma las tijeras, toma una hoja azul de afeitar, toma un jabón y sobre este vierte medio litro de agua caliente mientras tararea una canción. Mientras, a través del espejo redondo, ella mira su cabeza reflejada, su cabello húmedo, la cama pulcramente ordenada, las almohadas sobre la cama, el vestido y la caja de zapatos junto a las almohadas mientras mira su cabello, mientras tararera una letra, mientras se mueven sus labios, mientras corta su cabello. 45 grados después ella mira satisfecha.

Ya sin cabellos, ella, que ya no luce como era ella, decide disfrazarse, decide ser niña, decide jugar a ser muñeca. Ella pinta unas cejas exageradas, coloca una peluca hecha con cabello de muñecas y viste un vestido de cuero negro. Vestido, cuero, peluca y cejas que combina sobre unos tacos rojos, altos, firmes como dos estacas. Antes de salir, ella coloca dentro de su bolso un revólver, las llaves en el llavero de Scooby doo, dos monedas de 100 pesos, cada una para los taxis y un teléfono celular al que lo tiene en modo de silencio. Entonces, ella mira el espejo girando, dando vueltas, mira, dice en voz alta, que no te canses de mirar. Gira 180 grados, coloca llave, detiene un taxi, sube, dá una dirección.

Ya en la calle es posible observar a niños manejando autos, autos hechos de madera y con dudosos sistemas de frenado.

El taxi cruza una calle. La calle termina en otras calles.

15/8/10

El hogar sin puertas

Omar desde la cima lanzó cuerdas para que los elefantes que venían tras de él, las amarrasen prontamente a sus cinturas. La cima fue lo más sencillo de alcanzar se repetía Omar, mientras en el cielo se dibujaban como costras las nubes de una tormenta que atacaba el volcán mas próximo. Los elefantes llegaron por fin varias horas después debido a su paso y la montaña por un instante se dobló tras el peso de aquellos cuerpos llenos de arena y con trompas de ladrillo. Se acostaron de lado uno encima de otro y permanecieron durmiendo durante las siguientes dos semanas. De esta forma celebraron la conquista de aquella montaña.

Cuando al fin Omar y los elefantes se sintieron aburridos, decidieron que lo mejor tanto para ellos como para la montaña sería abrir un cráter, esperar a que brote agua e inclinar sus palas hasta que la montaña sea un pozo. Al cavar, los elefantes habían perdido los colmillos pero el níquel que encontraron fue convertido en en mejores colmillos. Cinco años después salieron del otro lado del mundo. La vista, más que privilegiada les mostraba un desierto donde solo habían dos bicicletas.

Los elefantes y Omar se quedaron cansados y profundamente dormidos.

Al despertar, Omar no tuvo de otra que vagar por el desierto. Lo hizo a pie ya que las bicletas se las habían llevado los elefantes. Bajo un árbol negro, Omar encontró una serpiente o lo que había sido una. Sentado, pensó que bajar de esa montaña, aunque llevara su tiempo, tampoco había sido complicado. Entonces Omar, se preguntó, por primera vez, cuál era su nombre.
Al despertarse, Omar, con una mandíbula de caballo, escribió en la tierra con letras claras, un nombre que era el único nombre que recordaba Omar. Por tercera vez en el desierto, Omar volvió a quedarse dormido.


13/8/10

El público y las cortinas

La pared dividía en dos lados a la banda y al departamento, al ruido que vomitaban las trompetas, la batería, del silencio casi místico que rodeaba como cápsula a los gatos en la sala de Marcela.
Omar en primer plano e iluminado por el monitor, deja todas sus actividades y espera que Marcela, capte sus movimientos en breve, lo observe, y abandone todas sus actividades. También dentro de Omar se dibujan posibilidades que atentarían contra el bienestar de ellos, como cuando una persona se ha vuelto peligrosa, cuando gritas tan alto que te vuelves ronco.

Marcela con los auriculares conectados a su cerebro, ignora el fondo, el oxígeno, el planeta y los espacios y mecánicamente, con la precisión de un cirujano ilustra tapas de revista para una portada atrasada. Su pulso se hace visible como una montaña a un costado de su cuello mientras en el monitor dos personas que asisten al cine mastican snacks con los rostros de estrellas de cine en una película llena soldados disparando sus últimos misiles bajo las órdenes de un teniente desnudo. Marcela, como cambiando de canal, de sala, de trabajo y de laboratorio escoge un escenario donde una banda toca temas colgados de cabeza y con luces brillando desde el suelo.

El trío, toca versiones de The Mars Volta en una sala sin público, Omar detrás de un bajo amarillo deja de cantar para observar a Marcela que cambia varias veces de instrumento mientras una docena de gatos reptan por la paredes hamacándose en telarañas que ellos mismos han tejido.
Marcela acaricia a los gatos, observa a Omar a través de la habitación y apaga las luces dejando el escenario como un cuadro negro.

11/8/10

Lados C *

Charly García intentaba cantar por tercera vez. Asesíname gritaba el público. Sobre el escenario caían botas, botellas de cristal, cámaras filmadoras, García era protegido por guardaespaldas, García entre escupitajos alcanza a decir nos bombardea Kito norte.


Entre el público un niño le pide a su padre que lo levante en hombros. El niño ve rostros, ve una luz y luego no ve más. Todo es parte del show dice una mujer de 35 años que trabaja de camarera y ha pedido que la suplanten. Andrea que esa noche trabaja hasta las doce, tiene un novio que le regala discos de bachatas. El sonido es una mezcla de percusión con ciencia ficción. Ficción de Ed Wood. Las filas de atrás ven primero el humo, las llamas. Una vieja Rickembacker cae en llamas de su pedestal. En los camerinos no hay nadie. En dos horas piensa Andrea, mientras toma 1 dólar y lo guarda junto a las otras propinas. Solo dos horas.


María Gabriela despierta. Charly tiene la cabeza echada hacia un lado. En Lima María se toma un té, memoriza acordes. Duerme. Cuando la azafata la despierta María recuerda que soñaba con una niña. María observa a Charly. María cierra los ojos. María sueña con Charly flotando sobre un lago.


En casa y luego de un baño el niño juega con sus dinosaurios, al más grande lo llama Lex. Luego se cuelga una guitarra eléctrica, luego repite no soy un extraño. Luego ve sus juguetes, su guitarra, su rostro en el espejo y se aburre. Su padre lo llama para que apague la luz. El niño apaga la luz. Antes busca la linterna. Esta es mejor que la luz dice.

10/8/10

El porvenir*

Andrea los miraba a ambos y sin saber por que decidía que a ambos los amaba, que a ambos los entendía y por ambos sería capaz de cambiar su estilo de vida, algo que para Andrea resultaba infinitamente sencillo.

Joaquín era enormemente distinto a su hermano gemelo. Quizás por esas diferencias que solo Joaquín era capaz de percibir es que Andrea imaginaba con él una familia y la estabilidad de un hogar en las afueras de la ciudad. Quizás incluso en un pueblo donde ambos manejasen su propio negocio. Para ello y sin que Joaquín se entere Andrea organizaba salidas a volcanes y ríos o playas donde los días parecían ser todos los mismos y donde según Andrea, Joaquín aprendería los usos y las razones de una vida simple.

Marco a diferencia de Joaquín era más inestable, de carácter explosivo y algo intolerante. Para él Andrea reservaba salidas nocturnas donde Marco podía sentirse como el rey de una selva que Andrea sin proponérselo solía componer. Si alguna vez hago carrera, tu serás mi protagonista le había dicho Andrea quien definitivamente se había decidido por una vida mas hippie, más a lo John Lennon que a lo Paul McCartney.

Los tres jóvenes salieron de la ciudad. Ayudaron a una anciana antes de tomar el colectivo y en alguna de las paradas vía Papallacta se hicieron la promesa de encontrarse, en el mismo lugar luego de 10 años de vidas, mejor si lo hacían en silencio. Andrea va por los cinco años sin contacto, guardando dinero para ese encuentro. Joaquín y Marco han creado una empresa multimedia donde como socios y dueños negocian a diario entre cientos de oportunidades. A pesar de los ríos de personas, de novios, de bares inaugurados, Andrea, Joaquín y Marco algunas noches se encontraban sin saber todos juntos antes de dormir. A Papallacta le han descubierto aguas termales. En algún lugar, John Lennon hacía los coros en un tema viejo nombrado get back.

Patricia.

Jim Morrison ingresa al área de las duchas. Jim Morrison es delgado, lleva una chaqueta de piel, fuma un marlboro rojo; el humo, su cabello, desordenado. Tras Morrison una mujer, más baja que Jim, cabello oscuro, cuaderno en mano, lentes, cristales como ojos. Nadie los sigue, todos se han quedado atrás.

Un hombre gordo, vestido con un sombrero vaquero, discute con otro hombre, uno alto y delgado que también viste como vaquero. Cuatro hombres cargan un parlante tan grande como un elefante. El hombre gordo tira el sombrero al piso, levanta su dedo y antes de empujar al hombre delgado el hombre delgado agarra el dedo en el aire como un ave, como una águila, lo atrapa, lo enjaula, lo detiene. Las puertas del recinto se abren a las seis responde el público, como ha sido y como seguirá siendo dice el hombre gordo. Yo me encargo de mis músicos. El hombre delgado hace llamadas, levanta la voz, fuma un red apple, el hombre delgado junto al hombre gordo parece hacerse más delgado.

Ella tiene 16 años. Ella mira a su amiga. Ambas son menores, ambas han dicho verdades a medias. Una sombra atraviesa la puerta, una masa de brazos y de volúmenes. Ambas se despiden con prisa, ambas parecen dos hermanas. El público cruza la puerta, el sol desaparece, se filtra, ambas son menores y continúan contándolo a medias.

El escenario es rústico, frágil, poco confiable. Jefferson Airplane promete, Jefferson sale a escena, la fecha, 1969.

Jim Morrison y Patricia charlan como viejos e íntimos conocidos. Se sueltan, se escuchan. Repiten afectos, respiran a sus anchas, se lo toman con calma. Patricia guarda todo, cada detalle, incluso escucha y resalta frases al mismo tiempo. Patricia repite Morrison, Tricia, como si lo pronunciara por primera vez. La química, esa salvaje probabilidad se vuelve un método, un análisis, termina, se hace del tamaño de un resultado. Patricia y Morrison abren la llave, un hombre de azul los empuja, el gas cae, solo para músicos dice el hombre, Jim, Patricia, el público.

Afuera corean White Fanny, afuera el hombre gordo tiene el rostro hinchado.

9/8/10

Los minutos que algunas canciones suenan en blanco.*

Ella intenta motivarlo usando prendas ajustadas y fabricadas en cuero. El, debajo de la cama como un sabueso olfatea el lugar en el que cayó el control para cambiar de canal. Ella, constipada, se suena los circuitos con un pedazo de nylon, mientras el televisor deposita sobre la cama imágenes de refrigeradores y antenas para coleccionar una centena de canales. Él apaga el aparato mientras sus dedos pulsan los botones dentro de la muñeca. Ella, la muñeca deletrea lentamente las vocales de Papá.


Ella intenta un truco y logra casarse, tener dos autos, un departamento y tres hijos en el instituto. Para ello solo invirtió diez años.
Él, se gastó la plata, se convirtió en traficante, ahora tiene otro nombre y visita a sus hijos a través del skype.


La banda grabó doscientos éxitos, recibió siete premios de la asociación, filmó 14 documentales y aún sus integrantes no han pasado de los cuarenta años de edad.
Los fans del otro lado del mundo empeñan sus pianos para comprar una entrada en la reventa.
El día del concierto tocan todos los éxitos, excepto el que el dueño del piano deseaba con todos sus músculos escuchar. La banda hace un bis y el público sueña con días prósperos. Esa noche el hombre del piano, por fin compone su primer éxito.


Después de las señas y de tocarse las manos por debajo de la mesa, los niños se dieron pequeños picos en las bocas con aroma a centeno. Ya de grandes se llaman por twitter y su aliento tiene la supervisión de un especialista vestido de blanco.


Él regañaba con el mismo ímpetu de hace 20 años atrás. Ella no escuchaba como cuando él hace 20 años la empezó a regañar.

1956*

La niñita miraba fijamente a la lente mientras el fotógrafo retocaba la luz junto al parasol. Afuera el sol quemaba los techos de los autos estacionados en la calle y la gente transitaba con sus parasoles como protección. Mientras la niña sonreía, el fotógrafo sintió un fuerte apretón en su pecho, como si una mano aplastara violentamente y por repetidas ocasiones un globo lleno de agua. La camára empezó a disparar por repetidas ocasiones mientras el cuerpo del fotógrafo caía como una bolsa de arena sobre el piso. Ni la madre, ni la niñita, ni el hermano menor de la niñita pudieron dormir por tres noches.

Treinta años después la niña, ya grande acude con su sobrino a un nuevo estudio fuera de la ciudad. El fotógrafo, un hombre de contextura corpulenta, y menos años que el primer fotógrafo levanta al pequeño sobre un caballo de madera del tamaño de un caballo real. La mujer siente un ahogo en el pecho aunque logra desvanecerlo con un malboro que saca de su cartera.
La luz del flash hace boom mientras el niño, rojo como un globo sonríe y el fotógrafo hace tomas desde distintas posiciones. Al otro lado del galpón varios hombres apilan cajas amarillas y un hombre de jean y sombrero afina un viejo piano de tubos.
La mujer se termina el malboro, el niño la toma de la mano, ella pregunta cuánto es, mientras el fotógrafo mirándola de pies a cabeza, le dice que no puede ser, que la ha estado esperando, que ahora no se puede ir.
el niño asustado le tira de la mano a su tía. La tía comprende y lo suelta. El fotógrafo le invita un café.

5/8/10

Decepticons

Roberto Retama tocaba el piano como un hijo bastardo de Stranvinsky. Desde la avenida Sir Elton John, hasta las puertas oxidadas del parque Botánico, los gatos del barrio se sentaban sobre sus colas recogidas a escuchar el preciso opus que Roberto Retama regalaba cada martes y jueves. Un miércoles, embutido en su cuerpo de chorizo y cubierto por un abrigo negro, Roberto Retama tomó el colectivo 107 y se internó por 13 meses en el castillo donde dormía su madre y sus 16 hermanas. Su misión era quitarse ese cuerpo de chorizo y volver a Roma convertido en una saludable costilla, antes de que los gatos uno de esos jueves lo buscaran para empezarlo a morder.



Su cabello era como una peluca de látigos en guerra y bajo los efectos de una botella de champagne más 16 pastillas de antidepresivos. Mi rostro era una bolsa para boxeo hinchada como un delfin asfixiado guiado por la mano de un brazo de mar una noche de agüaje. La motocicleta, la carretera, los pueblos y la madrugada eran los proyectiles que escuchábamos zumbar como una flotilla marciana de Decepticons. Faltaban cinco minutos para recoger nuestros cascos.


Jim Morrison aullaba que hagamos el amor y sin pensarlo ni un instante acuchilló a una de sus fans mientras la policía lo levantaba como a un criminal. Con mi cámara logré sacar una instantánea donde se advierte el carácter infantil del homicidio.


La máquina de escribir me mira con sus ojos de cangrejo y con la tecla espaciadora me invita a acercarme. La botella que traigo en las manos chorrea una lengua de espuma que cubre el suelo hasta mis rodillas. La luz que sale del foco que cuelga como araña en el centro exacto de la habitación derrite las paredes mientras los vecinos de los departamentos contiguos observan sentados en unos sillones con forma de retretes el programa de preguntas y respuestas auspiciado por un chocolate de una marca roja muy popular. La máquina de escribir me invita con su tecla espaciadora a sentarme frente a ella, mientras observo que he estado escribiendo sobre revistas y portadas de películas que había olvidado devolver. La máquina ha tomado con su tenaza la botella y la mastica con las teclas del uno al diez.


Al despertar Roberto Retama escuchaba el sonido de la ciudad que equivalía a pájaros cantando sobre los cables de electricidad y teléfonos. Roberto Retama por dos minutos en la mañana era feliz, dichoso, respiraba contento y despierto. Luego los cables de los teléfonos que cubrían el ciento por ciento de la ciudad cubrían a los pájaros y a sus nidos, envolviéndolos como momias hasta la nueva salida del sol. Entonces Roberto Retama en silencio y con el pulso acelerado dudaba entre tomar una ducha o volver con todo su cuerpo al colchón. Luego y en simultáneo los teléfonos de todo el edificio timbraban, y quienes llamaban, porteros, padres, enfermeras, pedían comunicarse con la central, con Santiago, con el canal de Panamá, con el mismo Roberto y Roberto congelado entre la puerta de su habitación y el living o el comedor perdía primero los brazos, luego las rodillas y por último sentía como su cabeza abandonaba su cuerpo, que luchaba con los cables y las antenas del aparato telefónico que sonaba sobre su velador. El reloj de pared marcaba las 7 de la mañana. Entonces Roberto contestaba cada llamada mientras tomaba una ducha y en televisión repetían Delicatessen.





4/8/10

En el séptimo día

Cuando un hombre y una mujer estaban a punto de llegar a un orgasmo, Dios con un martillo comenzó a romper las figuras de porcelana de un elefante, un cerdo, una ballena y un pinguino. Junto a Dios, un niño vestido de rosado colocaba discos de acetato en una rocola conectada a la cola de un pescado gigante dormido. Cuando el pescado despertó hechó de su cuerpo un fluído cristalino mezclado con globos que el niño de rosa tomó y colocó dentro de una boca que encendía una luz roja que marcaba un puntaje que subía con la cantidad de globos que guardaba esa boca. Dios desecho y con la ayuda de Shiva y el Sol, cayó rendido y empezó a soñar que conducía un aeroplano con los ojos cerrados, mientras una lluvia de paracaidistas caían sobre él. En la cama, el hombre y la mujer descansaban abrazados uno del otro. De repente el niño de rosado despertó a Dios, quien miró que la cama del hombre y la mujer volvía a moverse. Entonces tomó un teléfono rojo, una guia en llamas he hizo una llamada de larga distancia.
El niño tomó al pez gigante y salió llorando de la habitación.